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jueves, 31 de diciembre de 2015

Julio Guillén, Lourido y los tiburones

ABC, 2 de abril de 1944.

     D. Julio F. Guillén Tato (1897-1972), Contralmirante de la Armada Española, fue un marino de una importante trayectoria científica, histórica y cultural, además de militar (no durante la Guerra Civil, pues sufrió el rechazo tanto de los republicanos como de los rebeldes fascistas, quienes finalmente lo rehabilitaron en Consejo de Guerra en 1941). Entre otros honores, fue miembro de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia y de la Hispanic Society of America, y desde 1940 hasta el año de su muerte, director de la Revista general de marina, en la que publicó algunos de sus relatos de ficción seguramente más queridos, los protagonizados por el singular Lourido, Nostramo Lourido.
     Los cuentos de Lourido aparecieron también en la prensa escrita, a veces insertos en un artículo de tema general como el que hoy os presento aquí, dedicado a los tiburones (evidentemente) y publicado en el ABC del 2 de abril de 1944.
     No hace falta advertir que el texto carece de valor científico. Sin embargo, a mi entender resulta doblemente interesante, no solo porque nos permite ver al paisano Lourido en acción, sino para entender qué era lo que entonces se sabía de los tiburones, qué clase de sentimientos despertaban entre los marinos y entre el público en general.
     Todas las aventuras del contramaestre Lourido fueron recopilados posteriormente en un volumen titulado Cuentos Marineros, que según parece no tardó en agotarse.
     Transcribo fielmente el original, respetando su ortografía y puntuación, añadiendo tan solo un par de notas aclaratorias.


COSAS DE TIBURONES

     Podría repetir, porque guardo el libro de texto, cuanto en el Bachillerato aprendí respecto al tiburón y a sus parientes, los demás escualideos o "escuálidos", como decía confundiendo la etimología quien yo me sé; de mi cosecha puedo añadir que los marineros a unos u otros géneros les llaman con nombres tan sonoros como marrajo, cazón, arroaz y tintorera; que es una suerte de pez bárbaro de los llamados "de cuero", pues su piel, cual la de las de la lija y de la zapa, admite curtido; que los dientes de sus múltiples filas, a lo largo de los siglos, han constituído amuletos para los usos más variadísimos, y que en Cádiz lo fríen con sin igual arte y creo lo llaman, al menos al darlo en trozos y calentito en cucuruchos, "bien me sabe", con mucha propiedad, porque resulta sabrosísimo.
     Su pesca ha sido siempre pasatiempo obligado de la navegación a vela, capturándolo con curricán o, dicho castizamente, a la cácea, que es largar por la popa un anzuelo, que en este casto tiene que ser grande, resistente y con un ramal de cadena para que no lo corte de una dentellada. Una vez cobrado a bordo con ayuda de un arzaguía tras de divertido forcejeo y de asestarle un buen hachazo en la cabeza para matarlo, porque su cola y mandíbulas son peligrosas aún fuera del agua, manifiesta tal vitalidad, que sus trozos tienen movimientos de contracción durante bastantes minutos. Este vigor tan grande sorprende cuando aún se hallan en embrión, pues recuerdo haber visto en el acuario de Nápoles que éstos, muchos días antes de romper el cascarón, están como en agitado y continuo baile de San Vito.
     Cuentos de tiburones hay muchos, como de ballenas y sirenas. Se dice que una pareja de ellos merodeaba una embarcación cuyos tripulantes lograron matar a la hembra; el macho, que lo advirtió, talmente bramaba de dolor y parecía llorar; para ver lo que hacía le echaron al viudo pedazos de su difunta y con asombro observaron que se los engullía de un bocado; pero..., con un cariño...
     Cuéntase también que en los combates, sin temor a las explosiones y a los cañonazos, los tiburones asisten complacidísimos a banquete tan opíparo, y se ensañan con los náufragos y heridos que muchas veces atrapan casi en el aire; del estómago de estos bichos feroces se han extraído los seres y objetos más surtidos: en una ocasión se encontraron seis atunes engullidos enteros; no fué raro hallar en ellos balas de cañón, y el lector recordará que no ha mucho publicó la Prensa que se había encontrado el cadáver casi completo de un oficial turco, que se pudo reconocer por las hombreras del uniforme.
     El sota-arraez¹ de la almadraba de Zahara me contó hace años que junto a la boya de la rabera² que es por donde entra la pesca anduvo varias temporadas un espadarte que de cuando en cuando salía de ella para perseguir a los atunes majaderos y hacerlos entrar por la boca del endiche impidiendo que dieran la vuelta, ni más ni menos que un perro de pastor acosa al ganado para guardarlo.

     Muchos más sucedidos podría relatar, porque sé como para llenar un libro; pero no quiero hacer gracia de uno que ayuda a retratar el enorme corazón como la sencillez del carácter de Lourido, a quien de fijo el lector va ya conociendo a través de estos verídicos y deslavazados capítulos de su larga vida de mar.
     Estaba la Blanca fondeada en la Habana y, por ser cosa sencilla y no tener que andar con oficios al Arsenal pidiendo buzo, se contrató por unos reales a un tal Joaquín, excelente buceador negro, muy conocido en aquel puerto, para que limpiase de algas las rejillas de los grifos y válvulas de fondo que andaban atascados y muy sucios por fuera.
     La gente de a bordo observaba la magnífica labor del negro, admirando sus prolongadas zambullidas, cuando sonó el grito de terror: "¡Un tiburón!", que aturdió un tanto al buceador que acababa de surgir para respirar. 
     —¡Cuidado, Joaquín, que le ha visto! —le gritaron.
     Pero, antes de que le arrojaran un cabo, quedaron todos horrorizados al ver que Lourido se tiraba al agua haciendo subir al doble el punto de la tragedia que todos presentían en un santiamén, porque el tiburón no es animal torpe ni siente jamás desgana.
     Mas, como si Lourido dispusiera de alguna secreta maña, el enorme pez, aunque muy de cerca y sin quitarles ojo, se contentó con darles vueltas, mientras el contramaestre y el moreno ganaban, sin grande apresuramiento, el portalón, dando tiempo a que un oficial con el fusil del centinela lo matase de un certero balazo.
     El comandante, aun admirado del valor del contramaestre, estaba que se lo comía el demonio. ¿A santo de qué eso de tirarse al agua, cuando Joaquín daba ciento y raya a cualquier nadador?...
     Lourido, ya cincuentón, empapado y pareciendo aún más alto y delgado con sus calzones largos a rayas moldeando su musculatura, algo sorprendido, contestó sencillo y respetuoso:
     —Para ayudarle a nadar no me tirara, mi comandante; pero ya sabe usía que un marrajo de estos de aquí no le muerde a un negro cuando le está junto a un blanco.
     Y, chorreando, semejaba llorar por las patillas la incomprensión de algo tan simple que, sin poderlo imaginar, le valió una de las no sé cuántas medallas de Salvamento de Náufragos que tapaban su pecho.
Julio F. Guillén

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¹El sota-arraez es el nombre que recibe el tercer capitán de una almadraba.
²La rabera es una de las redes verticales que guían el paso de los atunes a la boca de la almadraba.

En las almadrabas caían de vez en cuando bichos como los de las imágenes de abajo, tomadas, según he podido entender, en Cádiz.

 

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