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sábado, 7 de julio de 2012

La pesquería del peregrino en Galicia

Playa de Porto de Bares. (foto: Munimara)
Lo prometido es deuda:

Porto de Bares, la playa más septentrional de la Península. Se encuentra a la entrada de la ría de O Barqueiro, recortada en el borde oriental del cabo de Estaca de Bares, que marca el límite del mar Cantábrico y el océano Atlántico. Desde el aire, recuerda la clásica imagen de la tabla de surf a la que un tiburón ha arrancado limpiamente un pedazo en forma de media luna. Es un perfecto arco de arena trazado a los pies del pueblo entre el Coído, el antiguo muelle de origen Romano (algunos dicen que Fenicio), y punta Almeiro. Una bellísima trampa mortal para los centenares de peregrinos que fueron cazados por los lugareños a lo largo de los escasos veinte años que duró la única pesquería que ha existido en Galicia dedicada exclusivamente a este tiburón (1).
Estaca de Bares

A comienzos de la II Guerra Mundial grupos de peregrinos comenzaron a acudir masivamente a este pequeño arenal. Llegaban de forma discontinua durante los meses de invierno y a comienzos de la primavera, de diciembre a febrero y en marzo. Al parecer, ni los más viejos del lugar recordaban una cosa así. Nadaban con la boca abierta, lo cual quería decir que venían a alimentarse, si bien muchos vecinos opinaban que en realidad lo que buscaban era deshacerse de las lampreas que llevaban pegadas a su cuerpo frotándose contra la arena.

Aunque en esta zona existía una tradición ballenera de siglos, nadie se había propuesto darles caza de manera sistemática, como ya se venía haciendo en países del norte de Europa como Irlanda, Gran Bretaña o Noruega. Hasta que un buen día del año 1943, un joven tuvo la ocurrencia de subirse a una chalana (2) con un arpón que había conseguido en una fábrica de salazón y con él dar muerte a uno de aquellos peixorros, como llamaban al Cetorhinus maximus, para abonar su leira de patatas. La cosa resultó más sencilla de lo esperado, puesto que cuando se le clavaba el arpón, el animal instintivamente se precipitaba hacia delante y buscaba sumergirse. Lo que en las costas del norte daba lugar a una larga y esforzada caza, aquí, en las aguas someras de la pequeña bahía, suponía una ventaja, ya que el animal quedaba atrapado en el banco de arena facilitando así su final. La playa era una especie de ratonera gigante.

Quizá todo habría quedado en una anécdota de un par de peregrinos muertos para abonar patatales, si no fuera porque una conservera local comenzó a comprar el aceite de sus hígados, que se utilizaba como combustible de lámparas y candiles, y además pagándolo muy bien, a 15 pesetas el litro, mucho dinero para la época. Comprensiblemente, muy pronto aparecieron más vendedores... y más compradores. Y cada vez más camiones partían cargados de bidones de aceite. "Un ejemplar adulto daba unos 3 bidones y medio de aceite. Esto es: unos 700 litros de óleo. Cada bidón se pagaba entre 3.000 y 4.000 pesetas del año 1943." El pueblo entero se había lanzado a la caza del peixorro.

Peixorro alimentándose.
La caza. Quienes, desde las zonas altas, primero advertían las siluetas de los peregrinos entrando en la playa daban aviso a todo el pueblo. Los hombres dejaban todo aquello que tenían entre manos y se apresuraban hacia las chalanas, que ya tenían preparadas con los arpones (normalmente dos: uno a proa y otro a popa, o ambos en la proa, unidos a la barca con un cabo). La regla era que quien primero clavase su arpón en un peixorro al grito de "meu!" automáticamente se convertía en su propietario. Si el tiburón era demasiado grande para que una sola chalana pudiese dominarlo, se pedía ayuda a otras, y entonces se dividían los beneficios. Hubo quien, antes de llegar a tal extremo, prefirió lanzarse sobre el lomo del animal para intentar rematarlo a cuchillo (ya se sabe, "locuras de juventud"). Como es natural, a mayor tamaño, mayor el esfuerzo requerido. Así, por ejemplo, fueron necesarios hasta siete arpones para acabar con un ejemplar de casi 8 m, el más grande de cuantos se recuerdan. No consta que haya habido ningún accidente fatal, aunque sí momentos de peligro:
Uno de los momentos más peligrosos [...] le sucedió a una chalana tras clavarle el arpón a un gran tiburón. El escualo, contra todo pronóstico, giró hacia mar abierto arrastrando a la chalana y a sus ocupantes cada vez más lejos, tal que pasando la isla "Coelleira" dieron todo por perdido y se lanzaron al agua con la esperanza de alcanzar tierra nadando. La chalana aparecería meses después. Se encontró en aguas del Golfo de Vizcaya.
Los dos primeros años, entre 1943 y 1945, cada chalana llevaba dos tripulantes, uno a los remos y el otro empuñando el arpón. A partir de entonces, hasta principios de los 60, pasó a ser uno solo, lo cual tenía la ventaja de la rapidez a la hora de ponerse en marcha para llegar a los tiburones antes que el vecino. Era una carrera contrarreloj de todos contra todos a veces con ciertas situaciones de tensión: 
...en plena carrera entre chalanas para cazar a un ejemplar, mientras un marinero remaba, su hermano situado en la proa gritaba "meu" mientras acertaba presurosamente con el arpón en las maderas de la propia chalana.
En los últimos tiempos, a principios de los años 60, cuando ya eran pocos los peregrinos que llegaban hasta aquí, en lugar de arpones empezaron a utilizarse redes fijas de alrededor de 15 m instaladas por cada familia a lo largo de la playa. Aunque muchas veces los tiburones tenían que ser rematados con el arpón.

