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lunes, 13 de febrero de 2017

Ataques 2016

Tiburón blanco (Carcharodon carcharias) de patrulla bajo las olas.

Un año más, el ISAF (como ya sabéis, siglas del International Shark Attack File, de la Universidad de Florida) acaba de publicar las cifras de ataques no provocados ocurridos durante el pasado 2016. Y un año más aquí las tenéis, bien fresquitas:

81 ataques no provocados¹, de un total de 150 casos investigados. Son 17 ataques menos que en 2015, casi nada. En general, esta cifra, como las que damos a continuación, se ajustan al promedio de la última década.

4 personas fallecidas, 2 menos que el año anterior. Dos víctimas en Australia (en el estado de Australia Occidental) y dos en Nueva Caledonia.

Distribución de los ataques. De nuevo el mayor porcentaje de incidentes se concentra en los EEUU: 43 en el continente y 10 en Hawai, que representan el 65,4% del total mundial. Es importante destacar que, también un año más, el número de ataques con resultado de muerte ha sido 0 (da que pensar, ¿verdad?).
     Florida es el estado que registra más ataques, para no variar: 32, cifra que supone el 60,4% en los EEUU y nada menos que el 39,5% del total global. Y para no variar, el condado de Volusia está a la cabeza, con un total de 15. Otros estados norteamericanos "atacados" fueron Hawai (10 incidentes), California (4), Carolina del Norte (3), Carolina del Sur (2) y, con uno por cabeza, Texas y Oregon.
     En Australia se produjeron 15 ataques, dos de ellos mortales: 7 en Nueva Gales del Sur, 4 en Australia Occidental, 2 en Queensland y 1 en Tasmania y en Victoria.
     En el resto del mundo la cosa queda así: 4 incidentes en Nueva Caledonia, 2 en Indonesia y 1 en las Bahamas, Brasil, Reunión, Japón, Sri Lanka y España (una pequeña tintorera que le mordió una mano a un tipo que estaba haciendo el muerto; fue en Alicante, el pasado 29 de julio).
     Curiosamente, en Sudáfrica tan solo se produjo un incidente², lo que supone la cifra más baja desde 2008, cuando no hubo ninguno.

Tipología de las víctimas. Un año más, nuestros queridos tiburones continuaron fijándose en los surfistas y en otros practicantes de los llamados deportes de tabla (58% de todos los incidentes), lo cual no es extraño, dado que son ellos los que más tiempo están en el agua, y muchas veces, además, en la rompiente, donde a los tiburones les gusta estar al acecho. En el 35,8% de los casos las víctimas fueron bañistas, y en el 4,9% practicantes de snorkel. Solo se produjo un ataque a un buzo.

Tiburón tigre (Galeocerdo cuvier). Foto: Andy Murch, bigfishexpeditions.com.

... y un año más, CONCLUSIONES:

(Una) ¿"Los tiburones" atacan?

     RESPUESTA: No.
     De las aproximadamente 520 especies de tiburón descritas hasta hoy, apenas un 2% pueden llegar a ser potencialmente peligrosas para el hombre... pueden llegar a "atacar". Con este dato en la mano, la generalización es radicalmente injusta además de falsa.

(Dos) Y esos tiburones en concreto, ¿"atacan"?
     RESPUESTA: Tampoco. O bien, como mucho, en muy contadas ocasiones.
     Las palabras no son inocentes. El verbo "atacar" lleva consigo una connotación sumamente negativa: el que "ataca" tiene siempre el ánimo de provocar un daño. Es un verbo muy cargado moralmente. ¿Existe algo así como un ánimo o intencionalidad destructora en un depredador como el tiburón? ¿Tantas ganas tienen estos bichos de provocar el mal entre las personas?
     No parece. Si así fuese, las cifras que hemos comentado arriba se multiplicarían por 1000. Poca gente podría estar a salvo en el agua. Menos de 100 "ataques" con 4 personas fallecidas en todo el mundo... en todo un año... son absolutamente ridículas (no así, evidentemente, para las víctimas y sus familias). Matan infinitamente más los desahucios, y nadie hace ni dice nada.
     Empleamos la palabra "ataque" de forma excesivamente gratuita (yo mismo lo hago, por simplificar). En realidad, deberíamos hablar de "incidentes". Sería lo más justo y racional.
     Solo en los poquísimos casos en los hay un claro propósito depredador tal vez podríamos hablar de "ataques", por más que la intención del animal, una vez más, sea simplemente la de alimentarse, de picar algo.
     Los seres humanos les importamos a los tiburones un comino, somos demasiado insignificantes para ellos como para que sientan remilgos morales de cualquier clase.
     Vale la pena detenernos a pensar sobre ello.
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¹Recordemos que se consideran ataques no provocados aquellos incidentes ocurridos en un ambiente natural cuando no existe ningún tipo de provocación aparente por parte de las víctimas. Quedan fuera, por tanto, los ocurridos en acuarios, o en el mar durante una actividad científica, pesquera, etc. Igualmente, "ataques" a embarcaciones, mordeduras post-mortem, etc., y aquellos en los que es la persona quien establece un contacto físico con el tiburón, tocándolo, agarrándolo, etc.
²Resulta extraño que otro portal de referencia, el Global Shark Attack File, recoja 3 incidentes, todos ellos causados por un tiburón blanco: el 22/04 a un tipo que hacía pesca submarina, y el 3/06 y el 19/12, a sendos practicantes de ski-surf.

martes, 17 de enero de 2017

Lo erróneo de la identificación errónea

Simpática ilustración de Mason Philips titulada "Un error común" sobre un fondo de surfistas en superficie: "Fig. 1: León marino. Fig: 2: Ser humano sobre una tabla de surf. Fig. 3: León marino sobre una tabla de surf."

