Diversidad, biología, evolución, ecología, pesca, conservación, evolución, con especial atención a las especies presentes en Galicia.
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jueves, 31 de agosto de 2023

Apología del tiburón (1953)

«¿Quien dijo que el tiburón es un monstruo del mar, dañino e inútil, enemigo mortal del hombre? ¡De ninguna manera! Es preciso rectificar libros de texto, tratados de historia natural, enciclopedias, leyendas terroríficas y novelas de aventuras [...]. Hay que rehabilitarlo ante el género humano y desagraviarlo depués de tantos siglos de vilipendio y aborrecimiento. No lo merece».

jueves, 16 de febrero de 2023

Un paisano de Seixo devorado en La Habana

Náufrago atacado por un tiburón blanco. Estampa de finales del XIX.

Las hemerotecas digitales son como inmensos desvanes en los que uno siempre encuentra objetos de lo más extraordinario, como este que hoy os presento. Aunque este "objeto" es en realidad una tristísima tragedia, de esas que solo el tiempo es capaz de transformar en una mera anécdota, tan curiosa, quizá, como cualquier otra. Ocurrió en 1891. La víctima era un paisano de Seixo, parroquia de Marín.

lunes, 28 de febrero de 2022

A palos con el campeón de los mares

"El tiburón es el campeón de los mares". Imagen publicada en el periódico El Pueblo Gallego el 20/10/1955. Los datos parecen un pelín imprecisos.

El tiburón no tiene por costumbre atacar a las personas (para eso ya nos bastamos las propias personas, no necesitamos ayuda). No obstante, hay situaciones en las que es importante saber cómo actuar cuando uno se encuentra con uno de nuestros amados bichos.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Un monstruo en cabo Prior y otro en Combarro

Estampa en un puerto de Galicia en 1902, con un toque monstruoso ausente en la foto original.

Con los monstruos marinos ocurre como con casi todo, que habelos, hainos, en nuestras fantasías, en nuestros deseos y pesadillas, y sobre todo en la prensa. Como muestra os presento dos asombrosos encuentros ocurridos hace muchos años, a principios y a mediados del siglo pasado, uno en las Rías Altas y el otro en las Rías Baixas.

jueves, 20 de febrero de 2020

Huida de San Juan de Ulúa

Castillo de San Juan de Ulúa.
Las historias de cárceles guardadas por voraces hordas de tiburones son un clásico de los relatos, reales y ficticios, que abundan en las diversas revistas y periódicos de los siglos XVIII y XIX hasta bien entrado ya el siglo XX. En nuestro país eran muy del gusto del lector, sobre todo cuando, como en este caso, a la emoción de la aventura se une la relación afectiva con América.

jueves, 9 de enero de 2020

Un alitán llamado quenlla

Foto publicada en La Voz de Galicia del 26-V-2017.
Una forma tan agradable como cualquier otra de estrenar un nuevo año es refrescarse con una vieja noticia. Esto es lo que hoy os propongo aprovechando una de esas joyas periodísticas con las que de vez en cuando La Voz de Galicia nos regala la vista y el intelecto a partes iguales. Apareció publicada en la edición de Carballo del 26 de mayo de 2017, es decir, hace algo más de 2 años. Di con ella por casualidad hace pocos días... y no lo he podido resistir. Ahora vais a entender por qué:

domingo, 7 de abril de 2019

Eros y tiburones en un texto de Valle-Inclán

Ramón María del Vallé-Inclán.
Valle-Inclán (1866-1936) es uno de los grandes nombres de la literatura, no solo de la literatura en lengua española (la de esta parte del charco y también la de enfrente), sino de la literatura universal. Un genio de la palabra al que siempre es gratificante releer, por ejemplo aprovechando un largo y, a nuestra manera, lindo... domingo de lluvia. Y nada mejor para ello que las Sonatas, seguramente el culmen de su etapa modernista, las deliciosas memorias del inolvidable marqués de Bradomín, un particular Don Juan "feo, católico y sentimental", trasunto literario del propio autor.
     Os presento un fragmento de su
Sonata de estío, publicada en 1903. La acción se desarrolla en México, donde Valle había estado por primera vez en 1892 como corresponsal para varios periódicos. El marqués, en plena ardiente juventud, vive una tórrida (en todos los sentidos) aventura con la Niña Chole, una especie de femme fatale criolla, en la que nos encontramos una mezcla de deseo, pasión, incesto, muerte, sexo... Eros y Tánatos, como siempre, de la mano, como se puede ver en esta especie de escena anticipatoria. Que la disfrutéis.

