Diversidad, biología, evolución, ecología, pesca, conservación, evolución, con especial atención a las especies presentes en Galicia.

martes, 11 de septiembre de 2012

Dónde viven los tiburones

Visera (Deania calcea) fotografiada a 1000 m en el Atlántico nororiental. (Foto: Nicola King, Universidad de Aberdeen).

Hace unos cuantos millones de años que los tiburones lograron colonizar con éxito los más diversos rincones del océano, estableciéndose incluso de de forma permanente en algunos ríos, como las especies fluviales del género Glyphis (Carcharhiniformes: Carcharhinidae). Lo más notable es que esta impresionante capacidad de adaptación se ha conseguido tan solo mediante un puñado de modificaciones realizadas sobre un diseño básico pero extraordinariamente eficaz: esqueleto de cartílago, 5-7 pares de aberturas branquiales laterales no protegidas por opérculos, ausencia de vejiga natatoria, etc. Así, por ejemplo, cuando las condiciones ambientales aconsejaron la instalación de un mayor número de electrorreceptores, se optó por ampliar la superficie sensorial alargando el morro (en algunos casos también ancheándolo), pero siempre respetando el diseño hidrodinámico marca de la casa; si en aguas profundas, donde apenas llega la luz, la velocidad no resultaba imprescindible para la obtención de alimento, se invirtió menos energía en la construcción y diseño de las aletas (eliminando algunas en determinados casos), y más en la formación de un hígado más grande con el que alcanzar la flotabilidad neutra; por el contrario, cuando lo esencial era la estabilidad y la potencia para la caza en aguas superiores, el hígado se hizo más pequeño, se alargaron las aletas y se instalaron potentes quillas laterales en el pedúnculo caudal, autorizando, como es lógico, la calcificación parcial del endoesqueleto para reforzar aquellas áreas más expuestas a la presión y esfuerzo físico; hubo incluso una escudería que desarrolló un sistema de calefacción con el que logró mejorar el rendimiento muscular y aumentar la velocidad del módulo de procesamiento de información y toma de decisiones... y así un pequeño etcétera.
De modo que quitémonos de la cabeza la imagen popular de una criatura primitiva que sólo piensa en comer y aparearse (si de verdad queréis ver qué es una criatura primitiva guiada exclusivamente por sus instintos primarios, encended la televisión y poned, por ejemplo, Tele 5, o uno de estos programas de cotilleos, o mismamente un debate parlamentario). El tiburón es en realidad una especie tan sumamente moderna y avanzada que tardó relativamente poco en alcanzar un éxito evolutivo espectacular, de ahí que su diseño haya permanecido vigente, sin apenas modificación sustancial alguna, a lo largo de los últimos millones de años. ¿Qué necesidad hay de cambiar lo que está bien hecho? No en vano, el diseño corporal del tiburón continúa estudiándose y sirviendo como base para nuevos avances técnicos en campos tan diversos como el diseño naval, el aeronáutico, el diseño de prendas deportivas, etc.

El Tiburón anguila (Chlamydoselachus anguineus) es una especie marcadamente mesopelágica, pero dependiente de los fondos del talud. Este ejemplar fue fotografiado a 874 m por la NOAA.
En el post anterior vimos como el fondo del mar es en realidad una extensísima región cuya compleja estructura geológica alberga una insospechada variedad de hábitats. Estos hábitats han sido clasificados y catalogados por los científicos mediante una serie de etiquetas que es necesario conocer, puesto que son las que utilizamos para describir el modo de vida y costumbres de los tiburones. Existen tiburones pelágicos y tiburones bentónicos, tiburones demersales, epipelágicos y mesopelágicos, tiburones costeros y tiburones oceánicos, etc., y tiburones que se lo pasan transitando entre una zona y otra.
Cada especie ha elegido un rincón particular del océano donde establecerse, para lo cual, como hemos visto arriba, ha tenido que someterse a las modificaciones más adecuadas con las que soportar las condiciones impuestas por el ambiente. Podríamos decir que su estructura morfológica viene determinada por el medio.

Partimos de este excelente esquema realizado por Xvazquez para Wikipedia, bien claro:

(1) Región nerítica; (2) Región oceánica. (3) Zona epipelágica; (4a) Zona mesopelágica; (4b) Zona batipelágica; (5) Zona abisopelágica; (6) Zona hadopelágica. (A) Plataforma continental; (B) Talud continental, Zona batial; (B1) Talud superior; (B2) Talud inferior. (C) Zona abisal. (D) Zona hadal. La t es la termoclina, un área de las capas superiores en que la temperatura del agua cae bruscamente.

1) En primer lugar, el océano puede dividirse en dos grandes regiones en función de su distancia de tierra: la nerítica (1) y la oceánica (2):
  • Región nerítica: Corresponde a las aguas más próximas a la costa, sobre la plataforma continental.
  • Región oceánica: El océano más allá de la plataforma, alta mar.


2) A partir de aquí se establecen dos grandes dominios: el dominio pelágico (números 3 al 6) y el domino bentónico (letras A - D).
    Especie típicamente bentónica: Angelote (Squatina squatina),
    en una excelente fotografía de José Torre Busto.
  • Dominio pelágico: Constituido por la masa de agua comprendida entre la superficie y las proximidades del fondo, más todos sus habitantes. El nombre procede del término griego pélagos, 'mar abierto', 'piélago'.
  • Dominio bentónico: Del griego benthos, 'fondo del mar'. Constituido por el fondo marino y las plantas y animales que viven sobre él o dentro de él.


3) A su vez, el dominio pelágico, atendiendo a factores como la luz solar, la temperatura o la salinidad, puede dividirse en:
  • Zona epipelágica: (3) Hasta los 200 m de profundidad aproximadamente. Es la zona que permanece iluminada por la luz del sol, lo cual permite la fotosíntesis y por tanto el desarrollo de la producción primaria (el prefijo epi-, de origen griego, significa 'superficie').
  • Zona mesopelágica: (4a) 200-1000 m aprox. (del prefijo también griego meso-, 'medio'). Espacio de transición o zona crepuscular entre la luz y la oscuridad
    Tintorera (Prionace glauca) fotografiada por Joe Romeiro.
    Especie pelágica oceánica.
    total. La cantidad de luz que llega hasta aquí resulta insuficiente para que pueda realizarse la fotosíntesis. Hay menos oxígeno disuelto en el agua, lo que obliga a la optimización del rendimiento de las branquias. Muchas criaturas ascienden a la superficie durante la noche para alimentarse. Abundan las especies bioluminiscentes. En las proximidades del margen continental, se correspondería con la parte superior del talud continental.
  • Zona batipelágica: (4b) 1000-4000 m aprox. (del grieto bathys, 'lo profundo'). Es el reino de la oscuridad absoluta punteada por los destellos de alguna criatura bioluminiscente. Aguas muy frías bajo una presión asfixiante. Cerca de la plataforma, es la capa de agua que baña el talud medio e inferior continental.
  • Zona abisopelágica: (5) Desde los 4000 m hasta el suelo oceánico, en torno a los 6000 m. Su nombre procede del griego ábyssos, el abismo, lo insondable.
  • Zona hadopelágica: (6) 6000-11000 m. Corresponde a la zona más profunda del mar: las fosas abisales. Su nombre deriva de Hades, nombre con que los griegos designaban el inframundo.

4) El dominio bentónico se divide, según la profundidad y la zona del margen continental, en:
  • Zonas intermareal (zona expuesta al aire con marea baja y sumergida con marea alta) y submareal (zona permanentemente cubierta por el mar, o sea, la mayor parte de la plataforma); también se las conoce como litoral y sublitoral, respectivamente. (A)
  • Zona batial: (B) Zona del talud continental entre los 200 y los 4000 m aproximadamente.
  • Zona abisal: (C) Zona del suelo oceánico o llanuras abisales entre los 4000 y los 6000 m aprox.
  • Zona hadal: (D) Comprende el suelo de las fosas oceánicas desde aproximadamente los 6000 m hasta los 11.022 m de la fosa de las Marianas.
Por otro lado, muchas veces se emplea el término demersal para referirnos a aquellas especies cuya vida transcurre muy cerca del fondo, en la capa de agua colocada justo encima de él.