La teoría de la identificación errónea es ya un clásico en los debates científicos —y no tan científicos— sobre el porqué de los ataques de tiburón, en particular los que tienen como protagonista al tiburón blanco (Carcharodon carcharias) y su supuesta afición por los surfistas. Como sabéis, la idea es que la gran mayoría de los ataques son consecuencia de un error de identificación: el pobre animalico tiene hambre y confunde al surfista con una foca; camuflado contra el fondo, observa una forma que encaja en el perfil de presa que tiene firmemente alojado en el disco duro de su cerebro, y se abalanza sobre ella. Quienes defienden esto argumentan que, vista desde abajo, la silueta de una tabla con un surfista encima, braceando y pataleando, recortada contra la claridad de la superficie, se parece a la de un pinnípedo como, por ejemplo, el elefante marino del norte (Mirounga angustirostris), uno de sus platos favoritos. Hay quien añade —sorprendentemente— que el gran blanco no tiene una gran agudeza visual y que por añadidura no siempre las condiciones de visibilidad son las más idóneas.
     Sin embargo, pese a su aparente lógica, esta teoría jamás ha sido testada o probada efectivamente, por lo que llama la atención que todavía siga gozando de una amplia difusión y predicamento, tanto más cuanto que, ya desde el primer momento, no han sido pocos los científicos que han manifestado serias dudas y reservas al respecto, empezando por el hecho de que el tiburón blanco tiene en realidad una vista muy buena. Hace pocas semanas se publicaba un interesante trabajo que recoge y actualiza algunos de sus argumentos a la luz de nuevos datos y observaciones. Lleva el elocuente título de "Do White Shark Bites on Surfers Reflect Their Attack Strategies on Pinnipeds?" ['¿Las mordeduras de tiburón blanco a surfistas son un reflejo de sus estrategias de ataque a los pinnípedos?']¹ y está firmado por Erich Ritter, el tipo aquel tan extravagante al que, como recordaréis, no se le ocurrió mejor idea que meterse entre un grupo de C. leucas para probar no-sé-qué y acabó mordido en una pata justo delante de las cámaras de Discovery Channel, y Alexandra Quester.
     Estos autores analizaron 67 incidentes ocurridos entre 1966 y 2015 en las costas de California y Oregón, en el Pacífico norteamericano, para llegar a la demoledora conclusión de que eso de la identificación errónea es un cuento chino². No existen evidencias de ningún tipo que sustenten esta teoría, más bien al contrario. Ni el tipo de daños causados, tanto a la persona como a la tabla, ni las tallas de los tiburones implicados concuerdan con un ataque con fines depredadores.

Diversos tipos de daños en tablas de surf... y de heridas en algunos pobres leones marinos.
Daños personales y materiales. El 13% de los incidentes analizados terminaron sin que el surfista y su tabla sufriesen apenas algo más que algún rasguño sin importancia, ni siquiera cuando el primero terminó en el agua, y en más del 72% los daños fueron considerados leves o moderados³. En el 21%, el tiburón o bien volvió a morder al surfista o bien reajustó su mordedura inicial; de ellos, el 64% acabaron sin daños o con daños leves. En conjunto, en una escala de 0 a 5, donde 0 indica daños inexistentes y 5 daños absolutos, la gravedad media de las heridas fue de 1,8. ¿Cómo casan estos datos con un ataque en toda regla por parte de un gran tiburón blanco? ¿Por qué tantos supervivientes? Los pinnípedos son criaturas sumamente ágiles —muchísimo más que su cazador— y escurridizas, y el tiburón lo sabe, como sabe también que su ataque debe ser lo más veloz, potente y devastador posible para matarlas o, al menos, inmovilizarlas a la primera, pues de lo contrario, adiós almuerzo.
     Una explicación que suele darse es que tan pronto se produce el contacto con el surfista, la tabla, o ambos —a veces bien encajaditos entre sus fauces—, los afinadísimos receptores químicos dispuestos en distintos puntos de la cavidad bucal detectan el error; el cerebro efectúa el cálculo coste-beneficio, concluye que no merece la pena emplear tanta energía en consumir una cosa tan mala y de tan poca sustancia, y el bicho, decepcionado, la suelta —la escupe—. Todo ello prácticamente en décimas de segundo. Aun aceptando esto, la violencia del encuentro inicial —más bien encontronazo— por fuerza debería causar daños bastante más graves, como los observados en leones marinos que lograron escapar de algún ataque, bien para seguir viviendo, bien para morir, atravesados de dolor, en una playa o sobre las tristes rocas de un islote.
     Otra posible explicación vendría dada por la técnica de caza bautizada en su momento por John McCosker como bite and spit ('morder y escupir'). Tras el brutal ataque, el tiburón suelta su presa y, desde una distancia de seguridad, aguarda hasta que se muera o quede suficientemente debilitada antes de proceder a devorarla con tranquilidad (el tiburón blanco es una criatura muy precavida, y con razón, pues aun herido de gravedad, un león marino adulto puede causar heridas muy serias). Durante este intervalo es cuando el surfista puede ser rescatado y recibir la asistencia médica necesaria. Pero igual que en el caso anterior, las evidencias hablan por si solas: el 76% de los supuestos ataques analizados no habrían servido para incapacitar a un pinnípedo.

En Point Reyes, California. Foto de Scott Anderson.
Tallas. Los tiburones blancos van variando su dieta a medida que crecen. Aunque existen pequeñas diferencias geográficas, en un cálculo conservador se estima que en la parte del Pacífico norteamericano los ejemplares de tallas inferiores a 3,5 m no tienen a los grandes pinnípedos como presas habituales, pues, entre otras cosas, carecen de la velocidad y destreza necesarias para enfrentarse a estos ágiles y fuertes animales, y además sus dientes todavía no han adquirido la forma y estructura necesarias para cortar su carne. Los ataques observados son excepcionales, y siempre a pinnípedos pequeños. Es entre los 3,5 y 4,5 m cuando estos mamíferos marinos comienzan a ser vistos como un alimento posible y deseable y ya se observan ataques, tanto más frecuentes cuanto mayor es el bicho. A partir de los 4,5 m, los pinnípedos son ya parte de su dieta regular.
     Pues bien, solo en 24 de los incidentes analizados se pudo lograr una estimación fiable de las tallas, pero incluso así los datos son reveladores, o al menos dan mucho que pensar: en el 50% los protagonistas fueron juveniles de entre 2,5 y 3,5 m, y en otro 25%, individuos de entre 3,5 y 4,5 m. ¿Cómo se explica esto? ¿Una casualidad, o es que a los jóvenes tiburones también les pone el surf?

¿De verdad que el tiburón blanco es incapaz de distinguir una foca de una tabla de surf con un señor (o señora) encima? El Carcharodon carcharias lleva cazando pinnípedos desde sus mismos orígenes como especie, con toda probabilidad siguiendo la senda abierta por sus padres y abuelos. Por eso cuesta creer que a lo largo de 6 millones de años de evolución paralela un depredador tan eficiente no haya tenido tiempo de forjarse una imagen clara y fidedigna, desde todas las perspectivas posibles, de una de sus presas primordiales, sobre todo porque de ello depende su supervivencia. La vista es un sistema de primer orden que el tiburón blanco emplea para localizar a sus presas y para fijar, por así decirlo, la diana de su trayectoria de ataque. Según se cree, utiliza una especie de búsqueda por imagen: en su cerebro guarda un archivo de imágenes con las que compara cualquier objeto o figura que detecta. Cuando hay coincidencia ataca, si no la hay puede acercarse a investigar, a ver qué es eso, a qué sabe.