jueves, 31 de agosto de 2017

El día del tiburón (1976)

Portada del original. Fuente: ABC.
Vamos a cerrar este agosto tan extraño con un delicioso reportaje publicado por el mítico e inefable Tico Medina en el semanario del ABC nada menos que en 1976, a rebufo de la película de Spielberg. Parecería extraño que un amante de los tiburones (vivos) recomiende la lectura de un texto que habla de su pesca y muerte, pero es interesante entre otras razones porque nos permite hacernos una idea de cuál era la mentalidad que teníamos en aquel entonces en nuestro país hacia estos animales y qué era lo que sabíamos de ellos.

viernes, 30 de junio de 2017

La pesca trágica (Paisajes cubanos)


De nuevo buceamos en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España para traeros esta pequeña joya. Procede de Por esos mundos, una revista ilustrada editada en Madrid durante el primer cuarto del siglo XX, entre 1900 y 1926. Este artículo apareció en el número 216, del 1 de enero de 1913, en su apartado Viajes y costumbres, páginas 29 a 31.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Los tigres del mar (1916)


"Por la posición de la boca, el tiburón tiene que volverse vientre arriba para tragar la presa; los negros aprovechan tal desventaja, abriéndoles el vientre con filoso cuchillo."

Volvemos a sumergimos en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional para rescatar un curioso reportaje sobre tiburones publicado hace casi exactamente 100 años, el 16 de diciembre de 1916, en una de las revistas ilustradas más importantes del Cono Sur, Caras y Caretas. Fundada en Montevideo en 1890 por el periodista español Eustaquio Pellicer, en 1898 se trasladó a la Argentina, donde continuaría editándose hasta 1941. Para que os hagáis una pequeña idea de su extraordinaria calidad, entre sus páginas encontramos textos de las más grandes figuras políticas y literarias del momento, tanto españolas como americanas: Castelar, Unamuno y nada menos que Valle-Inclán, además de Rubén Darío, Leopoldo Lugones o mi admirado Horacio Quiroga. Un lujo.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Julio Guillén, Lourido y los tiburones

ABC, 2 de abril de 1944.

     D. Julio F. Guillén Tato (1897-1972), Contralmirante de la Armada Española, fue un marino de una importante trayectoria científica, histórica y cultural, además de militar (no durante la Guerra Civil, pues sufrió el rechazo tanto de los republicanos como de los rebeldes fascistas, quienes finalmente lo rehabilitaron en Consejo de Guerra en 1941). Entre otros honores, fue miembro de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia y de la Hispanic Society of America, y desde 1940 hasta el año de su muerte, director de la Revista general de marina, en la que publicó algunos de sus relatos de ficción seguramente más queridos, los protagonizados por el singular Lourido, Nostramo Lourido.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Carcharhinus sp. en el Cantábrico, 1929

Volvemos a bucear entre los magníficos fondos de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional para rescatar este curioso reportaje sobre la captura de al menos un carcharhínido en la costa Asturiana (no hay descripción ni fotografía del otro ejemplar de 4 m que se menciona). Apareció publicado el 19 de octubre de 1929 en la revista semanal ilustrada Alrededor del mundo, que estuvo en circulación entre los años 1899 y 1930.
La identificación de la especie de la imagen es extraordinariamente complicada, por no decir imposible, al menos para alguien que, como yo, no está lo suficientemente familiarizado con las claves taxonómicas de los carcharhínidos. Y por encima la descripción que ofrece el periodista la verdad es que no aclara nada las cosas, excepto tal vez para descartar la posibilidad de un Carcharhinus brevipinna, pongamos por caso, citado por Ebert y otros autores en el Cantábrico, dado que sus dientes no son triangulares, como si lo son los superiores del C. obscurus, otro posible candidato.
En cualquier caso, lo que demuestra este reportaje (aparte de que ciertamente el periodista necesita con urgencia la ayuda de un ictiólogo, como se verá en el penúltimo párrafo) es la diversidad de especies que había hace un siglo en nuestras costas.
Como siempre, transcribo fielmente el texto original, sin realizar ningún cambio o actualización a las normas del castellano actual.

