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martes, 28 de octubre de 2014

Los tiburones según Plinio


Gayo Plinio Segundo, más conocido como Plinio el Viejo, nació en el año 23 d. C., ocupó cargos importantes en el ejército y en la administración del Imperio entre ellos, procurador de la Tarraconense, y murió en la gran erupción del Vesubio del año 79, siendo comandante de la flota imperial con base en Miseno, llevado, según se cuenta, por su extrema curiosidad y afán por conocer de cerca un fenómeno tan extraordinario. Fue también un destacado hombre de letras, escribió obras históricas y de carácter político, y la que está considerada como la primera enciclopedia de la naturaleza, la Historia Naturalis, escrita durante la última etapa de de su vida (aproximadamente entre los años 77-79), su gran obra y el motivo por el que hoy lo hemos traído hasta aquí.
Los 37 libros de que consta la Historia Natural pretenden abarcar la descripción de la totalidad del universo conocido, desde la astronomía, el mundo, la naturaleza vegetal, animal y mineral, y el hombre, incluidos aspectos como su organización social y la producción artística hasta la jardinería y la producción de vino, etc.
Plinio no es en modo alguno un naturalista o un científico, sino un erudito, es decir, un infatigable lector y recopilador de datos. Aunque su ajetreada vida sin duda le ha proporcionado observaciones de primera mano, la mayor parte de sus conocimientos procede de autores como Aristóteles¹, de testimonios de viajeros, o simplemente de la "autoridad" de los saberes tradicionales. Su objetivo es reunir en un todo organizado todo el saber existente sobre una determinada materia.
Por lo que respecta a la zoología, y en concreto a los tiburones, Plinio se limita a presentarnos los datos que ha podido reunir, sin cuestionar su validez, pero adaptándolos según su conveniencia². No pretende construir un sistema, a la manera de Aristóteles, sino sencillamente presentar las maravillas y curiosidades del mundo natural, es cierto que a veces sin un orden al menos aparente, haciendo, al mismo tiempo, especial hincapié en su utilidad para el hombre, en las posibilidades medicinales y terapéuticas que ofrece. Puede hablarse, por tanto, de una doble finalidad, didáctica y ética o moral: la naturaleza es fuente de prodigios y de belleza, y además nos aporta innumerables beneficios, por eso merece ser conocida y respetada.

Todas las citas proceden de la traducción y edición el texto a cargo de Josefa Cantó, Isabel Gómez Santamaría, Susana González Marín y Eusebia Tarriño para la editorial Cátedra³.

Historia Naturalis. Códice de mediados del XII conservado en la abadía de Saint Vincent, Le Mans.

Es en el Libro 9 donde se ocupa de los peces. Pero a diferencia de Aristóteles, el tratamiento científico de los tiburones se limita a estas pocas líneas:
(40) 78. Hay otra clase de peces planos que tiene cartílagos en lugar de espinas, como la raya, la pastinaca, el pez ángel, la tembladera y aquellos a los que los griegos dan el nombre de buey, lamia, águila, rana. Entre ellos se encuentran también los escualos, aunque no son planos. Aristóteles fue el primero que los llamó en conjunto con el nombre griego selache. Nosotros no podemos distinguirlos, a no ser que queramos llamarlos cartilaginosos. Por lo demás, todos son carnívoros y se alimentan tumbados de espaldas, como dijimos a propósito de los delfines, y mientras los demás peces son ovíparos, sólo esta especie, como la de los llamados cetáceos, es vivípara, excepto el llamado pez rana.
Más abundantes son las referencia a la ferocidad y peligrosidad de estos animales para los pescadores de perlas y de orejas de mar:
(55) 110. La concha [se refiere a la ostra], cuando ve una mano, se repliega y oculta sus riquezas, sabedora de que son ellas lo que busca; y si la mano se anticipa, la corta con su filo: no hay castigo más justo. Además, otros peligros la protegen: la mayor parte de las veces se encuentra entre escollos, en alta mar la acompañan también los perros marinos; y sin embargo ello no impide que adorne las orejas de las mujeres.
(70) 151. Una gran cantidad de perros de mar acechan con grave peligro a los buceadores que buscan esponjas. Ellos mismos cuentan que sobre su cabeza se solidifica una nube, semejante a un animal, que los oprime y les impide ascender, y que por eso llevan puñales muy agudos atados con una cuerda, porque no se retira a no ser que la perforen; eso lo provoca, según creo, la oscuridad y el miedo. Pues nadie ha encontrado ningún animal parecido a esa "nube" o "niebla", que es como llaman a esa calamidad. 152. Con los perros de mar, la lucha es terrible. Atacan a las ingles, los talones y las partes blancas del cuerpo. La única salvación está en hacerles frente y asustarlos, pues tienen miedo del hombre lo mismo que lo aterrorizan a él, y en las profundidades la lucha está igualada. Cuando el buceador llega a la superficie del agua el peligro es doble, porque no puede utilizar la táctica de plantarles cara; mientras trata de emerger, su salvación está en manos de sus compañeros; ellos tiran de la cuerda que lleva atada por los hombros. Mientras lucha, el buceador tira de la cuerda con la izquierda para indicar que hay peligro, y con la derecha sigue luchando con el puñal. 153. Tiran de él poco a poco; cuando ya está junto al barco, si no se dan mucha prisa en izarlo, ven cómo lo devoran. Y muchas veces se lo arrebatan de las manos cuando ya lo han sacado, a no ser que él mismo contribuya al esfuerzo de los que tiran haciendo un ovillo con el cuerpo. Entonces otros hombres blanden los tridentes, pero la habilidad del monstruo consiste en esconderse debajo del barco y de esa forma combatir seguro. Así pues, los buceadores toman todo tipo de precauciones para vigilar esta plaga.
El tema de la singular técnica del zorro marino para evitar ser capturado la recogen diversos autores antiguos, Aristóteles entre ellos.
(67) 145. Las escolopendras, semejantes a las de tierra llamadas ciempiés, cuando se tragan un anzuelo vomitan sus entrañas enteras hasta que expulsan el anzuelo, y luego se las vuelven a tragar. En cambio los zorros de mar, en situaciones peligrosas semejantes, tragan más sedal, hasta llegar a la parte más débil, que cortan fácilmente.

