Diversidad, biología, evolución, ecología, pesca, conservación, evolución, con especial atención a las especies presentes en Galicia.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Reproducción V: Viviparismo aplacentario



[En el tercer capítulo de esta serie dedicada a la reproducción hablábamos de la fecundación y señalábamos las tres estrategias reproductivas básicas de los tiburones: oviparismo, viviparismo aplacentario y viviparismo placentario. De la primera ya nos ocupamos en el capítulo anterior. Hoy vamos con la segunda.]

Extrayendo las 31 crías que llevaba esta cañabota de 4,5 m capturada en Camariñas. Foto: Juan Ignacio (SGHN-CEMMA)
El viviparismo aplacentario u ovoviviparismo es en cierto modo una especie de extensión del oviparismo (1). La diferencia es que los óvulos fecundados no se guardan en una cápsula protectora y se expulsan al exterior en una puesta, sino que se incuban dentro del seno materno; una vez los embriones alcanzan el grado óptimo de desarrollo, se produce el parto. No existe ningún tipo de conexión placentaria entre el embrión y la madre (a diferencia del viviparismo placentario, que veremos en el siguiente capítulo). Es el sistema reproductivo más extendido, seguido por cerca del 50% de las especies.

En vez de una cubierta córnea, los óvulos fecundados se envuelven en una sustancia serosa segregada por la glándula nidamentaria, formando como un paquetito la vela—, que puede contener hasta cuatro, y se trasladan al útero. Al cabo de un tiempo el "envoltorio" se reabsorbe y la gestación continúa hasta llegar a término.

Velas de una mielga (Squalus acanthias). Los números indican el número de embriones.
Imagen tomada de la extraordinaria página del Canadian Shark Research Laboratory.
El viviparismo aplacentario no es una modalidad reproductiva uniforme. Según el tipo de alimentación que sigue el embrión durante la gestación, se distinguen dos grandes líneas de desarrollo, una lecitotrófica (el embrión se alimenta únicamente del vitelo contenido en el saco) y otra matrotrófica (la madre interviene en la alimentación de los pequeños con un aporte extra de alimentos).

1) Viviparismo aplacentario con saco vitelino (viviparismo lecitotrófico): Como acabamos de explicar, los embriones dependen exclusivamente de las reservas de alimento que contiene el saco vitelino, conectado a su sistema digestivo a través de un conducto que se inserta entre sus aletas pectorales. Una vez agotadas las reservas y absorbido el saco, se produce el parto.
Este sistema lo siguen aproximadamente un 25% de las especies: Hexanchiformes como el tiburón anguila (Chlamydoselachus anguineus) o la cañabota (Hexanchus griseus), Echinorhiniformes como el tiburón de clavos (Echinorhinus brucus), Squaliformes como la mielga (Squalus acanthias), el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus) o el negrito (Etmopterus spinax), Squatiniformes como el angelote (Squatina squatina), Orectolobiformes como el tiburón ballena (Rhincodon typus) o la gata nodriza (Ginglymostoma cirratum), Carcharhiniformes como el cazón (Galeorhinus galeus) o las musolas (Mustelus spp.), etc.

Mielga (Squalus acanthias). Foto: David Csepp, NMFS/AKFSC/ABL a través de Wikimedia Commons.
2) Viviparismo aplacentario matrotrófico: En algunas especies las madres intervienen directamente en la alimentación de sus retoños. Son mamás a la vieja usanza que han encontrado una fórmula para que no se queden con hambre cuando se terminan todo lo que hay en el saco vitelino. Se trata de un aporte extra de alimento en forma de una buena cantidad de óvulos no fecundados. Se aseguran así de que las crías van a nacer bien talluditas y mejor formadas, con mejores garantías de supervivencia. Este sistema se conoce con el nombre de oofagia u ovofagia.

Estos tres embriones de cailón (Lamna nasus) y huevos no fecundados encontrados en una hembra de 249 cm (foto: Richard Lord)
En algunos casos extremos, en cada útero sólo se deposita un único óvulo fecundado; el resto son infértiles, o sea, comida.
Los embriones oófagos presentan unos característicos estómagos hinchados. Esto se debe a la cantidad de vitelo que se han metido entre pecho y espalda, como el pequeño marrajo de la foto (en inglés se le conoce justamente como yolk stomach, 'estómago de vitelo').

Embrión de marrajo (Isurus oxyrinchus), de casi 50 cm. Foto: T. Carter, CSIRO
Entre las especies que han desarrollado este sistema se encuentran la gran mayoría de los Lamniformes, como el peregrino (Cethorhinus maximus), el zorro marino (Alopias vulpinus), el zorro negro (Alopias pelagicus), el tiburón duende (Mitsukurina owstoni), el marrajo (Isurus oxyrinchus), el tiburón blanco (Carcharodon carcharias), el cailón (Lamna nasus), etc., y también algunos Carcharhiniformes como el musolón (Pseudotriakis microdon).

Dentro del matrotrofismo hay que mencionar, aunque sea de pasada, el histotrofismo: los embriones de algunas especies se alimentan de los nutrientes contenidos en el líquido intrauterino en el que están sumergidos (también llamado leche uterina) que absorben a través de espiráculos y hendiduras branquiales. Tal vez esto explicaría por qué especies ovovivíparas como el tiburón tigre (Galeocerdo cuvier) son capaces de llevar a término camadas de hasta 82 embriones (recordemos que el tiburón tigre es la único carcharhínido que no es vivíparo placentario).

