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martes, 24 de septiembre de 2013

Los ojos de la cañabota

Foto de Juan Ignacio (SGHN-CEMMA).

En general los tiburones tienen un sentido de la vista bastante bien desarrollado. Ven más y mejor de lo que nos creíamos.

La forma y tamaño de los ojos de cada especie varían en función de las características de su hábitat; es decir, están perfectamente adaptados al entorno que cada una ha elegido para edificar su nicho. Los de los tiburones que viven en aguas turbias como las de los ríos, donde la visión apenas es de utilidad, suelen ser muy pequeños, como los del jaquetón toro (Carcharhinus leucas). En cambio, los ojos de los grandes depredadores de aguas más someras e iluminadas, donde el campo de visión se amplia considerablemente, tienden a ser más grandes y sofisticados, y algunos muy parecidos a los de los mamíferos. En ellos podemos distinguir un iris y una pupila capaz de dilatarse y contraerse para regular la cantidad de luz que entra hacia la retina, como hemos visto en Los ojos del tiburón blanco.

En cambio, los tiburones que habitan la perpetua penumbra de las aguas profundas poseen unos grandes ojos verdes o verdeamarillentos, fluorescentes, minuciosamente diseñados para captar la más mínima radiación lumínica procedente de la lejana superficie gracias a un tapetum lucidum mucho más potente que el de los gatos o las rapaces nocturnas. Son ojos extraños, fríos, como de otro mundo. Pero llenos de misterio y belleza.


Foto de Juan Ignacio (SGHN-CEMMA).
Esta hembra de 4,5 m fue capturada en Camariñas en 2006.

Para saber más de este extraordinario tiburón, os invito a visitar el post Cañabota (Hexanchus griseus).

lunes, 15 de abril de 2013

Los ojos del tiburón blanco

Fotografía de David Litchfield.

¿Os acordáis del memorable monólogo de Quint?:
"Una de sus características es... sus ojos sin vida, de muñeca, ojos negros y quietos. Cuando se acerca a uno, se diría que no tiene vida, hasta que le muerde... Esos pequeños ojos negros se vuelven blancos, y entonces... ah, entonces se oye un grito tremendo y espantoso; el agua se vuelve de color rojo; y a pesar del chapoteo y del griterío, ves como esas fieras se acercan y te van despedazando."
Lo escribió el propio actor que lo encarnaba, el grandísimo Robert Shaw, a partir de la versión que John Milius había elaborado del guión de Howard Sackler.

Foto de Michael Scholl (tomada de www.telegraph.co.uk)
Hay que reconocer que en el plano dramático el acierto de Shaw fue absoluto. Incluso hoy en día, casi 40 años después del estreno de Tiburón, en nuestro imaginario colectivo todavía persiste la estremecedora imagen de un ser infernal cuyos ojos negros, desprovistos de vida, parecen observarnos fija y desapasionadamente como esperando su momento. De algún modo nos recuerdan las oscuras cuencas vacías de una calavera, sonrisa maléfica incluida.

En el plano de la realidad, en cambio, las cosas son bastante diferentes. Ni el tiburón es un bicho sanguinario y maléfico, ni sus ojos son negros como la muerte. De cerca y con la luz adecuada, lo que observamos son en realidad unos ojos muy oscuros, algunos dicen que azules, que además se orientan para enfocar un objeto, exactamente igual que los de un caniche.

Aquel monstruo de tintes casi metafísicos, emergido de la película de Spielberg como el símbolo de una naturaleza irracional y hostil, se transforma de pronto en lo que siempre ha sido, una magnífica criatura de extraordinaria belleza que no nos cansamos de admirar.

Impresionante fotografía de Juanmi Alemany realizada en Guadalupe.
De vez en cuando uno necesita abstraerse de todos esos problemas que nos angustian a todas horas, de la realidad tan hostil que tenemos ahí afuera, y refugiarse en la contemplación de un animal tan bello. Aunque sea durante unos pocos instantes, en un escrito tan breve como este.

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[Otros ojos bien diferentes son los de los tiburones de aguas profundas. Os recomiendo que visitéis el post Los ojos de la cañabota. Ya veréis.]