Buena parte del Libro 32 se ocupa de la farmacopea y usos terapéuticos de los seres vivos. Como veréis, los tiburones proporcionan remedios para casi todo, desde las pústulas en las partes pudendas hasta los miedos irracionales, además de servir de antídoto contra ciertos venenos:
(12) 25. Por lo que se refiere a la incompatibilidad entre elementos que los griegos llaman antipatía, no hay nada más venenoso en el mar que la pastinaca: ya hemos dicho que destruye los árboles con su aguijón. Sin embargo, a ella la persigue el galeos, que también persigue a otros peces, pero sobre todo a la pastinaca, como en tierra la comadreja a las serpientes: tan grande es su ansia por el veneno. Precisamente el galeos [...] cura a los que ha picado la pastinaca.
Para problemas en ciertas partes:
(34) 107. Para las pústulas de las partes pudendas, [...] la ceniza de cabeza de perca en salazón, añadiéndole miel, la ceniza de cabezas de pelamydes, o la piel de pez ángel quemada. 108. Con ésta es con la que dijimos que se pule la madera, puesto que del mar salen también cosas útiles para los artesanos.
Remedios relacionados con la salud bucodental:
(26) 79. Los dolores de muelas se calman escarificando las encías con huesos de dragón marino y con sesos de perro de mar hervidos y conservados en aceite, frotando los dientes con ello una vez al año.
(48) 137. Para las encías de los niños y la dentición es muy buena la ceniza de dientes de delfín con miel, y también pasar por las encías el mismo diente. Además, como amuleto quita los terrores repentinos. El mismo efecto tiene el diente de perro de mar.
... y la epilepsia:
(37) 112. Como hemos dicho, los epilépticos beben cuajo de foca con leche de yegua o de burra, o con jugo de granada; algunos, con vinagre endulzado con miel; otros toman el cuajo simplemente en forma de píldoras. [...] También se les administra hígado de comadreja marina, o de ratón, o sangre de tortuga.

... Con razón mi admirado Italo Calvino gozaba con la lectura de Plinio.

Una breve nota que tal vez sea de interés para los lectores (en masculino) de este vuestro blog: si alguno de vosotros padece de tan triste mal, que sepáis que los "testículos descolgados, dicen que hay que frotarlos con baba de caracol". Avisados quedáis.


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¹Particularmente, su Historia animalium o Investigaciones sobre los animales. Véase Los tiburones según Aristóteles (I) y Los tiburones según Aristóteles (II).
Rémoras bajo la quilla. Ilustración de finales del XV.
²Valga un ejemplo bastante curioso: en su descripción de la rémora Plinio sigue a Aristóteles, pero en un momento determinado no le importa, abandonando toda elemental prudencia, incorporar una visión a todas luces exagerada basada en testimonios que debieran ser, como poco, cuestionados:
Libro 9. (41) 79. Hay un pez muy pequeño que vive entre las rocas, llamado rémora; se cree que retrasa la marcha de los barcos, de ahí su nombre [se refiere a echeneis, "que detiene los navíos"].
Libro 32. (1) 2. Sin embargo, un pequeñísimo pececillo llamado rémora sujeta él solo a todos estos elementos [se refiere a elementos de la naturaleza como los vientos, las mareas, las tempestades], que hacen fuerza en la misma dirección. Por mucho que soplen los vientos y se enfurezcan las tempestades, manda sobre su furor, contrarresta tan grandes fuerzas y obliga a los barcos a permanecer quietos [...].
³Plinio. Historia Natural. Madrid: Cátedra, 2002.
Excepto la lamia, que puede referirse a un marrajo (Isurus oxyrinchus) o a un tiburón blanco (Carcharodon carcharias), y el pez ángel (Squatina sp.), todos los demás son rajiformes. El pez rana es el rape.
Según nota de las editoras, "El Canis marinus es algún tipo de escualo, la tintorera tal vez".
Especie no identificada. Puede tratarse de un cazón (Galeorhinus galeus), o tal vez de otra especie de mayor tamaño que tenga a las pastinacas entre su dieta.
Tal vez la pintarroja (Scyliorhinus canicula) o cualquier Canis marinus como la tintorera (Prionace glauca).
Probablemente la musola (Mustelus sp.).


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