(Fuente: NOAA)
Tiburones fuera del abismo. 
Los tiburones empiezan a escasear a medida que descendemos más allá de los 2000 m, hasta quedar práctica o totalmente ausentes del dominio abisal, a partir de los 4000 m. Su presencia en esta zona es muy rara, probablemente queda limitada a incursiones ocasionales. Una de las explicaciones más plausibles es que la elevada necesidad energética de estos animales (pensemos que se encuentran en los puestos más altos de la cadena trófica) no puede satisfacerse en un medio oligotrófico, es decir, de tan baja productividad, tan pobre en nutrientes¹. Por otro lado, en un lugar donde no solo escasea el alimento, sino que pueden transcurrir largas temporadas entre un festín y otro, la supervivencia depende de la capacidad de almacenamiento de energía. Y aquí los tiburones están en clara desventaja competitiva con los teleósteos: éstos, al disponer de vejiga natatoria para el control de flotación, pueden destinar el hígado al completo para el almacenamiento de lípidos; en cambio, el hígado de los tiburones debe compartir esta función con la del control de la flotabilidad, almacenando aceites más livianos que el agua, como el escualeno.²

El récord absoluto de profundidad de todos los tiburones lo ostentaba, hasta hace poco, una especie presente en nuestras aguas, la pailona (Centroscymnus coelolepis), justamente conocida en inglés como Portuguese dogfish, con nada menos que 3675 m. Pero recientemente se lo ha arrebatado otra especie que también tenemos por aquí, concretamente un tiburón linterna, el tollo raspa (Etmopterus princeps), con 3750-4500 m registrados en al Atlántico norte.

Pailona (Centroscymnus coelolepis) en Viana do Castelo (Foto: APECE)
Etmopterus princeps capturado en las Azores, en las proximidades del campo hidrotermal Lucky Strike. Foto: Pedro Niny Duarte (c) ImagDOP.

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¹Imants G. Priede, Rainer Froese, David M. Bailey et al. (2006). "The absence of sharks from abyssal regions of the world's oceans". Proceedings of the Royal Society, vol. 273, no. 1592, pp. 1435-1441.
²Véase J. A. Musick & C. F. Cotton (2014). "Bathymetric limits of chondrychthyans in the deep-sea: A re-evaluation". Deep-Sea Research II.  http://dx.doi.org/10.1016/j.dsr2.2014.10.010i
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lunes, 3 de septiembre de 2012

Bajo el mar de Galicia

—A ver, ¿dónde viven los tiburones?
—Y dónde va a ser... pues en el mar.
—Vale. Pero ¿en qué parte del mar?
—Pues dentro de él.
—No me entiendes.
—No te explicas.
Tramo de océano desde el cabo Ortegal (Foto: Toño Maño)
Pues no. Me temo que este post que abre el nuevo curso no va a tratar exactamente sobre tiburones, sino sobre geografía. Y por un motivo creo que elemental: si queremos ser un poco rigurosos, no podemos seguir hablando de estos bichos sin saber algo del lugar donde se les puede encontrar. Al fin y al cabo son las características físicas, químicas y geológicas de cada rincón del relieve submarino las que determinan de alguna manera el tipo de especies que lo van a habitar. Hoy no vamos a entrar en terrenos tan específicos como las condiciones de presión, temperatura, salinidad, etc. porque este post se haría larguísimo, aunque los trataremos en su momento. El objetivo que nos proponemos es bastante más modesto: descubrir cómo es y qué aspecto tiene el fondo del mar que nos rodea, explicar a qué nos referimos cuando decimos, pongamos por caso, que tal especie habita en el talud superior, y también qué es exactamente el Banco de Galicia y por qué el gobierno no lo rescata ni hace planes para protegerlo. Para ello no basta con contemplar el mar desde la superficie, hay que meterse dentro. Pero os aseguro que la experiencia merece la pena, porque lo que hay ahí abajo quita el aliento.

Cuando logramos dar la espalda y aislarnos del espanto, tan exquisitamente hortera y deprimente, en que hemos convertido las zonas habitadas que pespuntean todo nuestro litoral de arriba abajo, el espectáculo que nos ofrece el mar es siempre de una intensa e inquietante belleza difícil de describir. No nos cansamos de recorrer nuestra costa y detenernos en cada uno de sus extraordinarios rincones sólo para contemplarlo y admirarlo, siempre tan igual a si mismo y al mismo tiempo siempre tan diferente, como alguien dijo alguna vez. Y además tenemos para rato, porque el 35% de la costa española corresponde a Galicia: son 1195 km, casi nada. Sin embargo, el panorama que se oculta bajo la superficie es sencillamente sobrecogedor: un fabuloso e inmenso paisaje de grandes llanuras,
valles profundos de laderas escarpadas, cañones abruptos e interminables, montañas gigantescas... que deja en mantillas a todo lo que se nos ofrece detrás de nuestras ventanas. Así vemos el mar de Galicia desde el cielo:


 ...y así es como lo veríamos si la gruesa lámina de agua fuese transparente como un cristal (colores psicodélicos aparte):

Fuente: ICM-CSIC
¿A que no está nada mal? Pues entonces a ponerse el bañador, las aletas y las gafas con el tubo, y al agua, rumbo oeste y hacia abajo (y si me lo permitís, yo casi os aguardo aquí arriba y voy poniendo unas cervecitas a enfriar).

Para empezar, el fondo del mar puede dividirse en dos grandes regiones: el margen continental (el borde del continente cubierto por el mar), formado por la plataforma y el talud continental, y el gran fondo oceánico propiamente dicho, con sus llanuras, montañas submarinas, simas, etc.
El margen continental de Galicia es de tipo pasivo, es decir, geológicamente inactivo (en la costa no tenemos terremotos de eso solo hay en el interior, en Triacastela y por ahí, para atraer a los turistas ni actividad volcánica alguna causada por encuentros o fricciones entre placas, etc.), por eso su relieve es más bien suave, con una plataforma no muy estrecha y un talud poco inclinado que presenta una acumulación de sedimentos en su basela elevación continental, entre otras características.

La plataforma continental de Galicia es relativamente estrecha. Su anchura máxima es de 35 km y su borde se encuentra en torno a los 150 m de profundidad.
Se trata de la zona más rica y productiva del océano, donde se concentra la mayor variedad y cantidad de organismos marinos. La luz del sol ilumina sus aguas someras de arriba abajo permitiendo el desarrollo de los organismos que forman la base de la gran red trófica marina: organismos fotosintetizadores como el fitoplancton. A ello se une la enorme cantidad de nutrientes transportados por el aire, las corrientes, las olas, etc. que permite el crecimiento del zooplancton y otros miles de pequeñas criaturas que asimismo contribuyen a sostener todo este complejo entramado de vida.
Aquí es donde se encuentran las zonas de pesca más importantes del planeta. Un dato más que elocuente: el 90% de las capturas mundiales se producen en esta zona, que representa el 8% de la superficie de todos los océanos.

El talud continental puede definirse como la falda del continente. Se forma cuando en el borde continental el suelo de la plataforma se dobla e inclina abruptamente para descender hasta los fondos abisales más allá de los 4500 m. La pendiente media es de 4-5º, veinte veces mayor que la de la plataforma continental.
Se divide en dos sectores: talud superior y talud inferior. El primero llega aproximadamente hasta los 1800 m y presenta pendientes acusadas, mientras que las del segundo son más suaves.
El talud está cortado, a modo de hachazos, por una serie de cañones submarinos Ferrol, Coruña, Laxe, Muxía, Muros, Arousa, Pontevedra, Vigo..., una suerte de valles submarinos en forma de 'V' posiblemente de origen tectónico (1) que descienden desde las aguas superiores de la plataforma canalizando hasta lo más profundo una importante cantidad de sedimentos.
El talud es rico en nutrientes procedentes de la plataforma y la costa, lo cual permite la proliferación de especies de aguas intermedias (pelágicas) o más ligadas a los fondos (bentónicas y demersales).

Fuente: Encyclopaedia Britannica.
Hacia el oeste, el talud da paso a la llamada cuenca interior de Galicia. Se trata de una cuenca sedimentaria con forma de 'U' en sección transversal que recorre de norte a sur la práctica totalidad del margen costero occidental a lo largo de unos 350 km. Tiene una anchura aproximada de unos 100 km y una profundidad de entre 3000 y 4000 m. Se la conocía con los nombres de valle de Valle-Inclán o Fosa de Galicia. Su límite occidental está marcado por una cadena de montes submarinos que la separan de la gran llanura abisal de Iberia, que son, de norte a sur, los bancos de Galicia, Vigo (2100 m de profundidad), Vasco da Gama (1750 m) y Porto (2200 m).

