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martes, 3 de marzo de 2015

Encuentro con un duende


Tengo un mitsukurina congelado en Vigo.
 (SMS recibido a las 13:55 del viernes 13 de febrero).

Y a mi casi me da un patatús. Apenas había transcurrido un mes desde lo del Chlamydoselachus, y me encuentro en el móvil este nuevo mensaje de Rafa Bañón, más lacónico que de costumbre, y por eso mismo más cargadito de mala intención, haciéndome saber que uno de mis sueños más queridos lo tiene él metido en uno de sus arcones como quien guarda un paquete de guisantes. Me lo imaginaba perfectamente, partiéndose de risa pensando en mi reacción. Bajo una lluvia fría, logrando a duras penas sostener el paraguas para que no me lo llevase el viento, agarro el teléfono, marco su número, y al oír el tono de su voz confirmo mis sospechas. Estoy medio empapado y con ganas de insultarlo un poco, pero me contengo (lo haré en persona), y simplemente arreglamos para encontrarnos el martes siguiente en Vigo.

El encuentro. La literatura científica indica que el cuerpo del tiburón duende es muy blando, con una musculatura sumamente laxa, pero hasta que no lo tienes delante, desparramado, más que tendido, sobre la mesa, y empiezas a examinarlo y a sobarlo bien sobado, resulta difícil hacerse una idea cabal.


Lo primero que vi fue un cuerpo alargado y esbelto del que sobresalía, como un capirote, la forma abultada de la cabeza, con su larguísimo morro y su inconfundible mandíbula, totalmente proyectada hacia delante. Nunca en ningún otro tiburón observé con tanta claridad que aquella estructura, que parecía querer desgajarse del resto del cuerpo, se mantenía en pie únicamente gracias a los cartílagos mandibulares, que elevaban y sostenían la delgada capa de piel y fina musculatura como el entramado de varillas sobre el que montamos la lona de una tienda de campaña. Estaba convencido de que, sin ese sostén, lo que habría quedado no tendría un aspecto muy diferente del de un trapo empapado y dejado por ahí de cualquier manera.

En una primera mirada, el tiburón duende se nos muestra como un ser grotesco y deforme, algo así como la imagen clásica del tiburón vista a través de la luz del esperpento. Los japoneses lo conocen como tenguzame, voz derivada de tengu, uno de los monstruos o seres fantásticos de su mitología, que solía representarse con un rostro mitad humano mitad ave de presa rematado en una larga nariz. El término "tiburón duende" (tal vez sería más exacto llamarlo "tiburón trasgo") es su traducción.

Parecería que el cuerpo de nuestro tenguzame se había deformado durante la subida en el aparejo, o que tal vez no había recibido el mejor trato en las vicisitudes de su largo viaje desde el arrastrero hasta el arcón de Rafa. Pero no. Cuando sostienes su cabeza y compruebas por ti mismo la estructura y movimiento de sus mandíbulas, observando como se articulan y encajan en el diseño del conjunto, te das cuenta de que en realidad estás ante una criatura excepcional, única, un portento de la evolución. Y de una extraña belleza.

Estaba tan absolutamente fascinado, que no solo me olvidé de que me había prometido insultar (un poquito) a Rafa, sino que hasta me entraron ganas de pagarle un crucero.


Un tiburón primitivo. La verdad es que su aspecto físico no engaña. El mitsukurina es uno de los tiburones más primitivos de cuantos existen. Su linaje procede directamente de la primera mitad del Cretácico, es decir, hace unos 125-110 millones de años. En aquel entonces, la familia Mitsukurinidae constaba de tres géneros, Mitsukurina, Scapanorhynchus y Anomotodon, de los que solo ha sobrevivido uno, el primero. Los primeros restos fósiles del tiburón duende actual datan de mediados del Eoceno, unos 49-37 millones de años atrás. Si se quiere, un fósil viviente.
Pero que nadie se lleve a engaño. Aunque suene paradójico, el término 'primitivo' aplicado a una especie como esta, va asociado al de éxito evolutivo: en el largo y tortuoso camino de la Evolución, el duende fue de los primeros tiburones en alcanzar un diseño corporal óptimo para adaptarse y sobrevivir en el entorno que había elegido. Si no ha sufrido cambios en estos últimos 50 millones de años, es sencillamente porque no le ha hecho falta, a diferencia de los mamíferos. En cierto modo podemos decir que es mucho más moderno que nosotros.

Cazador de aguas profundas. El tiburón duende es una especie mesopelágica de la que conocemos muy poco. Se encuentra en los márgenes continentales e insulares y en el talud superior desde los 90 hasta al menos los 1300 m de profundidad, preferentemente entre 270-960 m, y muy rara vez por encima de los 100 m. El que al menos un ejemplar haya sido capturado a 50 m en aguas de 2000 m, hace pensar que tal vez realiza migraciones verticales, pero esto está por confirmar.
El análisis de sus contenidos estomacales ha demostrado que se alimenta tanto cerca del fondo como en distintos puntos de la columna de agua. Sus presas preferidas parecen ser los cefalópodos y teleósteos de cuerpo blando, a juzgar también por el tipo de dentadura: dientes muy finos y alargados, aptos para ensartar presas no demasiado robustas, aunque los dientes posteriores están modificados para triturar, por ejemplo crustáceos.