Foto de Michael Scholl.
     Por otro lado, la teoría del error de identificación solo parece tener en cuenta observaciones realizadas desde una perspectiva estrictamente vertical. Si os dais cuenta, todos los dibujos, fotos y esquemas ilustrativos muestran una vista de la dichosa tabla de surf, con sus brazos y piernas —normalmente dos de cada— sobresaliendo de sus extremos, como tomada desde unos cuantos metros de profundidad justo en la vertical. Una imagen ideal que no siempre se ajusta a las condiciones impuestas por la realidad, no siempre las presas y las tablas se ofrecen desde esta perspectiva tan perfecta. Así vemos como en los casos estudiados la profundidad media fue de 4 m, con el fondo claramente visible en el 10,7% de los casos, lo cual quiere decir que por fuerza el tiburón debió de ver y aproximarse a sus "víctimas" viniendo desde un ángulo mucho más abierto, desde el cual la famosa silueta ideal se diluye y se convierte en otra cosa, y no desde luego en una foca.

Investigaciones y juegos. Los tiburones blancos son criaturas sumamente inteligentes y, en consecuencia, sumamente curiosas. Se les ha podido observar en infinidad de ocasiones acercándose a investigar, golpeándolos o mordiéndolos, los más diversos objetos, con aproximaciones indirectas u orientadas en función de su forma, tamaño y color, desde los más extraños hasta los más familiares, como los señuelos que imitaban la forma de sus presas. Y siempre el sentido de la vista jugando un papel fundamental.
     Una dieta tan variada y cambiante ontogénicamente hace de la curiosidad una necesidad. El tiburón necesita investigar constantemente, descubrir nuevas fuentes de alimento, encontrar las estrategias más idóneas para detectarlas y cazarlas. Por eso se acerca a los surfistas, golpea sus tablas, los "sopesa" con la boca (el tiburón no tiene manos) y, si no queda satisfecho, los vuelve a morder, a veces orientando la mordida para tratar de apreciar mejor su sabor y su contenido energético. Forma parte de su proceso de aprendizaje. Esto explica por qué la mayoría de las heridas son leves o moderadas y por qué los ejemplares implicados eran juveniles en su mayoría. Pero incluso en aquellos casos donde los daños fueron graves de verdad y además provocados por individuos de gran talla, de 4 a 6 m (un total de 7), la actividad investigadora no se puede descartar del todo. Según los autores, las heridas secundarias, causadas por las reacciones de la víctima, pueden llegar a ser tan severas o más que las del propio mordisco.
     Y no nos olvidemos del juego, uno de los elementos más decisivos en el proceso de aprendizaje de todo gran depredador. Gracias a él, un animal aprende a controlar sus movimientos, a dominar su cuerpo, a practicar y perfeccionar su técnica... aprende, en definitiva, a ser depredador. Por eso los tiburones blancos interactúan, "juegan", con los diversos objetos y bichos que encuentran, tal como se ha descrito. Se les ha visto acercarse a un surfista en súbitas y poderosas arrancadas, pese a tratarse de un objeto desconocido, que después quedaban en nada, o terminaban en un golpe, un roce o un pequeño mordisco. La teoría del juego explica el porqué de ese 50% de juveniles menores de 3,5 m implicados en los supuestos ataques.

     En fin, para concluir, que este artículo ya se nos ha ido bastante de las manos, lo cierto es que no deberíamos hablar de "ataques", sino de encuentros, o si lo preferís, de incidentes, en los que el tiburón no pretendía cazar una presa, sino investigar, aprender jugando, sobre todo los más chiquitines, que es que son un amor.

Los encuentros con tiburones blancos son más numerosos de lo que parece. Lo que ocurre es que la mayor parte pasan desapercibidos; los surfistas regresan a la playa y al chiringuito sonrientes, atléticos y felices... y nunca sabrán que durante unos larguísimos minutos han estado bajo la atenta mirada de un gran depredador. La reciente aparición de los drones nos ha abierto una ventana a una realidad que cada vez más gente desearía no ver. En la imagen, algunas escenas de juveniles investigando diversos tipos de tablas, un kayak y, en el centro abajo, un señuelo en forma de foca (foto: University of California at Davis), más un par de carteles advirtiendo del avistamiento de tiburones en un par de playas de California.

PS: Sobre el juego en los tiburones, podéis consultar este breve artículo sobre un pariente muy cercano del tiburón blanco, el cailón: Los juegos de los jóvenes cailones (Lamna nasus).
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¹La referencia completa es: Erich Ritter & Alexandra Quester (2016). Do White Shark Bites on Surfers Reflect Their Attack Strategies on Pinnipeds? Journal of Marine Biology (1):1-7. http://dx.doi.org/10.1155/2016/9539010.
²Naturalmente, no lo dicen con estas palabras, sino así: "The results presented show that the theory of mistaken identity, where white sharks erroneously mistake surfers for pinnipeds, does not hold true and should be rejected" ('Los resultados que presentamos muestran que la teoría de la identificación errónea, según la cual los tiburones blancos confunden surfistas con pinnípedos, no es cierta y debe ser rechazada').
³Según la escala empleada, los daños leves comprenden laceraciones y pequeñas heridas punzantes en la persona, y arañazos y muescas superficiales en la tabla; los moderados, heridas subcutáneas sin pérdida de tejidos, y, en la tabla, muescas y cortes moderados, en los que el diente penetra hasta la mitad, sin pérdida de material. Tablas y surfistas se valoran conjuntamente, puesto que ambos son percibidos por el tiburón, al menos en teoría, como una unidad, no sabemos si bajo la categoría de "cosa rara", de "bicho raro", o qué (el estudio tampoco lo deja claro).

miércoles, 4 de enero de 2017

Resumen del 2016


Tiburones en Galicia cumple ya 5 añitos. Todo un lustro dando la lata a propios y extraños sobre nuestros maravillosos e incomprendidos bichos. Lo de "dar la lata" es un decir... o tal vez no... pero no importa. Hablar de tiburones es una tarea gratificante en si misma, y además constituye una de las mejores terapias que conozco contra las principales patologías de la vida cotidiana, bien sean de orden moral, social, político, existencial, laboral, etc. (naturalmente, existen otras actividades más placenteras, como algunas en las que todas y todos estamos pensando, pero se ha demostrado que incluso éstas necesitan complementarse con otras para ganar en efectividad). Uno se sienta delante de la pantalla del ordenador, armado con sus notas, sus libros, a veces con un café, whisky o cerveza (el agua también sirve), tal vez un poco de música... y el mundo, con todas sus miserias y ridiculeces, desaparece, las ideas comienzan a fluir y a adquirir forma mediante la escritura, hasta que felizmente, al cabo de unas horas o unos días, considera que el resultado es lo suficientemente digno como para pinchar en el botón que pone "Publicar" sin sonrojarse en exceso.
    Y cuando luego ves que por ahí fuera hay gente a la que no sólo le interesa lo que publicas, sino que incluso disfruta leyéndolo, la satisfacción no puede ser más completa, lo que genera más energía, si cabe, para seguir adelante. Si empezamos el 2016 encantados (y sorprendidos) de haber cruzado la barrera de las 300 000 visitas, ya os imagináis cómo puede uno sentirse al comprobar que estamos a punto de llegar ¡¡a las 500 000!! Un sueño imposible hace 5 años por el que no puedo más que expresar mi más profunda gratitud.
     Por otro lado, cada vez sois más los que se animan a participar enviándonos fotos, vídeos, avistamientos de tiburones en la costa (muy importante esto, sobre todo con las tintoreras)... lo que solo se puede calificar de una manera: un lujazo.

