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martes, 9 de diciembre de 2014

Finning en Bentota (Sri Lanka)

Lo que sigue es un artículo publicado hace pocos días en la excelente revista digital Roads & Kingdoms. Básicamente consiste en el relato del inesperado encuentro —más bien encontronazo— del autor, Marco Ferrarese, con la sangrienta realidad del tráfico de aleta durante una visita a la lonja de Bentota, en la costa suroccidental de Sri Lanka. Ciertamente, lo que cuenta no es nada nuevo para quienes estamos al tanto de la problemática del finning y la pesca de tiburones en las regiones más pobres del planeta. Es tan solo una anécdota más. Pero me gustó como describe la experiencia, y también el modo como retrata la sorprendente y fría crueldad de la miseria conviviendo, sin mezclarse, con el lujo y la ostentación occidental; por eso pensé que valía la pena hacer el esfuerzo de traducirlo. 

Quiero agradecer a Natham Thornburgh, editor de la revista, y al propio autor, Marco Ferrarese, su amable autorización para la publicación tanto del texto completo como de algunas de las impresionantes fotografías de Kit Yeng Chan, que recomiendo veáis en su formato original en la página de la revista. Al final del texto he añadido un pequeño mapa de Google con la ubicación de Bentota y de las zonas del Índico que se mencionan en el artículo.


Foto: Kit Yeng Chan

BAÑO DE SANGRE EN LA LONJA DE BENTOTA
por Marco Ferrarese 

Es una masacre a cielo abierto. El brillo de montones de cuerpos mutilados se extiende desde donde estoy hasta el muelle. El hedor es inimaginable, como si unos dedos enguantados embadurnados en pasta de pescado podrido se me estuviesen metiendo por los agujeros de la nariz. Pero no es solo el olor lo que me revuelve el estómago. Son los cuchillos. Manejados por manos expertas, cercenan las aletas, la parte más valiosa, dejando tremendas heridas incruentas en la lustrosa piel de la criatura.
Estando en este lugar, con pequeños riachuelos de sangre y agua pasando entre mis pies, casi me olvido de que en esta costa existe una idílica franja de arena ocre llamada playa de Bentota. Situada cuarenta millas al sur de Colombo, capital de Sri Lanka, en una parada del camino hacia Galle, la encantadora ciudad amurallada patrimonio de la humanidad, Bentota es uno de los complejos turísticos más famosos del país. Una hilera de hoteles de cinco estrellas se alza sobre las olas oscuras del inquieto océano Índico, y lo que queda de un palmeral otrora frondoso separa las piscinas y terrazas al aire libre de la arena de la playa.
Pero un oscuro secreto se esconde más allá de las tumbonas y el protector solar, algo que acecha entre las sombras de los mercados locales que abastecen de pescado fresco a los buffets que se sirven a diario en los ostentosos hoteles. Este lado oscuro es algo que nunca verán los turistas rusos e internacionales cuyos cuerpos descansan y enrojecen sobre una tumbona mientras sus retoños corretean por la playa.

De hecho, esta parte de Sri Lanka ha sido siempre un refugio seguro, incluso durante la guerra civil que tuvo lugar en el norte del país entre 1983 y 2009. Impulsada por el turismo, Bentota prosperó junto con la costa sur, dando empleo a mucha gente necesitada de la zona.

Saman, de poco más de treinta años y padre de dos hijos, es uno de ellos. Trabaja atendiendo uno de los bares del complejo turístico, vestido con un impecable chaleco de terciopelo rojo y una camisa blanca de manga larga.

"Bienvenido a Sri Lanka", dice con una amplia sonrisa. Saman vive en Aluthgama, unas pocas millas al norte de Bentota. Trabaja en el complejo turístico para mantener a su mujer y a sus dos hijos, pero su corazón está en otra parte. En efecto, durante la temporada baja dirige las actividades locales de la ONG suizo-italiana Helianto colaborando en el desarrollo de las escuelas infantiles de su distrito. En su tiempo libre también conduce el motocarro de la ONG llevando y trayendo entre Bentota y Aluthgama a los residentes del lugar.
Estoy de visita en representación de Helianto y me alojo en casa de Saman. Una mañana nos propone visitar el mercado y comprar pescado fresco para el almuerzo. "Mi mujer lo cocinará para vosotros". "Como sois tan curiosos, seguro que os encantará visitar nuestro mercado. No es fácil entrar allí por vuestra cuenta."
Nos apretujamos en su pequeño motocarro y cubrimos el breve trayecto hasta el mercado. Saman tiene razón: la entrada está protegida por una valla. Se acerca a un viejo gruñón que está sentado detrás de una ventana de cristal. Las piruetas del staccato del singalés, el idioma nacional, se detienen en torno a nosotros cada vez que Saman se vuelve para señalarnos a mi y a mi prometida malaya, la extraña pareja del mercado. Al poco rato el malhumorado guarda sale al sofocante sol del mediodía. Alarga la mano para sujetar una barra y tira de una cadena, franqueándonos el acceso al recinto.