Especialista en emboscadas. Ciertamente el diseño y estructura corporal de nuestro bicho no invitan a pensar en un velocista o en un cazador activo. Más bien al contrario. Sus aletas, exceptuando las pélvicas y la anal, son pequeñas y redondeadas; la caudal tiene un lóbulo superior bastante largo y un inferior casi inexistente, de tal manera que resulta ineficaz para imprimir al cuerpo el impulso necesario para alcanzar una buena punta de velocidad. Su musculatura es además muy floja y blanda, con miotomos poco desarrollados. La flacidez de su cuerpo, unida a un gran hígado rico en aceites, son la causa de una baja densidad corporal que, a juicio de los especialistas, le confiere una flotabilidad casi neutra.
Todo ello apunta a un depredador especializado en tender emboscadas. Su estrategia consistiría en mantenerse alerta, flotando prácticamente inmóvil sobre la columna de agua, a la espera de que una presa se ponga a su alcance. Pero se trata de una espera activa, despierta, vigilante, en la que el tiburón pone en juego toda su potente capacidad sensitiva, no solo química o mecánica (olfato, oído, línea lateral), sino sobre todo eléctrica y visual.

La finalidad del largo rostro espatulado del mitsukurina es albergar el mayor número posible de receptores eléctricos (las ampollas de Lorenzini), capaces de detectar los pequeños campos electromágnéticos generados por la actividad muscular de los seres vivos. Por otro lado, y diferencia de muchas especies mesopelágicas, sus ojos, aunque pequeños, son plenamente funcionales, están dotados de una pupila con movilidad, no permanentemente dilatada, que le permite adaptarse a las diferentes condiciones lumínicas de un hábitat repleto, además, de calamares y de otras ricas presas bioluminiscentes. El duende es un cazador también visual.


Una vez detectada la presencia de una presa, es posible que el tiburón decida acercarse a ella, con un movimiento lento, casi imperceptible, y silencioso.
Y entonces lanza el ataque.
Mediante un mecanismo de disparo similar al de una catapulta, los músculos y ligamentos tensores liberan las temibles mandíbulas y las proyectan, a velocidad de vértigo, hacia el objetivo; el morro se eleva, y la presa termina ensartada por decenas de largos dientes finos y afilados como agujas. La expansión de la faringe y la acción del gran basihial (una estructura similar a la lengua) que cubre gran parte de la parte inferior de la boca, generan al mismo tiempo un movimiento de succión. Cuando las fauces se retraen hacia su posición inicial, la víctima es irremisiblemente arrastrada hacia la boca.
Como ocurre con muchos peces abisales, la boca del tiburón duende, ya de por si con un tamaño bien generoso, cuando se abre de par en par es enorme, lo que  permite engullir presas bien grandes, seguramente en previsión de largos periodos de escasez de comida en un medio inhóspito.


Talla. La mayor parte de los registros de mitsukurina en nuestra zona corresponden a ejemplares juveniles de alrededor de los 100-175 cm, como ocurre a nivel mundial, si bien la horquilla se amplia hasta cerca de los 300 cm. Los ejemplares adultos son bastante raros. Por supuesto nuestra hembra estaba dentro del rango habitual, con 122,5 cm y 3,5 kg.
Pero contrariamente a lo que muchos creen, teniendo en cuenta la naturaleza de las capturas, este tiburón, si le dejamos, puede llegar a alcanzar tallas comparables a la del tiburón blanco. El récord, hasta el momento, lo tiene una hembra capturada en el 2000 en el golfo de México en torno a los 900-1100 m, cuya longitud se estimó entre 540-610 cm (hablamos siempre de longitudes totales).
El bajo porcentaje de registros de tiburones de grandes tallas se debe con toda probabilidad a que están sujetos a un rango batimétrico mucho más amplio, lo que les permite mantenerse alejados, por el momento, del alcance de los aparejos. Aunque siempre hay excepciones, como el ejemplar de la imagen, que fue capturado hacia los 500 m.

Macho de 384 cm y 210 kg capturado al W de Tasmania en 2004.
No se conocen las tallas de nacimiento, aunque la cifra más aproximada es de 80-90 cm. Los únicos datos de que disponemos indican que los ejemplares más pequeños observados nadando en libertad medían 81,7 cm y 92,8 cm, correspondientes a un macho y a una hembra, respectivamente.
Si todos estos números se aproximan a la realidad, podemos concluir que nuestro ejemplar no llegaba ni a adolescente. Las tallas de maduración se cree que andan por los 260-380 cm para los machos y más de 400 cm para las hembras.


Despedida. Para terminar la sesión y la mañana, tomamos los datos biométricos (nada menos que 65) del tiburón, se recogió una muestra de tejido para genética, y el pobre bicho volvió a su bolsa de plástico, y de ahí al arcón. Esta vez no hubo tiempo para unas cervezas.
Volví a casa con una enorme sonrisa en la cara que me duró varios días, y un profundo sentimiento de gratitud, hacia estos bichos, por existir todavía, y sobre todo hacia Rafa Bañón, por su generosidad, y por haber hecho posible este sueño.