El 2016 vino repleto de promesas... pero también de complicaciones, como ya anunciábamos a principios de año en un resumen similar a este, lo que se tradujo en un número de artículos bastante exiguo para lo que estábamos acostumbrados: nada más que 22, una cifra por lo demás bonita. En un año tan ajetreado, las 24 horas de cada día no dieron para más. Pese a todo, pudimos actualizar varios artículos (¡dándonos cuenta, al mismo tiempo, de los que todavía nos quedan!) y emprendimos un primer intento de organizar los casi 200 que ya llevamos publicados para facilitar su localización y consulta, distribuyéndolos provisionalmente en cuatro bloques: Clasificación y diversidad, Biología, Pesca y conservación, y Documentación y archivos. Como seguro habréis advertido, todavía hay que darle a esto un buen repaso (otro compromiso para este 2017).
   Un punto importante fue la inclusión de un listado visual de rayas y quimeras, que ya iba siendo hora. De este modo, el gran retrato de los Condrictios de Galicia queda al fin concluido. Los tiburones se encuentran al fin en la gran casa familiar de la aldea cálidamente arropados por todos sus parientes, desde los más lejanos hasta los más próximos, como si fuesen a celebrar las fiestas de la patrona con un gran banquete, en el que podrán incluso almorzarse los unos a los otros, siempre con la debida cordialidad y alegría.

Un neonato de tintorera (Prionace glauca) nadando con toda la tranquilidad del mundo en la orilla de la playa de Coroso en un caluroso mediodía de principios del pasado septiembre. Foto amablemente enviada por su autor, Ramón Pérez.
Además de los artículos que de algún modo se han convertido en un clásico (Resumen del 2015, Ataques de tiburón 2015, Lonja de Vigo 2015), sumamos tres monográficos más a la lista de los dedicados a las especies que pululan por nuestras aguas: Alitán (Scyliorhinus stellaris), Visera flecha (Deania profundorum) y Quelvacho negro (Centrophorus squamosus). Y como mucha gente de fuera de Galicia estaba interesada, decidí traducir el artículo que publiqué en 2015 en la revista CERNA, de ADEGA, que por su extensión dividí en dos partes: Los tiburones de Galicia (I) y (II). Siguiendo en nuestro país, hablamos de una de las áreas más ricas en biodiversidad de nuestro océano, nuestra particular selva tropical: el banco de Galicia (En el banco de Galicia).
     Con Gonzalo Mucientes publicábamos al alimón, en nuestros respectivos blogs, un artículo sobre la presencia de neonatos de tintorera en aguas someras de nuestro litoral (Tintoreras en la costa gallega), con el que quisimos, en primer lugar, anunciar la salida, nada menos que en el Journal of Fish Biology, de un trabajo que firmamos junto a Rafael Bañón sobre la sorprendente presencia de neonatos y juveniles en playas y puertos de Galicia durante los últimos veranos, y en segundo, concienciar y animar a la gente a seguir informando de todos aquellos avistamientos de que tuviesen noticia, cosa que logramos, como prueba una de las imágenes que ilustra este resumen.
     Para concluir el apartado referido a Galicia, recogimos en un artículo todo lo que sobre nuestros tiburones tuvo a bien escribir una de las figuras más insignes de nuestra Ilustración, el padre Sarmiento (Fray Martín Sarmiento y las mielgas), durante sus viajes por los pueblos de nuestra costa.

Como siempre nos encanta conocer tiburones de otras latitudes, y cuanto más extraños mejor, dedicamos un artículo a siete especies bastante especiales (Siete tiburones muy particulares): la cabeza de flecha (Eusphyra blochii), el tiburón picudo (Isogomphodon oxyrhynchos), la musola barbuda (Leptocharias smithii), el colayo cabezón (Cephalurus cephalus), el Trigonognathus kabeyai, todavía sin un nombre común oficial en castellano, la mielga suave (Mollisquama parini), y el lanetón (Sphyrna tiburo).
     Las cuestiones biológicas han vuelto a quedarse relegadas a apenas un par de artículos sobre dos aspectos íntimamente relacionados de la morfología externa del tiburón (Aletas: Formas y funciones y Forma corporal y natación) y uno sobre la longevidad de uno de nuestros bichos más especiales, el gran Somniosus microcephalus, que parece que puede llegar a vivir 400 años, según un reciente estudio (La edad del tiburón de Groenlandia).
     En cuanto a la problemática de la conservación y gestión de las poblaciones de tiburones, hablamos de los resultados de la última reunión del CITES (Resultados CITES 2016) con un cierto grado de esperanza y un mucho de escepticismo, y recogimos las preocupantes conclusiones de un trabajo, en el que participa Gonzalo Mucientes, que demuestra hasta qué extremo los grandes tiburones pelágicos como la tintorera y el marrajo se encuentran bajo el radio de acción de la flota del palangre (Tiburones oceánicos y palangreros). Asimismo, también haciéndonos eco de un estudio reciente, explicamos cómo la pesca intensiva, la contaminación y la destrucción de hábitats están transformando profundamente la estructura poblacional de diversas especies de elasmobranquios (Cambios en las poblaciones de elasmobranquios del mar del Norte). Por último hablamos de números, también preocupantes de ser ciertos, a raíz de las alarmantes conclusiones del último y polémico censo de tiburones blancos llevado a cabo en Sudáfrica (El tiburón blanco sudafricano en peligro).
     Continuando con la serie dedicada a los tiburones saltarines, al fin nos centramos en el más famoso y espectacular de todos: El salto del Carcharodon carcharias.
    Y por último, no podían faltar nuestros pequeños viajes en el tiempo para conocer qué decían nuestros tatarabuelos sobre nuestros bichos. De ello tratamos en dos artículos: el primero, con dos textos de 1803 y 1838, sobre la especial relación que mantienen con el pez piloto (De peces piloto y tiburones, 1803, 1838) y el segundo, publicado hace justo un siglo, sobre el fiero carácter del tiburón (Los tigres del mar (1916)), con el que cerrábamos el año.
 
Pintarroja descansando en la abarrotada playa de Cabío en pleno agosto a unos 4 m de profundidad. Foto de Ramón Fernández, quien tuvo además la gentileza de enviar un par de vídeos.
Este 2017, para qué vamos a engañarnos, se presenta también un poco ajetreadillo... bueno, en realidad, MUY ajetreadillo, y además, en lo que nos atañe, con algunos proyectos y colaboraciones muy interesantes de los que os hablaré en su momento. En todo caso, aquí seguiremos hablando y publicando sobre tiburones, en este vuestro blog.