                     LOS SELACIOS DE LA COSTA CANTÁBRICA

     La fauna marítima es tan rica y varia que son múltiples las ocasiones en que aparecen en todas las costas especies completamente desconocidas, tipos no clasificados.
     La población del mar varía con las épocas. Aún no hace muchos años la pesca de la ballena era completamente desconocida en España. Esto no quiere decir que no hubiera tales cetáceos en nuestras costas. Se sabe que hace algunos siglos los pescadores de la costa gallega sabían pescar la ballena. Después de esa época debió desaparecer o ser poco abundante en ese mismo litoral, porque cuando hace poco empezó la abundancia del gigantesco poblador de los mares tuvieron que venir a Galicia gente de Noruega para pescar y aprovechar todo cuanto hay en el cetáceo de susceptible para rendir un beneficio, que es casi todo, porque la ballena, como el cerdo, no tiene desperdicio. Hoy en Galicia hay varias factorías balleneras que producen al año un gran rendimiento.
     Volviendo al tema.
     En nuestras costas ocurren pescas sorprendentes como esta a que vamos a referirnos.
     Esta pesca es la de un selacio en un rincón de la abrupta costa cantábrica.
     En el Concejo de LLanes, en las inmediaciones de la pintoresca aldeíta de Cué, surge, de entre las aguas rumorosas del mar dicho, cual el fantasma de un gigantesco "iceberg" estacionado, el Castro Bayota, que, a no dudar, sus hendiduras, cuevas y recodos sirven de refugio y probable habitación de estos animales, ya que solo en sus alrededores se les logra ver.
     El "tolle" (nombre arbitrario que estas gentes le han dado a este pez) es un selacio de bastante corpulencia y su voracidad la ha demostrado palpablemente devorando multitud de pesca de estas costas. Sin embargo, no se le puede acusar de atacar a las personas, ya que, según parece y al decir de los que se han dedicado a su caza, corre al menor movimiento que se hace, y además, en un paraje separado de Castro Bayota unas dos o tres millas estuvo por espacio de seis o siete días el cadáver de un joven ahogado, sin que fuese atacado por los voraces vecinos que tenía. Esto no obstante, bien pudo ser por no visitar dichos peces aquel paraje, en el que nunca se les vió, o bien porque atraídos por la carnada que constantemente se les ofrecía como cebo no se separaban gran cosa de las inmediaciones de la mencionada playa.
     Las características de este animal son: largo, dos a cuatro metros; cuerpo fusiforme; cuatro filas de dientes (dos en cada mandíbula), triangulares y cortantes; cinco aberturas branquiales, sin aparato opercular; dos aletas triangulares dorsales (una hacia el medio y otra cerca de la caudal); un par de aletas pectorales y otro par anal; piel obscura por el lomo y más clara por el vientre, áspera casi como la de las lijas, vivíparo y placentario.
     El día tres de septiembre último los pescadores que figuran en la fotografía mataron uno que medía cuatro metros, y el día 6 del mismo mes lograron capturar el que tienen a sus pies, que midió dos metros veintisiete centímetros y pesó 125 kilos, después de haber salido de su vientre (pasadas cinco horas de muerto) veinte crías "vivitas y coleando".
     ¿Cuál es el verdadero nombre de este pez? Ya decimos que en Asturias le llaman "tollete" y creemos que entre los pescadores vascos se conoce con el mismo nombre.
     Por sus características se ve que este selacio no es un tiburón, ni lija, ni cazón, ni torpedo, ni pez martillo, ni pez sierra.
     Acaso un ictiólogo nos diera el nombre y quizá también no lo tuviera, porque, como ya decimos, con frecuencia se presentan en las costas ejemplares no clasificados.
FRÁMPERZ


jueves, 26 de febrero de 2015

Eugenie Clark, In memóriam

En 1979, observando una hembra de tiburón blanco en Sibsey Island, al sur de Australia. Foto: Rodney Fox.
Si de verdad termina, probablemente se casará, tendrá un montón de hijos, y jamás hará nada en el campo de la ciencia después de haber invertido nuestro tiempo y dinero en usted.
                                                    (Un científico de la Universidad de Columbia).