3) Viviparismo aplacentario con oofagia y canibalismo intrauterino: Este es un caso verdaderamente extremo. Los embriones no sólo se se alimentan del saco vitelino y de los óvulos no fecundados que les ponen sus mamás: también se comen a sus hermanos más pequeños y débiles, normalmente hasta que se quedan solos en su respectivo útero. Este sistema se conoce también como adelfofagia o embriofagia. Se descubrió por casualidad en 1948 cuando un científico que examinaba un útero de una hembra grávida de tiburón toro (Carcharias taurus) recibió un buen mordisco en un dedo.
Tiburón toro (Carcharias taurus). Foto: Ken Bondy
Recientemente se ha podido comprobar que si bien las hembras de esta especie pueden aparearse con varios machos, las crías que finalmente sobreviven y nacen (una por cada útero) muy a menudo son del mismo padre. De lo que se deduce que seguramente procedan de los óvulos fecundados durante la primera cópula: al ser los primeros en eclosionar, los embriones son también los más grandes, y capaces, por tanto, de merendarse a sus hermanos pequeños. Es una forma como otra cualquiera de que un macho logre que sus genes sean los que finalmente se perpetúen a través de su descendencia: ser el primero.

Estas capturas de pantalla muestran un embrión de tiburón toro atacando a uno de sus hermanos dentro del útero materno. Podéis acceder al vídeo pinchando aquí.
Además del Carcharias taurus, el canibalismo intrauterino posiblemente se dé en otras especies como, por lo que sabemos hasta el momento, el marrajo negro (Isurus paucus) o el tiburón cocodrilo (Pseudocarcharias kamoharai).

Períodos de gestación: La gestación de las especies vivíparas aplacentarias es muy variable. Va desde los 9 meses hasta los casi tres años, según se sospecha, del tiburón anguila (Chlamydoselachus anguineus) (2). El récord oficial, digamos, todavía sigue en manos de la mielga (Squalus acanthias), con 24 meses, el más largo de todos los vertebrados. Por supuesto, mientras no se confirmen definitivamente otras hipótesis.


[Para conocer el tercer modo reproductivo básico, véase el capítulo Viviparismo placentario.
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(1) De hecho, algunas especies muestran un comportamiento reproductivo que podríamos calificar a medio camino entre el oviparismo y el viviparismo aplacentario. Es el caso de las especies del género Halaelurus (fam. Scyliorhinidae), que retienen las cápsulas-huevo dentro de los oviductos hasta que los embriones están bien desarrollados, a punto de eclosionar.
(2) Ver Tiburón anguila (Chlamydoselachus anguineus).
ollowing is a list of all sharks in which intrauterine cannibalism has been documented, or for which exists strong circumstantial evidence: - See more at: http://www.supportoursharks.com/en/Education/Biology/Reproduction/Ovoviviparity.htm#sthash.DrwVG46M.dpu
Following is a list of all sharks in which intrauterine cannibalism has been documented, or for which exists strong circumstantial evidence:

            Family Ginglymostomatidae
                  Tawny Nurse Shark (Nebrius ferrigineus)

            Family Carchariidae
                  Sandtiger Shark (Carcharias taurus)
            Family Pseudocarchariidae
                  Crocodile Shark (Pseudocarcharias kamoharai)
            Family Alopiidae
                  Pelagic Thresher Shark (Alopias pelagicus)
                  Bigeye Thresher Shark (Alopias superciliosus)
                  Common Thresher Shark (Alopias vulpinus)
            Family Cetorhinidae
                  Basking Shark (Cetorhinus maximus)
            Family Lamnidae
                  Salmon Shark (Lamna ditropis)
                  Porbeagle (Lamna nasus)
                  White Shark (Carcharodon carcharias)
                  Shortfin Mako (Isurus oxyrinchus)
                  Longfin Mako (Isurus paucus)

            Family Pseudotriakidae
                  Slender Smoothhound Shark (Gollum attenuatus)
                  False Catshark (Pseudotriakis microdon
- See more at: http://www.supportoursharks.com/en/Education/Biology/Reproduction/Ovoviviparity.htm#sthash.DrwVG46M.dpuf
Until quite recently, intrauterine cannibalism was thought to be restricted to lamnoid sharks. This grisly form of within-the-womb nutrition is now known from two carcharhinoids and even one orectoloboid.
Following is a list of all sharks in which intrauterine cannibalism has been documented, or for which exists strong circumstantial evidence:

            Family Ginglymostomatidae
                  Tawny Nurse Shark (Nebrius ferrigineus)

            Family Carchariidae
                  Sandtiger Shark (Carcharias taurus)
            Family Pseudocarchariidae
                  Crocodile Shark (Pseudocarcharias kamoharai)
            Family Alopiidae
                  Pelagic Thresher Shark (Alopias pelagicus)
                  Bigeye Thresher Shark (Alopias superciliosus)
                  Common Thresher Shark (Alopias vulpinus)
            Family Cetorhinidae
                  Basking Shark (Cetorhinus maximus)
            Family Lamnidae
                  Salmon Shark (Lamna ditropis)
                  Porbeagle (Lamna nasus)
                  White Shark (Carcharodon carcharias)
                  Shortfin Mako (Isurus oxyrinchus)
                  Longfin Mako (Isurus paucus)

            Family Pseudotriakidae
                  Slender Smoothhound Shark (Gollum attenuatus)
                  False Catshark (Pseudotriakis microdon)
- See more at: http://www.supportoursharks.com/en/Education/Biology/Reproduction/Ovoviviparity.htm#sthash.DrwVG46M.dpuf

martes, 24 de septiembre de 2013

Los ojos de la cañabota

Foto de Juan Ignacio (SGHN-CEMMA).

En general los tiburones tienen un sentido de la vista bastante bien desarrollado. Ven más y mejor de lo que nos creíamos.

La forma y tamaño de los ojos de cada especie varían en función de las características de su hábitat; es decir, están perfectamente adaptados al entorno que cada una ha elegido para edificar su nicho. Los de los tiburones que viven en aguas turbias como las de los ríos, donde la visión apenas es de utilidad, suelen ser muy pequeños, como los del jaquetón toro (Carcharhinus leucas). En cambio, los ojos de los grandes depredadores de aguas más someras e iluminadas, donde el campo de visión se amplia considerablemente, tienden a ser más grandes y sofisticados, y algunos muy parecidos a los de los mamíferos. En ellos podemos distinguir un iris y una pupila capaz de dilatarse y contraerse para regular la cantidad de luz que entra hacia la retina, como hemos visto en Los ojos del tiburón blanco.