PS¹: Como ocurrió con el Chlamydoselachus, el Mitsukurina también se fue al Museo de Historia Natural de Santiago.

PS²: El tiburón fue capturado al norte de Portugal por el Gonzacove Dos (que ya lleva unos cuantos), un arrastrero con base en Vigo, el día 10 de febrero.

=>Para conocer más cosas sobre este maravilloso tiburón, y ver también un par de fotos del ejemplar más grande capturado hasta la fecha, véase Tiburón duende (Mitsukurina owstoni).


jueves, 26 de febrero de 2015

Eugenie Clark, In memóriam

En 1979, observando una hembra de tiburón blanco en Sibsey Island, al sur de Australia. Foto: Rodney Fox.
Si de verdad termina, probablemente se casará, tendrá un montón de hijos, y jamás hará nada en el campo de la ciencia después de haber invertido nuestro tiempo y dinero en usted.
                                                    (Un científico de la Universidad de Columbia).

En efecto, Eugenie Clark se casó, nada menos que cinco veces, y tuvo cuatro hijos en su segundo matrimonio... y además de convertirse en una científica de talla mundial, pionera en el estudio de los tiburones (the Shark Lady), solamente fundó uno de los laboratorios de referencia en el campo de la biología marina, el Mote Marine Laboratory; publicó más de 175 trabajos en las principales revistas científicas del mundo, además de artículos de divulgación en publicaciones de la talla de National Geographic y tres libros que fueron éxito de ventas entre el gran público; participó en 71 expediciones submarinas de aguas profundas, a más de 3500 m; dirigió más de 200 expediciones de campo al Mar Rojo, Caribe, México, Japón, Palau, Papua Nueva Guinea, islas Solomon, Tailandia, Indonesia y Borneo para estudiar tiburones ballena, tiburones de aguas profundas y diversos teleósteos; varios peces han sido bautizadas en su honor; enseñó biología marina durante casi 25 años en la Universidad de Maryland... y unas cuantas cosillas más.
Y todo ello desafiando, ya desde el comienzo de su tremenda carrera, allá en los años posteriores a la II Guerra Mundial, siendo mujer y además hija de madre japonesa, a una sociedad científica fuertemente dominada por los hombres, quienes muchas veces no se limitaban a mirar por encima del hombro a aquellas jóvenes que como Eugenie y, pocos años después, Sylvia Earle, pretendían entrar a formar parte del campo de la investigación marina.

Como para muchos españoles, mis primeros recuerdos de Eugenie Clark proceden de este famoso capítulo de Mundo Submarino, Tiburones. En la imagen, con Cousteau observando en los monitores el comportamiento, sumamente excitado, de los albimarginatus alrededor de la jaula donde se encontraba el malogrado Philippe.

Eugenie Clark fue y sigue siendo un referente en el estudio de los tiburones. Desarrollando innovadoras técnicas de investigación, logró demostrar algo tan revolucionario para su época como que los tiburones no solo no eran tan estúpidos y mortíferos como se les consideraba, sino que, bien al contrario, eran criaturas incluso con capacidad de aprendizaje, estaban dotados de inteligencia. Entre sus trabajos más famosos figura el descubrimiento de que la secreción del lenguado de Moisés, del Mar Rojo, actuaba como repelente al menos contra ciertas especies de tiburones. Ella se aventuró dentro de aquella cueva submarina del Yucatán para descubrir a los "tiburones durmientes" (¿os acordáis?)...
Por supuesto, recibió numerosos premios, menciones y reconocimientos. Quien se lo iba a decir a aquel científico de la Universidad de Columbia que se atrevió a soltar semejante majadería a la joven Eugenie a mediados de los años 40 del siglo pasado.


Tras la hecatombe que Tiburón trajo consigo, Eugenie dedicó toda su vida a intentar borrar de la mente del gran público aquella nefasta imagen de una criatura sanguinaria que simbolizaba el mal. Mediante una infatigable labor didáctica, nos ayudó a contemplar estos animales bajo una nueva luz, mucho más justa y, por tanto, más llena de misterio y fascinación.

Quienes la conocieron destacan su gran generosidad, y su entusiasmo, entrega e ilusión por el mar y sus criaturas, que permanecieron intactos a lo largo de su extraordinaria vida.

Eugenie Clark nos dejó ayer a los 92 años en su casa de Sarasota, rodeada de su familia, finalmente vencida por un cáncer de pulmón contra el que llevaba mucho tiempo luchando (todavía el año pasado estuvo buceando en el golfo de Aqaba). Un día triste para los amantes de los tiburones.
Nos ha dejado un mito que, para muchos, como quien esto escribe, quedará para siempre ligado a aquellas lejanas tardes de nuestra infancia, tardes de documentales sobre el mar y los tiburones a la salida del colegio, y la doctora Clark acompañando a Cousteau a bordo del Calypso, entre tiburones grises, puntas blancas, y entre los tiburones durmientes del Yucatán.