Chalanas en la ría de O Barqueiro.
El arpón: En un primer momento el arpón utilizado era de una sola aleta, con 22 mm de diámetro y mango de madera. Pero enseguida fue sustituido por uno de dos aletas, un poco más resistente y con mejor agarre, que fue modificado adelantando hasta la punta la posición de las aletas (mejorando así su capacidad de agarre) y añadiéndole un mango de hierro para eliminar su flotabilidad.
A partir de este prototipo, ideado por Plácido Méndez, uno de los pioneros en la caza del peixorro (para algunos el iniciador, el joven que tuvo la idea de cazar el primer tiburón), y fabricado por un herrero de Viveiro, se utilizaron básicamente dos tipos de arpón: uno, el más resistente, construido íntegramente en acero, con mango de sección hexagonal de 22 mm de diámetro; y otro de hierro, con mango circular de 28 mm, más largo y pesado que el anterior, pero menos resistente (3).
 

El procesado: Cuando terminaba la pelea, llevaban el animal a tierra con unos ganchos, y ahí empezaba el imprescindible trabajo de las mujeres: para rematarlo, si todavía era necesario, despiezarlo y, fundamentalmente, extraer el valioso aceite de su enorme hígado, muy rico en hidrocarburos (principalmente escualeno) de muy variada aplicación: carburante para lámparas, como hemos señalado, lubricante para maquinaria y también para la fabricación de cosméticos y diversos fármacos.
El hígado se troceaba y se llevaba a casa, donde se cocía a fuego lento en toneles metálicos. Al ser menos denso que el agua, el aceite subía a la superficie y entonces se iba recogiendo con un cazo para introducirlo en un bidón a través de un embudo en el que se colocaba un paño para colarlo. Los restos que quedaban en él y los que se recogían del fondo del tonel todavía tenían aceite y se utilizaban para impermeabilizar las juntas de madera de las casas.
El resto del tiburón o bien se vendía a algunas industrias para consumo humano, sobre todo al principio, o bien se usaba como abono para los campos. Y como esto último no se puede hacer con frecuencia, sucedía que "... a veces, los restos de los escualos se descomponían en la playa sin que, dato curioso, las moscas se acercaran a ellos".

La pesquería del peregrino en Porto de Bares fue efímera, como todas. De pronto eran muy pocos los tiburones que llegaban, luego ninguno. La bajísima tasa reproductiva de esta especie la hace extremadamente vulnerable a la pesca, tanto a la intensiva como a la no intensiva. 
No existen cifras ni estadísticas sobre el número de capturas realizadas a lo largo de casi dos décadas de caza intensiva y será difícil conseguirlas en el futuro, "bien porque los propios pescadores no llevaron cuentas o porque las empresas (que si anotaban las cantidades de aceite) hace años que cerraron". Lo único que parece claro es que fueron centenares los animales sacrificados (llegaron a cazarse hasta 14 en un solo día) truncando de este modo quién sabe cuántas generaciones.

Parece difícil que aquellos años de bonanza vuelvan a repetirse, que los peixorros retornen masivamente a este bellísimo lugar. Por un lado, hemos dejado muy pocos. Por otro, muchas cosas han cambiado desde entonces, y no para mejor. El propio Océano ya no es el mismo, y con toda probabilidad no volverá a serlo: lo hemos empujado a un camino sin retorno (seguimos haciéndolo) y, lo más terrible, sin pararnos a pensar que acabaremos arrastrados por él. Extraño destino para un ser que se autoproclama racional.

Porto de Bares con el islote Coelleira al fondo.


UNA NOTA FINAL de agradecimiento a Rafael Bañón, quien tuvo la amabilidad de enviarme, desinteresadamente, el valiosísimo artículo de Evaristo Alfaya sobre la pesquería del peregrino en Galicia en el que me he basado para redactar este post (en realidad, un mal resumen al que he añadido unas fotografías y sazonado con cuatro cositas propias). La referencia completa es: Evaristo Alfaya. "La pesquería de tiburones Peregrinos en Galicia." Industrias pesqueras, nº 1747 (2000), pp. 14-17. A él corresponden todas las citas y entrecomillados.

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(1) "Aunque en algunas localidades balleneras se complementaba dicha actividad con la captura de tiburones Peregrinos, como así lo atestigua el ejemplar documentado en una factoría ballenera en Ponteceso en el año 1945, no se puede hablar en dichos casos de una pesquería propiamente dicha...".
(2) La chalana es una pequeña barca de fondo plano, proa en ángulo y popa cuadrada, de 3 a 4 metros de longitud.
(3) "No hay hoy en día casa en "Porto de Bares" que no se precie en conservar al menos un par de estos arpones de dos aletas." De los primeros, los de una sola aleta, sigue diciendo el artículo, se conserva uno en el Museo do Mar de San Cibrao. Si alguien consigue una fotografía, con mucho gusto la incluiré en este post.

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2 comentarios:

  1. Hola soy la nieta de Plácido Méndez y me gustaría conseguir el artículo completo. Muchas gracias y un saludo!

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    1. Hola! Con mucho gusto te envío el artículo.
      Solo tienes que mandarme un correo a la dirección que aparece arriba, apristurus69@gmail.com, y te lo incluyo en mi respuesta.
      Un saludo.

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