En cambio, los tiburones que habitan la perpetua penumbra de las aguas profundas poseen unos grandes ojos verdes o verdeamarillentos, fluorescentes, minuciosamente diseñados para captar la más mínima radiación lumínica procedente de la lejana superficie gracias a un tapetum lucidum mucho más potente que el de los gatos o las rapaces nocturnas. Son ojos extraños, fríos, como de otro mundo. Pero llenos de misterio y belleza.


Foto de Juan Ignacio (SGHN-CEMMA).
Esta hembra de 4,5 m fue capturada en Camariñas en 2006.

Para saber más de este extraordinario tiburón, os invito a visitar el post Cañabota (Hexanchus griseus).

viernes, 20 de septiembre de 2013

Nueva guía, nuevas especies

Imagen tomada de la página oficial de Facebook de Sharks of the World.

Acaba de publicarse una nueva guía de tiburones: David A. Ebert, Sarah Fowler, Leonard Compagno, Marc Dando (2013). Sharks of the World: A Fully Illustrated Guide. Wild Nature Press, Plymouth.
     Se trata básicamente de la actualización de la que en el 2005 publicaron Compagno y Fowler contando igualmente con las extraordinarias ilustraciones de Dando —la que fue editada en España por Omega (1), pero con diferencias más que notables. 
     Cuestiones científicas aparte, el libro es una maravilla, tanto por su cuidadísima edición como por el diseño de los contenidos —textos, gráficos, dibujos, fotografías—. Esto lo convierte en uno de esos libros que uno abre por el simple placer de recorrer sus páginas, demorándose aquí y allá sin ningún objetivo concreto excepto el puro disfrute. Cuenta además con una excelente introducción donde se tratan todos los aspectos relativos al mundo de los tiburones: biología, conservación, etc., con un buen puñado de ilustraciones y fotos en color. Una gozada.
     En cuanto a las novedades, pues ya os imagináis que hay unas cuantas. Al fin y al cabo, en esto de los tiburones ocho años son muchos años. Se recogen casi 60 especies nuevas (siempre respecto de la guía del 2005) y se eliminan 12. Evidentemente no aparecen las últimas especies descubiertas, como el Hemiscyllium halmahera, por lo que en cierto modo puede decirse que la guía ya está un poco desfasada... ¡nada más salir! Pero esto, cuando tratamos de tiburones, es ley de vida: constantemente se descubren nuevas especies y se descartan otras, de tal manera que la lista está siempre bien lejos de ser definitiva, como un horizonte inalcanzable (este es uno de los principales motivos por los que estas criaturas nos atraen tanto, nos resultan tan fascinantes: son puro misterio). Tan rápido puede llegar a ir la cosa, que a veces no da tiempo ni a incluirlas como corresponde en el libro. Un ejemplo elocuente y extremo lo tenéis un poco más abajo, en los Centrophorus (fam. Centrophoridae, orden Squaliformes).
     Además de las nuevas incorporaciones, también se observan cambios en algunas adjudicaciones de géneros y de especies, pero muy pocos en la organización de los órdenes y de algunas familias que piden a gritos una revisión y, seguramente, una reestructuración, como en el caso de los centrofóridos (Centrophoridae, Squaliformes) o los esciliorrínidos (fam. Scyliorhinidae, Carcharhiniformes), tal vez porque todavía no existen estudios y propuestas lo bastantes sólidas y convincentes. Aun así, la gran novedad es el nacimiento de un nuevo orden de tiburones. La familia de los tiburones de clavos, Echinorhinidae, abandona el orden de los Squaliformes para formar uno propio: Echinorhiniformes. Como quien al fin consigue mudarse a una casita propia.

Os he preparado una lista con las novedades más importantes de este nuevo Sharks of the World: las nuevas especies que se han incorporado, así como los cambios en los géneros y las especies respecto de la guía del 2005, que aparecen en rojo. El asterisco detrás de un nombre indica que la especie ya no es válida y por tanto no figura aquí


HEXANCHIFORMES
   Chlamydoselachidae
     Chlamydoselachus africana <Chlamydoselachus sp. A

SQUALIFORMES
   Squalidae
     Cirrhigaleus australis
     Squalus albifrons <Squalus sp. B
     Squalus altipinnis <Squalus sp. C 
     Squalus brevirostris
     Squalus bucephalus
     Squalus chloroculus
     Squalus crassispinus <Squalus sp. D 
     Squalus edmundsi
     Squalus formosus
     Squalus grahami <Squalus sp. F 
     Squalus griffini
     Squalus nasutus <Squalus sp. E 
     Squalus notocaudauts <Squalus sp. A 
     Squalus hemipinnis
     Squalus lalannei
     Squalus montalbani
     Squalus raoulensis
     Squalus suckleyi

   Centrophoridae
     Centrophorus granulosus (2) <Centrophorus acus, C. granulosus, C. niaukang
     Centrophorus seychellorum
     Centrophorus westraliensis
     Centrophorus zeehaani

   Etmopteridae

     Etmopterus burgessi
     Etmopterus compagnoi
     Etmopterus joungi
     Etmopterus sculptus
     Etmopterus sheikoi <Miroscyllium sheikoi
     Etmopterus viator

   Somniosidae

     Somniosus sp. A (*)

PRISTIOPHORIFORMES
   Pristiophoridae 
     Pristiophorus delicatus <Pristiophorus sp. B
     Pristiophorus nancyae <Pristiophorus sp. D
     Pristiophorus sp. A (*)
 
SQUATINIFORMES
   Squatinidae
     Squatina albipunctata <Squatina sp. A
     Squatina caillieti
     Squatina guggenheim <Squatina punctata
     Squatina legnota
     Squatina occulta <Squatina guggenheim 
     Squatina pseudocellata <Squatina sp. B