Hasta siempre, Dama de los tiburones.

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domingo, 22 de febrero de 2015

Bioluminiscencia II: Funciones


Negrito (Etmopterus spinax) con un anfipodo parásito. Foto: Rudolf Svensen.

En el capítulo anterior, Bioluminiscencia I: Los fotóforos, explicamos el funcionamiento del sistema bioluminiscente de los tiburones. Hoy vamos a analizar su finalidad, para qué sirve.
¿Qué motivos pueden justificar una acción tan descabellada como prender una luz en la oscuridad, o para ser más exactos, convertirse uno mismo en bombilla viviente en un mundo de tinieblas repleto de depredadores? Fundamentalmente hay tres: el camuflaje, la caza y la comunicación. Veamos.

1. Camuflaje.
La zona de mayor concentración de fotóforos es la superficie ventral. Los tiburones bioluminiscentes brillan más cuando se les ve desde abajo. El porqué se entiende perfectamente si pensamos que nos encontramos en el dominio mesopelágico o zona de penumbra. Aun hasta estas aguas profundas todavía llega un resto de luz solar, un resplandor residual que varía en función de la profundidad y diversos factores físicos del agua [véase Dónde viven los tiburones]. Con su brillo, lo que los fotóforos ventrales consiguen es borrar la silueta del tiburón en el contraluz, sustrayéndola de la mirada de sus depredadores, que acechan un poco más abajo, y ya de paso, también de sus posibles presas. Este sistema se conoce como contrailuminación, y lo utilizan los tiburones de aguas más someras, como el tiburón blanco, así llamado precisamente por la blancura de su zona ventral, que consigue que a que sus presas potenciales les resulte difícil detectarlo contra la luz de la superficie.

Negrito (Etmopterus spinax). Foto: Jérôme Mallefet.
Probablemente, especies como el negrito son capaces de modular, mediante una serie de filtros y mecanismos de control, el brillo de sus fotóforos para adaptarlo a la cambiante luz que viene de la superficie. Otros tiburones simplemente se desplazan verticalmente en la columna de agua durante el día hasta que su propio brillo coincide con el de la luz solar.


2. Caza.
El tiburón se camufla para evitar a sus depredadores pero también para no ser detectado por sus presas.
Pero este terreno de la caza, hay un grupo de tiburones que brillan con luz propia, valga la expresión. Son los famosos Isistius o tiburones cigarro, de la familia Dalatiidae, los cuales, según una extendida teoría, se sirven de su luz no para ocultarse de sus presas, sino para atraerlas hacia si. Esto tiene que ver con su particular forma de alimentarse: el Isistius es un clepto-parásito, su técnica es abalanzarse sobre animales mucho mayores que él y arrancarles un trozo de carne, dejando las típicas heridas en forma de cráter. La franja oscura que le rodea la cabeza, el collar, es una zona libre de fotóforos que serviría para romper su silueta y hacerla más atractiva para sus presas, que incluyen pinnípedos, túnidos, cetáceos, personas [El ataque del tiburón cigarro]... hasta con el mismísimo gran tiburón blanco se atreve esta especie de caniche rabioso [Cuando el pez chico ataca al pez grande]. Sin embargo, algunos rechazan esta hipótesis argumentando que no existen datos u observaciones que la confirmen, además de que una parte importante de sus víctimas son filtradores o súper depredadores, para los que este mecanismo resulta inútil. Consideran que el collar es un sistema de identificación intraespecífica similar al que, como veremos a continuación, emplean algunos etmoptéridos¹.

Tiburón cigarro (Isistius brasiliensis). Fuente: FMNH.
3. Comunicación: Identificación, reproducción, advertencia.
En un buen puñado de tiburones, los fotóforos se concentran no solo en la zona ventral, sino en otras áreas como los costados y las aletas, donde parece evidente que resultan de todo punto inútiles para el camuflaje. Esto se da en, al menos, una parte importante de los etmoptéridos (sabemos que especies como el Trigonognathus kabeyai y el Etmopterus princeps o tollo raspa carecen de ellas), pero no, en cambio, en los miembros de la familia Dalatiidae.²
Si comparamos las imágenes A y B, que muestran, respectivamente, la iluminación espontánea lateral de un tollo pigmeo de ojo pequeño (Squaliolus aliae, Dalatiidae) y de un negrito (Etmopterus spinax, Etmopteridae), vemos como la segunda muestra un patrón mucho más complejo. Las flechas señalan las franjas lumínicas no relacionadas con la contrailuminación: Pe: pectoral, La: lateral, Do: dorsal, Ic: infracaudal, Ca: caudal.
La hipótesis más plausible es que su función es comunicativa, en el sentido más amplio del término, es decir, son señales luminosas dirigidas tanto a los amigos como a los enemigos, con un triple objetivo: identificación, apareamiento y advertencia.