En efecto, Eugenie Clark se casó, nada menos que cinco veces, y tuvo cuatro hijos en su segundo matrimonio... y además de convertirse en una científica de talla mundial, pionera en el estudio de los tiburones (the Shark Lady), solamente fundó uno de los laboratorios de referencia en el campo de la biología marina, el Mote Marine Laboratory; publicó más de 175 trabajos en las principales revistas científicas del mundo, además de artículos de divulgación en publicaciones de la talla de National Geographic y tres libros que fueron éxito de ventas entre el gran público; participó en 71 expediciones submarinas de aguas profundas, a más de 3500 m; dirigió más de 200 expediciones de campo al Mar Rojo, Caribe, México, Japón, Palau, Papua Nueva Guinea, islas Solomon, Tailandia, Indonesia y Borneo para estudiar tiburones ballena, tiburones de aguas profundas y diversos teleósteos; varios peces han sido bautizadas en su honor; enseñó biología marina durante casi 25 años en la Universidad de Maryland... y unas cuantas cosillas más.
Y todo ello desafiando, ya desde el comienzo de su tremenda carrera, allá en los años posteriores a la II Guerra Mundial, siendo mujer y además hija de madre japonesa, a una sociedad científica fuertemente dominada por los hombres, quienes muchas veces no se limitaban a mirar por encima del hombro a aquellas jóvenes que como Eugenie y, pocos años después, Sylvia Earle, pretendían entrar a formar parte del campo de la investigación marina.

Como para muchos españoles, mis primeros recuerdos de Eugenie Clark proceden de este famoso capítulo de Mundo Submarino, Tiburones. En la imagen, con Cousteau observando en los monitores el comportamiento, sumamente excitado, de los albimarginatus alrededor de la jaula donde se encontraba el malogrado Philippe.

Eugenie Clark fue y sigue siendo un referente en el estudio de los tiburones. Desarrollando innovadoras técnicas de investigación, logró demostrar algo tan revolucionario para su época como que los tiburones no solo no eran tan estúpidos y mortíferos como se les consideraba, sino que, bien al contrario, eran criaturas incluso con capacidad de aprendizaje, estaban dotados de inteligencia. Entre sus trabajos más famosos figura el descubrimiento de que la secreción del lenguado de Moisés, del Mar Rojo, actuaba como repelente al menos contra ciertas especies de tiburones. Ella se aventuró dentro de aquella cueva submarina del Yucatán para descubrir a los "tiburones durmientes" (¿os acordáis?)...
Por supuesto, recibió numerosos premios, menciones y reconocimientos. Quien se lo iba a decir a aquel científico de la Universidad de Columbia que se atrevió a soltar semejante majadería a la joven Eugenie a mediados de los años 40 del siglo pasado.


Tras la hecatombe que Tiburón trajo consigo, Eugenie dedicó toda su vida a intentar borrar de la mente del gran público aquella nefasta imagen de una criatura sanguinaria que simbolizaba el mal. Mediante una infatigable labor didáctica, nos ayudó a contemplar estos animales bajo una nueva luz, mucho más justa y, por tanto, más llena de misterio y fascinación.

Quienes la conocieron destacan su gran generosidad, y su entusiasmo, entrega e ilusión por el mar y sus criaturas, que permanecieron intactos a lo largo de su extraordinaria vida.

Eugenie Clark nos dejó ayer a los 92 años en su casa de Sarasota, rodeada de su familia, finalmente vencida por un cáncer de pulmón contra el que llevaba mucho tiempo luchando (todavía el año pasado estuvo buceando en el golfo de Aqaba). Un día triste para los amantes de los tiburones.
Nos ha dejado un mito que, para muchos, como quien esto escribe, quedará para siempre ligado a aquellas lejanas tardes de nuestra infancia, tardes de documentales sobre el mar y los tiburones a la salida del colegio, y la doctora Clark acompañando a Cousteau a bordo del Calypso, entre tiburones grises, puntas blancas, y entre los tiburones durmientes del Yucatán.