HETERODONTIFORMES
   Heterodontidae
     Heterodontus omanensis <Heterodontus sp. A

ORECTOLOBIFORMES
   Parascylliidae
     Parascyllium elongatum

   Brachaeluridae

     Brachaelurus colcloughi <Heteroscyllium colcloughi

   Orectolobidae

     Orectolobus floridus
     Orectolobus halei
     Orectolobus hutchinsi <Orectolobus sp. A
     Orectolobus leptolineatus
     Orectolobus parvimaculatus
     Orectolobus reticulatus

   Hemiscylliidae

     Hemiscyllium galei
     Hemiscyllium henryi
     Hemiscyllium michaeli

CARCHARHINIFORMES
   Scyliorhinidae
     Apristurus ampliceps <Apristurus sp. D
     Apristurus australis <Apristurus sp. G
     Apristurus bucephalus <Apristurus sp. F
     Apristurus melanoasper <Apristurus sp. C
     Apristurus sp. A (*)
     Apristurus sp. B (*)
     Apristurus sp. E (*)
     Asymbolus galacticus
     Atelomycterus baliensis
     Atelomycterus marnkalha
     Bythaelurus alcocki (*)
     Bythaelurus giddingsi <Bythaelurus sp. B
     Bythaelurus incanus <Bythaelurus sp. A
     Cephaloscyllium albipinnum <Cephaloscyllium sp. A
     Cephaloscyllium cooki
     Cephaloscyllium hiscosellum
     Cephaloscyllium maculatum
     Cephaloscyllium pardelotum
     Cephaloscyllium pictum
     Cephaloscyllium sarawakensis
     Cephaloscyllium signourum
     Cephaloscyllium speccum <Cephaloscyllium sp. E
     Cephaloscyllium stevensi
     Cephaloscyllium variegatum <Cephaloscyllium sp. B
     Cephaloscyllium zebrum <Cephaloscyllium sp. D
     Cephaloscyllium sp. C (*)
     Cephaloscyllium sp. (*)
     Cephalurus sp. A (*)
     Figaro boardmani <Galeus boardmani 
     Figaro striatus <Galeus sp. B
     Galeus priapus
     Halaelurus maculosus
     Halaelurus sellus
     Haploblepharus kistnasamyi <Haploblepharus sp. A 
     Holohalaelurus favus <Holohalaelurus regani (subespecie NE) 
     Holohalaelurus grennian <Holohalaelurus sp. A   
     Parmaturus albimarginatus
     Parmaturus albipenis
     Parmaturus bigus <Parmaturus sp. A
     Parmaturus lanatus

   Proscylliidae
     Proscyllium magnificum <Proscyllium sp. A

   Pseudotriakidae

     Gollum sulluensis <Gollum sp. A
     Planonasus parini <"Musolón pigmeo"

   Triakidae 
     Hemitriakis complicofasciata (librea juvenil) <Hemitriakis sp. A
     Hemitriakis indroyonoi
     Iago mangalorensis <Iago sp. A 
     Mustelus albipinnis
     Mustelus ravidus
     Mustelus stevensi <Mustelus sp. B
     Mustelus walkeri
     Mustelus widodoi
     Mustelus sp. A (*) 

   Hemigaleidae
     Hemigaleus australiensis <Hemigaleus sp. A

   Carcharhinidae 
     Carcharhinus coatesi
     Carcharhinus tjutjot
     Carcharhinus sp. A (*) 
     Glyphis fowlerae <Glyphis sp. B 
     Glyphis garricki <Glyphis sp. C 
     Glyphis sp. A (*) 
     Lamiopsis tephrodes
     Scoliodon macrorhynchos

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(1) Leonard Compagno, Marc Dando, Sarah Fowler (2006). Guía de campo de los tiburones del mundo. Omega, Barcelona.
(2) "...el examen reciente de un número de especies [de quelvachos], combinado con la investigación molecular, ha revelado que al menos tres quelvachos de gran talla previamente reconocidos, C. acus, C. granulosus y C. niaukang, son en realidad una y la misma especie. Estas tres "especies" fueron descritas en una amplia zona geográfica a partir de especímenes de diferentes tallas, cada uno de los cuales presentaba dentículos dérmicos muy distintos. Sin embargo, ahora sabemos que estos rasgos, que inicialmente servían para distinguir las tres especies antes bien conocidas, son características de desarrollo relacionadas con el tamaño del pez, no con la especie. Desgraciadamente esta información nos ha llegado demasiado tarde para incorporarla a este libro, pero a partir de ahora las tres deberían denominarse C. granulosus, que fue el primer nombre científico publicado para esta especie y por tanto tiene preferencia sobre los otros dos, más recientes."


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domingo, 15 de septiembre de 2013

Sobre la supuesta "plaga" de tintoreras en Galicia

Foto publicada en La Voz de Galicia del 9-IX-2013.
La semana pasada, el 9 de septiembre, La Voz de Galicia informaba a su manera del elevado número de avistamientos de tintoreras (Prionace glauca) que se ha producido esta temporada en nuestro litoral. El tratamiento de la noticia es ostensiblemente mejorable, por decirlo de alguna manera, desde el título, "Galicia petada de tiburones", y la referencia a la música de Tiburón, hasta su último párrafo. No merecería ni ser tenida en cuenta aquí si no fuera porque son muchos los lectores de este diario que se han quedado con la mosca detrás de la oreja. Así que vamos a intentar aclarar un poco el asunto y, de paso, contar unas cuantas cosas sobre nuestras extraordinarias quenllas, tintoreras o tiburones azules, como prefiráis llamarlas.

