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jueves, 30 de noviembre de 2017

La memoria del tiburón

Pintarroja colilarga gris (Chiloscyllium griseum). Foto: Silke Baron, tomada de Wikimedia Commons.
Mucha gente sigue todavía creyendo que los tiburones son seres esencialmente estúpidos, dotados de un cerebro tan elemental que solo son capaces de pensar en una única cosa: triturar turistas. El que una idea así siga vigente en la mente de demasiada gente, a despecho de la cantidad de trabajos que, con radical contundencia, se han encargado de desmontarla en estos últimos años y cuyas conclusiones han aparecido en decenas de documentales y de reportajes de carácter divulgativo, a veces da para pensar si no seremos los seres humanos los que resultamos ser a veces un poco elementales, de piñón fijo, y nos cuesta deshacernos de conceptos e ideas aunque se nos demuestre que la verdad vaya por otro lado.
     La realidad es que los tiburones no solo son bichos sumamente inteligentes, sino que demuestran tener más memoria que cualquier votante medio de este país, por poner una comparación sin duda odiosa pero certera. Son capaces de almacenar bloques de información durante por lo menos un año entero y echar mano de cualquiera de ellos en el momento que lo necesiten para obtener algo que les resulta útil y beneficioso.
     Así lo demuestran los resultados de un interesante estudio¹ llevado a cabo con juveniles de pintarroja colilarga gris (Chilloscyllium griseum), un pequeño tiburón bentónico del Indo-Pacífico occidental (orden Orectolobiformes, familia Hemiscylliidae). Ocho de estos tiburones fueron sometidos a tres experimentos cognitivos en cada uno de los cuales se les enseñó a realizar una tarea distinta para, posteriormente, comprobar durante cuanto tiempo las mantenían en su memoria en ausencia de estímulos positivos.
     En primer lugar se les enseñó a identificar formas geométricas básicas a cambio de una pequeña recompensa en forma de comida. Cuatro ejemplares aprendieron a identificar triángulos y los otros cuatro, rectángulos, tanto con su perfil completo como lo más sorprendente en figuras Kanizsa. Las pequeñas pintarrojas colilargas demostraron ser capaces de recomponer en sus cerebros las formas de un triángulo y de un rectángulo a partir de los contornos ilusorios creados mediante la particular orientación de una serie de discos truncados a la manera del famoso Pacman o "Comecocos". O sea, que los tiburones, como otras criaturas tan extrañas como los seres humanos, los gatos o los búhos, también interpretan ilusiones ópticas, lo que sin duda resulta esencial para reconocer las figuras de posibles presas camufladas en el entorno.

Chiloscyllim griseum (foto: Vera Schluessel). 1. Cuadrado y triángulo de Kanizsa. 2. Contornos subjetivos. 3. Ilusión de Müller-Lye. 
     Con el segundo experimento aprendieron a distinguir los contornos subjetivos de un cuadrado de los de un rombo, contra un fondo difuso de rayas diagonales.
     En el tercero, a los tiburones se les presentaron imágenes con líneas de diversa longitud (de 3 y 6 cm) y se les enseñó a elegir siempre las más larga. Lo notable de este experimento es que, una vez dominada esta destreza, estos extraordinarios peces no se tragaron el anzuelo y ya siento el chiste fácil, como nos suele ocurrir a nosotros, de una de las ilusiones geométricas más conocidas, la de Müller-Lye: si a una serie de dos o tres segmentos de igual longitud les añadimos en cada extremo un ángulo a modo de punta de flecha apuntando hacia dentro o hacia fuera, el observador percibe que algunos son más largos que otros. Pues bien, en ningún momento se dejaron engañar por esta ilusión, siempre percibieron que las líneas eran de idéntica longitud.

Foto: Citron / CC-BY-SA-3.0
En un medio tan complejo como el océano, la capacidad de aprender y almacenar información supone una ventaja selectiva evidente a la que los tiburones no son ajenos. En trabajos anteriores se observó como un ejemplar de tiburón limón (Negaprion brevirostris) era capaz de retener información sobre como obtener comida durante 10 semanas; que los tiburones de Port Jackson (Heterodontus portusjacksoni) recordaban asociaciones de diversos elementos con una recompensa gastronómica hasta 40 días; o que nuestras pintarrojas (Scyliorhinus canicula) podían recordar tareas durante tres semanas en ausencia de premio o refuerzo positivo [véase La capacidad cognitiva de los tiburones].
     Lo asombroso de este trabajo es que 5 de las 8 pintarrojas colilargas fueron capaces de retener, durante un periodo de hasta 50 semanas, no un solo bloque de información, sino tres: los estímulos y tareas asociadas aprendidas en cada uno de los tres experimentos. Y además lo hicieron por igual, indistintamente, sin que, por ejemplo, la tarea más recientemente aprendida tuviese preeminencia sobre las anteriores. Los tiburones respondían perfectamente a cualquiera de los estímulos presentados, echando mano de la información correcta, que habían almacenado en algún lugar de su cerebro destinado a la memoria a largo plazo.
     Durante los entrenamientos no todos los tiburones mostraron el mismo ritmo de aprendizaje. De hecho, hubo tres ejemplares que, por decirlo de algún modo, no estuvieron a la altura de sus compañeros. Esto revela que dentro de la misma especie existen individuos con diferentes capacidades y comportamientos.

Foto: perigor2000.
Al cabo de casi un año las investigadoras dieron por finalizado su estudio, dejando en suspenso la idea, más que posible, de que la memoria de al menos algunos ejemplares bien podía haber superado las 50 semanas.

Y uno no puede evitar pensar que si las pintarrojas colilargas, cuya vida transcurre ligada al fondo, han demostrado tal capacidad de aprendizaje, almacenaje y manejo de datos de discriminación visual, cómo será el tema con los grandes depredadores visuales como el tiburón blanco (Carcharodon carcharias) o el marrajo (Isurus oxyrinchus), cuyos cerebros, además, están bañados por sangre caliente que multiplica el ritmo del procesamiento de información...
     Para que después vayamos nosotros presumiendo de esto o de lo otro.
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¹Theodora Fuss & Vera Schluessel (2015). Something worth remembering: visual discrimination in sharks. Animal Cognition, 18:463-471, doi: 10.1007/s10071-014-0815-3.

martes, 31 de octubre de 2017

Problemas taxonómicos de mielgas y galludos (Squalus)

Mielgas (Squalus acanthias). Foto de Andy Murch, bigfishexpeditions.com.
Los tiburones constituyen en general un grupo bastante complejo a nivel taxonómico. Y no solo nos referimos a especies como los pejegatos (género Apristurus), que viven bien lejos de nosotros en los rincones más profundos y apartados del océano, sino también a grupos tan comunes o familiares —casi podríamos decir "domésticos"— como el de las mielgas y galludos que de vez en cuando encontramos en nuestras lonjas y de los que hoy nos vamos a ocupar aquí.
     Y es que en realidad el género Squalus es uno de los más confusos, incluso en lo que respecta a aquellas especies que habitan en zonas tan profunda y profusamente estudiadas como el Atlántico oriental y el Mediterráneo, por sorprendente que pueda parecer a profanos como quien esto escribe. Las causas son variadas, y algunas demasiado complejas como para despachar en unas pocas líneas. Pero podemos mencionar factores como la poca consistencia y/o ambigüedad de ciertos caracteres morfológicos establecidos para identificar especies muy parecidas entre si, a lo que hay que sumar, en algunos casos, historiales taxonómicos un tanto oscuros, con escasez de detalles en las descripciones originales, falta de materiales tipo, o acumulación de sinonimias en conflicto propuestas a partir de especímenes procedentes de diversas partes del mundo (pensemos que estos tiburones se encuentran en casi todos los mares del planeta, y algunos presentan una distribución mundial muy amplia).
     En estos últimos años varios trabajos han venido a dar cuenta de esta situación, informando de inconsistencias taxonómicas, reconduciendo sinonimias, identificando nuevas especies y resucitando otras, aunque de un modo parcial. Hoy vamos a fijarnos en uno de ellos, publicado el año pasado: Ana Veríssimo, D. Zaera-Pérez, R. Leslie, P. Iglésias, B. Séret et al. (2016). Molecular diversity and distribution of eastern Atlantic and Mediterranean dogfishes Squalus highlight taxonomic issues in the genus. Zoologica Scripta, doi:10.1111/zsc.12224 ('La diversidad molecular y distribución de las mielgas y galludos Squalus del Atlántico oriental y Mediterráneo evidencian problemas taxonómicos en el género'). Un trabajo cuya lectura me ha parecido doblemente estimulante, tanto por la información que aporta como porque pone de manifiesto la necesidad de combinar las más modernas herramientas de la biología molecular con la taxonomía descriptiva clásica, basada en caracteres morfológicos y merísticos. La forma más cabal de ordenar todo este follón es adjudicar una etiqueta genética, única y definitiva —un código de barras¹ o barcode—, a una especie o taxón con un conjunto de caracteres bien definidos.
     Tal como indica el título, el objetivo de Veríssimo y compañía no es evaluar el estatus y consistencia taxonómica del género en su conjunto, sino el de las especies tradicionalmente citadas en el Atlántico oriental y el Mediterráneo: la mielga (Squalus acanthias), el galludo (Squalus blainville) —ambas registradas en aguas de Galicia—, el galludo ñato (Squalus megalops) y la mielga de espinas cortas (Squalus mitsukurii), que habita en el Atlántico SE. Dicho de un modo simple, se trata de dilucidar, mediante la genética, cuántas especies de Squalus hay de verdad en este ámbito geográfico y si están correctamente identificadas. Un trabajo apasionante donde los haya.
De arriba abajo: Squalus acanthias, Squalus blainville, Squalus megalops (ilustraciones de Mark Dando, tomadas de la página de Shark Trust), y Squalus mitsukurii (ilustración de Emanuela D'Antoni, en Ebert & Mostarda, 2013)².
Los autores obtuvieron más de un centenar de secuencias de COI y ND2 de ejemplares de las cuatro teóricas especies capturados a lo largo de estas áreas, y las clasificaron y agruparon; luego las compararon con muestras procedentes de otros puntos del Atlántico y del Pacífico, y finalmente también con secuencias almacenadas en bancos como el Barcode of Life o el GenBank, o bien proporcionadas por otros especialistas. En total, 417 secuencias de COI y 252 de ND2 pertenecientes a 19 especies distintas de Squalus recogidas en prácticamente todo el mundo. Esto lo convierte en el estudio molecular más completo llevado a cabo hasta el momento sobre el género.