El más importante es el Banco de Galicia, una profunda montaña submarina (en realidad, un bloque continental) que se eleva desde los 5000 m de la llanura abisal de Iberia hasta unos 650 m de profundidad en su parte más alta. Esto quiere decir que estamos, ni más ni menos, ante la montaña más alta de Galicia al doblar los 2127 m de Peña Trevinca. Se encuentra a unas 120 millas de la costa y tiene alrededor de 50 km de ancho en su eje E-W por 90 km de largo de norte a sur. Como se aprecia la imagen de abajo, su relieve es accidentado, presentando una serie de pequeñas crestas, valles y canales. Fue aquí, por cierto, donde se hundió el Prestige tras haber rociado con piche, gracias al empeño de nuestras competentes autoridades, toda nuestra fachada atlántica, como quien pasa un spray antihormigas todo a lo largo del zócalo de la cocina.
Relieve del Banco de Galicia y parte de la cuenca interior (fuente: Pilar Marcos, WWF).
Es también un área rica en biodiversidad, tanto bentónica (arrecifes de corales de aguas frías, esponjas, etc.) como pelágica (2). Las corrientes de la zona hacen que los abundantes sustratos sedimentarios se mezclen con el agua horizontal y verticalmente. Esta presencia de nutrientes todo a lo largo de la columna de agua es la responsable del crecimiento de la producción primaria y, con ello, de la abundancia de peces de todo tipo que acuden a la zona con fines tróficos y/o reproductivos, así como de otras criaturas como cetáceos, aves marinas, etc. Como es natural, no existen planes de gestión y protección, que sepamos, para la zona. Como aquí no hay banqueros...

Finalmente, más allá del Banco de Galicia... el abismo. En el mapa vemos como el borde continental gallego está limitado por dos grandes llanuras abisales: la de Vizcaya al N y la de Iberia al W. La primera se encuentra a unos 5000 m de profundidad, la segunda a 5300 m. Las llanuras son en realidad amplias zonas de suelo oceánico que han sido cubiertas por una gruesa capa de sedimentos de hasta varios kilómetros de espesor que oculta el relieve original dándole el aspecto de una planicie suavemente ondulada. Lejos de lo que se creía hasta hace relativamente pocos años, el lodo de la llanura alberga una espectacular diversidad de formas de vida. Se la compara a menudo con la selva tropical vista desde el aire, donde el espeso manto verde de las copas de los árboles oculta una inmensa multiplicidad de especies.


La planicie abisal se extiende, con una leve inclinación en sentido ascendente, hacia la gran Dorsal Atlántica...

... y en el siguiente post hablaremos de tiburones.

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(1) Ver ICM-CSIC.
(2) "Estas formaciones obligan a las aguas profundas a subir hasta la superficie al chocar contra sus empinadas laderas, lo que permite el ascenso de nutrientes (conocidos como afloramientos o upwellings), hasta la superficie y los convierte en alimento accesible para el plancton. En las paredes de los montes arraiga una rica variedad de animales y vegetales sésiles –que no se desplazan–. Gracias a esta riqueza en nutrientes y la variedad en el tipo de sustratos, las montañas submarinas deben ser consideradas como enormes oasis en medio del mar abierto." (Pilar Marcos, WWF).

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viernes, 3 de agosto de 2012

Ese Atlántico que jamás conoceremos

Llegados a estas alturas de agosto, nos vamos a tomar unos cuantos días de vacaciones, durante los cuales os propongo, como lectura de verano, este "pequeño" artículo que hace unos meses escribí para el blog de AXENA, blog hermano en donde de vez en cuando me dejan publicar alguna cosilla de las mías, por supuesto sobre tiburones.
He unido los dos partes de que constaba originalmente y realizado pequeñas modificaciones aquí y allá, en las fotografías y en el texto, como eliminar algunas líneas, añadir otras, cambiar algunas imágenes, etc.
Espero que os guste.



Cuentan nuestros mayores, entre muchas otras anécdotas, que antiguamente las centollas y las nécoras no eran especies particularmente apreciadas. Apenas se les daba importancia, y se usaban mucho para abonar los campos. El mar arrojaba periódicamente a las playas cantidades suficientes para llenar cestos y carros sin mayor problema, tal era su abundancia. Por supuesto, eran comida de pobres.

Al principio estos testimonios nos suenan a batallita del abuelo y solemos acogerlos con cierta dosis de sorna e incredulidad. Pero cuando comprobamos que coinciden con los de gentes de diverso tipo y condición procedentes de otras partes de la ría, el escepticismo se transforma en alarma: esto ocurría hace poco más de medio siglo en la ría de Arosa, hoy una de las más contaminadas de Galicia y, en cuanto a productividad, una sombra de lo que fue. Y desde luego ya ni hablemos de esa suerte de arañas acuáticas, con sus repugnantes pelos y todo, ayer a la altura del estiércol y hoy convertidos en artículo de lujo y reclamo para turistas, ya que los de aquí apenas nos los podemos permitir. Sin embargo, lo más desolador es que, lejos de tratarse de una anécdota limitada a un espacio geográfico concreto, este duro proceso de degradación no es muy diferente del padecido por una buena parte de la costas y mares del planeta en donde el hombre ha metido la zarpa, como el Atlántico que baña las costas de nuestra vieja y gastada Europa. El propio Jacques-Yves Cousteau se lamentaba de que los lugares donde había buceado en su juventud se habían transformado en desiertos sin vida.
(Foto: Alexander Sofonof/Barcroft)

Ciertamente es desolador. Pero lo que hay detrás es bastante peor. Para descubrirlo debemos ir un poco más allá del ahora y del antes de ayer, porque la idea que nos hemos formado sobre la situación de nuestro mar se encuentra viciada por una larguísima trayectoria de destrucción sistemática. Larga desde el punto de vista humano, pero ínfima desde el punto de vista del propio océano.

De forma natural tendemos a valorar los cambios que se producen en todo lo que nos rodea en función del tiempo humano, bien sea nuestra propia experiencia, bien la de la generación que nos precede. Comparamos el mar que conocemos con el que fue y sacamos conclusiones que casi nunca son favorables. Así es como idealizamos el pasado, el vivido y el contado, y lo convertimos en un referente para nuestros esfuerzos conservacionistas (en realidad los que el poder económico nos permite llevar a cabo, pero este es otro tema), porque damos por hecho que nuestro Atlántico se encontraba entonces en un magnífico estado de salud. Lo cual no deja de ser cierto desde un punto de vista humano, pero es rotundamente falso si lo analizamos desde la perspectiva adecuada. Sesenta años o un siglo son mucho tiempo para las personas, pero para el mar no son nada, nada significan. El tiempo del hombre y el tiempo del océano no participan de la misma sustancia, por ello es imposible calibrar correctamente el uno aplicando la escala que utilizamos para el otro. A nadie en su sano juicio se le ocurriría medir en años luz la distancia que separa las localidades de San Xurxo de Sacos, provincia de Pontevedra, de Alamedilla del Berrocal, Ávila; o cuánto se tarda en ir desde el Sol hasta el centro de la Vía Láctea sin pasar de 120 km/h porque ponen multa. Se trata de dimensiones de naturaleza radicalmente disímil. ¿Qué tendrá que ver la inabarcable inmensidad de un ente de 4500 millones de años con la historia de un señor que se pasea por la punta del muelle con un metro en la mano y un Ducados incrustado entre los dientes?

Si no tenemos esto en cuenta a la hora de analizar la situación, seremos incapaces de comprender la magnitud del desastre en toda su asombrosa crueldad. No se trata solo del grado de destrucción alcanzado, sino del vertiginoso ritmo al que hemos arrasado todo. Imaginemos una escena de película de terror: un tipo de aspecto sano, juvenil, brillante, de constitución fuerte y vigorosa, que repentinamente se transformase ante nuestros ojos en un ser decrépito, consumido y enfermo... ¡en apenas un segundo! Pues bien, quizá así estemos más cerca de la realidad: la verdad, como en El retrato de Dorian Grey, la inquietante novela de Oscar Wilde, se esconde bajo la apacible superficialidad de un cuadro.