1. Nada de otro mundo. Lo primero que uno se pregunta es: ¿Qué esperaban encontrarse en el mar? ¿Lirones caretos? En nuestro mar siempre ha habido tiburones. Unas temporadas hay más, otras menos. Como las sardinas. Unas veces se los ve cerca de la costa, otras veces no tanto. Todo depende de factores como la temperatura del agua, la disponibilidad de alimento... y por supuesto que haya realmente un número suficiente de tiburoncitos en el agua. Si uno se toma la molestia de bucear en las hemerotecas o de recoger los testimonios de nuestros viejos pescadores, comprobará que hace unos cuantos años sí que había tiburones en nuestro litoral, y de todo tipo. Ahora desde luego que no. No obstante —cabe preguntarse—, teniendo en cuenta el número de avistamientos, ¿no podría hablarse de una recuperación de las poblaciones? Pues bien, suponiendo que todos estos testimonios fuesen fiables, no hay evidencia alguna que sustente semejante hipótesis. Más bien sucede lo contrario: todos los datos apuntan a un descenso de las poblaciones del Atlántico, no a un incremento. No en vano figura en la lista roja de la IUCN con el estatus de Casi amenazado.

Tintorera en las Azores. Foto de Joaquín Gutiérrez.
2. Objetivo de la flota pesquera. Y es que la quenlla sigue siendo uno de los principales objetivos de nuestra flota palangrera, la nuestra y la portuguesa. Su carne es muy valiosa, y no digamos sus aletas. En absoluto es verdad que "haya dejado de ser especie objetivo de los pescadores por su escaso interés comercial" (las negritas son mías). La redactora de la noticia no tenía más que leer de vez en cuando su periódico para darse cuenta de ello. Por ejemplo, el 27 de mayo de este año se publicaba la noticia de la captura, por un palangrero de Coruña, de 10 000 kilos de tintorera "a una distancia de 130 millas, unos 250 km, de la torre de Hércules".

3. Jóvenes y "pezqueñines". La gran mayoría de las tintoreras que podemos observar en nuestras costas son crías y juveniles, por la sencilla razón de que el Golfo de Vizcaya, Galicia y Portugal forman parte de una amplia zona de cría de la especie. Los partos tienen lugar a comienzos de la primavera, y los jóvenes, a diferencia de sus mayores más viajeros, suelen permanecer en la misma zona hasta que cumplen los 2-3 años o alcanzan los 130 cm de longitud (desde los 35-44 cm que miden al nacer). De ahí que no resulte del todo extraño que de vez en cuando algunas se acerquen más de la cuenta, por el motivo que sea, tal como sucedió hace unos años con los ejemplares de esas dos imágenes (que, por supuesto, fueron noticia de La Voz de Galicia):

Arteixo, 12-IX-2009 (Foto: La Voz de Galicia)
Malpica,29-VI-2011 (Foto: La Voz de Galicia)
Y llegamos al caso, al que también alude el articulito de marras, de esta cría de 70 cm que pescaron hace poco dentro de la dársena de Coruña, adonde pudo llegar bien porque se había desorientado, bien porque los jureles estaban demasiado ricos, bien porque estaba enferma, o tal vez, como se explica en la noticia, porque había sido descartada, todavía con vida, por un pesquero. No se puede decir sea un hecho portentoso o prodigioso, aunque ciertamente no es habitual.
La voz de Galicia, 3-IX-2013.
La tintorera es uno de los tiburones más prolíficos. Sus camadas oscilan entre las 4 y las 135 crías, aunque normalmente suelen andar por las 15-30. Tal variabilidad probablemente está relacionada con el tamaño de la madre, desde los 220 cm en que las hembras alcanzan la madurez sexual hasta los casi 4 m (380 cm), que es la longitud total máxima registrada.

4. Doble nacionalidad. Como curiosidad, la tintorera es uno de nuestros tiburones más viajeros. Diferentes estudios de marcado han descubierto patrones migratorios verdaderamente sorprendentes. Muchas de las tintoreras que se aparean en ciertas zonas del Atlántico occidental cruzan el océano a lomos de la Corriente del Golfo para dar a luz aquí (los machos se quedan allí: el descanso del guerrero). Y lo verdaderamente prodigioso es que algunas son capaces de almacenar el esperma del macho hasta que llegan a la madurez sexual... ¡durante el viaje! A continuación viajan hacia el sur, aprovechando la Corriente de las Canarias, para tomar la Corriente Ecuatorial del Norte de regreso a casa. Como quien toma la AP-9, pero sin que le roben. En total, unos 15 000 km.
Gráfico tomado de la excelente página elasmo-research.org.
Esto quiere decir que tal vez muchas de las tintoreritas que nos encontramos por aquí tienen doble nacionalidad, norteamericana y española, de modo que ojo con maltratarlas, a ver si nos van a bombardear.

5. Conclusión. No hagáis ni caso de noticias como esta, y menos cuando están escritas en un tono tan infantiloide, sensacionalista y falto de rigor y ecuanimidad. Ni "plaga" ni "aguas infestadas de tiburones" (la redactora debería recibir un curso urgente de semántica), ni nada parecido... Eso sólo ocurre en las malas películas que tanto nos gustan, no aquí. No hay razón para alarmarse.
En realidad, deberíamos sentir gratitud —y orgullo por tener la posibilidad de contemplar, aquí mismo en nuestro océano, a una criatura de tan extraordinaria belleza.

Foto de Tony Meyer.


>> Más noticias de avistamientos en Una cría de tintorera en Corrubedo.
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(1) Véase por ejemplo Noticias antiguas de tiburones.

martes, 10 de septiembre de 2013

Tiburón duende (Mitsukurina owstoni)

Foto: Juan Ignacio (SGHN-CEMMA)
Tiburón duende

Mitsukurina owstoni Jordan, 1898

(es. Tiburón duende; gal. Quenlla fuciñuda; in. Goblin shark; port. Tubarão-duende, tubarão-gnomo)

Familia: Mitsukurinidae
Orden: Lamniformes


"Capturan en aguas gallegas un raro ejemplar de tiburón duende rosado."
(Titular del Correo gallego del 3 de marzo de 2011.)

