Diversidad, biología, evolución, ecología, pesca, conservación, evolución, con especial atención a las especies presentes en Galicia.

jueves, 20 de febrero de 2020

Huida de San Juan de Ulúa

Castillo de San Juan de Ulúa.
Las historias de cárceles guardadas por voraces hordas de tiburones son un clásico de los relatos, reales y ficticios, que abundan en las diversas revistas y periódicos de los siglos XVIII y XIX hasta bien entrado ya el siglo XX. En nuestro país eran muy del gusto del lector, sobre todo cuando, como en este caso, a la emoción de la aventura se une la relación afectiva con América.

     Hoy os presento un relato aparecido en noviembre de 1913 en la revista semanal ilustrada Alrededor del mundo, editada en Madrid entre los años 1899 y 1930, cuya variada temática (curiosidades, viajes y aventuras, novedades y descubrimientos científicos, temas costumbristas y artísticos, etc.) la hizo muy popular.
     Como es habitual, respeto las grafías y ortografía del original por aquello de mantener su sabor antiguo. Solo introduzco pequeños cambios en la puntuación cuando lo creo necesario en aras de la claridad. Todos los dibujos y fotografías proceden de la propia publicación.


ENTRE EL PRESIDIO Y LOS TIBURONES
Relato de una evasión arriesgada.