Con toda probabilidad, el mar de nuestros padres y abuelos ya no era el mismo que el de sus abuelos, ni que el de los abuelos de sus abuelos. Ellos ya no están aquí para contárnoslo de viva voz, pero en su lugar disponemos de testimonios escritos de marinos, viajeros y naturalistas a partir de los cuales nos es posible reconstruir, con bastante precisión, cómo era aquel mar y, sobre todo, de qué forma factores como el advenimiento de la pesca industrial, allá por el siglo XIX, y muy particularmente una de sus artes más destructivas, el arrastre, puso en marcha el proceso de degradación que en estos momentos está llevando al océano al borde de la extenuación (ya ni hablemos, sobre todo a partir del primer tercio del XX, de la contaminación: millones de millones de toneladas de residuos industriales de todo tipo, químicos, radiactivos, plásticos, despachados impunemente al mar...). Estos testimonios nos describen un Atlántico totalmente desconocido, inimaginable, un océano pletórico, rebosante de vida y capaz de sustentar, con sobrada generosidad, no sólo a una infinitud de seres marinos y terrestres, sino de constituirse en una parte esencial de la actividad económica de todo el continente. Veamos un ejemplo.

Gracias a los documentales de naturaleza, muchos estamos familiarizados con un impresionante fenómeno natural que tiene lugar en el extremo sur de África entre los meses de mayo y julio (algunos afortunados incluso han podido permitirse contratar un viaje y pasarse unos días buceando en aquellas aguas). Se trata de la migración de la sardina (Sardinops sagax), tal vez más conocida por su nombre en inglés: Sardine run, cuyas imágenes ilustran este largo post. Llegada su época de reproducción, este pequeño pez se desplaza a lo largo de aquellas costas formando bancos gigantescos que a menudo superan los 7 km de largo por 1,5 km de ancho y 30 m de profundidad, en pos de los cuales viajan infinidad de depredadores: ejércitos de ballenas, delfines, tiburones, aves marinas… conformando un espectáculo colosal que todos los años atrae a miles de turistas y a decenas de operadores de televisión, generando una actividad económica considerable, además de la derivada de la pesca propiamente dicha, que se realiza desde tierra.

Pues bien, algo muy parecido ocurría hace poco más de doscientos años en la otra punta del Atlántico, en las costas septentrionales de Europa (es decir, aquí al lado), aunque, desgraciadamente, sin turistas ni cámaras de televisión que pudiesen dar fe de lo que estábamos a punto de perder para siempre. Se trataba de la migración del arenque (Clupea harengus), la especie más abundante y, de lejos, la de mayor importancia económica de todo el continente. Cada temporada, bancos gigantescos de arenques se desplazaban y arremolinaban todo a lo largo de estas costas, desde Islandia hasta la Bretaña francesa, dando lugar a un prodigioso fenómeno que los europeos de hoy difícilmente podemos siquiera imaginar en un mar comparativamente desierto y apenas productivo (1). 
Tan pronto [los arenques] abandonan su retiro, millones de enemigos surgen para diezmar sus escuadrones. Los rorcuales y los cachalotes engullen barriles de un bocado; la marsopa, la orca, el tiburón y toda la numerosa tribu de perros marinos al completo encuentran en ellos una presa fácil y dejan de hacerse la guerra los unos a los otros. Y por si fuera poco, la innumerables bandadas de aves marinas [...] devoran las cantidades que se les antoja. Estos enemigos hacen que los arenques se junten formando un cuerpo tan apretado, que una pala o cualquier objeto hueco que se meta en el agua los captura sin mayor problema.
Olaus Magnus, un escritor sueco del s. XVI, llegaba incluso a afirmar que en tales circunstancias un arpón clavado en el agua podía mantenerse perfectamente en pie sin caerse.


Desde sus puestos en la costa, los pescadores oteaban el horizonte en busca de indicios de su llegada: la presencia de algunos de sus depredadores, un cambio en el color o en el aspecto del mar, posiblemente también las aletas de los tiburones peregrinos que llegaban a millares cada temporada y eran señal segura de la abundancia de plancton. Hasta que un buen día, “oscureciendo el mar a lo lejos, de tal manera que su número parece inagotable”, aparecía al fin el gran banco: un ejército de millones y millones de arenques acosado y atacado en todos sus flancos por un sinfín de depredadores, que a su vez servían de presa de otros depredadores de mayor tamaño: grandes peces, mamíferos marinos como ballenas, marsopas, calderones, delfines, focas; diferentes especies de tiburones: cailones, marrajos, tintoreras, zorros marinos, de vez en cuando tiburones blancos; y por supuesto, desde el aire, nubes inmensas de alcatraces y otras aves marinas zambulléndose en una algarabía ensordecedora. “El océano entero parece estar vivo.”
Cuando llega el grupo principal, su anchura y profundidad son tales, que alteran la misma faz del océano. Viene dividido en varias columnas de cinco o seis millas de largo por tres o cuatro de ancho, y a su paso el agua se encrespa como expulsada de su lecho. A veces se hunden por espacio de diez o quince minutos y luego ascienden de nuevo a la superficie; y cuando el día es soleado centellean con una variedad de magníficos colores, como un campo salpicado de púrpura, oro y celeste. Los pescadores ya están preparados para brindarles el oportuno recibimiento, y, mediante redes fabricadas para la ocasión, a veces toman más de dos mil barriles en un solo lance. 
Si la actividad de los pescadores en el mar y desde tierra era frenética, la de los miles de personas empleadas en el procesamiento y transporte no lo era menos. Mujeres, niños y viejos salaban y preparaban el pescado, construían y reparaban redes, cuerdas, barriles, etc… casi a contrarreloj. En ocasiones el volumen de las capturas era de tal calibre, que o bien no había sal suficiente, o bien se habían acabado los barriles… Y así hasta el final de cada campaña.

Los viajeros que acertaban a pasar por las cercanías de aquella costa no tardaban en sentir la pestilencia de los miles de peces muertos que quedaban todavía en las playas llevados y traídos por la marea, y también de los que habían servido para abonar los campos... como las nécoras y centollos de nuestros abuelos.

Ocaso a la entrada de la ría de Arosa (o a la salida, según como se mire). Al fondo, Aguiño. (Foto: Toño Maño)

Hasta aquí una visión fugaz de lo que realmente ha sido. No es un mal punto de partida para volver a pensar y analizar el problema desde una óptica seguramente mejor calibrada. Una perspectiva excesivamente antropocéntrica (y yo añadiría que también interesada) nos impide ver la realidad en toda su cortante crudeza. Por supuesto, no es que nos vaya el masoquismo, como malintencionadamente se apunta siempre desde los mismos lugares cada vez que surge el debate en estos o parecidos términos. En realidad, se trata de algo infinitamente más aburrido, algo tan elemental como considerar que sólo mediante un análisis honesto y riguroso, por muy dolorosas que sean sus conclusiones, nos será posible comprender la verdadera naturaleza y dimensiones del problema, con el fin de elaborar e implementar cabalmente (si tal es, efectivamente, el verdadero interés de las partes y autoridades implicadas, cosa que dudo) medidas encaminadas a que el mar recupere, al menos, una parte del esplendor que una vez realmente tuvo, no el que creemos que ha tenido, ya que recuperarlo en su totalidad es imposible. Todo lo demás es como practicar el tiro al plato con una escopeta de feria.

(Foto: Jason Heller / Barcroft Media)
Para terminar, la idea principal, el punto de partida de todo este palabrerío, por supuesto no es mía, sino que surgió a partir de la lectura, extraordinariamente estimulante, de un libro escrito por un biólogo marino, Callum Roberts (2), titulado The Unnatural History of the Sea: Past and Future of Humanity and Fishing (Londres: Gaia, 2007), algo así como: 'La historia antinatural del mar: Pasado y futuro de la humanidad y de la pesca', y que me permito recomendar a todo el mundo. El único problema es que todavía no ha sido traducida, no entiendo cómo es posible (¿alguien se anima?).
Las citas y frases entrecomilladas pertenecen a otra magnífica obra publicada en 1774:  A History of the Earth and Animated Nature, del inglés Oliver Goldsmith (3), concretamente a su segundo volumen, que trata de los peces, entre otras especies. Podéis descargarlo desde aquí (problema: está también en inglés).