"Pescan el segundo tiburón duende en Galicia desde el 2003."
(Titular de La Voz de Galicia del 4 de marzo de 2011.)

Efectivamente, nuestro pequeño trocito de Atlántico también alberga al tiburón duende, uno de los tiburones más extraños de cuantos existen y una (otra) de nuestras joyas ictiológicas más extraordinarias y fascinantes. El bicho al que se refieren los titulares era un macho de 161 cm —uno de los 73 ejemplares registrados hasta aquella fecha en todo el mundo que había sido capturado a 400 m de profundidad por un arrastrero de Marín, el Gonzacove Uno, el mismo que había pescado el ejemplar del 2003, de 122 cm. Ambos se conservan en el Museo da Natureza de la Sociedade Galega de Historia Natural en Ferrol.

jueves, 15 de agosto de 2013

Una razzia de tiburones (lectura de verano)

Tiburones en Galicia se toma unas semanitas de descanso veraniego. Para entretener la espera, os dejo un magnífico relato rescatado de un viejo periódico vespertino de mediados del XIX, La Esperanza, el más importante, por cierto, de nuestra prensa absolutista más ultracatólica y carlista. Su cabecera rezaba, justamente, "Periódico monárquico".
Además de su valor literario (me parece un excelente relato de aventuras), el texto es interesante porque nos permite conocer algunas de las viejas ideas más extendidas sobre los tiburones, como el considerarlos "cetáceos", o como la creencia de que, dada la disposición de su boca, tenían que darse la vuelta para atacar. Y por supuesto que sentían una clara predilección por la carne de las personas de color. 
He actualizado grafías, excepto en los topónimos y en ciertas voces, y modernizado la puntuación y el uso de otros signos ortográficos. Las notas a pie de página pertenecen al propio relato; no así las ilustraciones, que he encontrado yo mismo en la red.
Espero que os guste. Apareció publicado el jueves 10 de abril de 1851 en las páginas 3 y 4.  