A media milla del actual muelle de pasajeros del puerto de Veracruz (Méjico) álzase sobre un arrecife cortado á pico el castillo de San Juan de Ulúa, construído en 1528 en el mismo lugar donde diez años antes desembarcó por primera vez en Méjico el conquistador Juan de Grijalba.
     En esta fortaleza hay una porción de celdas situadas algunas bajo el nivel del mar, que llevan cuatro cientos años sirviendo de cárcel, y sin embargo no se recuerda que en tan largo espacio de tiempo se haya escapado con vida más que un preso, porque en los canales que rodean la tétrica construcción pululan de día y de noche enormes tiburones, guardianes más fieles y eficaces que los carceleros y los cerrojos.
     Los incontables prisioneros que en el transcurso del tiempo han tratado de evadirse arrojándose al agua y ganando á nado la costa han servido invariablemente de pasto á la voracidad de algún tiburón. Tal es la confianza que inspiran estos guardianes de las aguas, que la guarnición de San Juan de Ulúa no se preocupa gran cosa de impedir las evasiones, sobre todo si el prisionero está condenado á reclusión perpetua, porque consideran segura su muerte y siempre es un individuo menos á quien vigilar.
"El héroe de esta aventura".
     Por esta causa, el preso que se echa al agua tiene que cuidarse más de las mandíbulas de los tiburones que de los fusiles de los centinelas de la prisión.
     [...] El único preso que ha logrado evadirse de la inexpugnable fortaleza ha sido Manuel Rojas González, el cual relata su arriesgada aventura en uno de los últimos números del "Wide World Magazine". González, que había sido encarcelado por los partidarios de Madero como enemigo político, era hombre de cierta importancia en la población y conocía la bahía de Veracruz palmo á palmo por haberla recorrido muchas veces en su lancha. También conocía las celdas de los presos políticos de San Juan de Ulúa y sabía por qué estaban protegidos, por la ley de los tiburones que frecuentaban aquellas aguas, pero no se había figurado lo excelentes guardianes que eran hasta un domingo que le llevaron á oir misa á la capilla de la fortaleza y vio á los enormes selacios nadando por el canal.
     Al volver de la capilla —escribe González— vi la posibilidad de la evasión. Al día siguiente, cuando me tomaron declaración acusándome de fomentar la oposición á Madero, comprendí que me iban á condenar á prisión perpetua en una celda de incomunicado. Los cargos que se me dirigían eran falsos, pero los apoyaban una porción de testigos á quienes ni siquiera conocía de vista, y considerándome perdido, resolví exponerme á morir en las mandíbulas de un tiburón antes que vivir encerrado en una celda lóbrega. Después de la comparecencia ante el tribunal me volvieron á llevar á mi celda, que era la última de una galería que cruzaba las entrañas del arrecife. Un muro de piedra de un metro de largo me separaba del mar. Por allí no había esperanza de abrirse salida, porque no la hubiera abierto ni con una caja de dinamita; pero mientras permanecía sentado meditando vi por la pequeña ventanilla de hierro de mi celda un rayo de luz que entraba por otro hueco de parecidas dimensiones abierto en el muro.
     "Mientras esperaba la comida de la tarde anocheció y me quedé á obscuras. Los ocupantes de las demás celdas estaban en silencio, y entre el rumor de las olas oí abrir una puerta de hierro y sentí echar al mar los desperdicios de la cocina de la cárcel. Inmediatamente escuché un ruido peculiar indicador de que los tiburones venían por su pitanza vespertina. Oí los coletazos de los monstruos un rato breve, media hora quizás. Luego quedó todo en calma, y mientras esperaba mi retrasada comida se me ocurrió una idea.
     "Si podía ganar la muralla á aquella hora —siete de la tarde—, era más que probable que no hubiera tiburones en el canal por haber ido al lado del mar á comer las sobras cotidianas.
     "Al día siguiente, después de haber escuchado el ruido de la ventana y el golpe de las substancias arrojadas al agua, sentí abrirse nuevamente la ventana y escuché un golpe fuerte que supuse sería algún cadáver arrojado á la inmensa tumba del Golfo de Méjico. Aquel ruido y su siniestro significado contribuyeron poderosamente á afirmar mi resolución de huir, aunque ello significase una horrible muerte.
     "Al otro día me fingí enfermo, porque sabía que habían de volver á interrogarme y estaba decidido á retrasar todo lo posible mi comparecencia, y pedí ver al médico, cosa que me permitieron por no estar sentenciado aún. De este modo, cuando quisieran llevarme ante el inspector y juez eran las siete, hora en que el funcionario suspendía su trabajo y regresaba á Veracruz en un bote. Y así fué, en efecto, mas cuando llegamos á su despacho se disponía á salir y aplazó mi interrogatorio para el próximo día.
     "[...] Mi carcelero y yo nos dirigimos á la entrada de la galería inferior, la cual se halla á poca distancia, á unos cinco metros del lado del arrecife que da al canal. Estábamos solos el carcelero y yo, porque los demás guardianes de uniforme se ocupaban de despedir al inspector. Mi carcelero no llevaba más que un revólver pendiente del lado derecho del cinturón, que era precisamente el lado en que yo iba. "Ahora o nunca", pensé, y arrebatando el revólver al carcelero le di un fuerte golpe en la cabeza con la culata del arma y cayó sin sentido. En dos saltos llegué á una tronera de la muralla, me quité la americana y los zapatos y me tiré de cabeza al canal infestado de tiburones.
     "Como no se presentaba ningún tiburón comencé á concebir esperanzas. Poco á poco fueron abandonándome la desesperación y la depresión que se habían apoderado de mí en la cárcel, y después de bucear un poco con excelentes ánimos me asomé á la superficie con grandes precauciones.
     "El poniente teñía de púrpura el hermoso pico del Orizaba y el cielo se cubría de nubes cenicientas que al reflejarse en las aguas le daban un color pizarroso. Desde el canal distinguía la muralla de San Juan de Ulúa, llena de gente la fortaleza, pero confiaba en que no podían verme.
     "Al volverme lentamente de la posición que había tomado para ver mi cárcel, casi tropecé con un enorme tiburón de la especie inofensiva. En cuanto vi su blanco cuerpo comprendí que no corría peligro, pero, no obstante, me llevé un susto terrible.
     "Había avanzado unos doscientos ó trescientos metros á través del canal cuando, con una violencia que me obligó á sumergirme casi hasta el fondo, pasó por mi lado un cuerpo gris de forma de torpedo, ¡un tiburón de los peligrosos! Indudablemente no me atacó desde luego, porque no tenía hambre, pero al volver á la superficie me pasó por encima de la cabeza, sin duda buscándome. Al sacar la cabeza oí gritar desde San Juan de Ulúa: "¡Los tiburones! ¡Los tiburones!". Inútilmente intentaría describir aquí el estado de mi ánimo. Sólo sé decir que nadé como un desesperado dando gritos y agitando mucho el agua para asustarle. Recuerdo que una de las cosas que le grité fué un trozo de una canción que cantaban los niños para ahuyentar a los tiburones durante el baño. Creo que el remedio serviría de muy poco, pero me confortó.
     "De este modo avancé unos setenta metros más, seguido del tiburón, al que cada vez contenían menos mis voces y mis bruscos movimientos, hasta que por último ví que se disponía á atacarme. El canal estaba en perfecta calma y por esta causa podía ver todos los movimientos del monstruo con la fosforescencia de las aguas. Le vi alejarse y dar la vuelta para lanzarse sobre mí y yo me hundí rápidamente en el agua, virando hacia la derecha y nadando desesperadamente hacia la costa. Con gran sorpresa de mi parte, el tiburón no me siguió, y cuando hube contenido el aliento todo lo posible, subí á la superficie. Con intensa satisfacción tocaron mis pies el fondo y me encontré con la cabeza y los hombros fuera del agua.
     "Entonces me di cuenta de que había nadado cuatro ó cinco metros por un agua que me permitía permanecer de pie y por lo tanto donde el tiburón no se atrevía á entrar. Tres metros más allá estaba el fondo cenagoso y no tardé en trasponerlo. Luego corrí en línea recta hacia los cerros de la costa, desde allí me puse abrigo del bosque y por fin encontré amigos, los cuales me proporcionaron ropa limpia, caballo y dinero para llegar á Tampico, donde tomé un vapor para llegar sano y salvo á Nueva Orleans".
Alrededor del mundo, noviembre de 1913, pp. 442-445.

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