Resultados. Resumiendo bastante la cuestión, pues en este trabajo hay mucha chicha, los resultados confirmaron la presencia de 4 clados o taxones en el Atlántico E y el Mediterráneo —o sea, de 4 especies distintas—, cada uno de los cuales fue etiquetado con una letra de la A a la D. En principio deberían corresponderse con cada una de las especies registradas, pero...
  • Las secuencias agrupadas en el Clado A se correspondían con una única especie, la mielga (S. acanthias), de distribución mundial, la más fácilmente identificable de las cuatro. 
  • En cambio, las del Clado B pertenecían a especímenes de hasta tres supuestas especies distintas: ejemplares identificados como galludo (S. blainville) procedentes del Mediterráneo y el Atlántico NE (Portugal, Marruecos, Canarias), como galludo ñato (S. megalops) recogidos en Túnez, Marruecos y diversas áreas del Atlántico SE (Angola, Namibia y Sudáfrica)... además de algunos individuos identificados como S. acanthias procedentes de zonas del Mediterráneo como las Baleares, Creta y el mar Egeo. De locos.
  • Con el Clado C ocurría algo parecido. La secuencia de un S. blainville capturado de Túnez coincidía con la de especímenes identificados como S. megalops capturados en el África W tropical (Guinea-Bisáu, República de Guinea y Gabón).
  • Las secuencias del Clado D procedían exclusivamente de la parte de Sudáfrica y todas excepto una, no identificada, se correspondían con individuos identificados nominalmente como S. mitsukurii.
Squalus megalops fotografiado en Tasmania (fuente: lachlanf/iNaturalist.org, tomada de fishesofaustralia.net.au).
Conclusiones. Es difícil resumir un trabajo como este en unas pocas conclusiones, pero ahí va:
  • El problema blainville-megalops. Salta a la vista que existe un problema blainville-megalops: ambos nombres se utilizan de manera se podría decir que indiscriminada para designar a la misma especie tanto en el Atlántico E como en el Mediterráneo. Parece evidente que los descriptores morfológicos utilizados carecen de la operatividad que sería de desear y se impone una urgente revisión.
  • La cuestión blainville. Teniendo en cuenta su zona de procedencia, las aguas templadas del Mediterráneo y Atlántico E, Veríssimo et al. consideran que las secuencias agrupadas en el Clado B corresponden en exclusiva al galludo, Squalus blainville, cuya localidad tipo está precisamente en el Mediterráneo.
  • La cuestión megalops. Pero estos autores van mucho más allá, para poner en cuestión el uso de S. megalops en este ámbito geográfico (si bien lo cierto es que, según parece, bajo este nombre se oculta un complejo de especies muy parecidas entre si a la espera de una reevaluación taxonómica). Vienen a decir, en otras palabras, que este tiburón aquí no lo tenemos. Las secuencias de S. megalops procedentes de Australia, el área donde fue originariamente descrito como especie, presentan diferencias demasiado importantes con las de los ejemplares de aquí, posiblemente debidas al aislamiento entre ambas poblaciones. Y es que por no coincidir, ni siquiera coinciden con las de ejemplares de Sudáfrica.
         Las secuencias del Clado C pertenecerían por tanto a una especie todavía sin identificar adecuadamente. La hipótesis, a la espera de futuros trabajos que la confirmen o refuten, es que podría tratarse de un Squalus muy parecido, también de morro corto, que fue resucitado el año pasado por Viana & De Carvalho, el Squalus acutipinnis (Regan, 1908). La distribución del S. megalops quedaría limitada a su ámbito geográfico originario.
  • La cuestión mitsukurii. No podemos detenernos demasiado en esta especie para que este artículo no se haga interminable, más de lo que ya es. Basta decir que al igual que S. megalops, este nombre esconde un complejo de especies a la espera de reevaluación, tanto más cuanto que no existe material procedente de su localidad tipo, Japón. Una revisión llevada a cabo en la parte del Índico ha dado lugar la resurrección de dos especies y a la descripción de una nueva; y en el Atlántico el análisis comparativo de secuencias de mitsukurii con las de otras especies de diversa procedencia parece indicar que la cosa va por el mismo camino (para más detalles, os invito a leer el trabajo original).
Arriba, Squalus blainville (fuente: Iglésias, S. P., 2012³). Abajo, Squalus mitsukurii (foto de Oddgeir Alvheim, IMR, en Ebert & Mostarda, 2013).
¿Por qué todo esto es tan importante? Una pregunta que alguna gente se hace. En primer lugar, para conocer lo que de verdad tenemos, la verdadera diversidad oculta de un género tan extraordinario como el Squalus... antes de que desaparezca.
     En segundo lugar, y tanto o más importante, porque resulta de todo punto imposible evaluar el estado de una población o de toda una especie si no sabemos exactamente de qué estamos hablando, si los datos biológicos, ecológicos y pesqueros que manejamos en realidad pertenecen a otro tiburón. Situación tanto más grave cuanto que el Mediterráneo y, en menor medida, el Atlántico E son áreas sometidas a una presión pesquera brutal.
   
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¹Un código de barras genético no es más que una secuencia genética obtenida a partir de una región determinada del ADN de un organismo con fines taxonómicos, es decir, para identificar la especie a la que pertenece. Tal vez el segmento de ADN más utilizado es una secuencia del gen mitocondrial citocromo-oxidasa I (COI I), y también, como en este trabajo, el de la NADH deshidrogenasa 2 (ND2). Ambos genes tienen la ventaja de presentar pocas variaciones dentro de individuos de una misma especie, pero lo bastante amplias entre especies distintas como para permitir la identificación. Estos códigos de barras suelen archivarse en bibliotecas o bancos genéticos como el Barcode of Life o el GenBank y pueden ser consultados por especialistas de todo el mundo.
²D. A. Ebert & E. Mostarda (2013). Identificacion guide to the deep-sea cartilaginous fishes of the Indian Ocean. FishFinder Program, FAO, Roma. 
³S.P. Iglésias (2012). Chondrichthyans from the North-eastern Atlantic and the Mediterranean (A natural classification based on collection specimens, with DNA barcodes and standarized photographs). Vol I (plates), Provissional version 06, April 2012. 83 p. http://www.mnhn.fr/iccanam.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Los orígenes del tiburón de Groenlandia

Tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus). Foto de Julius Nielsen.
No dejéis que su nombre os lleve a engaño. Los dormilones o tiburones soñolientos (género Somniosus) ocupan uno de los lugares de honor entre los grandes señores del mar profundo, especialmente sus tres representantes más grandiosos: el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), el dormilón del Pacífico (Somniosus pacificus) y el dormilón antártico (Somniosus antarcticus), que pueden llegar a superar los 6 m de longitud total (no está mal). Nadan y se mueven lentamente, como si estuviesen muertos de sueño o de cansancio, de ahí su nombre, pero en realidad son potentes y despiadados depredadores de una amplia variedad de presas, desde teleósteos y cefalópodos hasta mamíferos marinos... y terrestres (tranquilos, los dormilones son también carroñeros, no es que salten a tierra para cazar renos o caballos). De ellos podríamos hablar durante días, por ejemplo para describir su especial estrategia de adaptación a las gélidas temperaturas de los polos [véase también La edad del tiburón de Groenlandia]; pero hoy nos vamos a centrar en cuestiones taxonómicas y evolutivas igualmente fascinantes aprovechando la reciente publicación de un trabajo de carácter molecular titulado "Los orígenes del tiburón de Groenlandia"*, que trata del S. microcephalus abordando la cuestión de su parentesco con el S. pacificus. Ambos tiburones habitan en relativa vecindad, tal vez más íntima de la sospechada, en las aguas septentrionales de los océanos Atlántico y Pacífico, respectivamente, una situación que recuerda bastante a la de los dos cailones (género Lamna): nuestro cailón sardinero atlántico (L. nasus) y su correlato del Pacífico, el salmonero (L. ditropis).
     Se trata de un trabajo doblemente interesante por cuanto estas dos especies resultan bastante crípticas a nivel morfológico; es decir, son tan parecidas que es tremendamente complicado distinguirlas a primera vista... y a segunda... e incluso a tercera. Y ya os imagináis la pregunta: Si realmente son dos especies distintas, ¿por qué son tan parecidas?