 
UNA RAZZIA DE TIBURONES

     Hacía más de un mes que habíamos penetrado por el estrecho de Atlas en el archipiélago de la Australasia. A los huracanes del tormentoso cabo de Buena Esperanza y de las islas Mauricias, habían sucedido las turbonadas no menos peligrosas de la zona Tórrida. Nuestro barco, demasiado sensible a los temporales que son tan frecuentes en el hemisferio del Sur, había rendido por dos veces los masteleros de juanete y de gavia, la escota mayor y el escotín de velacho, y apenas reuníamos un aparejo completo y útil para navegar con éxito contra las impetuosas corrientes del Océano Pacífico, en demanda del cual caminábamos por una mar atestada de escollos.
     El capitán de la Sabina, hombre rudo y enérgico de carácter, era un intrépido aventurero que estaba acostumbrado desde niño a las grandes jugarretas del mar de la India: seis veces se había visto a pique de naufragar con su buque, y otras tantas su presencia de espíritu y su incansable arrojo habían salvado a la tripulación de una muerte segura. Los días de tempestad eran sus días de gloria, sus hermosos días de boda y regocijo, como decía él sonriendo a los pasajeros amedrentados. Sentado a barlovento sobre el castillo de popa de la fragata, contemplaba con una atención delirante la lucha desigual de su nave con las gigantescas olas del Océano: sus tostadas facciones se animaban de alegría cada vez que la quilla de la Sabina se deslizaba sutil sobre la espalda del furioso elemento, que aspira a tragarse la tierra; y cuando un viento frescachón de los polos, dando de bolina en la mayor y las gavias, tumbaba la fragata a sotavento produciendo ese estridente crujido de las vergas que suena tan mal al oído de los viajeros, "Orza —gritaba el capitán Elías viendo a la ola reventar sobre su cabeza—. Orza, timonel.", y el buque se enderezaba para recibir por la popa, con la mayor coquetería, a la montaña del agua que lo hubiera anegado sin aquella maniobra. [...]
     Tal era el valiente marino en cuya compañía acabamos de visitar las islas de Sumbawa, Lomboch, Balli, Célebes, Salayer, Cambina, Bouton, Weyobongi, Xula-Bessy, Bouro Xulla-Tallabo y la isla de Gomona, pertenecientes todas a la congregación del archipiélago malayo.
     Hallábamonos situados a la sazón a 1º lat. S. de la línea equinoccial y 120º 20' de long. E. del meridiano de Cádiz. Teníamos a la vista las islas de Cehy, Zafos, Wiung, Siang y Eyé, que forman el paso de Gilolo al mar Pacífico, y esperábamos hacía ocho días una brisa benéfica que nos llevase al otro lado del estrecho, donde al menos pudiéramos correr en ancha mar, zafados de los peligros que ofrecen a cada paso los estrechos.
     Era domingo y estábamos en calma chicha. El termómetro Farenheit marcaba 88º, y no había ser humano que pudiese resistir a bordo los ardores del sol equinoccial cayendo a plomo sobre nuestras cabezas. La mar, tranquila y tersa como una plancha de acero, parecía arrojar chispas volcánicas por todo el horizonte, y nuestras pupilas, un tanto debilitadas por los fosfóricos reflejos, no podían resistir la impresión ardiente de aquellos fenómenos de luz abrasadora. Habíamos puesto los toldos agalerados, y así evitábamos en cierto modo los estragos producidos por la reflexión de la luz tropical; mas no podíamos impedir de ninguna manera la lenta asfixia que se iba apoderando de todos nosotros. La falta absoluta de aire comprimía fuertemente nuestros pulmones, y todos más tarde o temprano temíamos sucumbir ahogados en aquella terrible atmósfera de fuego.
     A los males que son consiguientes a una situación tan desesperada, había que juntar otros peligros de no menos importancia: los víveres que escaseaban a bordo hacía mucho tiempo y apenas teníamos el agua necesaria para nuestro consumo. El capitán, con su prudencia acostumbrada, conocía la urgentísima necesidad de dar refrescos a la gente para impedir el escorbuto; empero ocho días continuos de una calma asoladora le obligaban a conducirse con rígida economía en este punto. Sin embargo, aquel día, como dijimos antes, era domingo, y ya se sabe con cuánto respeto y veneración celebran en alta mar los marineros las fiestas de precepto.
     La tripulación, vestida de gala desde el amanecer, aguardaba con ansia, lo mismo que los pasajeros de la Sabina, el refresco que el capitán había prometido dos días antes. La hora suspirada llegó por fin, y los marineros, provistos cada cual de su correspondiente vaso de hojadelata o de coco, fueron recibiendo una escatimada ración de agua y vinagre azucarado que en aquellas alturas no podían menos de considerar como de un precio superior al manjar más exquisito.
     Cuando todos hubimos mitigado el ardor de nuestras resequidas fauces, el capitán, que no cesaba de contemplar el horizonte por babor y estribor, silbando, según una supersticiosa costumbre, para atraer el viento, algunos aires marítimos, mandó a la tripulación, compuesta en la mayor parte de indios bengalíes y filipinos, que arreglasen un tinglado con las velas rifadas por el viento, y dio permiso para que todo el que quisiese pudiese tomar un baño en plena mar, sin separarse empero de la fragata.
     Esta orden fue recibida con grande júbilo por toda la gente de abordo, y media hora después se hallaba prevenido para botarse al agua un baño artificial formado con varios retazos de lona vieja, cuyo baño debía proteger en su caso a los marineros de la Sabina contra los sangrientos y encarnizados ataques de los tiburones.
     —Cuidado con las tintoreras, muchachos —les dijo el capitán cuando todo lo vio dispuesto—. Ya sabéis que los bichos acuden al olor de vuestra sangre (1).
     —No hay miedo, capitán, somos antiguos conocidos.
     —Con todo, bueno será que os mantengáis a la capa.
     Y viendo a un marinero indígena que subía al bauprés para lanzarse al agua desde su altura:
     —Oye, tú, gaviero mayor —gritó de repente el capitán Elías—, ¿adónde vas sin el volo? (2)
     —No lo necesito, señor —contestó el marinero.
     —Anda a tomarlo, malayo —replicó el capitán—, y evita si puedes los colmillos de tus amigos los tiburones.
     En seguida cinco o seis marineros dirigidos por el gaviero mayor y el capitán de ganado se lanzaron al agua desde lo alto de las bordas, provistos cada cual de su correspondiente cuchillo.
     Apenas haría diez minutos que las aguas del Archipiélago malayo habían dado paso a los acobrados cuerpos de los bañistas, cuando el guardián de abordo, que se hallaba sobre la cofa del palo mayor para dar el alerta a sus compatriotas, gritó de repente con todas sus fuerzas:
     —Hola, Rufino, Miguel, Antonio, Zacarías. ¡El tiburón! ¡El tiburón!
     Este grito pavoroso produjo un instante de confusión en el buque. El capitán, que se hallaba recostado en un caramanchel, meditando sin duda en los medios de evitar los peligros de la continuación de la calma, se levantó dirigiéndose a proa y dando la voz de mando de "Entra a popa, arría botes al agua".
     Inmediatamente el segundo piloto, armado con un arpón, el contramaestre, los pilones y el guardián, seguidos de algunos marineros que llevaban jarcias y lanzas arrojadizas, saltaron a los botes, que descendieron por babor y estribor a la voz ejecutiva del jefe de abordo. El resto de la tripulación subió sobre las vergas y masteleros, curiosa de presenciar la escena que iba a representarse sin duda en aquel terrible anfiteatro.
     Al escuchar la voz de alerta dada por el guardián desde la cofa, los marineros bañistas habían procurado ganar a fuerza de brazos la vela de salvación, que debía ofrecerles un pavimento inseguro debajo del agua, al abrigo sin embargo de los tiburones. Pero el guardián había visto acercarse un solo tiburón por la popa, en tanto que por la banda de babor, donde se hallaban los indios, llegaban otros dos formando en el agua amarga de la línea una ondulante y prolongada estela.
     Rufino, el más atrevido de los buzos bengalíes, estaba algo distante de la fragata cuando se dio el alerta; fijó su vista experimentada en la dirección del enemigo; calculó la distancia que aun tenía que nadar hasta la vela, y considerando que el tiburón debía alcanzarle en el camino, desató su cuchillo de la cintura y esperó con valor. Uno de los dos tiburones se aproximaba con la velocidad del rayo en dirección paralela del indio. Rufino conoció que era llegado el momento, y esgrimiendo su cuchillo con mano vigorosa se sumergió en el mar precisamente cuando el monstruo se volvía boca arriba para devorarle. El gaviero mayor debió colocarse debajo del tiburón y herirle profundamente en el lomo, porque elevándose éste a flor de agua con su barriga blanca como la nieve, sacudió con su cola un tremendo latigazo y volvió a sumergirse en las aguas: algunos torbellinos de espuma sanguinolenta vinieron a deshacerse en menudos globulillos sobre la superficie del plateado elemento.
     En aquel instante arriaban los botes de la fragata y un grito de dolor resonaba por todas partes. Rufino, el valiente gaviero, acababa de presentarse sin su cuchillo, y el infeliz pedía socorro con voz ahogada. Los tiburones acudían presurosos al olor de la carne y el desdichado judío no contaba con ningún medio de defensa: su situación era horriblemente crítica. Tal vez hubiera sido devorado en aquel momento si Antonio, uno de sus compatriotas y amigos, viendo el apuro en que se encontraba Rufino, no se hubiese lanzado a socorrerle con dos cuchillos. Pero, ¡ay!, estaba escrito que tan notable abnegación fuese inútil. Antonio no pudo llegar a socorrer a su amigo sin verse él mismo en la necesidad de colocarse en guardia contra otro de los tiburones, que, nadando sobre su espalda por debajo del indio, ascendía rápidamente con la boca abierta en dirección del infeliz marinero. Por lo que hace al pobre Rufino, teniendo que combatir sin otra defensa que una cabilla de madera que le arrojaron del buque, se preparó a hacer frente con serenidad a su contrario.
     Los dos amigos se sumergieron a un tiempo en las aguas; los dos pelearon con inauditos esfuerzos; los dos eran aguerridos en aquella especie de luchas; uno y otros aparecieron a flor de agua por diferentes veces para hundirse de nuevo. La sangre teñía de color de púrpura la superficie azulada del Océano y la tripulación de los botes gritaba y daba fuertes golpes con los remos para espantar a las fieras. Todos presentíamos una inminente catástrofe, que no tardó por desgracia en confirmarse. Al cabo de pocos segundos, uno de los tiburones apareció a nuestra vista arrojando torrentes de sangre por varias heridas; otro se presentó revolcándose con la cabilla atravesada en la boca; y detrás de él ascendió Rufino con una pierna menos, el cual fue socorrido en la agonía de la muerte por uno de los botes de la fragata.
     En cuanto al infortunado Antonio, una gran mancha de sangre que se dibujó en la superficie agitada del archipiélago y algunos remolinos de espuma y agua que aparecieron en seguida nos demostraron que el infeliz había sido devorado por la fiera.
     El generoso Antonio no volvió a aparecer.