Hasta siempre, Dama de los tiburones.

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lunes, 24 de noviembre de 2014

En recuerdo de J. A. Moreno

Jaquetón del Estrecho (Carcharhinus acarenatus). Ilustración de J. A. Moreno.
Juan Antonio Moreno es un biólogo que al acabar sus estudios prefirió la investigación de campo a un puesto de penene en la facultad. A los veinticinco años consideró que ya estaba bien de hacer lo que sus profesores querían, y decidió ponerse a estudiar, por su cuenta y riesgo a los animales que desde siempre le habían atraído más: los tiburones. Más de uno pensará que para realizar tal sueño, Moreno se trasladó al Caribe. Esta suposición no es de extrañar, si se tiene en cuenta que en España ha estado prohibida oficialmente la existencia de tiburones en nuestras costas. Cosas del turismo. Sin embargo, las costas españolas están rodeadas de tiburones por todas partes. «También hay que aclarar que los tiburones», afirma Moreno, «no son esos asesinos de los mares que nos presentan en las películas». De todos modos, Juan Antonio Moreno conserva una aleta de bucear que le mordió un tiburón en una playa de Cullera, y en otra ocasión vio cómo un marrajo de unos tres metros de tamaño partía limpiamente a un pescador en dos mitades. Fue en el golfo de Vizcaya, durante la campaña del arenque. Estaban sacando una red del agua llena de peces y un pescador de origen norteafricano se tiró al agua. «De pronto vimos cómo se hundía y el agua se teñía de rojo. Luego vimos a un gigantesco marrajo por cuya boca asomaban las extremidades de aquella persona».
Benigno Varillas, El País, 4 de febrero de 1982¹.

Este mes de noviembre se han cumplido, silenciosamente, casi en secreto, al hispanico modo, 10 años de la muerte del profesor Juan Antonio Moreno, pionero en la investigación sobre los tiburones en este triste país y autor de la primera guía específica de tiburones en aguas españolas, Guía de los tiburones de aguas ibéricas, Atlántico Nororiental y Mediterráneo (ed. Pirámide, 1995). Como es natural, no ha habido mención alguna en la prensa, escrita o digital, ni en ningún blog o sitio web que conozca (cabe también la posibilidad de que yo no haya sabido encontrarlas). En realidad, lo triste es que la información que sobre Moreno hay actualmente disponible en toda la Red se reduce a tan solo un puñado de referencias bibliográficas, un obituario firmado por Joan Barrull, Isabel Mate y Alessandro de Maddalena y publicado en una revista científica croata, y un par de reportajes de Benigno Varillas: uno sobre jóvenes naturalistas españoles, publicado en El País hace más de 30 años, y otro, ya centrado en su figura, que no es más que el resumen de un artículo de la revista Quercus cuyo original incluye una breve y emocionada nota de despedida de Joan Barrull e Isabel Mate. Fotos, casi ninguna, excepto las de pequeño tamaño que aparecen aquí.

Juan A. Moreno pertenece a la segunda generación de grandes naturalistas y divulgadores de nuestro patrimonio natural, junto con los Araújo, Grande del Brío, Garzón, Varillas, etc., surgida hacia finales del franquismo bajo el inmenso paraguas de Félix Rodríguez de la Fuente. Todos ellos nombres muy cercanos y familiares para quienes como quien esto escribe crecimos devorando los primeros números de Quercus y de Natura junto con el bocadillo de la merienda a la salida del colegio, y más tarde, ya sin bocadillo, empezando el instituto. A unos les apasionaban los lobos, a otros las aves rapaces, a algunos la ecología en general, y a él, los tiburones.