Morfos del Somniosus microcephalus (izq) y del S. pacificus (dcha) (ilustraciones de Marc Dando).
Por lo que respecta a la primera parte de la cuestión, tras el análisis genético de muestras de 277 ejemplares procedentes de diversos puntos del Atlántico y el Pacífico (Alaska), el más ambicioso realizado hasta ahora para los Somniosus, los autores concluyen que, en efecto, se trata de dos especies distintas, que pueden diferenciarse de manera inequívoca mediante marcadores de ADN nuclear y mitocondrial.
    En cuanto a la segunda, ya entrando en materia, el estudio se ha encontrado con la presencia de trazas genéticas, por decirlo de un modo simple, de S. pacificus en individuos identificados como S. microcephalus... incluido un ejemplar capturado en la dorsal Atlántica, más o menos a la altura de las Azores, ¡con la firma genética completa del S. pacificus! Esto parece demostrar que existe y que ha existido algún tipo de hibridación. Otro dato curioso que da que pensar, si bien conviene tomarlo con cautela a la espera del examen de datos más completos, es que aparentemente el flujo genético es unidireccional: se han encontrado genes de dormilón del Pacífico en tiburones de Groenlandia, pero no al revés.

Localización y número de muestras analizadas: en verde, S. microcephalus; en azul, S. pacificus (observad el de la dorsal Atlántica); en amarillo ejemplares de S. microcephalus con caracteres genéticos de S. pacificus. Fuente: R. P. Walter et al., Ecology and Evolution, 2017.
¿Cuáles son las conclusiones? ¿Qué relato han construido los autores del estudio a partir del análisis y el procesamiento de todo este cúmulo de datos? Pues para empezar, que S. microcephalus y S. pacificus provienen de un ancestro común, y que la divergencia debió de producirse hace relativamente poco tiempo, entre 1 y 2,34 millones de años atrás, al inicio del Pleistoceno, ya dentro de nuestro período Cuaternario (pensemos que los fósiles más antiguos de Somniosus tienen unos 100 millones de años, proceden de depósitos del Mioceno de Bélgica e Italia). O sea, con posterioridad al cierre del istmo de Panamá, acontecimiento geológico de primera magnitud que, como sabéis, alteró profundamente la circulación de los oceános y el clima de la Tierra y fue el responsable de la formación de la capa de hielo del Ártico.
     Para explicar este proceso de divergencia, así como la presencia de individuos de una especie con material genético de la otra, los autores proponen la hipótesis de una especiación vicariante (o sea, alopátrica) de carácter oscilatorio. En cristiano, esto quiere decir que un proceso geológico erige una barrera física que divide una población en dos subgrupos que van a evolucionar por separado para dar lugar a dos especies distintas. Hasta finales del Mioceno existiría una única especie de dormilón en las aguas profundas y frías del hemisferio norte. Fue a partir de entonces cuando el planeta sufrió una drástica caída de las temperaturas que tuvo como consecuencia la formación de grandes casquetes de hielo en el Ártico, algunos de más de 1 km de espesor, y un descenso del nivel del mar, que provocaron el aislamiento geográfico de una parte de la población inicial cortando así el flujo genético. De ahí el término Ice-olation del título del trabajo, haciendo un juego de palabras intraducible con ice, 'hielo' y isolation, 'aislamiento'.
     El carácter oscilatorio de este proceso de especiación se debe, según explican, a que los periodos interglaciares que siguieron a la primera gran glaciación permitieron en algún momento la reanudación, siquiera a cuentagotas, del flujo genético interrumpido, facilitando el reencuentro de especímenes divergentes; en definitiva, una especie de hibridación secundaria, en este caso una hibridación introgresiva (un híbrido de 1º generación se cruza con un individuo que cuenta con un genotipo igual al paterno).

Esta imagen de un enorme ejemplar de dormilón del Pacífico (Somniosus pacificus) es una captura de un vídeo que circuló hace un tiempo por la red. En muchas páginas aparecía bajo el epígrafe de "Megalodon filmado en una fosa del Pacífico".
El enfriamiento del Ártico y regiones subárticas facilitó su colonización por parte de los abuelos del microcephalus y el pacificus, siempre según los autores del estudio, quienes parten de la premisa de que aquel antiguo Somniosus tenía una distribución geográfica amplia pero en aguas profundas, constreñido por su adaptación a las bajas temperaturas. El descenso de las temperaturas del océano le abrió la puerta para acceder a un nuevo abanico de presas, como las focas y otros mamíferos marinos, en aguas más someras.
     Esto concuerda con el hecho de que los registros actuales de tiburón de Groenlandia y de dormilón del Pacífico en aguas templadas e incluso cálidas se producen a más de 1000 m de profundidad, mientras que en las regiones más septentrionales y heladas, estos bichos se encuentran a pocos metros de la superficie.
     Un bonito relato. Aunque es una pena que haya dejado de lado al tercer dormilón, el Somniosus antarcticus. Sería interesante saber qué tipo de parentesco guarda con sus primos del norte, cuál es el origen de sus poblaciones. Quedará para otro trabajo... y para otro artículo.
     Mientras tanto... el calentamiento del Ártico probablemente facilitará el reencuentro de las dos familias, la hibridación... ¿Volverán en un futuro no muy lejano al seno de la familia primigenia uniendo, como en un bodorrio de banqueros o de clanes mafiosos, sus respectivos caudales genéticos?
    
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*Ryan P. Walter, Denis Roy, N. E. Hussey et al. (2017). Origins of the Greenland shark (Somniosus microcephalus): Impacts of ice-olation and introgression. Ecology and Evolution, 00:1-13, https://doi.org/10.1002/ece3.3325.

jueves, 31 de agosto de 2017

El día del tiburón (1976)

Portada del original. Fuente: ABC.
Vamos a cerrar este agosto tan extraño con un delicioso reportaje publicado por el mítico e inefable Tico Medina en el semanario del ABC nada menos que en 1976, a rebufo de la película de Spielberg. Parecería extraño que un amante de los tiburones (vivos) recomiende la lectura de un texto que habla de su pesca y muerte, pero es interesante entre otras razones porque nos permite hacernos una idea de cuál era la mentalidad que teníamos en aquel entonces en nuestro país hacia estos animales y qué era lo que sabíamos de ellos.
     El escaneado del reportaje completo, con estas y otras fotos, está a disposición del público en la extraordinaria Hemeroteca Digital del ABC, que vale la pena recorrer de vez en cuando. El texto está transcrito respetando la ortografía y uso de la cursiva del original. Que lo disfrutéis.
Bueno, que Dios me perdone si yo lo que quiero es cazar, matar, un "Carcharodon carcharias" —el fabuloso blanco de la película—; pero, vaya, si se pone a tiro, también que lo intentaría, intentarlo por lo menos, bien lo sabe Dios. Lo que sí quiero decirle a usted que me lee es que esta vieja historia de matar un tiburón, en mi vieja sangre de reportero, no es de ayer ni de hoy, es de muy lejos. Me viene arrastrando desde las playas calientes del Caribe, de aquel día en que contábamos historias de tiburones, por ejemplo, en la tabernita del viejo San Juan, en Puerto Rico, con el hombre de la argolla en la oreja derecha.
     —Pues —decía el capitán aquel— yo he encontrado en un plato de sopa de tiburón los gemelos de un viejo amigo mío. Los gemelos de su camisa. Estaba tomando una copa en el yate aquel de los cubanos mafiosos, cuando alguien le empujó, porque sabía mucho. Aquella era una playa de tiburones. Nunca más se supo de él hasta aquel día de mi sopa.

SON PELIGROSOS LOS TIBURONES QUE PASAN DE METRO Y MEDIO...

Tengo a mano, además, algunas preguntas que he hecho a Jerónimo Bravo de Laguna Cabrera, un joven sabio, a quien hemos encontrado en su laboratorio de Oceanografía de Tenerife, entre el inquietante mundo de sus peces, sus terribles y tiernos peces en los que trabaja. Bueno, bien es verdad que no es Hooper, físicamente, pero en Jutiología [sic] sabe un rato. Nos ha puesto encima de la mesa de trabajo aquel trozo de tiburón que ha extraído del fondo de la nevera, envuelto en un plástico y ha dicho al periodista:
     —¿Que si el tiburón es un animal feroz, matador? Pues mire: dada la enorme cantidad de especies que existen en el globo, prácticamente es imposible aventurar cualquier opinión o generalización sobre este asunto, en este sentido. En principio, sin embargo, se puede afirmar que todo tiburón de talla superior al metro y medio es peligroso. No obstante y a pesar de las inmensas investigaciones sobre el comportamiento de estos peces, no existen normas fijas que permitan asegurar en un momento dado si el tiburón va a atacar o no. Un mismo individuo que en aguas claras y de día, huiría de un submarinista o un bañista, al atardecer y en aguas turbias podría atacarlo simplemente por confundirlo con una posible presa. Hay una serie de factores, como la temperatura, que hacen que una especie sea muy activa y peligrosa en unas zonas, mientras que en otra se comporta de una forma distinta. Este es el caso del tiburón martillo, que en Canarias está considerado como inofensivo, y que sin embargo, en aguas más claras, del Atlántico, es temido por su agresividad.