     Cuando el capitán vio al tercer tiburón, que nadaba en torno de los botes en busca de nuevas víctimas, dispuso que la tripulación de los mismos se retirase a bordo de la fragata y fue a hacer por sí propio la primera cura al valiente gaviero.
     El drama no había terminado sin embargo, puesto que los compañeros del indio Antonio, con el guardián a la cabeza, se presentaron un minuto después al capitán Elías a suplicarle que les permitiese vengar los manes de su desdichado amigo dando muerte al feroz tiburón. Otorgada la venia, uno de los marineros preparó sobre la marcha un enorme anzuelo de hierro al que sujetó varios pedazos de tocino salado, arrojándolos después al agua por la parte en que acababa de percibirse el enorme cetáceo. No tardó éste en presentarse a la vista de todos, arrojando de su formidable boca una baba espesa y glutinosa de color de sangre. Cuando el monstruo estuvo a la inmediación de la presa, se volvió, según su costumbre, con el vientre hacia arriba y ocultó el anzuelo en su profunda garganta. En seguida dos marineros tiraron con fuerza de la jarcia a la que estaba unido el aparejo y el anzuelo apareció sin tocino. Pero el tiburón daba sacudidas violentas y manchaba con sangre el agua del archipiélago, lo que parecía dar a entender que estaba herido. Por segunda vez se le arrojó la misma presa; y cuando todos aguardábamos que la fiera se alejaría a su contacto, escarmentada del suceso precedente, se la vio lanzarse de nuevo con ciega furia sobre el anzuelo, donde por esta vez quedó amarrada para no volver a soltarse. Los marineros más avisados fueron tomando jarcia poco a poco hasta que el tiburón se encontró fuera del agua; pero entonces necesitaron de todos sus esfuerzos para no ser arrollados por la multitud de saltos, golpes y arremetidas bruscas que daba el tiburón contra las costillas de la fragata.
     Ninguno hubiera tenido valor para acercarse a la fiera en tan crítico momento, si el guardián, que era hombre experimentado en aquel linaje de pesca, no hubiese arrojado al tiburón un lazo corredizo que, sujetándole la boca y las primeras aletas, le impedía hacer uso de sus cinco hileras d dientes y de sus terribles palancas. Por este medio se le introdujo con facilidad en el buque, y entonces pudo verse con horror que era una tintorera (tiburón hembra, más feroz que todos los cetáceos) de veinte pies de longitud por ocho y medio de diámetro.
     Tendida sobre cubierta, bien amarrada al palo mayor, los marineros de la Sabina no pudieron menos de rendir tributo entonces a una antigua superstición marítima que consiste en dar muerte a los tiburones que se pesca pidiéndoles el viento que hace falta a la nave para su rumbo. En su consecuencia, habiéndose formado la tripulación en dos filas al lado de la tintorera, y colocándose en medio el guardián a guisa de ejecutor de la ley, armado con una gran barra de hierro, empezó a descargar uno tras otro multitud de golpes sobre la cabeza del enorme cetáceo, gritando a cada uno con voz estentórea: "Sud-Oeste, Sud-Oeste", que era el viento que esperábamos hacía ocho días para cortar la línea por el NE de Gilolo.
     Aquella imprecación gentílica, escuchada por los marineros de abordo con el recogimiento que permite el rito idólatra de los bracmanes, no dejaba de tener su solemne grandeza en medio de una mar atestada de escollos y tiburones.
     El día se pasó en la mayor agitación producida por las catástrofes que dejamos referidas. Vino la noche de improviso y sin crepúsculo, como acontece en los países tropicales. Y cuando aguardábamos con terror que se realizase el pronóstico del capitán Elías, quien hablando de la luna solía decir muchas veces:
Si como pinta quinta,
Si como pinta octava,
Así como empieza acaba;
cuando temíamos, pues, que la calma que ya íbamos sufriendo se extendiese a todo el mes lunar con riesgo de nuestras propias vidas, saltó de pronto una brisa del E que fue afirmándose poco a poco hasta quedar entablada en viento galeno, y con ayuda de su inestimable socorro cortamos aquella noche la línea equinoccial a 0 grados de lat., siendo la situación de la isla de Fioji, por donde penetramos en el mar Pacífico, la de 14º lat. N y 134º 57' long. E. del meridiano de Cádiz.

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(1) Los tiburones manifiestan una grande afición a la carne negra o cobriza de las regiones tropicales, en términos que entre veinte hombres blancos y uno negro, su instinto les conduce con derechura a este último.
(2) Así se llama el cuchillo que usan los marineros filipinos.



¡FELIZ VERANO!