     Un abrazo para todos los lectores y amigos, y mis mejores deseos para este nuevo año. Que el 2017 nos sea propicio... o por lo menos que no nos deje peor de lo que estamos. ¡SALUD!

jueves, 15 de diciembre de 2016

Los tigres del mar (1916)


"Por la posición de la boca, el tiburón tiene que volverse vientre arriba para tragar la presa; los negros aprovechan tal desventaja, abriéndoles el vientre con filoso cuchillo."
De nuevo nos sumergimos en la grandiosa Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional para rescatar un curioso reportaje publicado hace casi exactamente 100 años, el 16 de diciembre de 1916, en una de las revistas ilustradas más importantes del Cono Sur, Caras y Caretas. Fundada en Montevideo en 1890 por el periodista español Eustaquio Pellicer, en 1898 se trasladó a la Argentina, donde continuaría editándose hasta 1941. Para que os hagáis una pequeña idea de su extraordinaria calidad, entre sus páginas encontramos textos de las más grandes figuras políticas y literarias del momento, españolas y americanas, como Castelar, Unamuno y nada menos que Valle-Inclán, además de Rubén Darío, Leopoldo Lugones, o mi admirado Horacio Quiroga. Un lujo.
     Lo que tenemos ante nosotros es un retrato sesgado, con un inevitable punto de sensacionalismo, y cargado de prejuicios. Lo cual es comprensible, pues su punto de partida son los trágicamente famosos ataques ocurridos durante la primera mitad de aquel caluroso mes de julio de 1916 en la costa de New Jersey y en el río Matawan (no "Natawan", como dice el texto), a 25 km de su desembocadura, con el resultado de 4 muertos y un herido. En estos hechos se inspiraría Peter Benchley para construir su también famoso best-seller.
     Como siempre, respeto la ortografía y puntuación del original, así como el uso de las cursivas.


Los tigres del mar
     Las aguas de Nueva York y sus cercanías, se han visto este verano último infestadas por una verdadera plaga de tiburones. En la playa de Nueva Jersey provocaron entre los bañistas un verdadero terror, habiendo sido devorados algunos infortunados nadadores. Las aletas triangulares cruzaban por delante de los balnearios en busca de sabrosa presa, y el pánico fué tal que nadie se atrevía a separarse de la orilla.
     Los marinos se dedicaron a la caza de los peligrosos peces, logrando capturar varios ejemplares pertenecientes a diversas variedades de la gran familia de los squalos.¹
     El día 1º de agosto se apresó en Natawan Creek [sic], a un gran tiburón blanco, el prototipo de los comedores de hombres.
     Abierto el pez, que medía solamente 7 1/2 pies de largo, se le encontró el vientre repleto de humanos despojos. En opinión de J. F. Nichols, ictiólogo del Museo de Historia Natural de Nueva York, a dicho squalo y sus congéneres deben atribuirse la responsabilidad de las desgracias ocurridas.
     La misma opinión ha sido emitida por Mr. Robert C. Murphy, profesor del Brooklyn Museum; pues a lo que parece de las numerosas variedades que tiene el orden de los squalos sólo son peligrosas [sic] dos tipos, el tiburón tigre y el blanco (o squalus carcharias), al cual se puede considerar como el característico de todo el orden.
     Se distingue el tiburón, desde luego, por su cuerpo prolongado, piel durísima y gran cabeza plana; el aparato olfatorio es finísimo y le permite husmear desde lejos su presa, aún entre la obscuridad; la abertura de la boca, que ofrece la forma de un semicírculo, está situada debajo de la cabeza, y de sus dimensiones se podrá juzgar sólo con saber que medido el contorno de la mandíbula superior iguala a la quinta parte del total del pez.
     La boca está armada con varias filas de terribles dientes propios para desgarrar. El gaznate es tan grande que le permite tragarse un hombre casi entero o en pocos trozos.
     Feroz por su insaciable voracidad, ávido siempre de sangre, puede considerársele como el tigre del mar.
     Desconoce el temor; persigue con furia y acomete a todo cuanto se mueve y provoca su apetito; libran entre ellos batallas sin cuartel, y entonces se les ve elevarse sobre las aguas, los ojos sanguinolentos, inflamados por la cólera, descargando tan terribles golpes con la cola que, según los viajeros, entre ellos Bosmán², el ruido del combate se propaga a gran distancia, por la superficie del mar.
     Los tiburones se encuentran en todos los climas, pudiendo asegurarse que han invadido los mares tanto del Nuevo como del Antiguo continente.
1.— Tiburón blanco. "Comedor de hombres". Color plomizo ceniciento; longitud, siete metros.
2.— Escualo de arenas. Color gris; longitud media, dos m.
3.— Perro de mar. Color gris pálido; longitud media, un metro.
4.— Nariz aguda. Color gris; longitud, 90 centímetros.
5.— Trillador. De cola puntiaguda; color negruzco; longitud media, tres m.
6.— Pez martillo. Color gris amarillento; longitud media, tres metros.
7.— Cabeza de pala. Color ceniciento uniforme; longitud media, metro y medio.
8.— Escualo caballa. Color gris azulado obscuro; longitud media, 65 cents.
9.— Tiburón negro. Color negro y gris; longitud media, dos m.
10.— Gran escualo azul. Azul y gris; longitud media, tres m.
11.— El tiburón espina, parecido al caballa; tamaño medio, un m.³
(Caras y caretas, 16 de diciembre de 1916, p. 46.)
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¹Portada del Philadelphia Inquirer con la noticia de una de esas capturas:

²No he sabido identificar a ese tal Bosmán. Tal vez se refiera Willem Bosman (1672-1703), comerciante al servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales cuya descripción de la Guinea neerlandesa (parte de la Ghana actual), en el golfo de Guinea, se convirtió, debido a su exactitud, en una obra de referencia. (Se agradecen sugerencias.)
³La identificación de algunas especies resulta bastante complicada puesto que desconocemos no solo sus nombres científicos y la obra de donde se han tomado, sino el ámbito geográfico al que pertenecen. En algunos casos la descripción y el dibujo pueden ayudarnos, en otros es al contrario. Lo que parece evidente es que las especies 9 y 11 están cambiadas: en mi opinión, el "tiburón espina" sería el 9, y el tiburón negro el 11. La forma corporal estilizada del primero unida a la mancha oscura en el ápice de la pectoral hacen pensar, no en un "tiburón espina", sino en un "spinner shark" (Carcharhinus brevipinna). Mientras que las grandes aberturas branquiales y el cuerpo más rechoncho del "tiburón negro", tal vez (solo tal vez) remitan a un Lamna nasus, que en efecto es, además, "parecido al caballa".
En cualquier caso, y a falta de más datos, lo que sigue no es más que una conjetura: 1. Carcharodon carcharias, obviamente. 2. Tiburón toro (Carcharias taurus). 3. Alguna variedad de mielga o galludo (Squalus sp.). 4. Problemente alguna especie de tiburón hocicudo (Rhizoprionodon sp.). 5. Tiburón zorro (Alopias sp.). Por tamaño la especie que más se acerca sería el A. pelagicus, pero la descripción y el dibujo apuntarían a un A. vulpinus. 6. Tiburón martillo (Sphyrna mokarran). 7. Lanetón (Sphyrna tiburo). 8. Uno pensaría en el marrajo (Isurus oxyrinchus), si no fuera por el desconcertante "65 cents" de longitud media, que probablemente sea una errata. 9. Jaquetón picudo (Carcharhinus brevipinna) (?)  10. Tintorera (Prionace glauca). 11. Cailón (Lamna nasus) (?).


domingo, 6 de noviembre de 2016

Quelvacho negro (Centrophorus squamosus)

Quelvacho negro (Centrophorus squamosus). Foto: OceanLab, University of Aberdeen.