MÁS DE VEINTISIETE ESPECIES DE TIBURÓN EN LAS ISLAS CANARIAS

Al sur de Lanzarote, salimos aquella mañana, desde la playa blanca, de Puerto del Carmen. El barco era rápido y limpio. Un barco para hacer pesca deportiva para turistas e iniciados. Veníamos buscando al inglés, al kenyatta, que vive en estas aguas hace años, uno de los grandes pescadores de estas latitudes, pero no fue posible. Así que subimos con Luis Lumpierre, el pescador de la gorra azul, aquel de los pies anchos y Juan Calvo, y Fernando Corujo, por ver si encontrábamos tiburón.
     —Oiga, que yo no lo garantizo. Llevaremos carnada, y si hay suerte... no hay quien diga, traeremos tiburón, porque no está atado a ningún sitio... ¿sabe, cristiano?
     De todas formas, Carchenilla estrenaba sorpresa y yo sentía que mi corazón hervía como una vieja olla al fuego. La pasión era mi fiel compañera de viaje.
     —Una vez iba yo ahí, justo donde está usted, y llevaba los pies dentro del agua, es más, atado a uno el hilo de un cebo puesto. Oigan, y no se lo querrán creer, pero enganché un tiburoncito, pequeño, pero vaya...
     Luis va quitándole la cabeza a las caballas, que serán nuestro cebo, bueno, el engaño del tiburón. He rezado algo por bajo, a la Virgen de los Volcanes, que allí tiene su ermita y que, desde aquí, blanquea, mientras dejo que el sol me dé en la cara y pregunto suavemente. Luis cuenta, sin levantar los ojos de las artes que prepara mientras el chico que le acompaña machaca sardina, y el caldero se va ensangrentando velozmente, alarmantemente:
     —Yo he matado más de cien tiburones.
     —¿Se dice pescar o matar?
     —Lo mismo da, pero nosotros decimos matar tiburón. Nosotros le llamamos al tiburón grande janeguín...
     Muerdo sin fumar de la pipa de maíz de Michigan que me ha regalado Juan, que aquí está deseando estrenar su trabajado traje de submarinista, porque a él le gusta la mar desde abajo.
     —¡Muchacho, tu sancocha, sancocha!...
     Lo dice por el chico, que con el mazo hace la masa del caldero. El barco suena toc-toc-toc. Lanzarote va quedando atrás y ahí tenemos la isla de Lobos con su farero al fondo, que quizá nos vea, y aquella calita increíble, donde bajan a bañarse los conejos.
     —Nosotros, en cuanto que esté listo lo de la caballa, vamos a ir echando, porque ya es hora, por si nos vienen siguiendo...
     Decimos que sí, y reunimos palabras, en la cubierta del barco, y cuando ya hemos perdido de vista Lanzarote, y estallan al sol las playas de Fuerteventura, al norte, Corralejo, el Náufrago, el bogavante, con la manchita de la Casa de la Ballena... Repaso estas notas al sol, oliendo toda la mar, escuchando al tiempo; toc-toc-toc. Jerónimo, en el Instituto Oceanográfico que decía:
     —¿Las clases de tiburón que hay en las Islas Canarias? Pues hasta ahora han sido descritas más de veinticinco especies, exactamente veintisiete, que corresponden a veinte géneros y a diez familias. En estas especies hay algunas que no sobrepasan los treinta centímetros de longitud total, como es por ejemplo la Negrita, y que vive a partir de los cuatrocientos metros de profundidad...; y hay otros como el Jaquetón, que ya hemos hablado, el "carcharodon charcharias" [sic], que alcanza los once metros de longitud total, siendo junto al Peregrino, que puede llegar a los quince, los mayores tiburones conocidos en estas aguas...
     Total, que nos van dando las horas aquí, bajo el sol que me encrespa. Juan fuma un cigarrillo. Fernando sueña un poco. Ángel otea el horizonte con sus ojos de acero. Luis narra aquel día que perdieron el sueco que pescaba y encontraron después el "peje cuero", o el tiburón de piel muy fuerte, que llevaba dentro su bañador, el bañador del sueco, oiga, que es de escalofrío. Nunca más se supo. Hay quien dice que también llevaba un zapato, pero no hay que olvidar que el tiburón tiene mucha literatura, y que es animal de muy mala prensa, como el lobo...
     Hasta que de pronto Luis ha levantado su mano, su gorra marinera que le trajo un alemán, hasta merecer el nombre de "Almirante Canaris", y ha dicho con una voz fuerte al tiempo que el sol se iba escapando:
     —Muchos días vamos a tiburón, y no encontramos. Y otros que salimos a pescar para llevar a casa lo elemental, se nos lleva toda la carnada...
     Así que a recoger las cañas plantadas, con el fuerte hilo, sin llegar a ser de cuerda de piano. Y a terminar de echar al agua el cacillo de salsa de sangre. Y a volver a casa con el alma en un hilo.
     Así que debemos esperar a que el inglés, el de Kenia, el hombre rubio, alto, vuelva de su silencio. Luis no ha tenido suerte y nos despide con una cierta amargura, con los pies clavados en la arena blanca de la playa.

     "El gran pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola en forma de media luna. La boca estaba lo suficientemente abierta para permitir que un chorro de agua atravesase las branquias. Apenas sí se notaba ningún otro movimiento. Alguna otra corrección de su trayectoria, aparentemente sin rumbo, elevando o bajando un poco una de sus aletas pectorales, tal como un pájaro cambia de dirección, hundiendo un ala, y alzando la otra. Los ojos no veían en la oscuridad y los otros sentidos no transmitían nada extraordinario al pequeño y primitivo cerebro. El pez podría haber estado dormido, exceptuando los movimientos dictados por inenarrables millones de años de continuidad instintiva: faltándole la vejiga de flotación común a otros peces y las temblorosas aletas con que hacer pasar el agua transmisora de oxígeno a través de sus agallas, sólo podía sobrevivir moviéndose. Si se detuviera, se hundiría hasta el fondo y se moriría de anoxia"...

     Total, que este hombre es Kenneth, este hombre que me tiende su mano grande y enérgica, y que se parece tanto a Chuck Connors, por ejemplo. Es un deportista nato, y un conocedor de la mar y su aventura. Lleva siete años en Canarias, aunque ha nacido en Kenia, entre los treinta y cinco y cuarenta y cinco años, y el sol le ha curtido la piel fuertemente, durante mucho tiempo de su vida. Se le nota también como una cierta transparencia de sentimientos, y me cae bien desde el principio, nada más subir a bordo del "Gladyus". Habla un español muy decente y sabe a lo que venimos.
     —Bien. Miren. Yo he traído el primer barco para pescar tiburón a estas islas, así que conozco mi oficio. Pero... Ya veremos. Eso no es fijo, senior. Usted puede salir al atún y pescar un tiburón azul, que allí llaman queya. O un pez martillo que aquí llaman aniquin... O un marrajo de cien kilos... pero... no obstante, vamos, vamos, aquí no hacemos nada.

"Ken, siete años en Canarias dedicado a la pesca de grandes peces, muestra la mandíbula de un tiburón". (Foto: ABC).