Que tengáis un feliz verano (o lo que os quede de él). Nos vemos en septiembre.
Seguiremos en Facebook dando un poco la lata y añadiendo y comentando, como siempre, cualquier noticia o imagen de tiburones que merezca la pena.

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(1) En las costas meridionales (sur de Francia, España y Portugal) los protagonistas eran la sardina y el boquerón, aunque sin alcanzar las proporciones del fenómeno del arenque.
(2) Por cierto, Callum Roberts fue asesor científico de la serie de la BBC Blue Planet y del documental The End of the Line, y acaba de publicar su segundo libro, Ocean of Life, una especie de continuación del anterior, en el que pasa revista al estado actual de los océanos. No veo el momento de hacerme con él.
(3) Alguien puede alegar que Goldsmith no fue un naturalista, sino un escritor. Y es verdad: fue un hombre de letras y además de un enorme talento literario, pero esto no invalida ni desacredita su trabajo. El personaje (por el que, por cierto, siento gran simpatía), aun siendo hijo de clérigo (o quizá tal vez por eso), llevó una vida desordenada a más no poder, muchas veces rozando el escándalo: le encantaban las juergas y sobre todo el juego. Hasta tal punto, que se de vez en cuando se veía obligado a buscar más ingresos con que pagar sus deudas y así poder seguir contrayendo otras recurriendo a su editor y escribiendo por encargo ensayos y manuales de todo tipo, sobre todo de Historia y, como vemos, también de Historia Natural, a pesar de que, según comentaba uno de sus amigos no sin cierta malicia, sus conocimientos de zoología apenas le daban para distinguir un caballo de una vaca. Por supuesto, tampoco era historiador, pero sus manuales tenían un gran éxito de público: el dominio del idioma, unido a su capacidad de síntesis, lograba hacer comprensibles para el lector medio los temas más abstrusos. Si en su vida privada era un desastre, su trabajo se lo tomaba con la máxima seriedad y rigor: su método era leer toda la bibliografía existente sobre determinada materia y a partir de ahí seleccionar y organizar los datos de manera comprensible, sin añadir ni quitar nada. De ahí el valor que su obra debe tener para nosotros.
A modo de anécdota, Oliver Goldsmith fue un polemista sumamente obstinado y pendenciero. Cuando se le cruzaban los cables, era capaz de defender con uñas y dientes el argumento más peregrino e insostenible. En una ocasión se empeñó en defender, contra toda evidencia, que él masticaba su cena ¡con la mandíbula superior! Genio y figura hasta la sepultura, a la cual llegó de joven tras haberse empeñado en recetarse sus propias medicinas.
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miércoles, 1 de agosto de 2012

Quelvacho (Centrophorus granulosus)

Foto: Andy Murch (Elasmodiver.com).

Quelvacho

Centrophorus granulosus (Bloch & Schneider, 1801)

(es. Quelvacho; gal. Lixa de lei; in. Gulper Shark; port. Barroso.)

Orden: Squaliformes
Familia: Centrophoridae


El quelvacho es un tiburón sumamente interesante.
"Carajo, qué forma más original de empezar un artículo", quizá piense alguno con cierta retranca y no sin parte de razón. Pero es que es verdad: el quelvacho es interesante, muy pero que muy interesante, sobre todo el quelvacho gallego. Y no es coña.

Para resumir la cuestión, que es un poco más compleja, baste decir que nuestro quelvacho podría ser el orgullo de cualquier abuela pura sangre, de esas que cuando has dejado limpio el plato deciden que te has quedado con hambre y te ponen otra montaña de cocido, o que, si lo has dejado a medias porque definitivamente tu capacidad estomacal no equivale a la del remolque de un tractor, decretan que la comida no te ha gustado mucho y entonces te preguntan qué otra cosa te pueden preparar mientras van sacando huevos de casa, una ristra de chorizos y medio kilo de patatas que se apresuran a volcar en una enorme sartén que —imposible saber cómo o en qué momento (te has asegurado de que la abuela sólo tiene dos brazos con sus respectivas manos)—  ya está al fuego.
En efecto, posiblemente el quelvacho galaico sea el mejor alimentado de todos cuantos hay repartidos por el mundo adelante, como nuestros emigrantes (los pasados, los presentes y los futuros, que se contarán por miles).

Un interesantísimo estudio llevado a cabo por Rafael Bañón, C. Piñeiro y M. Casas, publicado en el 2008 (1), revela que el tamaño de los quelvachos del Banco de Galicia y del talud superior de nuestra plataforma continental es claramente mayor que el generalmente establecido para la especie. Si Compagno señala los 110 cm de longitud total máxima, Capapé, 128 cm en el Mediterráneo, o Moreno 150 cm, los nuestros alcanzan los 166 cm (la abuela, satisfecha, diría: "Non ves? Da ghusto mirar pra eles", sacudiéndose el mandil antes de volver a los fogones).

Foto: Toño Maño
Bromas aparte, el asunto es más complejo y con implicaciones de mayor calado, puesto que las diferencias detectadas no se limitan al tamaño, sino que afectan a parámetros de su biología reproductiva (2). Todo lo cual, sostienen sus autores, puede tener dos explicaciones:
  1. Que existan en el mundo diferentes poblaciones de Centrophorus granulosus con caracteres distintivos propios (como si vistiesen trajes regionales de diversas formas y colores), como ocurre con otras especies como la pailona (Centroscymnus coelolepis), más pequeña en el Mediterráneo que en el Atlántico o el Pacífico.
  2. Que no existan tales diferencias regionales, sino que todo sea producto de un error de identificación, de una confusión entre especies similares. Es decir, que los supuestos Centrophorus granulosus pertenezcan en realidad a una especie distinta. No es una idea descabellada. Al contrario: el conocimiento que tenemos de los centrofóridos, como el de muchos otros tiburones de aguas profundas, es todavía muy pobre, repleto de datos imprecisos e incluso contradictorios, como habéis visto en lo relativo al tamaño, y que por tanto están sujetos a constante revisión y reformulación, como no podía ser de otra manera (por si fuera poco, a veces los rasgos morfológicos que diferencian unas especies de otras son tan sutiles que resulta sumamente fácil confundirse incluso para un ojo experto). Los autores del trabajo citado sostienen que la única especie de centrofórido que encajaría con los datos biológicos obtenidos a partir de los ejemplares capturados en aguas gallegas es el quelvacho de Formosa (Centrophorus niaukang), una especie poco conocida que ya ha sido citada en el Atlántico nororiental entre los 29º y los 31º. (3)
La cuestión, de momento, sigue sin resolverse, así que mejor seguir por caminos un poco más despejados.

Descripción: El quelvacho presenta un cuerpo cilíndrico, alargado y fusiforme, rematado en un morro corto y grueso, con forma más o menos cónica.
La piel es bastante suave porque los dentículos dérmicos que la cubren son anchos, romos (no pedunculados) y espaciados, a diferencia de otras especies similares, como el quelvacho negro (Centrophorus squamosus).
Boca poco arqueada y solapas nasales claramente bilobuladas. Los ojos, carentes de membrana nictitante, son grandes y levemente alargados con un color verde brillante. Espiráculos grandes, alargados y oblicuos, situados detrás de los ojos.
La primera aleta dorsal es moderadamente alta y larga; la segunda es un poquito más baja y de base corta. Ambas están dotadas, en su parte anterior, de una espina asurcada, fuerte y corta. De ahí el término que da nombre a su familia y a su género, Centrophoridae, compuesto de dos voces griegas: kentron ('espina') y phoreo ('llevar').
El borde interno de las aletas pectorales se extiende hacia atrás formando un fino lóbulo alargado y puntiagudo, como se aprecia en esta imagen (en los jóvenes está menos desarrollado):

Foto: A. M. Arias (ICTIOTERM).
La aleta caudal tiene el lóbulo inferior claramente diferenciado y el terminal grande y bien marcado. Pedúnculo caudal sin quillas ni fosetas precaudales.
Color gris oscuro o pardo grisáceo uniforme con el vientre más claro con las membranas de las aletas más oscuras. La librea de los jóvenes es grisácea con un tono vinoso y las aletas están finamente ribeteadas de blanco. 

Dentición: Presenta dimorfismo dentario (dientes diferentes en cada mandíbula): los dientes superiores son estrechos y triangulares, de cúspide recta, y no imbricados, mientras que los de la inferior son más anchos, de cúspide inclinada (como tumbada), y están imbricados formando una sola fila cortante.