Fotos: Jérôme Mallefet; dibujos: Julien M. Claes. Fuente: Claes et al., Scientific Reports, 4, 2014.
   a) Identificación: Las franjas laterales pueden ayudar a un tiburón a identificar a sus congéneres. La figura C muestra la variedad de formas y tamaños que pueden adoptar según la especie: de izquierda a derecha, tolla de aleta blanca (Centroscyllium ritteri), negrito (Etmopterus spinax), melgacho franjeado (Etmopterus gracilispinis), melgacho linterna (Etmopterus lucifer) y tollo liso (Etmopterus pusillus).

   b) Apareamiento: Identificarse correctamente es el primer paso para relacionarte con tus congéneres; y si lo que se pretende es lograr un tipo de relación llamémosle más íntima, cuanto más se faciliten las cosas, sobre todo en un entorno donde es difícil ver nada, mejor que mejor. Tiburones como el negrito han logrado resolver esto de una forma de lo más elegante. Por un lado, los fotóforos asociados a las áreas genitales de la zona pélvica identifican claramente el sexo de su propietario: los de las hembras son más brillantes, como se observa en la imagen de abajo, y se encuentran rodeando la cloaca (C), como si alguien la hubiese destacado con un lápiz fosforito, acaso para evitar embarazosas confusiones; los de los machos, de brillo menos intenso, marcan los pterigópodos (P)³.
Por el otro, con una franja luminosa sobre sus pectorales (Pe, en la fotografía B de arriba), las hembras indican a los machos el lugar por donde deben agarrarlas durante la cópula, para evitar —cabe suponerque pierdan tiempo a lo bobo, o muerdan donde no deben.
Fotóforos de la zona pélvica de un E. spinax. Arriba el macho, abajo la hembra. P, pterigópodo; C, cloaca. Fuente: Claes & Mallefet, Journal of Experimental Biology, 213, 2010.
   c) Advertencia: Situados en según que zonas, los fotóforos pueden tener una función disuasoria contra posibles depredadores. Con el sorprendente título de "Un pez de aguas profundas con espadas-láser", un trabajo de hace pocos años sobre el Etmopterus spinax informaba del descubrimiento de bandas de fotóforos situadas en la superficie de las aletas dorsales próxima a las espinas y apreciables a varios metros de distancia; la luz que generaban podía incluso verse a través de las propias espinas, dado que son traslúcidas, convirtiéndolas así en una especie de espadas-láser. Una seria advertencia que ningún depredador debería pasar por alto.
Fuente: Claes et al., Scientific Reports, 3, 2014 (SAPs, 'Spine-associated photophores').

Pese a que ha habido grandes avances durante estos últimos años, el tema de la bioluminiscencia en los tiburones está todavía lleno de huecos y de zonas oscuras. Cada nuevo trabajo, más que aclarar las cosas, lo que hace es corroborar que este sistema es bastante más complejo de lo que se creía. Es más lo que todavía queda por conocer que lo que ya se conoce. Y esto sube un punto más la fascinación que sentimos por estos maravillosos bichos.


______________________
¹Julien M. Claes, Dan-Eric Nilsson, Nicolas Straube, Shaun P. Collin, Jérôme Mallefet (2014). "Iso-luminance counterillumination drove bioluminescent shark radiation". Scientific Reports, 4: 4328, doi: 10.1038/srep04328.
²La mayor complejidad del sistema bioluminiscente de los etmoptéridos en comparación con el de los dalátidos, que parece tener el camuflaje como única finalidad, hace pensar que fueron estos quienes primero adoptaron este sistema cuando emprendieron la colonización de la zona pelágica tras la extinción masiva del Cretácico-Terciario, hace unos 65 millones de años; más tarde los etmoptéridos se separaron y se internaron en aguas más profundas modificando el mecanismo para darle nuevos usos.
³Julien M. Claes & Jérôme Mallefet (2010). "Functional physiology of lantern shark (Etmopterus spinax) luminescent pattern: differential hormonal regulation of luminous zones". Journal of Experimental Biology, 213, 1852-1858, doi: 10.1242/jeb.041947.
Julien M. Claes, Mason N. Dean, Dan-Eric Nilsson, Nathan S. Hart, Jérôme Mallefet (2013). "A deepwater fish with 'lightsabers' —dorsal spine-associated luminiscence in a counterilluminating lanternshark". Scientific Reports, 3: 1308, doi: 10.1308/srep01308.


lunes, 16 de febrero de 2015

Ataques de tiburón 2014

Foto: Rafa Aso.

Como todos los años, el ISAF acaba de publicar las cifras globales de ataques de tiburón registrados en todo el mundo durante el pasado año 2014, y como todos los años, aquí tenéis un pequeño resumen.

72 ataques no provocados. De las 130 interacciones o, si lo preferís, encuentros hombre-tiburón investigados, solo 72 se consideraron propiamente como ataques no provocados, es decir, ataques ocurridos sin provocación previa por parte de la persona. Es el número más bajo desde los 68 ataques del 2009.

3 personas fallecidas... en todo el mundo. Sin duda el dato más espectacular, sobre todo si lo comparamos con las 10 del año anterior. Fueron dos en Australia (Nueva Gales del Sur) y una en Sudáfrica (Eastern Cape).
En cualquier caso, aunque el dato es positivo, estos números deben valorarse a medio o largo plazo. Es muy posible que el próximo año la cifra nefasta vuelva a crecer y situarse en el entorno de las 10 muertes, que viene siendo la tendencia de estos últimos años.