LOS TIBURONES SE ESTÁN ACABANDO POR CULPA DE LOS JAPONESES

Vicente Mompó, presidente de la Cámara de Comercio de Albacete, ha venido también a la pesca del tiburón. Vicente es un enorme enamorado de la mar a vela, y no quiere perder la ocasión posible de vivir una "aventura como ésta". Ken sube arriba, a la toldilla superior, y aprieta el timón. Abajo, en torno a la silla giratoria, rodeados de cañas, biodraminados hasta el fin, como cada hijo de vecino, los alemanes toman el primer bocadillo de la mañana.
     —Bueno, la verdad es que hace seis años, cuando yo llegué aquí, había muchos más tiburones en Canarias, lo que ocurre es que se están acabando. ¿Y saben ustedes quién tiene la culpa? Pues, por ejemplo, los japoneses, que están acabando con toda la pesca de por aquí... Veremos a ver si hay suerte. No sé, parece que el día es demasiado tranquilo y conviene que haga algo de mar, por lo menos un poco de viento...
     —Oiga, Ken, y dígame usted —vamos arriba, dándonos todo el viento en la cara—: ¿cuántos tiburones habrá matado usted en su vida deportiva?...
     Ken hace unos números mentales.
     —Por lo menos, dos mil, en siete años...
     —¿Dos mil?
     —Oh, sí, dos mil... No es una cifra espantosa. Es natural, tenga en cuenta que salgo todos los días a pescar... Todos los días durante muchos años.
     Y ha seguido en lo suyo. Sé también que ha puesto banderillas de señales a más de quinientos tiburones. Esto es, a bordo lleva Ken unas tarjetas con una breve lanza que en algún momento deben colocar clavada en la piel del pez que encuentren. Digo piel, si es que es pez, como éste, sin escama. Es una marca que ellos anotan luego en una ficha que deben enviar a los Institutos correspondientes. 
     —De esas quinientas que hemos puesto, ya hemos tenido referencia de unos doscientos, y sabemos que, por ejemplo, dos que hemos marcado aquí, en estas aguas, han aparecido en las Bahamas, donde fueron pescados, y otros en Marruecos, y hasta alguno en Inglaterra, que eso es realmente difícil...
     Llegamos al punto, que otea con los ojos azules, o grises, según la mar que navegue en ese instante Ken. Ordena parar los motores. Todo está listo. A popa, la caldera con la carnada, que ya conocemos su fuerte olor a pescado macerado. Las cañas listas, relucientes, vibradoras. 
     —El tiburón está donde está el pescado... ¿No ve usted allí como una mancha de aceite? ¿Podría estar allí? Claro que sí... Vamos, vamos...
     Ken prepara los sedales, los carretes, coloca a los turistas, a los que salieron a la mar, tal día como hoy, a ver qué ocurre, a los que dicen que saben lo que es una caña, a cada uno en su sitio, canturrea, les da unas lecciones breves, los coloca en cada esquina, y sube arriba, donde hablamos. Me cuenta de la carne de tiburón que es buena, de aquel record de Dean, en Australia, llegando a pescar un tiburón inmenso de más de 1.000 kilos (exactamente, de 1.208 kilos), con una caña especial... O del matrimonio Dyer (Bob y su mujer), que están en todas las marcas, en las aguas calientes de nuestros antípodas... Del inmenso tiburón que hay en Méjico y en Sudáfrica... Repasamos recod y nombre, y ahí está Ken, con los peces difíciles, los duros pescados de la deportividad...
     —Y así es la vida, quizá hoy...
     Pero no está aquí en este instante. Sabe que sería hermoso que hoy cazáramos un tiburón, y lo desea con toda su alma, pero aguanta, como si fuera de granito. Toma algo, bebe un poco de algo y sigue mirando a su derredor, diciendo, en voz baja, tierna, suavemente:
    — ¡"Shark"!... ¡Hermano "shark"!... ¡Ven pronto!... ¡Te necesito!

LA MAYOR CONCENTRACIÓN SE PRODUCE EN AGUAS TEMPLADAS Y CÁLIDAS

     —En el grupo de los tiburones existen especies pelágicas, batipelágicas y bentónicas. Las pelágicas viven entre los cero y los doscientos metros de profundidad, aproximadamente. Normalmente son especies de coloración oscura en el dorso y blanquecina en el vientre. La cola de estas especies pelágicas es parecida en general a los atunes, con la parte superior e inferior aproximadamente del mismo tamaño. Son activos nadadores y se alimentan especialmente de peces, como caballas, sardinas, atunes. Especies características de este grupo son el marrajo y la tintorera, también llamada en Canarias la sarda o aquella [sic]... Luego están los tiburones batipelágicos, que son aquellos que, sin vivir ligados al fondo, viven cerca de él y realizan a lo largo del día desplazamientos verticales en el seno de la masa de agua. Normalmente están a profundidades mayores de los doscientos metros. La coloración de los mismos suele ser oscura y, en muchos casos, negra. Es frecuente que presenten espinas venenosas en el borde anterior de las aletas dorsales. Como especies características podemos citar el cerdo marino, la mielga, el carocho... Y, en general, son activos nadadores que se alimentan fundamentalmente de peces y cefalópodos (potas, calamares) que con ellos comparten el mismo medio. Y, por último, están los tiburones bentónicos, que viven ligados al fondo. Son normalmente de pequeño tamaño, bastante sedentarios, con coloraciones en las que predominan los tonos amarillos con manchas negras. Se alimentan principalmente de peces de pequeño tamaño y de crustáceos, y se suelen encontrar a poca profundidad, sobre la plataforma continental.
     No es nuestro día de la suerte, eso es indudable. Ken, aun sin perder su gallardía, su empaque deportivo, está desilusionado. Pero damos vueltas y más vueltas y el viento no levanta ni suave brisa. Algo se ha pescado, claro que sí, para que se retraten los invitados a la excursión junto a sus piezas y sus cañas, el souvenir de los que fueron por tiburón y encontraron la pequeña y gracias y riquísima vieja, por ejemplo, pero nada más. 
     —Ea... Volvamos...
     Desde Arrecife vemos que viene un alto barco de vela. Trae las velas deshinchadas y los altos mástiles quietos. Suena el motor.  
     —Lo siento, seniores... Quizá mañana... 
     —No importa, Ken, viejo amigo, ya no importa...

Fuente: ABC.
A BORDO DE "EL DORADO", UN BARCO CON CIERTA HISTORIA 
 
En mi libro de piel negra, lástima que no sea encuadernado en piel de tiburón, que todo se andará, dice, puede leerse, reunido de aquí y de allí:
     "El olor de la sangre es el reclamo más importante.
     "Ciertamente, aquel día en el "Indianapolis" hundido, el barco que había llevado la atómica hasta el Japón, murieron más de mil hombres devorados por los tiburones..."
     —¿Y a qué cosa atacan?
     —A cualquier cosa.
     —¿De veras? ¿A todo?
     —Prácticamente, sí, a todo.  
     Lo que sí está claro es que los tiburones hacen tantas cosas no características que el "azar se convierte en norma".
     Esto es importante, lo rubrico, lo anoto de nuevo.
     "El tiburón, sin embargo, no es malvado. No es asesino. Simplemente está obedeciendo sus propios impulsos. Sus propios instintos. Tratar de ajustarles las cuentas a peces como éstos, es una locura..."
    
En la noche hemos volado hasta Gran Canaria. Hay posibilidades de que mañana en Puerto Rico, quizá..., quién sabe. Sí sé que nos acompañará Scherschinsky, un alemán de vida increíble, fabulosa, que es el director general de la Marítima Insular, un enorme conocedor de estos mares. Él y sus barcos —Ken es su socio— conocen palmo a palmo de estas profundidades y hay en su haber en estas aguas records mundiales interesantísimos.
     Conque aquí estamos, con las ojeras hasta el alma, y Miguel Magrans de compañero de este viaje. Miguel ha dejado sus complicaciones y sus trabajos para estar en la aventura.
     —Esperemos tener un buen día... y tiburón, que es lo más importante.
    
No nos interesa otra cosa. Esto hace ya daño al hígado.
     "El Dorado" deja una larga estela en el agua. Francisco, José, Agustín, lo repasan todo. Ya me es una faena, diría yo, que familiar. "Vamos a buscar, no obstante, algo de caballa fresca." Y la encontramos pronto y ya lista. La trae una barquita que se llama "Bienvenida". Y luego, otra, que se llama "Julia Delia" y que nos regala también pescado fresco, que salta un rato sobre cubierta. Yo estoy deseando, lo juro con una mano sobre el Evangelio, sentarme ahí, en esa silla fuerte de popa, atarme el ombliguero... ¡Vaya si quiero, Dios mío!...
     —Oiga, Francisco... ¿Y pescaremos tiburón?     Francisco levanta a mi pregunta sus ojos del sedal:
     —¡En el agua están!...
     A lo lejos se ven los grandes barcos, que se llevan el pan de la mar, Dios sabe dónde; ya ni cambian la tripulación en tierra, sino en helicóptero. Dice Horts que habría que revisar nuestra política marina, y yo lo creo también con toda mi fuerza.
     —Mire usted, Medina me descubre Horts—: este barco en el que estamos hizo en un solo día tres records del mundo de pesca deportiva...
   
  Pero yo —que perdone el anfitrión— estoy en lo del escualo. Tengo mi cabeza a tiburones.
     —Francisco, ¿y habrá suerte?
     Francisco vuelve a mirarme bajo su sombrero de paja:
     —Yo estoy rezando, oiga.
  
 
EL TIBURÓN HA PICADO; VEINTE MINUTOS DE EMOCIONES

Vicente mira al horizonte. Se está echando la sopa terrible a la mar desde hace un rato. Las cañas están tensas, listas, preparadas. José y Agustín van a proa, a babor y a estribor, con sus largos sedales en las manos, con las liñas a punto.
     ¡Ay, si encontráramos tiburón!...
     ¡Ay, si lo encontráramos! Aunque sea fieroso no me importa! dice Francisco, que tiene puesto el sombrero.
    
Y nosotros no hemos traído ni sangre de cerdo, como llevan otros. Es muy bueno para pescar el tiburón, pero no se debe hacer en la pesca deportiva...
     Se ha levantado algo de viento.
    