Su pasión por estos animales fue tan intensa que, tras licenciarse en Ciencias Biológicas por la Complutense en 1976, se permitió el lujo de rechazar un puesto de profesor no numerario en el Departamento de Zoología de esta universidad, dirigido en aquel momento por Francisco Bernis, el fundador de la SEO, pues a él lo que le iba era la investigación de campo:
Juan Antonio Moreno era una persona única e irrepetible: vital, activa, inconformista, luchadora, de fuerte carácter, decidida, valiente, independiente, rebelde... [...] Una decisión que en su juventud le hizo atreverse a sumergirse en una almadraba sin haber tenido experiencia previa en inmersión. Una rebeldía que le llevó incluso a enfrentarse con Bernis al rechazar una oferta para estudiar cigüeñas, porque él lo que deseaba era dedicarse al estudio de los tiburones.²
Con un jaquetón del Estrecho.
(Foto tomada de Quercus).
Y efectivamente a ello se dedicó en cuerpo y alma, con un intenso trabajo de campo buceando y recorriendo lonjas. Con los beneficios que obtenía con sus ilustraciones —"seguramente ha sido uno de los mejores ilustradores naturalistas de este país, si no el mejor"³— se embarcaba en marrajeras durante largas temporadas para estudiar los tiburones más de cerca. Y así, llevado por una pasión y energía envidiables, dio comienzo a una intensa labor científica y divulgativa, dirigiendo trabajos, tesinas y tesis doctorales, publicando numerosos artículos y libros, participando activamente en congresos internacionales y formando parte de diversos grupos de trabajo, que le llevó a convertirse no solo en un pionero en su país, sino en un especialista de talla internacional. Llegó incluso a describir una nueva especie de carcharhínido, su "niño", el jaquetón del Estrecho (Carcharhinus acarenatus, Moreno & Hoyos, 1983).
En 1982 se doctoró con un proyecto que recibió la máxima calificación, Revisión del género Carcharhinus en el Atlántico nororiental y Mediterráneo occidental. Entre  sus títulos figura un libro actualmente imposible de conseguir, Jaquetones: tiburones del género Carcharhinus del Atlántico Nor-oriental y Mediterráeo occidental, publicado en 1982 por la Secretaría General de Pesca Marítima del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Fue miembro del Grupo de Trabajo Europeo de Elasmobranquios, fundador del Grupo de Investigación Ictiológica de los Chondrychthyes, Euselachii y Socio Fundador de la Sociedad de Ictiología Ibérica, como se indica en su Guía. Como curiosidad, fue uno de los primeros científicos en medir un tiburón blanco de más de 8 m:
... en el año 1982, el Dr. J. A. Moreno tuvo la posibilidad de observar y hacer una medición aproximada (en pies) a una hembra, de una longitud mínima de entre 8 y 9 metros, desembarcada en Dakar (Senegal). Desgraciadamente, el registro de la talla del individuo observado no tiene ninguna validez científica al no haber podido realizar una biometría correcta al animal, debido a la situación azarosa con os propietarios del ejemplar, ni, consecuentemente, haber podido preparar la correspondiente comunicación.
Con toda justicia, Moreno no incluyó este registro en su propia guía.

Como muchos otros grandes personajes de este extraño país, el suyo era un destino trágico. En 1984, a su regreso del primer encuentro general de la Sociedad catalana de ictiología y herpetología celebrado en Sitges, sufrió un gravísimo accidente de coche que lo dejó atado a una silla de ruedas durante los últimos 20 años de su vida. La tetraplejia cercenó, de un tajo frío y seco, el ímpetu de su trayectoria vital y profesional, todos sus proyectos y ambiciones. Tenía 32 años. "Entonces pasó de una arrolladora actividad a tener que superar mil y una penalidades para seguir adelante malamente", cuenta Varillas. "Los dedos de las manos no le respondían apenas, pero con un hilillo de movimiento que le quedaba, aprendió a escribir con un puntero letra a letra y a dibujar con el ordenador. También a manejar un artilugio con el que podía sostener un cigarrillo y llevárselo a la boca".
Pero una extraordinaria fuerza de voluntad le empujó a seguir adelante, estudiando, escribiendo y publicando sobre los tiburones y dando conferencias. En 1991 obtuvo su doctorado en biología con la tesis Lamnidae y Alopiidae (Chondrichthyes, Euselachii) del Atlántico Oriental y Mediterráneo Occidental: Sistemática, biología y aspectos pesqueros, dirigida por Bernis; ocasionalmente colaboró con el Dr. J. Cassey, de la NOAA, en la taxonomía e identificación de tiburones de aguas profundas del Atlántico NW; dirigió el grupo de investigación ictiológica de la cátedra de vertebrados de la UCM, etc. De estos años data un CD-ROM hoy inencontrable, ¡Tiburón! Una leyenda viva, así como su extraordinaria guía de tiburones, ilustrada con sus propios dibujos hechos con ordenador.