Al otro lado de la entrada, una fila de puestos de madera bulle de manos que cambian rupias por paquetes de papel que contienen peces de todas las formas y tamaños.
Venid, vamos a elegir nuestro almuerzo dice Saman, conduciéndonos a través de la masa de gente e inspeccionando el pescado expuesto.
Foto: Kit Yeng Chan
Algo llama mi atención en un extremo del mercado. En aquel punto, la explanada de hormigón desemboca en un callejón sin salida no muy visible que discurre entre el mar y una fila de almacenes.
¿Qué es ese lugar, Saman? pregunto. 
Los muelles —responde, su voz parece un poco preocupada. Ahora será mejor que nos vayamos, mi mujer nos está esperando para ponerse a cocinar.
Pero me siento atraído hacia la línea de viejos bumboats amarrados y hacia la gente que está descargando los tanques que hay en sus cubiertas y subiéndolos a los camiones. Se mueven en torno a un conjunto de objetos alargados y oscuros que no soy capaz de distinguir por la gente que está limpiando con mangueras el suelo a su alrededor. Parecen proyectiles blandos e inservibles.
Según me voy acercando, el olor se hace casi insoportable. A la altura del primer bumboat, el pavimento es una masa resbaladiza. Un tipo descalzo lo está baldeando con una manguera, lavando rojos charcos de sangre. Finalmente me doy cuenta de que el suelo está cubierto de tiburones. Están varados sobre el pavimento como barcas de juguete de color negro brillante que se hubiesen quedado sin pilas, con sus cabezas secas y arrugadas. Entiendo por qué. De su piel se desprenden granos de sal cuando los sacan por una una escotilla de la cubierta. Dentro del barco los tiburones se conservan en sal.
Arrojados sobre el hormigón del muelle, todavía les esperan más tormentos post mortem. Descalzo sobre una una espesa capa de limo, sangre y vísceras, un hombre sostiene un machete con su mano derecha mientras con la otra se sujeta el nudo frontal de su sarong. Se acerca a la creciente hilera de tiburones, se inclina con naturalidad, y corta las aletas con rápidas sacudidas de la hoja. Los apéndices arrancados se echan mecánicamente a un montón.
Saman me agarra del codo derecho mientras observo horrorizado.

No deberíais estar aquí... Se lo prometí al guarda.
¿Esto qué es? pregunto.

Saman explica que los bumboats recorren el océano Índico hasta el golfo de Bengala y el mar de Andamán. Esos hombres dejan a sus familias para vivir en el mar durante meses, pescando tiburones y otros peces exóticos y caros. No lejos de donde estoy, dos mantas gigantes yacen boca arriba con sus cajas torácicas al descubierto.

Por supuesto, lo más valioso son las aletas de tiburón dice Saman. Se venden a China, Taiwan, Korea, Japón... A los chinos especialmente les encantan. Es un muy buen negocio para la gente de Sri Lanka.
Sri Lanka ocupa el puesto número 14 en el grupo de los 20 países responsables del 80% de la masacre mundial de tiburones. Naciones como Indonesia, España, India y Taiwan representan un 35 por ciento, mientras que la contribución individual de Sri Lanka ronda tan solo el 2,4%. Pero considerando el pequeño tamaño de la isla y su diminuta flota pesquera, la cifra es sin embargo muy considerable. Para colmo, aparte de jaquetones sedosos, más comunes, los pescadores de Sri Lanka regularmente capturan los amenazados tiburones zorro, pese a una prohibición gubernamental.

El problema, explica Saman, es que el resto del tiburón apenas se utiliza. La mayor parte de los cuerpos se echan a los perros o se devuelven a los bumboats y se tiran al mar.
Un joven con un gorro Rastafari y pelo con rastas cortas se da cuenta de nuestra presencia y señala en nuestra dirección. Inmediatamente todas las miradas se posan en nosotros. Doy un paso atrás, preparándome para escapar, pero entonces los trabajadores sonríen. Empiezan a posar para las fotos mientras levantan los tiburones y los cuelgan de una balanza para impresionarnos a los intrusos. Aquellos hombres proporcionan la médula a la columna vertebral del mercado internacional de aleta de tiburón. Esta no es más que una de las cosas necesarias que los hombres menos afortunados de Sri Lanka deben hacer para sostener a sus familias.

Mi mujer está esperando —dice Saman tirándome del brazo. Puedo ver que está incómodo. Vámonos ya, por favor.

Sigo a Saman de vuelta al mercado y a su menos exótica selección de pescado, cruzando por delante del montón de aletas cortadas. Al subir al motocarro, pienso que los aficionados a la aleta de tiburón deberían pasarse por aquí en persona antes de sorber una taza de su placer prohibido, para que viesen por si mismos el origen de la masacre.

Roads & Kingdoms
[Fotos: Kit Yeng Chan]

Fuente: Google Maps.

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