Sí, hay viento..., pero no suenan las cañas...
     Horta nos habla del petrolero "Tigre", alemán, aquel que tomó parte en la "Operación Bismarck" y en el que él iba de marinero... Y de pronto:
     "¡Tiburón! ¡Tiburón!..."
     Subo arriba, rápido... a la toldilla. Y veo un círculo gris en torno a la boya donde está la carnada. Es algo que se mueve rápidamente. Un instante antes he caminado hasta proa. Llevamos cuatro horas dentro de "El Dorado", y Vicente me ha dicho, quizá para consolarme:
     No te preocupes, hombre. Huele a tiburón.
     Y, en seguida, el ruido leve, y hermoso, del carrete de acero: Rrrrrrrrrrrrr. Y el salto de Francisco hacia adelante. Y José y Agustín diciendo suavemente, sin levantar la voz...
     ¡Es un tiburón o un pez grande, estoy seguro!...
     Horts se lo agradeceré toda la vida me grita desde abajo:
    
¡Ea, a sentarse en el sillón; ese tiburón es suyo!...
     La sangre se agolpa en mi frente. Veo la aleta negra, emergiendo del agua, en torno a la boya. Francisco ya lo tiene enganchado. Ha picado, ha comido de la caballa fuerte, está ahí..., y de pronto, mientras me siento en la silla, y me atan el ombliguero fuerte y clavo la caña en el dedal de hierro, y los pescadores se ponen guantes fuertes, y me atan con aquellos garfios a un sitio fijo, siento que ha llegado el momento y escucho cómo cae mi sudor sobre mi hombro, lo escucho:
     ¡Ha vuelto a irse, y picar otra vez!... Adelante, adelante...
     Siento un largo temblor. Mi misión es hermosamente fácil. Debo soltar carrete rápido, echando la caña hacia abajo y, luego, subirla arriba, con toda la fuerza, hasta que no pueda más. Y siento, así, el tirón terrible del tiburón, abajo, aún en lo profundo, el enemigo querido y deseado. ¡Y establezco con él una comunicación íntima, palabra a palabra, sin que salga a mis labios! Mi corazón está en ese instante más con el viejo de la novela de Hemingway que con el fabuloso pescador de tiburones de la novela del periodista americano. No tengo una sola cicatriz que enseñar, si acaso, como el jefe de Policía de Amity, la de la apendicitis, pero hay un barco tatuado en mi brazo. Aguanto, doy carrete, levanto la caña y siento el tirón inmenso, una, otra vez, lo trato hacia arriba con fiereza, con toda la que hay en mi viejo cuerpo gordo, y le doy hilo con dulzura, como si le acariciara...
     ¡Es grande! dice Francisco, que está feliz viéndome sudar, y sufrir, y gozar...
     ¡Es grande! ¡Es largo!... ¡Es una queya!...
     La queya, recuerdo mentalmente, es el tiburón azul. Carchenilla retrata emocionado. Mompo, también. Horts me aguanta en la silla, y yo por dentro lloro y río, y peleo, y dialogo con el pez que viene de la profundidad...
     Hasta que veo, ahí mismo, su cabeza, negra, acharolada, inmensa. Lo han cazado ya, con los garfios fuertes, terribles. Y Francisco con el palo lo golpea duramente, contundentemente, pero sin maldad, si cabe la palabra. Yo sé lo que escribo. Francisco lo atonta primero, lo medio mata, con el palo corto y fulminante. Y veo cómo lucha, por último, aún en el agua, dejando un breve reguero de sangre; cómo trae el estómago fuera de la boca... de la lucha con el anzuelo y la carnada mortal...
     Y siento en ese instante una sensación de alivio y de dolor a un tiempo. Horst ha dicho así, lleno de agua salada hasta la rodilla, empapado en el sudor de la alegría como yo, tan grande, tan fuerte, con su claro acento canario-alemán:
     ¡Es una hembra!...
     Siento frío. El tiburón es largo, reluciente, chorreante. Se mueve largo rato con ferocidad, con fuerza. Lo están fijando a popa, despacio y con mano segura, habitual. El mazo queda sobre la cubierta, sin una mancha de sangre.
     Pero Dios es grande. Porque cuando Carchenilla pone sobre el vientre blanco la mano temblorosa, del vientre todavía jadeante sale, escapa... ¡el pequeño tiburón!
     La queya está pariendo en la muerte. Y pienso yo que éste es el ciclo que Dios perpetúa, y me siento feliz de hacer algo... Y todos vamos, uno a uno, empujando esa piel fláccida y moribunda, de la que van saliendo, uno a uno, uno a uno... los primero cinco; luego, diez...
     ¡Todavía quedan!...
     Es el alumbramiento en la mitad de la mar. Es la vida tras la muerte. "Por eso no peleó demasiado", dice Francisco. Y uno a uno, cada uno de los pequeños tiburones, del tamaño de dos cuartas de una mano grande, van saliendo por el útero de la madre directamente a la mar. Primero tiemblan un instante en la mano del mamífero que le dio muerte a la madre y, luego, caen de espaldas al agua..., para, inmediatamente después, nadar rápidamente, milagrosamente. Y si no hay cerca un pez grande como dice el refrán, ese tiburón, y ése, y ése, y ése y aquél, y el otro y el otro... que vamos ayudando a nacer bajo el sol que ya declina, vivirán hasta que otro hombre, quizá en otra larga hora, en otra jornada, en otro día, lo massacre...
     ¡Hasta treinta y nueve!...
     Dicen que hay un record de ochenta.
     Pesará cien kilos, más o menos.
     Sí, es una queya grande...

Fuente: ABC.
     Agustín va a popa, ya recogiendo sus liñas, sus obispos, sus pescados pequeños, siendo grandes. Una tensión relajante se apodera de todos nosotros... La barriga del tiburón ha quedado blanca y quieta, fláccida...
     José, arriba:
     ¡Ballena!, ¡ballena!
     Vemos sus chorros a babor, sus largos pitidos, su salto de espuma sobre el mar, la mar, que se va volviendo gris, azul. No quiero lavarme las manos, ¿por qué hacerlo? Me gusta sentir esa saliva de la vida que traían los pequeños peces al nacer...
     Los pescadores beben una copa de ron de Arucas, y están sudorosos y contentos como yo. No me importa que la caña fuera de ciento treinta libras, ni que me duelan los huesos, que me duelen. Ni siquiera que chillen cerca las ballenas asesinas. Pienso que debo volver a cazar al tiburón, grande, blanco, peligroso. Siento que es un veneno.Hablamos de cosas al retorno. Agustín hace tollo (pescado salado en tiras) a proa. Las gaviotas graznan a nuestro alrededor. En el puerto habrá fotos, con aquel otro barco que trajo otro escualo, y a mí no me importa que haya tiburones más grandes, que los hay, que aquel del libro, de la película. Sé que volveré a la mar y que me escribiré historias de tiburones, palabra que sí, y que volveré a pescarlo, con todas mis fuerzas, mis ganas, mi sangre abarrotada. Y sé también, rizando el rizo de esta historia, que, aunque no marcáramos los treinta y nueve tiburones de este día único, conoceré de alguna forma si es uno de ellos el que vuelve a mi anzuelo. Porque yo maté a su madre, pero soy de alguna forma también su padrino de bautizo.
     Y hay algo que no puedo arrancarme del alma. El olor de aquel momento del parto, de la vida. Aquella sangre salada y viscosa. Un sabor excitante y denso. Un sabor familiar. Porque ¿no es el hombre un tiburón en tierra?...

(TICO MEDINA, ABC, 21 de marzo de 1976, pp. 2-16.)

lunes, 31 de julio de 2017

Negra (Dalatias licha)

Dalatias licha (foto: Rafael Bañón).

Negra

Dalatias licha (Bonnaterre, 1788)

(es. Negra, carocho; gal. Gata torpedo, torpedo; in. Kitefin shark; port. Gata.)

Orden: Squaliformes
Familia: Dalatiidae

En mayo pasado aparecía en la playa de A Lanzada un extraño bicho que llamó mucho la atención de propios y extraños. Las fotos, en las que se apreciaban sus enormes dientes inferiores, no tardaron en circular masivamente por las redes sociales. Mucha gente se mostraba alucinada —en algún caso dejando traslucir una pizca digamos que de desasosiego— al conocer que en nuestras aguas habita un tiburón de aspecto tan particular e inquietante. Y la verdad es que razón no les faltaba, al menos en parte. La negra o carocho es un bicho fascinante, misterioso, con la enigmática y desconcertante belleza que solo pueden tener los tiburones de aguas profundas (si, ya sé, esto es muy subjetivo). Pero al mismo tiempo es un voraz depredador, probablemente solitario, tan temible como versátil, dotado de una poderosísima mandíbula con la que ataca y devora todo lo devorable, incluidos otros tiburones. Además, la especial estructura de su boca y dientes le permite abalanzarse sobre presas de mayor tamaño y arrancarles pedazos de carne a la manera de sus compañeros de familia, los famosos tiburones cigarro (género Isistius): labios gruesos y carnosos que permiten pegarse como una ventosa a sus cuerpos; dientes superiores finos y afilados como ganchos, que ayudan a anclarse sobre la piel de la víctima, y dientes inferiores grandes e imbricados que actúan como una broca sacabocados [para saber más sobre los Isistius, véase estos dos artículos: El ataque del tiburón cigarro y Cuando el pez chico ataca al pez grande. El primero trata del primer ataque registrado a un ser humano y el segundo... a un gran tiburón blanco].
     No obstante, y como debería ser normal tratándose de tiburones —que al fin y al cabo no son otra cosa que peces—, no hay ningún motivo para la alarma. Los dominios del Dalatias licha se encuentran bien lejos de nosotros, en el mar profundo, y además el pobre animal no sobrepasa el metro ochenta de longitud. Quien de verdad tiene motivos para preocuparse, y mucho, es él... y todos quienes deseamos que no desaparezca del océano. Su enorme hígado, rico en aceites, responsable de la flotabilidad neutra que le permite permanecer quieto sobre la negrura del fondo al acecho de sus presas, ha sido también la causa de su declive al convertirle en objetivo de la flota pesquera de profundidad (su carne también es apta para el consumo). Y ya sabemos cuál es el drama de los tiburones del mar profundo: baja productividad, madurez tardía, gestaciones largas, etc. son factores biológicos que los vuelven extremadamente vulnerables a la presión pesquera.