Talla: Con las salvedades ya expuestas y a la espera de datos más concluyentes, al nacer, los quelvachos miden entre 30-42 cm; los machos llegan a la madurez con 60-80 cm y las hembras a partir de los 90 cm. La LT máxima, según autor: 110 cm, 128 cm, 150 cm, o 166 cm (de momento).

Reproducción: Vivíparo aplacentario (ovovivíparo), con camadas extremadamente bajas de 1 a 2 crías tras un periodo de gestación de unos 2 años o más (hay quien sugiere que hasta incluso 3). Es posible que haya intervalos de descanso entre un periodo y el siguiente.
Durante su desarrollo, el embrión no recibe alimento alguno por parte de la madre, sólo agua y sales minerales. Por ello el oocito debe contar con todo los nutrientes necesarios, de ahí que pueda llegar a tener un tamaño considerable, como en esta especie: más de 9 cm, convirtiéndose así en una de las células más grandes de todo el reino animal.
La madurez sexual del quelvacho es tardía: las hembras la alcanzan entre los 12 y 16 años y los machos a los 7 u 8.
Es una especie longeva, puede vivir hasta 30 años.

Dieta: A base de peces óseos y pequeños tiburones demersales, cefalópodos y crustáceos. En sus estómagos también se han encontrado huevos de rayas. Probablemente sea carroñero, como otras especies similares, que no desaprovecha los restos procedentes de la superficie.

Hábitat y distribución: El quelvacho es un tiburón demersal habitante de la plataforma continental y el talud superior entre los 50 y casi 1490 m de profundidad, preferentemente entre los 200 y los 600 m.
Es una especie relativamente común que puede formar cardúmenes tal vez con separación de sexos y tamaños a lo largo del rango batimétrico descrito: parece que los juveniles de menor tamaño se encuentran a mayor profundidad, por debajo de los 1000 m.

Fuente: Wikipedia
Distribución amplia en mares cálidos a templados: Atlántico, Mediterráneo, Índico occidental, Pacífico occidental y posiblemente central. Aunque en la realidad probablemente sea más amplia que la que refleja este mapa, más o menos correctamente basado en Compagno et al (2005), Guía de campo de los tiburones del mundo, puesto que le falta indicar la costa sur de Mozambique.


Pesca y estatus: Se captura con aparejos de fondo (palangre, arrastre, trasmallos) y también arrastre pelágico. Su carne es buena y localmente apreciada para el consumo humano, aunque lo más importante es su enorme hígado (supone casi el 30% del peso corporal total), muy rico en escualeno.
Especie incluida en la lista roja de la IUCN con el estatus de Vulnerable.
Los datos de desembarcos en el área de Portugal apuntan a una disminución de entre el 80-95% de la población originaria, de ahí que para el Atlántico Nororiental haya recibido el estatus de En peligro crítico.

La problemática del quelvacho es la misma que la de muchos otros tiburones de aguas profundas. Su tasa reproductiva, extremadamente baja (crecimiento lento, baja fecundidad, madurez sexual tardía), implica una también bajísima tasa de reposición que lo hace muy vulnerable a cualquier tipo de pesquería. Las poblaciones no tardan en caer en picado hasta agotarse en un corto espacio de tiempo. Y las noticias no parecen ser halagüeñas. Disponemos de muy pocos datos, y las naciones se han dotado a sí mismas de un sistema de toma de decisiones extremadamente lento y burocratizado, sometido a intereses económicos cortoplacistas e incapaz, por tanto, de regular la vertiginosa expansión de la actividad pesquera hacia aguas y especies cada vez más profundas a medida que agotan las pesquerías de las zonas superiores e intermedias. Es muy triste, pero a nadie parece importarle una higa.

Foto: Toño Maño
En todo caso, mientras los quelvachos sigan existiendo sobre el fondo del océano, durante el tiempo que sea, quedamos a la espera de novedades científicas que resuelvan definitivamente la cuestión: ¿Podemos añadir el quelvacho de Formosa a nuestra lista, o finalmente podremos hablar, con todas las de la ley, del quelvacho paisano?


>ACTUALIZACIÓN a 28-IX-2013: La última edición de la guía de tiburones del mundo, recién publicada (4) informa de que el quelvacho de Formosa (C. niaukang), nuestro "quelvacho paisano" (C. granulosus) y otro quelvacho más que habita en el Pacífico NO, el quelvacho aguja (C. acus) son en realidad la misma especie.

>ACTUALIZACIÓN a 20 de enero de 2014: Aquí está el trabajo en cuestión:
William T. White, David A. Ebert, Gavin J. P. Naylor, Hsuan-Ching Ho, Paul Clerkin, Ana Veríssimo, Charles F. Cotton (2013). "Revision of the genus Centrophorus (Squaliformes: Centrophoridae): Part 1-Redescription of Centrophorus granulosus (Bloch & Schneider), a senior synonym o C. acus Garman and C. niaukang Teng." Zootaxa, 3752 (1):035-072.


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(1) R. Bañón, C. Piñeiro y M. Casas. "Biological observations on the gulper shark Centrophorus granulosus (Chondrichthyes: Centrophoridae) off the coast of Galicia (north-western Spain, eastern Atlantic)." Journal of the Marine Biological Association of the United Kingdom. 2008, 88(2), pp. 411-414.
Estudio realizado a partir de 268 ejemplares (hembras en su inmensa mayoría) capturados con palangre (en su mayor parte) y arrastre de fondo en el Banco de Galicia y en el talud superior de la plataforma continental entre los 741-1211 m de profundidad. La mayoría de las capturas procedía del Banco de Galicia.
(2) Datos como la talla de madurez sexual de las hembras (147 cm en Galicia frente a >90 cm según la mayoría de los estudios), la cantidad (1-10 frente a 1-2) y tamaño de los oocitos (diámetro de 55-80 mm frente a 20-155 o 100-120 mm, según autor), tamaño y número de embriones (hasta 6 aquí, frente a 1-2 en otras áreas), etc.
(3) La base del problema está en el reconocimiento "oficial" de la presencia del quelvacho de Formosa en aguas septentrionales del Atlántico, a uno y otro lado, pues el mismo caso descrito por Bañón et al en especímenes del mar de Galicia se ha planteado también en la costa este de los EEUU en 2003: los parámetros biológicos de supuestos Centrophorus granulosus concordaban más con los del Centrophorus niaukang.
(4) David A. Ebert, Sarah Fowler, Leonard Compagno, Marc Dando. Sharks of the World: A Fully Illustrated Guide. Plymouth: Wild Nature Press, 2013.
(Ver reseña: Nueva guía, nuevas especies.)
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jueves, 26 de julio de 2012

Matar tiburones para protegernos es absurdo

De nuevo poniendo a prueba mis escasas dotes de traductor (aunque creo que siempre es mejor esto que el traductor de Google, que es una porquería) para haceros llegar a quienes no controláis mucho el inglés una reflexión muy interesante sobre la conservación del tiburón blanco (y asimismo de todos los tiburones) planteada a raíz de la problemática que ha surgido en Australia Occidental tras la trágica muerte de un chico de 24 años por el ataque de un gran tiburón blanco. Su título es bastante elocuente: "Por qué es absurda la idea de matar tiburones para hacer que el mar sea más seguro".
Fue publicada anteayer, el 24 de julio, en Off the road, el Blog personal de su autor, Alastair Bland, que pertenece nada menos que a la web del Smithsonian, a la que os remito si leéis en inglés. Todas las imágenes están sacadas de ahí.

Why the Idea of Killing Sharks to Make Waters Safer Is Absurd.
Con mandíbulas hechas para matar, ¿los tiburones blancos son todavía merecedores de protección en Australia Occidental, donde han causado la muerte de cinco personas en menos de un año? Así lo creen los conservacionistas. Foto cortesía de la Pelagic Shark Research Foundation.
El quinto ataque mortal en menos de un año en las aguas de Australia Occidental ha sembrado la inquietud entre los bañistas, buceadores y surfistas locales. Las autoridades han intentado capturar y dar muerte al tiburón antes de que vuelva a atacar, pero puede que sus esfuerzos no se detengan ahí. Ciertos cargos públicos ya están proponiendo que los legisladores den un giro de 180 grados en las prácticas de conservación del tiburón, levanten la protección a los tiburones blancos y permitan que la gente pueda volver a pescarlos y matarlos tras una moratoria de 14 años.