Quelvacho negro

Centrophorus squamosus (Bonnaterre, 1788)

(es. Quelvacho negro; gal. Lixa negra; in. Leafscale gulper shark; port. Lixa)

Orden: Squaliformes.
Familia: Centrophoridae.

El quelvacho negro representa como pocos el prototipo de tiburón de aguas profundas, una suerte de modelo que reúne todos los matices positivos y negativos que ello encierra. Tenemos, por un lado, la misteriosa belleza de una criatura esquiva y radicalmente ajena a nuestro mundo —lo que la hace todavía más fascinante—, y, por otro, una fuente importante de ingresos que, sometida a una intensa presión pesquera, ha conducido a una caída sustancial de sus poblaciones.
     Otro aspecto, también recurrente, es que a estas alturas no puede decirse que sea mucho lo que sabemos de su biología y costumbres, lo cual en este caso no deja de ser un tanto paradójico al tratarse de una especie tradicionalmente tan importante y relativamente abundante en ciertas pesquerías, como especie objetivo y como captura accidental. Aunque poco a poco van saliendo a la luz datos particularmente interesantes que nos están permitiendo armar el apasionante puzzle de la vida privada de este bellísimo tiburón. Son datos procedentes de aquí y de allá —como trabajos sobre capturas comerciales y científicas realizadas en zonas puntuales del océano—, que, como pequeñas piezas que se ensamblaran perfectamente entre si, nos permiten ir cubriendo, a veces tentativamente, una superficie cada vez más amplia (si bien para ser justos hay que reconocer que, en mayor o menor medida, este mismo patrón es válido para la mayoría de los tiburones). Por eso algunas veces nos encontramos con cifras y datos dispares —a veces incluso contradictorios— sobre un mismo aspecto biológico cuando lo consultamos en distintas fuentes. En algunos apartados de este artículo he querido dejar constancia de ello a modo de ejemplo, pero también como muestra de reconocimiento y admiración —y mucha envidia— por los científicos que han estado y siguen estando ahí, a pie de obra, llevando a cabo una tarea fundamental que muchos conciudadanos no entenderán jamás.
     Resumiendo, puede decirse que estamos inmersos en un proceso de construcción de conocimiento, no ante un cuerpo descriptivo más o menos consolidado.

NOTA: El número o números entre corchetes remiten a la correspondiente entrada bibliográfica recogida abajo.

Foto: Chris Bird, Sharks Devocean.
Descripción. El quelvacho negro tiene un cuerpo relativamente robusto que remata en un morro corto y grueso, levemente aplanado y con forma de cuña visto lateralmente. La piel es muy áspera debido a los grandes dentículos dérmicos que la cubren, que en los adultos presentan una característica corona en forma de hoja, con fuertes crestas y bordes dentados —de ahí su nombre común en inglés, Leafscale gulper shark, algo así como "quelvacho de escamas como hojas". Los ojos son grandes, así como los espiráculos, redondeados, situados detrás. La boca es ligeramente arqueada, con los pliegues labiales superiores más cortos que los inferiores.

Detalle de los característicos dentículos dérmicos del C. squamosus en perspectiva cenital (izq.) y lateral (dcha) (fotos tomadas de www.thefossilforum.com).
Ambas dorsales presentan espinas cortas pero fuertes. La primera dorsal es larga y baja y la segunda más corta y alta, con forma triangular. Las pectorales son pequeñas y su borde posterior libre es corto, no apuntado y alargado como en su pariente el quelvacho (Centrophorus granulosus), con el que guarda un evidente parecido. La caudal es corta y ancha, con el borde posterior casi recto o ligeramente cóncavo en los adultos; su lóbulo inferior está poco desarrollado y el superior presenta un lóbulo terminal marcado.
     La librea es sencilla: color gris oscuro a pardo grisáceo oscuro uniforme, sin marcas distintivas.

Dentición. Dimorfismo dentario. Los dientes de la mandíbula superior son lanceolados: presentan una sola cúspide más o menos recta, relativamente baja y apuntada, y están muy próximos entre si, pero no imbricados. Los de la inferior, también unicuspidados, son bastante más anchos, con una cúspide baja y abatida, y están imbricados formando como un filo de sierra. 30-38 hileras en la mandíbula superior y 24-32 en la inferior.

Fuente: Akhilesh et al., J. Mar. Biol. Ass. India, 2010 [1].
Talla. Longitud total máxima de unos 164 cm, siendo las hembras las que, a tenor de los registros, alcanzan mayores tallas. Los machos son maduros en torno a los 100-110 cm y las hembras a los 110-125 cm.
     Por lo que respecta a las tallas de nacimiento, casi podría decirse que hay tantas cifras como fuentes consultadas. Algunas indican 30-40 cm [8], otras 35-40 cm [5], y otras entre 35-43 cm [11, 14]. Trabajos más específicos señalan 38-40 cm en Galicia [2] y, en Portugal, una cifra sustancialmente más elevada, 44-46 cm [10]. Tal vez no andemos muy lejos de la realidad si sintetizamos la cuestión dejándola en una amplia horquilla de 35-46 cm en función de diversas variables ambientales y biológicas.

Reproducción. El C. squamosus es vivíparo aplacentario con camadas de 4 a 8 crías, posiblemente hasta 9. Hembras analizadas en Madeira portaban entre 2 y 10 embriones, con una media de 5,4 [13]. Algunos trabajos han encontrado una correlación entre la talla materna y el número de embriones [10], otros, en cambio, no [13], si bien admiten que esto puede deberse a posibles abortos durante el trauma de la virada.
     Por lo demás, es muy poco lo que se sabe de su reproducción, como ocurre con muchas otras especies de aguas profundas. Figueiredo et al. [10] observaron que el tracto reproductivo de la hembra de mayor tamaño que pudieron examinar no mostraba capacidad reproductiva alguna, lo cual podría ser indicio de senescencia, hipótesis que, obviamente, debe ser confirmada. Los mismos autores encontraron elementos que apuntarían a la existencia de una estación reproductiva en la que la cópula podría tener lugar en verano o comienzos del otoño.
     Se trata de una especie longeva. Se estima que puede llegar a vivir hasta los 70 años. Las hembras maduran hacia los 35 años y los machos un poco antes, en torno a los 30.