Descripción. Cuerpo alargado y cilíndrico, muy rugoso debido a los fuertes dentículos dérmicos. Morro muy corto y redondeado. Narinas en posición casi terminal, con solapas triangulares. Grandes ojos ovalados y espiráculos relativamente grandes y redondeados. Boca dotada de labios gruesos y carnosos. Aletas dorsales sin espinas y de ápice redondeado: la primera, ligeramente menor que la segunda, tiene su origen claramente detrás de las pectorales; la segunda, sobre la base de las pélvicas. Pectorales pequeñas y redondeadas y caudal grande, con el lóbulo inferior poco diferenciado y el terminal grande y bien marcado. Como todos los squaliformes, carece de aleta anal.
Color uniforme, negruzco o pardo negruzco a grisáceo, a veces con un tono violáceo. Los jóvenes pueden presentar las aletas con un fino ribete blanquecino.

Primer caso documentado de albinismo. Macho de 90 cm capturado en el mar de Liguria en 2005.
(Bottaro et al. 2005, Marine Biodiversity Records).¹
Dentición. Dientes diferentes en ambas mandíbulas. Los superiores son largos y lanceolados, y se encuentran espaciados en cardas de varias hileras funcionales. Los inferiores son anchos, grandes y afilados como cuchillas, con bordes finamente aserrados, y están imbricados como formando un filo de sierra.

Izq: Foto de Asobi Tsuchiya, Wikipedia. Dcha: Detalle de la dentadura (foto: Rafael Bañón).
Talla. Máxima de al menos 159 cm, posiblemente hasta 182 cm, si bien la en su mayoría rondan los 120 cm. Al nacer miden entre 30-40 cm. Los machos maduran hacia los 100 cm —77-121 cm— y las hembras en torno a los 120 cm —117-159 cm.²

Reproducción. La información de que disponemos sobre la biología reproductiva de este tiburón sigue siendo limitada. Es una especie vivípara aplacentaria (ovovivípara) con saco vitelino. Camadas de 3 a 16 crías. Parece que se reproducen durante todo el año, aunque se detecta mayor actividad en los meses de verano y otoño². Capapé et al.³ señalan, a partir de investigaciones llevadas a cabo en la parte del Maghreb, que la especie se reproduce en años alternos y que el periodo reproductivo en esa región es el verano. Se calcula que puede vivir hasta los 32-36 años y alcanzan la madurez hacia los 15,5-21,5.²

Prácticamente un neonato. Foto: CEMMA (Coordinadora para o Estudo dos Mamíferos Mariños).
Dieta. El Dalatias es un cazador versátil con una dieta variada compuesta fundamentalmente de peces de aguas profundas, aunque no desprecia los cefalópodos ni los crustáceos, ni criaturas como los sifonóforos. Un estudio recientellevado a cabo en el Mediterráneo destaca que otros tiburones de profundidad constituyen una parte fundamental de su dieta: negritos (Etmopterus spinax), mielgas (Squalus acanthias) y olayos (Galeus melastomus). Esto puede deberse a una estrategia para eliminar la competencia de otros depredadores cuyos nichos ecológicos se solapan, o bien estas presas constituyen una valiosa fuente de lípidos para conservar su valioso hígado en buen estado de funcionamiento.

Hábitat y distribución. Especie demersal de la plataforma exterior y talud continental e insular entre los 37 m hasta, al menos, los 1800 m en aguas templadas y tropicales. Más común a partir de los 200 m, sobre todo hasta los 800 m. Se encuentra con preferencia cerca del fondo, aunque también en aguas intermedias.

Elaboración propia a partir de (1), (2), (3) y (4). Véase bibliografía.
Se encuentra en aguas de todo el mundo. En el Atlántico NE, desde el N de las Islas Británicas y parte del mar del Norte hasta España y Portugal, hasta Azores, Madeira, Canarias, dorsal Atlántica, y Marruecos hasta Camerún. También en el Mediterráneo, particularmente en su área occidental y central, y los océanos Índico y Pacífico central y occidental.

Pesca y conservación. Tradicionalmente capturado por el aceite de su hígado y su carne (en las Azores había una pesquería importante), se ha detectado una importante caída de sus poblaciones en aguas europeas del 62%, y las proyecciones hablan de un descenso del 52% para el periodo 2015-2102. Las cifras correspondientes al Atlántico NE son alarmantes: caída del 87% y una proyección del 64%².
     Las autoridades europeas han decretado un TAC=0 desde el 2013, pero la negra sigue formando parte de las capturas accidentales del palangre, el arrastre y otras artes de fondo. De ahí que, aunque a nivel global su estatus en la Lista Roja de la UICN es de Casi amenazado, sus poblaciones europeas se encuentran En peligro.

Ejemplar de 135 cm aparecido en la playa de A Lanzada el pasado 17 de mayo. Venía con un palangre. Fotos superiores: Luis, de Portonovo; inferiores: Vanessa Rodríguez.
_______________________________
NOTAS:
¹M. Bottaro, S. Ferrando, L. Gallus, L. Girosi & M. Vacchi (2005). First record of albinism in the deep-water shark Dalatias licha. Marine Biodiversity Records, vol 1, e10. doi: 10.1017/S1755267205001156. 
²R. Walls & Javier Guallart (2015). Dalatias licha. The IUCN Red List of Threatened Species 2015: e.T6229A8948357. Consultada el 30 de julio de 2017.
³C. Capapé, F. Hemida, J-P Quignard, M. M. Ben Amor & C. Reynaud (2008). Biological observations of a rare deep-sea shark, Dalatias licha (Chondrichthyes: Dalatiidae), off the Maghreb coast (south-western Mediterranean). Pan-American Journal of Aquatic Sciences, 3(3): 355-360
Joan Navarro, Lourdes López, Marta Coll, Claudio Barría & Raquel Sáez-Liante (2014). Short- and long-term importance of small sharks in the diet of the rare deep-sea shark Dalatias licha. Marine Biology. doi: 10.007/s00227-0142454-2.

OTRA BIBLIOGRAFÍA EMPLEADA:
(1) David A. Ebert, Matthias F. W. Stehmann (2013). FAO Species Catalogue for Fishery Purposes: Sharks, Batoids and Chimaeras of the North Atlantic. FAO, Roma.
(2) David A. Ebert, Sarah Fowler, Leonard Compagno, Marc Dando (2013). Sharks of the World: A Fully Illustrated Guide. Wild Nature Press, Plymouth. 
(3) David A. Ebert (2013). FAO Species Catalogue for Fishery Purposes: Deep-sea cartilaginous fishes of the Indian Ocean. FAO, Roma.
(4) Rafael Bañón, J. C. Arronte, Cristina Rodríguez-Cabello, Carmen Gloria Piñeiro, Antonio Punzón & Alberto Serrano (2016). Commented checklist of marine fishes from the Galicia Bank seamount (NW Spain). Zootaxa, 4067 (3), 293-333. http://dx.doi.org/10.11646/zootaxa.4067.3.2

viernes, 30 de junio de 2017

La pesca trágica (Paisajes cubanos)


De nuevo buceamos en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España para traeros esta pequeña joya. Procede de Por esos mundos, una revista ilustrada editada en Madrid durante el primer cuarto del siglo XX, entre 1900 y 1926. Este artículo apareció en el número 216, del 1 de enero de 1913, en su apartado Viajes y costumbres, páginas 29 a 31.
     Como siempre, transcribo fielmente el original, sin actualizar grafías, ortografía ni puntuación, con el objetivo de conservar ese sabor a viejo que tanto nos gusta.