Distribución de los ataques. Los EEUU se llevan la mayor parte, con 52 ataques (62,5% del total), 5 más que en 2013. Florida, es el estado más "atacado", particularmente Volusia County; más de la mitad de los ataques registrados en todo el país se produjeron aquís 28 ataques registrados representan más del 50% de todo el país (54%). A gran distancia le siguen Hawai (7 ataques), Carolina del Sur (5), Carolina del Norte (4), California (4), etc.
En cuanto al resto del mundo, que también existe, 11 ataques se registraron en Australia, 2 en Sudáfrica, y uno en Reunión, Japón, España, Nueva Zelanda, Polinesia Francesa, Nueva Caledonia y las Galápagos. En Galicia, 0, lo cual demuestra o bien que aquí somos muy prudentes, o bien que nuestras aguas las hemos vaciado de tiburones. No sé con cuál quedarme.

Tipología de las víctimas. Una vez más, la tendencia se repite: la inmensa mayoría de las víctimas fueron surfistas o practicantes de algún tipo de deporte de tabla, con nada menos que el 65% de los ataques. Esto tiene su lógica: pasan más tiempo en el agua, en una zona donde a los tiburones les gusta estar al acecho, chapoteando, braceando, etc., es decir, generando un ruido muy atractivo para estos depredadores.
Solo el 32% de los ataques fueron a bañistas y nadadores, y un 3% a buceadores con snorkel (ninguno a buzos de botella).


CONCLUSIONES:

1) Una vez más, la conclusión más evidente es que los tiburones no son tan fieros como mucha gente se empeña todavía en pintarlos, contra toda evidencia. 72 ataques (deberíamos llamarlos accidentes, porque en el fondo es lo que son) y 3 muertes, en todo el mundo, a lo largo de todo un año, son cifras que, referidas a otras actividades cotidianas como el trabajo o conducir un coche firmaría cualquier presidente para su país, con los ojos cerrados y además brindando con champán.

2) Pensémoslo otra vez: 72 ataques o accidentes (¿alguien se ha molestado en averiguar cuánta gente muere destrozada por la hélice de un fuera borda, o por un corte de digestión?) y 3 muertos, en todo un año, después de que millones y millones de personas hayan permanecido millones y millones de horas metidas en el agua a lo largo de millones de tramos de océano de todo el mundo... ¿de verdad son tan fieros y voraces los tiburones? Si fuesen la mitad de lo que muchos creen, el número de muertos sería terrorífico.
El hombre es una criatura muy triste: vota y defiende a quienes causan la desgracia y la muerte tanto de sus vecinos (por ejemplo provocando y gestionando una crisis) como de sus congéneres de otras partes del mundo, pero se echan las manos a la cabeza cuando se enteran de que un tiburón acaba de merendarse a un bañista y reclaman venganza.

3) Otro dato sumamente esclarecedor es que en el país del mundo donde se han producido más ataques, los EEUU, no ha habido ningún muerto. Esto quiere decir que cuando la población está bien informada sobre las situaciones de riesgo que conviene evitar, cuando las autoridades invierten no solo en concienciación social, sino en medidas de seguridad en las playas y de asistencia en caso de ataque, el riesgo de ataques y, fundamentalmente, de muerte se reducen considerablemente, a veces hasta 0.
Acabamos de conocer la trágica noticia de un ataque que nunca tendría que haber ocurrido si se hubiesen tenido en cuenta las recomendaciones que los expertos se empeñan, una y otra vez, en meternos en la cabeza, una desgracia más que previsible. Ocurrió en la isla de Reunión: una pareja decidió meterse en el agua al atardecer (la peor hora), y además en una zona de aguas turbias próxima a la desembocadura de un pequeño río en la que el baño estaba desaconsejado y donde ya se había producido otro ataque un par de años atrás. La joven, de 20 años, sufrió dos mordeduras en una pierna de las que no pudo recuperarse. Murió durante la noche en el hospital.
La pregunta es: ¿El tiburón es el culpable, o lo es la parte supuestamente "racional" del problema?

Foto: Rafa Aso.

Más info, aquí.

domingo, 8 de febrero de 2015

Los tiburones según Claudio Eliano


Claudio Eliano fue un romano de pura cepa, de los de pedigrí. Nació alrededor del año 175 en Palestrina, una aldea próxima a Roma, y sus sandalias jamás pisaron otro terreno que el de la capital del Imperio. Sin embargo, su vida transcurrió bajo el hechizo permanente del mundo helénico. Sus maestros y referentes fueron siempre los grandes autores griegos, y llevado por un agudo y peculiar sentido de la estética, llegó incluso a escribir sus obras en un griego arcaizante. Más que un romano helenizado, que decía Borges, Eliano fue fue más bien un heleno mal trasplantado.

