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domingo, 8 de febrero de 2015

Los tiburones según Claudio Eliano


Claudio Eliano fue un romano de pura cepa, de los de pedigrí. Nació alrededor del año 175 en Palestrina, una aldea próxima a Roma, y sus sandalias jamás pisaron otro terreno que el de la capital del Imperio. Sin embargo, su vida transcurrió bajo el hechizo permanente del mundo helénico. Sus maestros y referentes fueron siempre los grandes autores griegos, y llevado por un agudo y peculiar sentido de la estética, llegó incluso a escribir sus obras en un griego arcaizante. Más que un romano helenizado, que decía Borges, Eliano fue fue más bien un heleno mal trasplantado.

De natura animalium, también conocido como Historia animalium, Historia de los animales, es un texto sumamente peculiar si lo comparamos con las obras de Aristóteles y de Plinio que ya comentamos aquí. Más que un tratado o un compendio de carácter científico, los 17 libros de que consta constituyen un conjunto desordenado de noticias y relatos de diversa naturaleza y procedencia que tratan de animales. Contiene desde fábulas con intención moralizante hasta las historietas e invenciones más disparatadas y extravagantes (no en vano, esta es una de las fuentes principales de los bestiarios medievales).
La comadreja terrestre. La comadreja de mar
He oído decir que la comadreja fue en otros tiempos mujer; que se llamaba así y era hechicera y bruja; que era muy incontinente, y que padecía un apetito sexual desbordado. [...] Es notorio que es una bestezuela muy indigna, ya que se pone encima de los cadáveres humanos, corretea por ellos si no están protegidos, les arrancan los ojos y se los engullen.
[...] Hay también un pez comadreja. Es pequeño y no tiene nada en común con los llamados perros de mar (galeós), porque estos últimos son cartilaginosos, viven en el mar, alcanzan una gran longitud y se parecen a los perros. Pero podríamos decir que la comadreja de mar vive entre las rocas, se alimenta de algas y, como la terrestre, se come los ojos de todos los cuerpos que encuentra muertos. Los pescadores que practican la brujería siguiendo los métodos de los del Epiro, gente aquélla malvada y experta en malignidad, emplean a esta comadreja marina con la misma intención que usan la terrestre otros hombres. Y como esta clase de peces es carnívora, los que viven de la pesca y que exploran las más profundas simas, ennegrecen sus pies y las palmas de las manos, tratando de oscurecer el brillo que sale de ellos, ya que los miembros de los hombres, como dentro del agua despiden intensos destellos, atraen a estos peces. (XV, 11)
No es difícil imaginar que Plinio, más que Aristóteles, es una de las fuentes que maneja Eliano, pues no le mueve un afán científico, sino estético y, tal vez, filosófico, si es que ambas cosas no venían siendo una y la misma. Su Historia de los animales refleja la visión de una Naturaleza ordenada y bella, cuya lógica es la que rige el comportamiento de los seres que la habitan. Como señala José María Díaz-Regañón, "Una de las preocupaciones principales de Eliano es demostrar que los animales, guiados por un instinto natural, son capaces de sentimientos elevados, más elevados que los del hombre mismo: generosidad, espíritu de sacrificio, amor a la prole, veneración hacia los padres, etc."
Alga mortal
Cuando el estío está en su apogeo, los tiburones y los demás peces en quienes el arrojo es una condición natural se acercan a las playas, y se dirigen derechos a los acantilados por cuyas aguas turbulentas nadan metiéndose por estrechos angostos y profundos. Abandonan las moradas de alta mar y desdeñan, en esta estación, sus comederos habituales, pues entre los profundos arrecifes se cría cierta alga, de un tamaño aproximado al del tamarisco, que produce un fruto parecido al de la adormidera. Durante las otras estaciones del año, el fruto está cerrado y es de suyo resistente y duro como una concha. Pero después del solsticio de verano se abren como capullos en las rosaledas. El estuche circundante protege el interior y discurre a manera de una barrera. Es de color amarillo; pero lo que está debajo de la funda es azul oscuro y fofo como una vejiga llena de aire; es, además, muy traslúcido y fluye de él un veneno activo. Por la noche estas algas emiten un resplandor parecido al fuego y unos a modo de centelleos. Y cuando Sirio aparece en el cielo, la potencia del veneno se acrece aún más. Por esta razón, todos los que se dedican a la pesca le han dado el nombre de pancynium, ya que creen que el surgir de la estrella produce el veneno.
Los tiburones caen sobre la flor que durante la noche parece que arde, precipitándose sobre este tamarisco marino como sobre un tesoro perdido y hallado. Quedan empapados de veneno, parte del cual beben y parte del cual penetra a través de las agallas. Mueren luego y quedan flotando en la superficie. Ahora bien, los expertos en la investigación de estas cosas obtienen este veneno de los susodichos monstruos: parte de él, de los restantes miembros, y parte, de la boca de los mismos. Este veneno sólo es inferior en braveza a la llamada "peonia terrestre" a la cual la gente llama también kynopástos. La razón de este nombre la sabréis si me acuerdo de referirme a él. (XIV, 24)
Mosaico romano de principios del siglo III (La Pineda, Vila-seca).
En ocasiones, las descripciones de carácter, digamos, más "científico" se mezclan con cuentos de pescadores:
Distintas clases de tiburones
Hay tres clases de tiburones. Hay tiburones que son de grandísimo tamaño y figuran en el número de los monstruos más temibles. Los otros tiburones son de dos especies, viven en el cieno y llegan a tener un codo de longitud. Los que tienen manchas en el cuerpo podríamos llamarlos "tiburones galeós", y no erraríamos si llamáramos a los restantes "tiburones espinosos" (centrinos). Los que tienen el cuerpo manchado son finos de piel y de cabeza plana, mientras que los otros, cuya piel es dura y cuya cabeza es buida, se distinguen por la blancura de su piel. La naturaleza les ha provisto de aletas, una en la cresta, por así decirlo, y otra en la cola. Las aletas son duras, resistentes y expelen una especie de veneno. Ambos tiburones pequeños se sacan del fango y del limo, y no me resulta difícil explicar cómo se capturan. A guisa de cebo, los pescadores dejan caer un pez blanco al que han extraído el espinazo. Cuando un tiburón pica el anzuelo, todos los que lo ven se precipitan y siguen al tiburón, que ya ha sido izado, sin detenerse antes de llegar a la barca. Cualquiera podría imaginarse que hacen todo esto movidos de envidia porque creen que el capturado ha birlado, de alguna parte, algo de comida que no quiere compartir. Y ocurre con harta frecuencia que alguno salta a la barca y es capturado por su propia voluntad. (I, 55)
De todos los tiburones, la especie con más presencia en Eliano es el tiburón zorro:
El tiburón zorro
No sólo por su nombre, sino también por su boca, denuncian la naturaleza del pez llamado "tiburón zorro". Sus dientes están implantados en línea ininterrumpida, son numerosos, fuertes y capaces de quebrantar con suma facilidad cuanto llega a su boca. Por esto, cuando cae en el anzuelo, es el único pez que no intenta escapar, sino que forcejea tratando de romper el sedal. Mas los pescadores, a su vez, maquinan sus ardides. Sus anzuelos están provistos de largos mangos de metal. Pero el tiburón (que es un buen saltarín) salta muchas veces por encima de aquéllos, corta la crin que los sujeta y se vuelve nadando hacia los lugares que habita.
Éste, rodeado de un tropel de congéneres, se lanza con ellos al ataque contra los delfines. Y, apartando a uno de éstos y rodeándolo, se precipitan violentamente contra él: pues saben que el cetáceo no es en modo alguno insensible a sus dentelladas. Los tiburones se adhieren a él con toda su fuerza, mas el delfín da un salto y se sumerge, y se advierte que está atormentado por el dolor, ya que los tiburones que se agarran al delfín salen a la superficie con él en cuanto brinca, y el delfín trata de desasirse y separarse de ellos, pero ellos no sueltan su presa, sino que se la comen viva. Después, cada uno se marcha con el bocado que ha podido arrancar del cuerpo de su víctima, y el delfín se aleja a nado, dándose por contento, después de haber dado de comer a su costa a unos comensales —valga la expresión— no invitados. (I, 5)
Seguro que todos sois capaces de interpretar correctamente lo que se esconde tras esta anécdota:
El zorro de mar
Me dirás que el zorro (me refiero al que vive en tierra) es animal astuto. Pues escucha las artimañas del zorro de mar y entérate de todo lo que hace. O se abstiene de acerarse al anzuelo, o bien se lo traga y, al instante, vuelve su cuerpo del revés como se vuelve una camisa y, de esta manera, se desprende del anzuelo. (IX, 12)
Mosaico con peces y pescadores del museo de Trípoli.
De la biología de los tiburones apenas encontramos un par de referencias a su reproducción, totalmente inexactas, por decirlo suavemente, o si lo preferís, ficticias, para el conocimiento que en aquella época ya se tenía gracias sobre todo a las investigaciones de Aristóteles:
El gáleo
El gáleo pare por la boca en el mar y vuelve a introducir a los pequeños en ella para devolverlos al mar, por el mismo conducto, vivos e indemnes. (II, 55)