PAISAJES CUBANOS. LA PESCA TRÁGICA

Diariamente, al romper la aurora, unas veces á las seis, otras á las siete, según la estación, sale de la bahía de la Habana el remolcador que arrastra mar adentro la gigantesca gabarra donde los carros encargados de la limpieza fueron amontonando, durante el lento transcurso de la noche, los detritus de la capital.
     El vaporcillo avanza intrépido, repitiendo ante las olas, con su movimiento de popa á proa, una especie de voluntariosa afirmación, y su chimenea humeante traza un brochazo blanco en la alegría azul de la mañana. Tras él, á corta distancia, va la gabarra: aparece medio hundida, como jadeante, bajo el peso de las basuras que el sol naciente pinta de amarillo; y aquellas inmundicias forman una pirámide de varios metros de altitud, un á modo de peñón flotante, cachazudo, entre la inmensidad verdosa del Océano y la canción esplendorosa hecha con añil y diamantes, del cielo tropical.
     El remolcador camina algunos momentos paralelamente á la costa y endereza luego su rumbo hacia el sitio que barre la corriente mundial del Golf-Stream [sic], corriente formidable, peregrina de todas las latitudes, que parece llevar consigo alguna recóndita inquietud del planeta. Una vez allí, el vaporcillo se detiene, y sobre el alboroto de aquellas olas andariegas, los tripulantes de la gabarra abren unas compuertas, y el agua invade rápidamente el interior del enorme lanchón, vencido bajo pesadumbre tanta; éste va tumbándose hasta que, de pronto, el promontorio de basuras, vestido generosamente de oro por el sol, se resquebraja y desconcierta, pierde su equilibro y cae al mar; la caída es terminante, á plomo. Después, el remolcador, dando una airosa media vuelta, emprende el regreso á la bahía, y la gabarra, completamente deslastrada, brinca alegre y grotesca sobre las aguas, con una alegría de animal que vuelve del trabajo.
     Las inmundicias quedan allí vaheando al sol un aliento de muerte, y poco á poco van dispersándose, azotadas por la impaciencia nerviosa del oleaje y del viento; algunas desaparecen pronto en el abismo; las demás, arrastradas por las ondas filantes, derivan hacia el Norte, tendiendo sobre el mar un camino pestífero, de muchos kilómetros.
     Los tiburones no faltan nunca á este copioso festín; llegan en legiones, y allí es donde los marineros, conocedores de sus mañas, acuden á pescarlos.
     Allí también fuímos nosotros, embarcados en un botecillo de doce pies de eslora. Éramos cinco. Arrióse la vela, y situados á barlovento para evitar las emanaciones malsanas de las basuras, comenzamos á preparar los anzuelos. El calor no molestaba aún; la brisa mañanera, fresca, retozona, peinaba con sus ágiles dedos la crestería espumeante de las olas; lejos, á una distancia mayor de seis millas, aparecían los bélicos perfiles del Morro y la Cabaña, y más allá, hacia poniente, el pintoresco caserío habanero, tendido gozosamente á lo largo de la plaza, bajo la magnificencia religiosa del sol.
     Un silencio absoluto rodeaba nuestra barquilla, pequeña, blanca, frágil, meciéndose rítmicamente sobre el abismo como una cuna. Los terribles escualos, reyes del mar Caribe, á cuya voracidad va unida una fiera leyenda de sangre, voltigeaban á nuestro alrededor como revolcándose entre los montones de basura; sus aletas dorsales, bruñidas por la luz, al cortar veloces el cristal de las aguas tranquilas, dejaban tras sí un rastro de espumas; se hundían, volvían á la superficie, trastornados por el regocijo de su digestión; algunos se aproximaban á nuestro esquife, cual si adivinasen que allí también había una presa. Inclinados sobre la borda los veíamos pasar suspendidos en la penumbra verdeante del abismo, con sus cabezas achatadas y enormes, el formidable timón de su cola y sus grandes aletas pectorales, dotadas de supremo vigor. La muerte nos rondaba, y esto me producía la exquisita emoción de terror que inspiran las simas.
     Al decir de los pescadores familiarizados con ellos, los había de muchas clases: zorros, cornudos, dientuzos, pintarrojos, alecrines, cabezas de batea... etc., toda una nomenclatura gráfica y colorista, que seguramente no figura en ningún tratado de Historia Natural.

     Los anzuelos, cebados con doradas carnazas, flotaban á una profundidad de quince ó veinte metros, y aquellas carnazas, irisadas extrañamente por la luz, tenían la alegría triunfal de las esmeraldas. Los marineros nos aconsejaban:
     —Cuando un tiburón "pica" hay que "darle cordel", porque el animal, al sentirse herido, se hunde instantáneamente, y es inútil y temerario sujetarlo.
     Y añadían:
    —Son muchos los pescadores que por hacerlo así fueron precipitados al mar... y no volvieron.
     Estas historias trágicas, sin gritos, desarrolladas en el silencio —silencio de infinito— del Océano, exacerbaban mi inquietud. Arrodillados sobre las bordas temblequeantes del bote, todos mirábamos hacia el abismo, el alma entera puesta en las carnazas verdes y brillantes. Los escualos se acercaban á ellas, alejábanse lentamente, volvían de nuevo, fluctuando quizás entre su glotonería inexhausta y el presentimiento de un peligro. Nadie hablaba á bordo. Los últimos montones de basura, arrastrados por el Golf-Stream, desaparecieron en el horizonte; el viento se había "echado"; cegaba la luz; abrasaba el sol; ya no se veía la costa; una luminosidad indescriptible, genuinamente tropical, flotaba sobre la superficie reverberadora, con reverberación furiosa del Océano dormido.
     Transcurrió otra hora, de angustiosa espera; los tiburones no se iban, pero tampoco parecían propicios al ataque. ¿Qué extraño recelo agitaba sus cerebros obscuros?...
     De pronto, uno de ellos, el más grande, se decidió; yo lo ví acercarse velozmente, dar una media vuelta que puso en un instante al sol la blancura de su vientre, y cómo en su bocaza, defendida por una triple fila de dientes, se apagaba la luz verde de la carnaza mortal. Inmediatamente el animal se hundió; más de cien metros de cuerda se llevó tras sí; luego, apenas sentimos que aquel primer impulso de fuga cesaba, todos, á la vez, empezamos a recobrar el cordel; el enemigo, trastornado por el dolor, volvía á la superficie; el botecillo, sin embargo, oscilaba rudamente bajo el esfuerzo de nuestros pies. Ya el tiburón estaba muy cerca, y sus aletas yacían abiertas, en gesto de súplica, cuando reaccionó; la claridad diurna le había despertado. Dió un coletazo formidable y tornó á hundirse. Lo dejamos ir. Así, cobardemente, permitiéndole marcharse unas veces y tirando de él otras, conseguimos fatigarlo.
     Miré á mis compañeros: les hallé graves, los labios contraídos, el ceño adusto, cual si aquel verdadero duelo á muerte comprometiese su dignidad; mascullaban los marineros palabras insultantes, y con el dorso de sus manos velludas restañaban el sudor que empapaban sus frentes. Era algo primitivo, sanguinario, evocador de los combates del hombre ancestral.

     Mucho tiempo duró la pelea. Al cabo, merced á terribles esfuerzos, el animal fué izado casi á la altura de la borda. El drama iba á tocar á desenlazarse. Mientras todos, agarrados al cordel del anzuelo, resistíamos los esfuerzos de la víctima, un marinero levantó entre sus brazos nervudos una barra de hierro, aguzada en forma de lanza, y esgrimiéndola cual si fuera un arpón, la clavó en el cráneo del escualo. Hubo un chirriar de huesos rotos, pero el hierro entró apenas; el segundo y el tercer golpe también fueron infructuosos. Loco de dolor, el tiburón se defendía, amenazando arrastrar el liviano bote tras sí, y su cola azotaba furiosa las aguas, levantando remolinos espumosos; todos estábamos empapados en agua y sudor, anhelantes, congestionados bajo el sol, que echaba sobre nuestras espaldas su abrazo de fuego.
     La barra de hierro, al fin, perforó los huesos del animal, que quedó suspendido de ella como de una ménsula. Otro marinero, entretanto, le rompía los dientes con una maza. Pero los estremecimientos agónicos del tiburón son temibles; era preciso desarmarle. Salieron á relucir los cuchillos y, en un santiamén, le cortamos la cola y las aletas, de donde aseguran los chinos que se obtiene un caldo excelente.
     No olvidaré nunca la expresión de aquella cabezota enorme, en cuya bocaza desquijarada por los golpes y en sus ojos inmóviles, amarillentos, la muerte extendía su majestad lívida. Después, la presa, viva aún, se hundió en el abismo.
     Enardecidos por el buen éxito del combate, preparamos de nuevo los anzuelos, y esperamos. La suerte tornó á favorecernos; cobramos otra pieza.

     A las tres de la tarde, tras nueve horas de lucha, volvíamos á tierra, tostados por el sol y la agria reverberación marina. El viento cantaba en la hinchada vela y el bote inclinábase gallardo sobre una de sus bandas; las aguas murmujeaban apacibles bajo el timón.
     Todos íbamos contentos, cual si aquellas escenas de sangre hubiesen servido de recreo á esa fiera que los hombres, aun los más mansos, llevan dentro. Y es que, repartida como se halla nuestra naturaleza entre las emociones antagónicas del Amor y la Muerte, no sabemos qué nos divierte más: si un placer ó un peligro.

Eduardo ZAMACOIS