De natura animalium, también conocido como Historia animalium, Historia de los animales, es un texto sumamente peculiar si lo comparamos con las obras de Aristóteles y de Plinio que ya comentamos aquí. Más que un tratado o un compendio de carácter científico, los 17 libros de que consta constituyen un conjunto desordenado de noticias y relatos de diversa naturaleza y procedencia que tratan de animales. Contiene desde fábulas con intención moralizante hasta las historietas e invenciones más disparatadas y extravagantes (no en vano, esta es una de las fuentes principales de los bestiarios medievales).
La comadreja terrestre. La comadreja de mar
He oído decir que la comadreja fue en otros tiempos mujer; que se llamaba así y era hechicera y bruja; que era muy incontinente, y que padecía un apetito sexual desbordado. [...] Es notorio que es una bestezuela muy indigna, ya que se pone encima de los cadáveres humanos, corretea por ellos si no están protegidos, les arrancan los ojos y se los engullen.
[...] Hay también un pez comadreja. Es pequeño y no tiene nada en común con los llamados perros de mar (galeós), porque estos últimos son cartilaginosos, viven en el mar, alcanzan una gran longitud y se parecen a los perros. Pero podríamos decir que la comadreja de mar vive entre las rocas, se alimenta de algas y, como la terrestre, se come los ojos de todos los cuerpos que encuentra muertos. Los pescadores que practican la brujería siguiendo los métodos de los del Epiro, gente aquélla malvada y experta en malignidad, emplean a esta comadreja marina con la misma intención que usan la terrestre otros hombres. Y como esta clase de peces es carnívora, los que viven de la pesca y que exploran las más profundas simas, ennegrecen sus pies y las palmas de las manos, tratando de oscurecer el brillo que sale de ellos, ya que los miembros de los hombres, como dentro del agua despiden intensos destellos, atraen a estos peces. (XV, 11)
No es difícil imaginar que Plinio, más que Aristóteles, es una de las fuentes que maneja Eliano, pues no le mueve un afán científico, sino estético y, tal vez, filosófico, si es que ambas cosas no venían siendo una y la misma. Su Historia de los animales refleja la visión de una Naturaleza ordenada y bella, cuya lógica es la que rige el comportamiento de los seres que la habitan. Como señala José María Díaz-Regañón, "Una de las preocupaciones principales de Eliano es demostrar que los animales, guiados por un instinto natural, son capaces de sentimientos elevados, más elevados que los del hombre mismo: generosidad, espíritu de sacrificio, amor a la prole, veneración hacia los padres, etc."
Alga mortal
Cuando el estío está en su apogeo, los tiburones y los demás peces en quienes el arrojo es una condición natural se acercan a las playas, y se dirigen derechos a los acantilados por cuyas aguas turbulentas nadan metiéndose por estrechos angostos y profundos. Abandonan las moradas de alta mar y desdeñan, en esta estación, sus comederos habituales, pues entre los profundos arrecifes se cría cierta alga, de un tamaño aproximado al del tamarisco, que produce un fruto parecido al de la adormidera. Durante las otras estaciones del año, el fruto está cerrado y es de suyo resistente y duro como una concha. Pero después del solsticio de verano se abren como capullos en las rosaledas. El estuche circundante protege el interior y discurre a manera de una barrera. Es de color amarillo; pero lo que está debajo de la funda es azul oscuro y fofo como una vejiga llena de aire; es, además, muy traslúcido y fluye de él un veneno activo. Por la noche estas algas emiten un resplandor parecido al fuego y unos a modo de centelleos. Y cuando Sirio aparece en el cielo, la potencia del veneno se acrece aún más. Por esta razón, todos los que se dedican a la pesca le han dado el nombre de pancynium, ya que creen que el surgir de la estrella produce el veneno.
Los tiburones caen sobre la flor que durante la noche parece que arde, precipitándose sobre este tamarisco marino como sobre un tesoro perdido y hallado. Quedan empapados de veneno, parte del cual beben y parte del cual penetra a través de las agallas. Mueren luego y quedan flotando en la superficie. Ahora bien, los expertos en la investigación de estas cosas obtienen este veneno de los susodichos monstruos: parte de él, de los restantes miembros, y parte, de la boca de los mismos. Este veneno sólo es inferior en braveza a la llamada "peonia terrestre" a la cual la gente llama también kynopástos. La razón de este nombre la sabréis si me acuerdo de referirme a él. (XIV, 24)
Mosaico romano de principios del siglo III (La Pineda, Vila-seca).
En ocasiones, las descripciones de carácter, digamos, más "científico" se mezclan con cuentos de pescadores:
Distintas clases de tiburones
Hay tres clases de tiburones. Hay tiburones que son de grandísimo tamaño y figuran en el número de los monstruos más temibles. Los otros tiburones son de dos especies, viven en el cieno y llegan a tener un codo de longitud. Los que tienen manchas en el cuerpo podríamos llamarlos "tiburones galeós", y no erraríamos si llamáramos a los restantes "tiburones espinosos" (centrinos). Los que tienen el cuerpo manchado son finos de piel y de cabeza plana, mientras que los otros, cuya piel es dura y cuya cabeza es buida, se distinguen por la blancura de su piel. La naturaleza les ha provisto de aletas, una en la cresta, por así decirlo, y otra en la cola. Las aletas son duras, resistentes y expelen una especie de veneno. Ambos tiburones pequeños se sacan del fango y del limo, y no me resulta difícil explicar cómo se capturan. A guisa de cebo, los pescadores dejan caer un pez blanco al que han extraído el espinazo. Cuando un tiburón pica el anzuelo, todos los que lo ven se precipitan y siguen al tiburón, que ya ha sido izado, sin detenerse antes de llegar a la barca. Cualquiera podría imaginarse que hacen todo esto movidos de envidia porque creen que el capturado ha birlado, de alguna parte, algo de comida que no quiere compartir. Y ocurre con harta frecuencia que alguno salta a la barca y es capturado por su propia voluntad. (I, 55)
De todos los tiburones, la especie con más presencia en Eliano es el tiburón zorro:
El tiburón zorro
No sólo por su nombre, sino también por su boca, denuncian la naturaleza del pez llamado "tiburón zorro". Sus dientes están implantados en línea ininterrumpida, son numerosos, fuertes y capaces de quebrantar con suma facilidad cuanto llega a su boca. Por esto, cuando cae en el anzuelo, es el único pez que no intenta escapar, sino que forcejea tratando de romper el sedal. Mas los pescadores, a su vez, maquinan sus ardides. Sus anzuelos están provistos de largos mangos de metal. Pero el tiburón (que es un buen saltarín) salta muchas veces por encima de aquéllos, corta la crin que los sujeta y se vuelve nadando hacia los lugares que habita.
Éste, rodeado de un tropel de congéneres, se lanza con ellos al ataque contra los delfines. Y, apartando a uno de éstos y rodeándolo, se precipitan violentamente contra él: pues saben que el cetáceo no es en modo alguno insensible a sus dentelladas. Los tiburones se adhieren a él con toda su fuerza, mas el delfín da un salto y se sumerge, y se advierte que está atormentado por el dolor, ya que los tiburones que se agarran al delfín salen a la superficie con él en cuanto brinca, y el delfín trata de desasirse y separarse de ellos, pero ellos no sueltan su presa, sino que se la comen viva. Después, cada uno se marcha con el bocado que ha podido arrancar del cuerpo de su víctima, y el delfín se aleja a nado, dándose por contento, después de haber dado de comer a su costa a unos comensales —valga la expresión— no invitados. (I, 5)
Seguro que todos sois capaces de interpretar correctamente lo que se esconde tras esta anécdota:
El zorro de mar
Me dirás que el zorro (me refiero al que vive en tierra) es animal astuto. Pues escucha las artimañas del zorro de mar y entérate de todo lo que hace. O se abstiene de acerarse al anzuelo, o bien se lo traga y, al instante, vuelve su cuerpo del revés como se vuelve una camisa y, de esta manera, se desprende del anzuelo. (IX, 12)
Mosaico con peces y pescadores del museo de Trípoli.
De la biología de los tiburones apenas encontramos un par de referencias a su reproducción, totalmente inexactas, por decirlo suavemente, o si lo preferís, ficticias, para el conocimiento que en aquella época ya se tenía gracias sobre todo a las investigaciones de Aristóteles:
El gáleo
El gáleo pare por la boca en el mar y vuelve a introducir a los pequeños en ella para devolverlos al mar, por el mismo conducto, vivos e indemnes. (II, 55)