Embrión a término de 44 cm de LT (fuente: Figueiredo et al., JFB, 2008).
Comportamiento migratorio. A mi modo de ver, esta es uno de los aspectos más interesantes de la vida, todavía privada, de este tiburón. Los datos de que disponemos son por desgracia bastante fragmentarios.
     Recientemente, Rodríguez-Cabello y F. Sánchez [12] lograron colocar transmisores PAT a 5 ejemplares en el área de El Cachucho, en el Cantábrico. Era la primera vez que se empleaba esta técnica en tiburones de aguas profundas, con todas las dificultades técnicas y biológicas que ello entrañaba, y los resultados han sido muy buenos. Se confirma que este tiburón es capaz de realizar grandes migraciones, lo que apoyaría la hipótesis de la conectividad entre áreas diversas y, a su vez, la existencia de una única población en esta parte del Atlántico. Dos ejemplares se dirigieron hacia el oeste —sus transmisores se liberaron frente a las costas de Galicia— y dos hacia el este, uno de los cuales, un macho de 118 cm, llegó hasta el banco de Porcupine, al oeste de Irlanda, tras viajar casi 1000 millas náuticas a lo largo del talud, según la hipótesis más plausible. En todos los casos, los desplazamientos se producían a una cota media de 900-1000 m, posiblemente siguiendo los márgenes continentales.

En amarillo, la hipótesis de la migración N-S, todavía por confirmar. En verde, las trayectorias más probables de los ejemplares 4 y 5 marcados por Rodríguez-Cabello y F. Sánchez; el primero un macho de 118 cm, el segundo una hembra de 99 cm.
Al margen de lo anterior, existen elementos suficientes para sostener la idea de un comportamiento migratorio complejo de alguna manera asociado con la reproducción. El que individuos de determinadas tallas y estadios reproductivos estén presentes en unas áreas y ausentes de otras, parece un claro indicio de ello. Centrándonos en el Atlántico NE, se ha observado que en zonas tan septentrionales como las islas Feroe, Escocia y oeste de las Islas Británicas no se han encontrado hembras grávidas, y si, en cambio, en áreas más meridionales. En Galicia y Portugal, siguiendo los trabajos de Bañón et al. [2] y Figueiredo et al. [10], solo contamos con 4 registros —2 en cada zona— tras el examen de varios centenares de hembras. Pero en Madeira la cosa se dispara: nada menos que el 34% de las hembras analizadas por Severino et al., estaban preñadas —21 en total—. Este elevado porcentaje, unido al hecho de que todos los estadios de desarrollo uterino y ovárico estaban presentes en la zona, refuerza la hipótesis de que este archipiélago podría constituir una zona de cría [13]. El hecho, no justificado por el tipo de aparejo, de que no se hayan encontrado crías ni en esta ni en otras zonas del océano puede deberse a que carecen de la suficiente autonomía para llegarse hasta los anzuelos, bien porque viven a mayor profundidad, próximos al fondo, bien porque se encuentran en aguas más someras.
     Todo esto parece abundar en la teoría de que las hembras maduras y/o grávidas se desplazan hacia el sur, hacia alguna de las áreas descritas o hacia cualquier otra que no conocemos, que todavía permanece oculta o fuera del alcance de los aparejos comerciales y científicos. Como es natural (¿hace falta decirlo?), se trata de una hipótesis que debe ser ratificada mediante estudios más completos.
    
Fuente: OceanLab/NIOZ.
Dieta. Dieta variada. Al igual que su primo hermano el granulosus, el squamosus come de todo, desde teleósteos (merluza, bacalaos, caballas, granaderos (Macrouridae), alepocefálidos, dirétmidos...) hasta quimeras, cefalópodos y crustáceos (eufausiáceos y peneidos).

Hábitat y distribución. El quelvacho negro es una especie demersal del talud continental, por lo general entre los 229 y los casi 2400 m, si bien existe un registro a 3280 m en la Dorsal Atlántica (cita de Priede et al. recogida en [12]); es raro por encima de los 1000 m en el Atlántico NE [8]. En Galicia, incluido el banco de Galicia [3], los registros conocidos se han producido entre los 749-1216 m, la gran mayoría capturados con palangre y una pequeña porción con arrastre de fondo [2]. En el área central del Atlántico norte presenta hábitos epi y mesopelágicos, encontrándose desde la superficie hasta los 1250 m en aguas de más de 4000 m de profundidad. Parece haber segregación espacial por tallas y sexo. La proporción de hembras aumenta a medida que se incrementa la profundidad.
     Se ha observado que ejemplares marcados en el Cantábrico emprendían importantes desplazamientos verticales, fundamentalmente entre los 500 y los 1400 m [12].

Elaboración propia [3, 6, 7, 8, 9].
Distribución amplia. En el Atlántico NE desde Islandia y, siguiendo el talud atlántico, Noruega hasta Mauritania, incluidas Madeira, Azores, Canarias, Cabo Verde, Senegal, Gabón al Congo; Namibia, posiblemente Angola, y Sudáfrica, si bien en el Atlántico SE no parece ser una especie tan común como en el NE. Hasta el momento tan solo existe un único registro en toda la fachada occidental atlántica, en Venezuela. Se encuentra también en diversas áreas del Pacífico W e Índico central y W. Ausente en el Mediterráneo. Ebert et al. [7] anotan un registro en el Pacífico chileno que no he podido encontrar en ninguna otra guía. En el texto se despacha bajo el genérico "western and southeast Pacific Oceans".

Pesca y conservación. El quelvacho negro ha sido tradicionalmente un importante recurso pesquero en el Atlántico NE, debido sobre todo al valioso aceite de su voluminoso hígado, pero también por su carne, representando un porcentaje elevado de las capturas de las pesquerías de aguas profundas, particularmente el palangre. Hablamos de capturas como especie objetivo pero también de capturas accidentales, como en la flota que anda al sable negro (Aphanopus carbo) en Madeira, una de las pesquerías de aguas profundas más antiguas del mundo.
     Aunque parece ser un tiburón relativamente común en sus zonas de distribución, se ha constatado un acusado descenso de sus poblaciones. Su baja baja tasa reproductiva —alta longevidad, maduración tardía, camadas extraordinariamente bajas, etc.— lo hace muy vulnerable a la sobrepesca, como ocurre con otros tiburones de profundidad. La UE ha establecido un TAC 0 y la IUCN lo incluye en su Lista Roja con el estatus de Vulnerable, planteando la urgente necesidad de recabar más y mejores datos —es decir, a nivel cuantitativo y cualitativo— para poder evaluar más certeramente la situación actual, real, de los stocks, así como su tendencia poblacional.

