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domingo, 8 de junio de 2014

La vida de los tiburones (1905)

"Una pareja de tiburones."
Ya sabéis lo que me encanta bucear por entre los extraordinarios fondos de la Hemeroteca Digital, una impagable página de la Biblioteca Nacional de España que no me canso de recomendar. Nunca dejas de descubrir cosas. La joyita que hoy os presento es un pequeño reportaje sobre los tiburones publicado en marzo de 1905 en Alrededor del mundo, una revista ilustrada semanal que se editó en Madrid entre los años 1899 y 1930. Su temática era muy variada, tocaba desde temas costumbristas, artísticos, curiosidades, viajes y aventuras, hasta las recientes novedades y descubrimientos científicos y técnicos, lo cual explica su amplia popularidad.
De este reportaje, el aspecto que sin duda más llama la atención es que, pese a todas sus inexactitudes, la prensa de hace un siglo se ocupaba del tema de los tiburones con mucha más justicia y ecuanimidad que sus equivalentes de hoy en día. El primer párrafo lo dice todo: "el tiburón no es más rapaz ni más carnicero que cualquier otro pez...; si no todos [los peces] matan á los hombres para comérselos, es porque no son bastante grandes para semejante tour de force." ¿No es sorprendente?

Para mantener el saborcillo a viejo, he respetado escrupulosamente la puntuación y acentuación del original. Las ilustraciones pertenecen también al reportaje.


LA VIDA DE LOS TIBURONES
    Se han contado tantas historias exageradas acerca de la voracidad y carácter sanguinario del tiburón, que éste ha venido á convertirse en objeto de terror para todo el que tiene que navegar. Sin embargo, el tiburón no es más rapaz ni más carnicero que cualquier otro pez. Todos los peces se alimentan de carne y de otros pescados, y prefieren la carne viva á la muerta; si no todos matan á los hombres para comérselos, es porque no son bastante grandes para semejante tour de force. En cuanto á eso de que los tiburones huelen cuando hay un enfermo en un buque y siguen al barco para no perder la presa, no es más que una de tantas consejas de marinero.
     El tiburón tiene muchas buenas cualidades, considerado conforme á nuestras ideas sobre la moral. Por de pronto, es monógamo y fiel compañero de su pareja durante la época de sus amores. Fuera de dicho periodo, cada tiburón va siempre solo, no reuniéndose muchos mas que en aquellos sitios en que abundan las ocasiones de proporcionarse carne fresca.
     Sin embargo, al decir "solo", quiere indicarse que cada tiburón vive separado de sus semejantes, no que su soledad sea absoluta. Hay un pececillo que es para el tiburón un amigo inseparable, que le acompaña en todos sus viajes y parece guiarle en todas sus empresas. Es el pez piloto, uno de los más bonitos y más pequeños de la familia de los escombros [sic], con el cuerpo rayado de azul y oro, y apenas de dos decímetros de longitud. Le llaman piloto precisamente por la costumbre que tiene de ir como dirigiendo al tiburón, nadando siempre á unos cuantos palmos sobre la nariz de éste. Algunos hombres de ciencia, que si á mano viene no han visto en su vida un tiburón vivo, niegan esta costumbre del pez piloto, tachándola de inverosímil; pero el pez piloto no parece quererles dar la razón, y continúa siempre fiel á su gigantesco amigo.
     A lo mejor, el piloto sepárase bruscamente del tiburón, y con rapidez sin igual se dirige á un montón de algas, á una roca ó á cualquier objeto por el estilo, nada un poco alrededor, vuelve junto a su compañero, se le acerca primero á un lado de la cabeza y después al otro, y por fin recobra su puesto sobre la nariz. Entretanto, el tiburón ni se detiene ni se apresura; parece tener conciencia de que el pececillo volverá. Indudablemente hay algún medio de comunicación entre el tiburón y el piloto, por el cual debe éste decir á aquél algo como: "Aquello me huele á cosa buena; voy á ver qué es... No es más que un montón de algas; no vale la pena que nos detengamos".
    Todos los habitantes del mar huyen asustados al acercarse el tiburón con su inseparable guia. Este último, sin embargo, puede apoderarse de algunos diminutos animalillos que le sirven de alimento; pero el tiburón, relativamente lento, sólo puede comer cosas que permanezcan inmóviles, tales como los pies de los percebes, que si bien calman un poco su apetito, no bastan á dejarlo satisfecho. El estómago de un tiburón es demasiado grande para hartarse con tan poca cosa; no es, por lo tanto, de extrañar que el enorme pez se precipite con ansia sobre toda sustancia comestible que caiga de un barco, sea el cuerpo de un hombre ó los desperdicios de la cocina. Cuando se presenta un buque á algunas millas de distancia, el piloto, por una especie de secreta intuición que nadie ha podido explicar, conoce su presencia y se dirige rápidamente hacia él, seguido de cerca por el tiburón, que sin duda alguna comprende lo que quiere decir aquel apresuramiento.
    Probablemente habrá muchas personas que ignoren que el tiburón hembra no pone huevos como otros peces, sino que da á luz á sus crias, que rompen, por decirlo asi, el cascarón dentro del vientre materno. En cada parto nacen quince ó veinte pequeñuelos, raras veces más; la madre les profesa gran afecto y procura defenderlos de los ataques de otros tiburones hambrientos, hasta que crecen lo bastante para poder vivir solos.
"El pez-sierra, que se alimenta de entrañas de otros peces."
     En la familia de los tiburones hay una porción de especies interesantes. Una de ellas es el pez-sierra, ese curioso habitante de los mares orientales, cuya cabeza está armada con una prolongación cartilaginosa, provista en los bordes de fuertes dientes. El uso que el tal pez hace de esta arma singular no puede ser más extraño. Tiene el pez-sierra gustos muy particulares en cuestión de comidas: aunque no le desagrada encontrar cualquier carroña para variar su menu, lo que prefiere á todo son las entrañas del pescado, y para procurárselas tiene un modo especial de abrir el vientre, de un solo golpe de sierra, á todo pez que encuentre de su gusto.
    Un pez-sierra puede alcanzar una longitud de cinco metros y un peso de una tonelada; pero esto no es mucho comparado á las dimensiones del tiburón propiamente dicho, el cual mide algunas veces nueve y aun diez metros.
    Muy notable también es el tiburón-zorro, que por cierto abunda mucho en el Atlántico. Es completamente inofensivo para el hombre, y no mide nunca más de cuatro ó cinco metros, de los cuales se lleva más de la mitad la cola, que es larguísima y delgada como un látigo. Sigue las bandadas de arenques y de sardinas, devorando grandes cantidades de ambos pescados. Cuando caza azota vigorosamente la superficie del agua con su cola, y esto basta para introducir la más espantosa confusión entre los peces, que caen así más pronto en su poder.
"El tiburón zorro, inofensivo para el hombre."
    Hay muchas clases de tiburones que, al contrario de las que acabamos de citar, no suelen acercarse á la superficie del mar; viven á grandes profundidades y sólo suben á buscara capas más superiores durante la época en que crían. En cambio, la especie común, que casi siempre nada á flor de agua, baja á lo más profundo en la estación de los amores.
    Ya que de tiburones hablamos, podemos añadir que hoy existe la creencia de que la tan traída y llevada serpiente de mar no es sino un tiburón gigante. Hace pocos días, un buque inglés, el Armadale Castle, ha tenido un encuentro con el famoso monstruo, y los pasajeros que han podido verlo de cerca, aseguran que, en efecto, tiene todo el aspecto de un tiburón de 17 metros de largo.
Alrededor del mundo, 9 de marzo de 1905, pp. 155-56.


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