El cazón hembra protege a su prole
Apenas el cazón hembra ha alumbrado a sus hijos, los tiene nadando a su lado sin pérdida de tiempo. Y si alguno de ellos se asusta, se zambulle de nuevo en el vientre de la madre y, pasado el susto, sale al instante, como si naciese de nuevo. (I, 17)
Uno de los aspectos más importantes de la biología de los tiburones es de orden práctico. Según parece, parir por la boca es señal de impureza para los iniciados en ciertos misterios:
Los iniciados se abstienen de comer ciertos peces
Dicen que los iniciados en los misterios de las dos diosas no se avienen a comer cazón. Pues no es alimento puro, ya que este pez pare por la boca. Mas dicen algunos que no es esto lo que hacen, sino que, cuando las crías temen el ataque de algún enemigo, la madre las esconde tragándoselas y, cuando ya ha pasado el peligro, las vomita vivas. (IX, 65)
Y esto es todo. Hasta aquí llega Eliano y hasta aquí llega este pequeño artículo. Pese a lo dicho (esa falta de "rigor" científico), la Historia de los animales es un libro extraordinario, de esos cuya lectura se disfruta como si fuese un delicioso (y enorme) helado, paladeándolo cucharada tras cucharada, cuento tras cuento. No debemos enfrentarnos a él como si se tratase de un libro de carácter científico, porque no lo es, no es esa su intención, aunque también nos ofrece una parte del saber que en aquel momento circulaba entre las distintas capas de las sociedades del mundo conocido.
Merece la pena.


[NOTA: Todos los fragmentos corresponden a la edición y traducción de Historia de los animales realizada por José María Díaz-Regañón López y publicada en dos volúmenes por la editorial Gredos (Madrid, 1984).]