Foto: Joao Correia, APECE.
     La falta de datos fiables es uno de los elementos nucleares de la problemática de la conservación del squamosus. Es de todo punto imposible diseñar planes de gestión certeros, viables, que permitan la recuperación de las poblaciones, si la información de la que partimos es errónea, o imprecisa... o directamente es falsa. Es como pretender curar una epidemia de gripe recetando gominolas. Muchos datos de capturas y desembarcos contienen errores, siendo optimistas, o están directamente falseados, siendo realistas. Pocas veces tiene uno la ocasión de leer declaraciones tan contundentes como la siguiente, que no me resisto a traducir:
Todo el mundo sabe extraoficialmente que en el conjunto de la industria pesquera se falsean los datos. Hasta los propios funcionarios de la FAO han admitido oficiosamente, en numerosas conferencias, que por regla general se asume que los informes falseados son el cuádruple, factor que de hecho se tiene en cuenta en la elaboración de los datos pesqueros de muchos países. Sin embargo, los contactos que conseguimos para este estudio revelan que las notificaciones erróneas o falseadas llegan llegan a ser 20 veces más [15].
     El tema de la identificación errónea, por desconocimiento o por mala fe, es un elemento clave. No pocas veces se consignan bajo la misma denominación especies tan distintas, si bien morfológicamente parecidas, como los quelvachos (Centrophorus spp.) o las pailonas (Centroscymnus coelolepis). El excelente trabajo de Correia et al. nos proporciona un ejemplo bien elocuente a la vez que demencial. Estos autores observaron que a partir del 2007 se inicia un drástico descenso de los desembarcos de C. squamosus, al tiempo que comienzan a aparecer en las lonjas de Portugal los primeros registros del Centrophorus lusitanicus o quelvacho luso, especie "que nunca se había registrado en los desembarcos portugueses antes del 2007" [15]. Históricamente, ambas especies, fácilmente confundibles, se venían descargando como C. squamosus... pero en 2007 la cosa cambia. ¿Por qué? Alguno seguro que ya se lo imagina... y se imagina también las consecuencias:
El establecimiento, en 2007, de un TAC para tiburones de aguas profundas hizo que los pescadores desembarcasen todas sus capturas como Centrophorus lusitanicus, dado que este no estaba incluido en la lista de especies reguladas por el TAC. Este caso de información falsa o inexacta ha tenido un efecto muy negativo sobre los datos, con registros de Centrophorus lusitanicus en lugar de otros que con toda probabilidad deberían haber sido Centrophorus squamosus e incluso posiblemente otras especies de aguas profundas como Centrosymnus coelolepis y Centrophorus granulosus [15].
Foto: OceanLab, University of Aberdeen.
El Artículo 13 del Reglamento UE 2016/72 del Consejo prohibe a los buques de la UE la captura, mantenimiento a bordo, transbordo y desembarco del Centrophorus squamosus "en aguas de la Unión de la división CIEM IIa y de la subzona CIEM IV y en las aguas de la Unión e internacionales de las subzonas CIEM I y XIV".
     Pues estupendo.

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BIBLIOGRAFÍA

1. Akhilesh, K. V., M. Hashim, K. K. Bineesh, C. P. R. Shanis & U. Ganga (2010). New distributional records of deep-sea sharks from Indian waters. Journal of the Marine Biological Association of India, 52(1): 29-34.
2. Bañón, Rafael, Carmen Piñeiro & M. Casas (2006). Biological aspects of deep-water sharks Centroscymnus coelolepis and Centrophorus squamosus in Galician waters (north-western Spain). Journal of the Marine Biological Association of the United Kingdom, 86, pp.843-846.
3. Bañón, Rafael, J. C. Arronte, Cristina Rodríguez-Cabello, Carmen Gloria Piñeiro, Antonio Punzón & Alberto Serrano (2016). Commented checklist of marine fishes from the Galicia Bank seamount (NW Spain). Zootaxa, 4067 (3), 293-333. http://dx.doi.org/10.11646/zootaxa.4067.3.2.
4. Clarke, Maurice (2002). Age estimation of the exploited deepwater shark Centrophorus squamosus from the continental slopes of the Rockall Trough and Porcupine Bank. Journal of Fish Biology, 60: 501-514. doi:10.1006/jfbi.2001.1861.
5. Compagno, L. J. V., M. Dando & Sarah Fowler (2005). Guía de campo de los tiburones del mundo. Omega, Barcelona.
6. Ebert, David A. (2013). FAO Species Catalogue for Fishery Purposes: Deep-Sea Cartilaginous Fishes of the Indian Ocean. Volume 1: Sharks. FAO, Roma.
7. Ebert, David A., Sarah Fowler, Leonard Compagno, Marc Dando (2013). Sharks of the World: A Fully Illustrated Guide. Wild Nature Press, Plymouth. 
8. Ebert, David A. & Matthias F. W. Stehmann (2013). FAO Species Catalogue for Fishery Purposes: Sharks, Batoids and Chimaeras of the North Atlantic. FAO, Roma.
9. Ebert, David A (2015). FAO Species Catalogue for Fisheries Purposes No. 9: Deep-sea Cartilaginous Fishes of the Southeastern Atlantic Ocean. FAO, Roma. 
10. Figueiredo, I., T. Moura. A. Neves & L. S. Gordo (2008). Reproductive strategy of leafscale gulper shark Centrophorus squamosus and the Portuguese dogfish Centroscymnus coelolepis on the Portuguese continental slope. Journal of Fish Biology, 73: 206-225. doi:10.1111/j.1095-8649.2008.01927.x
11. Guisande González, C., P. J. Pascual Alayón, J. Baro Rodríguez, C. Granado Lorencio, A. Acuña Couñago, A. Manjarrés Hernández & P. Pelayo Villamil (2011). Tiburones, rayas, quimeras, lampreas y mixínidos de la costa atlántica de la Península Ibérica y Canarias. Ediciones Díaz de Santos, Madrid.
12. Rodríguez-Cabello, Cristina & Francisco Sánchez (2014). Is Centrophorus squamosus a highliy migratory deep-water shark? Deep-Sea Research I, http://dx.doi.org/10.1016/j.dsr.2014.06.005.
13. Severino, R. B., I. Afonso-Dias, J. Delgado & M. Afonso-Dias (2009). Aspects of the biology of the leaf-scale gulper shark Centrophorus squamosus (Bonnaterre, 1788) off Madeira archipelago. Arquipélago, Life and Marine Sciences 26: 57-6.
14. White, W. T. (SSG Australia & Oceania Regional Workshop, March 2003). 2003. Centrophorus squamosus. The IUCN Red List of Threatened Species 2003: e.T41871A10581731. http://dx.doi.org/10.2305/IUCN.UK.2003.RLTS.T41871A10581731.en, consultada el 27-X-2016.
15. Correia, J., F. Morgado, K. Erzini & A. M. V. M. Soares (2016). Elasmobranch landings in the Portuguese commercial fishery from 1986 to 2009. Arquipélago. Life and Marine Sciences 33:81-109.