El tiburón blanco es una especie protegida en la mayor parte del mundo y en ciertos lugares está considerada vulnerable y amenazada. Habiendo sido un objetivo popular para los pescadores de trofeos, que usaban cañas como grúas para capturar tiburones de hasta dos toneladas, el tiburón blanco recibió protección en Australia Occidental después de que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo clasificase como especie "vulnerable".

Pero ahora el Ministro de Pesca de Australia Occidental, Norman Moore, dice que presionará para que se legalice la pesca deportiva y comercial de los tiburones blancos en las aguas de su jurisdicción.

El último ataque acabó con la vida de Ben Linden, de 24 años, que el 14 de julio iba remando sobre una tabla de surf cuando un enorme tiburón blanco partió al joven a la mitad. Un individuo en una moto acuática que se acercó para ayudarle dijo que el tiburón nadó alrededor de los restos de la víctima, luego golpeó suavemente la moto, tomó el torso de Linden en la boca y desapareció.

La muerte de Linden estuvo precedida por varios sucesos similares. El 4 de septiembre de 2011, Kyle James Burden, un bodyboarder, resultó muerto en Bunker Bay, a unas 190 millas de Perth. El 10 de octubre de 2011, Bryn Martin desapareció mientras nadaba en Cottesloe Beach, Perth. Sólo pudieron recuperar su bañador tiempo después. Posteriormente, el 22 de octubre de 2011, un turista americano de 32 años, George Wainwright, murió cuando buceaba en Rottnest Island, cerca de Perth. Por último, el 31 de marzo de 2012, otro buceador, Peter Kurmann, de 33 años, fue atacado y muerto cerca de Busselton.

En estos momentos, después del ataque a Linden, la gente está replanteándose cuán peligrosos son los tiburones, en qué medida el agua es segura y si deberíamos dejar vivir a los animales que matan personas. Lo cierto es que la rapidez a la que se han sucedido los ataques durante el pasado año en Australia Occidental ha sido alarmante, terrible y triste, y el Ministro de Pesca Moore está convencido de que hay que emplear la mano dura para proteger la valiosa industria turística de su estado.

"Cinco víctimas mortales en Australia Occidental (en diez meses), no tiene precedentes y es motivo de gran alarma", declaró hace poco Moore a la prensa. "No ayudará a nuestra industria turística, y aquellas personas que quieren venir aquí para disfrutar del mar se verán rechazadas debido a esta situación." También recientemente dijo: "Debemos adoptar medidas para resolver la cuestión".

Y ya se han adoptado medidas. El buceo con jaula, aunque una industria turística minoritaria, con toda probabilidad será prohibido en Australia Occidental. Ya antes incluso del ataque a Linden, sus críticos, Moore entre ellos, ya habían señalado que semejante práctica, que en ocasiones implica el uso de cebo y carnada para atraer a los tiburones hasta la zona donde se encuentran sus clientes, podría ser la responsable de llevar a los tiburones blancos hasta las proximidades de playas muy concurridas, y, lo que es peor, inculcando en los tiburones la asociación de seres humanos y comida gratis.

Usar trozos de atún y carne de mamíferos para atraer a los tiburones hacia los turistas dentro de las jaulas (esta imagen fue tomada en aguas de México) es una actividad popular en todo el mundo, pero en Australia Occidental la gente ha denunciado que echar carnada a los tiburones blancos podría estar poniendo en peligro a los bañistas de las playas cercanas. Foto cortesía de Scubaben, usuario de Flickr.

Suena aterrador. El caso es que los tiburones no son muy peligrosos. Al menos, son muchísimo menos peligrosos que los coches, los cuales cuidamos y lavamos los domingos por la tarde y utilizamos para llevar a nuestros hijos a la iglesia, y bajo cuyas letales ruedas la mayor parte de las sociedades poco menos que ponen una alfombra roja. Sólo en Australia Occidental 179 personas murieron durante el 2011 en accidentes de coche. Y en Norteamérica 150 ocupantes de vehículos mueren cada año en la carretera en choques contra ciervos.

Los tiburones tan sólo causaron la muerte de 12 personas en el 2011 —en todo el mundo— según el Archivo Internacional de Ataques de Tiburón. De manera que si a los turistas les da miedo meterse en el mar, deberían sentirse aterrorizados sólo de pensar en viajar por una carretera asfaltada para llegar hasta allí.

De momento, levantar la protección a los tiburones blancos es sólo una idea, pero si la propuesta llega hasta los despachos de los legisladores australianos (quienes es probable que vayan en coche a su trabajo), con toda seguridad tendremos noticias de una firme oposición por parte de los conservacionistas y de otras personas. En Santa Cruz, California, Sean Van Sommeran, investigador independiente sobre el tiburón blanco, tiene la esperanza de que la gente sencillamente acepte que en aguas de Australia los tiburones forman parte del medio ambiente, en vez de dar un paso atrás y rescindir las leyes que protegen a esta especie.

"La gente tiene que familiarizarse con el entorno en el que se meten para pasar su tiempo de ocio", dijo Van Sommeran, fundador y director de Pelagic Shark Research Foundation. "Hay ríos con cocodrilos y bosques con serpientes venenosas, y hay tiburones en el agua. Simplemente tienes que adecuar tu comportamiento al lugar, y no al revés".

Van Sommeran fue de los primeros que a principios de los '90 hizo campaña para la protección de los tiburones blancos. En 1994 recibieron protección total en California y en 1997 se ilegalizó su pesca en todas las aguas federales de los EEUU. En otros países, esta especie está igualmente protegida. En Suráfrica se prohibió su pesca en 1991; en Namibia, en 1993; en Australia, en 1998; en Malta en 2000; y en Nueva Zelanda en el 2007.

Sin embargo, Van Sommeran señala que estas leyes se han saltado una y otra vez para permitir la captura de tiburones blancos en nombre de la ciencia.

"En el 2001, acuarios y proyectos científicos de recogida de datos estuvieron saltándose las leyes", explicó. Por ejemplo, el Monterey Bay Aquarium ha ofrecido pagar a los pescadores comerciales que capturen accidentalmente tiburones blancos juveniles y luego los devuelvan, con tarifas que varían en función de la condición del animal —y se pagan cantidades altísimas por los juveniles vivos que periódicamente se han convertido en una atracción turística en el acuario. Y durante estos últimos años los equipos de documentales para la televisión no han cumplido las leyes que prohibían la pesca de tiburón blanco. Cada uno de los programas Expedition Great White, Shark Men y Shark Wranglers ha mostrado imágenes de equipos de científicos pescando y descargando tiburones blancos, subiéndolos a sus barcos y pasándose 20 minutos o más haciéndoles agujeros y colocándoles etiquetas SPOT (Smart Position and Temerature). Muchos críticos de esta actividad han advertido de que los procedimientos de marcado con etiquetas SPOT son potencialmente peligrosas para los animales más grandes.

En muchos lugares del mundo, los patrones atraen a los tiburones hacia sus embarcaciones para que sus clientes los observen desde jaulas metidas en el agua. En unos pocos lugares, los pescadores todavía pueden capturar tiburones blancos. Aquí, un tiburón blanco nada bajo un barco de investigación de California y su admiradora tripulación. Foto cortesía de la Pelagic Shark Research Foundation.
La popularidad de los tiburones en la cultura de masas parece haber aumentado con las cada vez más numeras presentaciones en televisión de los tiburones en su medio natural y de los hombres y mujeres que los estudian; sin embargo, Van Sommeran cree que no necesariamente ha crecido la preocupación por su protección.

"Los tiburones generan una extraña especie de entusiasmo que en absoluto está limitado a su conservación", añadió. Explica que buena parte de la gente entusiasmada por los tiburones sólo está entusiasmada ante la posibilidad de pescarlos. Incluso hoy en día, todos los años se celebran en los EEUU torneos de pesca de tiburón con muerte.

Van Sommeran advierte de que cualquier paso atrás en la protección de los tiburones blancos podría sentar un precedente para cambiar las leyes que protegen a otros grandes depredadores.

"Si eliminamos el estatus de protección de cada especie que entra en conflicto con los seres humanos, muy pronto nos quedaremos sin osos, leones y tigres", dijo.