El cazón hembra protege a su prole
Apenas el cazón hembra ha alumbrado a sus hijos, los tiene nadando a su lado sin pérdida de tiempo. Y si alguno de ellos se asusta, se zambulle de nuevo en el vientre de la madre y, pasado el susto, sale al instante, como si naciese de nuevo. (I, 17)
Uno de los aspectos más importantes de la biología de los tiburones es de orden práctico. Según parece, parir por la boca es señal de impureza para los iniciados en ciertos misterios:
Los iniciados se abstienen de comer ciertos peces
Dicen que los iniciados en los misterios de las dos diosas no se avienen a comer cazón. Pues no es alimento puro, ya que este pez pare por la boca. Mas dicen algunos que no es esto lo que hacen, sino que, cuando las crías temen el ataque de algún enemigo, la madre las esconde tragándoselas y, cuando ya ha pasado el peligro, las vomita vivas. (IX, 65)
Y esto es todo. Hasta aquí llega Eliano y hasta aquí llega este pequeño artículo. Pese a lo dicho (esa falta de "rigor" científico), la Historia de los animales es un libro extraordinario, de esos cuya lectura se disfruta como si fuese un delicioso (y enorme) helado, paladeándolo cucharada tras cucharada, cuento tras cuento. No debemos enfrentarnos a él como si se tratase de un libro de carácter científico, porque no lo es, no es esa su intención, aunque también nos ofrece una parte del saber que en aquel momento circulaba entre las distintas capas de las sociedades del mundo conocido.
Merece la pena.


[NOTA: Todos los fragmentos corresponden a la edición y traducción de Historia de los animales realizada por José María Díaz-Regañón López y publicada en dos volúmenes por la editorial Gredos (Madrid, 1984).]


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