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viernes, 23 de octubre de 2015

Tiburones blancos en la Europa atlántica del Plioceno

Vistas labial (a) y lingual (b) del diente de Matos. Fuente: M. T. Antunes & A. C. Balbino, Revista Española de Paleontología, 2010.
     El tiburón blanco (Carcharodon carcharias) es hoy en día una especie cuando menos rara en esta parte del Atlántico NE, siendo optimistas. Aunque nuestra zona figura en cualquier mapa de distribución que consultemos, las citas son por desgracia escasísimas: desde las Azores hacia el norte, incluyendo el Cantábrico y las aguas más septentrionales de las Islas Británicas, existen tan solo 7... para los últimos 200 años. En Galicia tenemos un único registro, en mi opinión dudoso, de 6 ejemplares nada menos, observados hace más de 30 años en la lonja de Coruña [véase discusión en ¿Hay o no hay tiburones blancos en Galicia?]. En esto Portugal tiene más suerte: en 1997 se se capturó un ejemplar de casi 5 m a unas tres millas de la freguesia de Armação de Pêra, en el Algarve.
     Sin embargo hubo un tiempo en que esta hermosa criatura fue, no sabemos si abundante, pero si con toda probabilidad bastante común en nuestras aguas.

Breve historia de un diente. A principios de los años 40 del siglo pasado, un tal Malaquías das Neves encontró un diente fósil mientras cavaba un pozo en el suelo arenoso de una finca de su propiedad, en la pequeña aldea de Matos, situada unos 50 kilómetros al sur de Figueira da Foz (Portugal). El paisano tuvo la feliz idea de entregárselo, junto con otros fósiles, a un profesor de la Universidad de Coimbra, José Custódio de Morais, quien a su vez se lo presentó a Leslie R. Cox, del Museo de Historia Natural de Londres, para su identificación. Finalmente quedó depositado con la etiqueta de "Carcharodon megalodon" (sic) en los fondos del Museu Mineralógico y Geológico de aquella universidad durante casi 70 años.
Área de procedencia del diente.
     El megalodón no es infrecuente en los depósitos del Mioceno medio y superior (14 y 7 millones de años, aproximadamente) de zonas como Lisboa, Setúbal y el Algarve, pero se da la circunstancia de que la región de Matos se encuentra sobre sedimentos marinos bastante más tardíos, concretamente del Plioceno (unos 5 millones de años), una época de la que datan los dientes fósiles de tiburón blanco encontrados en diversos yacimientos europeos de Bélgica, Holanda, Italia, o España.
     En Portugal no se había encontrado ningún fósil de tiburón del Plioceno, lo que no dejaba de ser curioso. Hasta que uno de los más eminentes paleontólogos de aquel país, Miguel Telles Antunes, recordó haber leído algo sobre el diente de megalodón encontrado en Matos y decidió que sería buena idea echarle un vistazo. Por fortuna todavía seguía en el Museu, y pudo entonces comprobarse que en realidad no pertenecía a un Carcharocles megalodon, sino al Carcharodon carcharias. Era un diente lateral superior, probablemente de la segunda fila, correspondiente a un ejemplar de una longitud estimada de casi 4 m¹, una talla más que discreta para la época.
     Tuvo el honor de convertirse en el primer tiburón del Plioceno portugués y primer fósil de tiburón blanco nunca encontrado en el país.