El Archivo Internacional de Ataques de Tiburón informa de que en el 2011 los tiburones de todas las especies realizaron 75 ataques no provocados a personas. La base de datos añade que desde el 1900 los ataques de tiburón se han vuelto cada vez más comunes —tendencia que con toda probabilidad refleja la cada vez mayor popularidad del surf, el buceo, el bodyboard y otros deportes acuáticos. Es al mismo tiempo una tendencia que surge a pesar del descenso mundial de las poblaciones de tiburones, los cuales el hombre mata entre 30 y 70 millones por año, según el Archivo Internacional de Ataques de Tiburón.

Así pues, tal vez el balance final de esta historia debería ser que aunque los ataques de tiburón son trágicos y espantosos para todos los implicados, no suponen un peligro per capita relativamente significativo. Incluso es posible que hoy estemos más seguros en el agua que hace un siglo.

Simplemente tengan mucho, mucho cuidado cuando vayan en coche a la playa —y ojo, no vayan a atropellar a un ciervo.

 Alastair Bland
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lunes, 23 de julio de 2012

La importancia de la lonja de Vigo

Puerto de Vigo (Foto: ACOPEVI)
Vigo es el puerto pesquero más importante de Europa. En España, representa actualmente más del 30% del total del tráfico de pesca fresca, superando en un 60% al segundo de la lista, como afirma orgullosa su Autoridad Portuaria. Su logística e infraestructuras (también mejores tasas portuarias, que han bajado del 2,4 al 2 por ciento del valor de la pesca) le permiten, además, seguir creciendo. Así lo destacaba el Atlántico Diario del 4 de abril de 2012: "Los últimos datos reflejan un incremento del tráfico de pesca fresca de un 10,79 por ciento en los dos primeros meses del año con respecto al mismo periodo en el 2011, situándose en las 9.067 toneladas; mientras que en la totalidad de puertos de interés general del Estado se experimentó un descenso del 10,93 por ciento, pasando de las 32.987 toneladas de 2011 a las 29.381 toneladas de los dos primeros meses del presente ejercicio".

Marrajos (Isurus oxyrinchus). Foto de Raquel García Canosa.
Durante el pasado año 2011, según datos de la Autoridad Portuaria, en el Berbés se subastaron 2780 toneladas de tiburón, con un precio de 6,3 millones de euros, algo más del 3 por ciento del valor total de la mercancía en fresco (210 millones) (2). Es importante destacar que no todas las descargas de tiburón proceden de la flota española. El dato, hasta cierto punto sorprendente, nos lo ofrece este titular del Faro de Vigo del 25 de enero del 2012: "El 80% de las descargas de espada y tiburón en el puerto de Vigo ya proceden de la flota portuguesa". Lo que hasta hace poco era una tendencia ascendente progresiva, causada, entre otros factores, por los mejores precios que conseguían aquí los portugueses, se ha consolidado con fuerza debido al notable incremento de las tasas portuarias en Portugal (hasta un 9% del valor de las descargas), lo cual, lejos de recaudar, lo que ha conseguido es espantar a los suyos.

En la lonja de Vigo (Foto de Raquel García Canosa).
A continuación, un extracto de un trabajo de Álex Bartolí que os va a explicar mucho mejor que yo ciertos aspectos del funcionamiento de la lonja de Vigo. Su referencia completa es:

Álex Bartolí. España, una potencia mundial en la pesca de tiburones: Revisión de las pesquerías españolas de tiburones, problemáticas de gestión y recomendaciones de mejora. SUBMON, 2009, pp. 44-46.
Según datos de la FAO del año 205 existen un total de 312 puertos pesqueros en el litoral español [...]. En función de la cantidad de desembarcos de pescado, las Comunidades Autónomas más significativas y sus puertos principales, en orden de mayor a menor, son (1): Galicia (Vigo, Cangas, A Coruña, Marín, Burela y Cillero); País Vasco (Ondarroa, Bermeo, Guetaria, Pasajes); Cantabria (Santoña); Asturias (Avilés y Gijón); Canarias (Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Arrecife de Lanzarote y Los Cristianos); Andalucía (Cádiz, Isla Cristina); Valencia (Castellón); Cataluña (Tarragona, Roses) y Baleares (Palma de Mallorca).

[...] Vigo tiene el puerto pesquero más grande e importante de Europa y es el más importante del comercio europeo de aletas y carne de tiburón. Los palangreros y otras grandes embarcaciones españolas desembarcan sus capturas en todo el mundo y, posteriormente, son enviadas a empresas de Vigo y descargadas directamente en sus muelles privados. Esto se realiza gracias a un sistema de comercio global de contenedores barato y eficiente y, desde allí, se distribuyen a otras partes de Europa y del mundo. La mayor parte de la carne de tiburón se exporta a mercados europeos, especialmente a Italia, y las aletas se envían al mercado asiático, principalmente a Hong-Kong. En el caso de las aletas, debido a su alto valor, a veces son transportadas por aviones, mientras que la carne se manda congelada mediante cargueros.
Foto: Atlántico Diario, 4-IV-2012

Las embarcaciones de palangre de la UE descargan directamente los tiburones frescos en la subasta de Vigo. Estos tiburones, procedentes de las capturas de los últimos días, no son congelados debido a que, en dicha subasta, la carne fresca de tiburón tiene mayor valor.

Existen unas diez empresas en Vigo que comercian con aletas de tiburón. La forma de comercialización consiste, principalmente, en aletas frescas o congeladas, y sus principales clientes se encuentran en China, el Sudeste Asiático, Japón y Taiwán. Los precios de aletas congeladas oscilan dependiendo de las especies. Así, las de tintorera se encuentran entre 10 y 17 $/kg, las de martillo unos 30 $/kg y las de marrajo entre 11 y 12 $/kg.

El mercado de la carne, en cambio, es de menor importancia en cuanto a valor ya que, si comparamos, el precio de la carne congelada de tintorera varía entre 1-2 $/kg, es decir, más de diez veces menos que el precio de sus aletas. Aún así, en los últimos 45 años ha aumentado el mercado de carne de tiburón. De hecho, a nivel mundial la producción reportada de la carne de tiburón fresca, congelada o seca, se triplicó entre los años 1985 y 2004, pasando de 38.000 a 100.000 Tm, respectivamente. En los últimos años, España se ha convertido en uno de los mayores productores de carne congelada de tiburón, conjuntamente con Japón y Taiwán. En relación a las importaciones, España también ocupa un lugar muy destacado, siendo líder mundial en 2004 con 17.500 Tm y, en 2005, fue el responsable del 42% del total de las importaciones europeas, seguido de Italia con el 25%.

Otros productos derivados son las mandíbulas, la piel, el aceite del hígado, el cartílago y los dientes pero, debido a la poca información de los registros comerciales de este tipo de productos, es muy difícil estimar la relación entre el comercio, las capturas y el volumen total de las pesquerías de tiburón de manera global.
Tintoreras (Prionace glauca). Foto: ACOPEVI

Hasta aquí el artículo. Como postre os incluyo los últimos datos, todavía calentitos, correspondientes a mayo de 2012. Puden obtenerse sin mayor problema en la propia página de la Autoridad Portuaria de Vigo. Transcribo literalmente:
  • Cazón: 5.784,00 kg; Valor: 4.251,88
  • Escualos: 8,00 kg; Valor: 28,00
  • Marrajo: 38.330,00; Valor: 168.333,70
  • Musola: 78,00; Valor: 103,15
  • Pintarroja: 12.131,00; Valor: 36.917,99
  • Quenlla tintorera: 195.968,00; Valor: 302.414,60
  • Total familia [Galeiformes]: 252.299,00; Valor: 512.049,32

Foto: ACOPEVI

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(1) Atlántico Diario, 23 de enero de 2012.
(2) Se incluye un cuadro basado en cifras de la FAO con las descargas de pescado fresco correspondientes al año 2005 en puertos dependientes de Puertos del Estado. En orden de mayor a menor (entre paréntesis, la cifra en toneladas métricas): Vigo (74.791), Coruña (26.999), Cádiz (24.786), Avilés (16.497), Pasajes (11.448), Gijón (8414), Castellón (7099), Santander (5510), Las Palmas (5263), Almería (5065), Marín (4787), Tarragona (3832), Alicante (3510), y Tenerife (3194).