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lunes, 15 de abril de 2013

Los ojos del tiburón blanco

Fotografía de David Litchfield.

¿Os acordáis del memorable monólogo de Quint?:
"Una de sus características es... sus ojos sin vida, de muñeca, ojos negros y quietos. Cuando se acerca a uno, se diría que no tiene vida, hasta que le muerde... Esos pequeños ojos negros se vuelven blancos, y entonces... ah, entonces se oye un grito tremendo y espantoso; el agua se vuelve de color rojo; y a pesar del chapoteo y del griterío, ves como esas fieras se acercan y te van despedazando."
Lo escribió el propio actor que lo encarnaba, el grandísimo Robert Shaw, a partir de la versión que John Milius había elaborado del guión de Howard Sackler.

Foto de Michael Scholl (tomada de www.telegraph.co.uk)
Hay que reconocer que en el plano dramático el acierto de Shaw fue absoluto. Incluso hoy en día, casi 40 años después del estreno de Tiburón, en nuestro imaginario colectivo todavía persiste la estremecedora imagen de un ser infernal cuyos ojos negros, desprovistos de vida, parecen observarnos fija y desapasionadamente desde esperando su momento. De algún modo nos recuerdan las oscuras cuencas vacías de una calavera sonrisa maléfica incluida.

En el plano de la realidad, en cambio, las cosas son bastante diferentes. Ni el tiburón es un bicho sanguinario y maléfico, ni sus ojos son negros como la muerte. De cerca y con la luz adecuada, lo que observamos son en realidad unos ojos de un azul muy oscuro en los que es posible distinguir la forma circular del iris, capaz de orientarse para enfocar un objeto. O sea, como cualquier vertebrado vivito y (nunca mejor dicho) coleando: un elefante, un lobo o la vecina del 4ºD.

Aquel monstruo de tintes casi metafísicos, erigido a partir de la película de Spielberg en símbolo de una naturaleza irracional y hostil, se ha transformado de pronto en un magnífico ser vivo de extraordinaria belleza que no nos cansamos de admirar.

Impresionante fotografía de Juanmi Alemany realizada en Guadalupe.
De vez en cuando uno necesita abstraerse de todos esos problemas que nos angustian a todas horas, de la realidad tan hostil que tenemos ahí afuera, y refugiarse en la contemplación de un animal tan bello. Aunque sea durante unos pocos instantes, con un post tan breve como este.

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[Otros ojos bien diferentes son los de los tiburones de aguas profundas. Os recomiendo que visitéis el post Los ojos de la cañabota. Ya veréis.]


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