Foto: Alexander Safonov.
Tiburones blancos en la Europa atlántica del Plioceno. El Carcharodon carcharias apareció en el planeta hace unos 5-6 millones de años, entre finales del Mioceno y principios de Plioceno.
     El diente de Matos concuerda con otros registros europeos del Plioceno (no hay restos de Carcharodon en depósitos de la etapa anterior), lo que viene a demostrar que el tiburón blanco estuvo ampliamente extendido a lo largo de las costas atlánticas del continente desde los mismos comienzos de su existencia como especie.
     Durante este tiempo los continentes avanzaron en su deriva hasta situarse aproximadamente a unos 70 km de sus posiciones actuales. América del Sur y América del Norte quedaron unidas mediante el istmo de Panamá, lo cual causó una profunda alteración del clima de la Tierra: la circulación de las corrientes ecuatoriales cálidas quedó truncada y el Atlántico, ahora aislado, empezó a enfriarse; las temperaturas de las aguas árticas y antárticas cayeron en picado y se formó el casquete polar ártico. En último término todo ello trajo consigo el enfriamiento de todo el planeta.
     Pese a todo, a mediados del Plioceno las temperaturas todavía eran en general unos 2-3º C más altas que hoy en día y el nivel del mar estaba unos 25 m por encima de sus niveles actuales. El océano estaba rebosante de leones marinos, focas y sirénidos, una fuente energética de primer orden especialmente preparada para un depredador con la suficiente potencia y agilidad. Muchas familias de grandes cetáceos se extinguieron y otras abandonaron los trópicos desplazándose hacia las regiones polares.
     El tamaño de los dientes encontrados en yacimientos repartidos por todo el mundo apunta a que los tiburones blancos de 7 m o más no eran en aquel entonces precisamente escasos² (en la actualidad muy raramente superan los 6 m). Y es que estas criaturas competían ferozmente con el gran megalodón (Carcharocles megalodon) por el dominio del océano. Eran depredadores más pequeños, pero más veloces, ágiles y posiblemente más inteligentes que el viejo gigante, que, incapaz de adaptarse a un mundo más frío para buscar a sus grandes presas, iba ya apurando sus últimos momentos sobre la Tierra. Los blancos contaban además con un mecanismo generador de calor que les permitía colonizar ambientes más fríos y hostiles al tiempo que aumentaba la capacidad de procesamiento de información de su cerebro. Eran, en suma, más modernos y eficaces.
     Carcharodon y Carcharocles mantuvieron su desigual disputa durante las primeras etapas del Plioceno, como se evidencia, por ejemplo, en el Mediterráneo, donde existen fósiles de megalodón que datan de esta época, si bien ciertamente muy escasos en comparación con los del Mioceno (en cambio, los de tiburón blanco son abundantes). Esto hace sospechar una colonización secundaria tras la Inundación Zancliense³ por parte de ejemplares provenientes de las costas del sur de Portugal, del Algarve, como el tiburón blanco de 1997, y una coexistencia fugaz, al menos, de ambas especies.

Conclusión: El tiburón blanco y el Australopithecus. El tiburón blanco vivió aquí al menos durante los primeros centenares de miles de años de su existencia. Puede decirse que prácticamente lo vimos nacer. Aunque en realidad haya sido exactamente al revés: fue el tiburón blanco quien nos vio nacer a nosotros, fue él quien observó como un buen día unos primates la mar de raros y chillones decidieron bajar de los árboles y echarse a andar. Y todavía pasarían millones de años hasta que comenzasen a encaramarse a lo más alto de la Xunta de Galicia.

El Carcharodon carcharias (foto de Andy Murch) y uno de los australopithecus más famosos, Lucy, una hembra de Australopitecus afarensis de hace 3,2 millones de años (reconstrucción procedente en el Museo Nacional de Antropología de México).

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¹Miguel Telles Antunes & Ausenda Cáceres Balbino (2010). "The great white shark Carcharodon carcharias (Linné, 1758) in the Pliocene of Portugal and its early distribution in eastern Atlantic". Revista Española de Paleontología, 25 (1), 1-6. ISSN 0213-6937.
²Sylvain Adnet, Ausenda C. Balbino, Miguel Telles Antunes & J. M. Marín-Ferrer (2010). "New fossil teeth of the White Shark (Carcharodon carcharias) from the Early Pliocene of Spain. Implication for its paleoecology in the Mediterranean". Neues Jahrbuch für Geologie und Paläontologie Abhandlungen, 256: 7-16, Stuttgart. En este trabajo se citan dientes encontrados en Guardamar del Segura (Alicante) de ejemplares correspondientes a tallas estimadas próximas a los 700 cm.
³Ibíd. Se conoce como Inundación Zancliense la reconexión del Atlántico con el Mediterráneo, que prácticamente se había secado, ocurrida hace poco más de 5 millones de años, al inicio del Plioceno.

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