Hasta que su cuerpo se debió de cansar de luchar contra si mismo y contra el destino, y dijo basta. Ocurrió el 9 de noviembre de 2004.


Resulta tentador terminar este pequeño artículo diciendo, como el título del CD-ROM, que Juan Antonio Moreno García es, como sus tiburones, una leyenda viva. Quedaría perfecto, como un centro de crisantemos delante del nicho recién lavado, pero no sería justo. Desgraciadamente, el profesor Moreno no es leyenda viva para nadie salvo, acaso, para sus amigos y allegados, y para un puñado de extravagantes. Todo lo demás es silencio. En otro lugar ya le hubieran publicado, al menos, una cuidada biografía en la Wikipedia, con fotografías y reseñas de sus publicaciones, de su actividad científica, etc. Aquí, ni eso.
Todos los que hemos trabajado con tiburones en este país, y también en el extranjero, le debemos mucho de lo que sabemos.
Dos imágenes con su "niño", el Carcharhinus acarenatus. (Foto: Juan Antonio Moreno).
En lo personal, Juan A. Moreno es uno de los nombres que permanecerá para siempre ligado a mis primeras y, por eso mismo, más apasionadas lecturas "científicas" con y sin comillas sobre la naturaleza y, muy particularmente, sobre los tiburones. Entonces no pocos niños y adolescentes teníamos sueños de ecología, gracias a toda esta gente. Todavía guardo como un tesoro el nº 4 de Natura, de junio de 1983, (en realidad conservo todos los ejemplares de aquellos primeros años de la revista, cuidadosamente encuadernados en sus tapas verdes). Entre sus contenidos figura un reportaje sobre Greenpeace, "Los guerreros del Arco Iris", y un artículo sobre la Aurora Boreal; su sección de Ecos recoge la noticia de la primera cría en cautividad del águila real, el proyecto del Ejército del Aire para crear un campo de tiro en Cabañeros, y el daño irreversible a una colonia de buitres Negros en Sierra Morena causado por el aterrazamiento de 500 hectáreas de monte bajo mediterráneo por parte del ICONA; y como colofón, un póster del tiburón blanco con un reportaje titulado "Tiburón, un pez con mala fama", firmado por Juan Antonio Moreno. Me había costado 160 pts, que evidentemente pagaron mis padres; hoy, para mi, no tiene precio.

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=>ACTUALIZACIÓN A 26 DE ENERO DE 2016: Hace unos días recibí una carta muy especial, hermosa y conmovedora. Venía firmada por una persona de la que nunca había oído hablar, alguien que por casualidad acababa de encontrarse con este blog y con este artículo, cuya lectura simplemente la había emocionado: una vieja amiga de Juan Antonio Moreno. No hace falta explicar todo lo que sentí al leer aquellas palabras tan llenas de cariño y de afecto, aparte de una profunda gratitud por tan inmerecido honor.
Con el permiso de su autora, Lola Sequeira, quiero reproducir aquí la parte más importante de aquella carta, pues además de ayudarnos a completar el retrato del profesor Moreno con unas pinceladas sobre su calidad humana, considero que en realidad su verdadero destinatario no soy yo, naturalmente, sino su gran amigo.
"Juan Antonio era una persona maravillosa, irradiaba luz, como algunos de esos impresionantes tiburones que él tanto amaba.
Le conocí hace muchos años, cuando empezó la carrera, él era unos años mayor que yo. Mantuvimos el contacto hasta el final, nos unía una gran amistad, con mucho cariño, le recuerdo mucho, un cuadrito suyo, a boli bic negro, alucinante! está en mi pequeño salón.
Si alguna vez se le hiciera un homenaje, querría asistir."
Es obvio que esto no fue hecho para hacerse público. Pero como la propia Lola me indica en un e-mail posterior: "Ningún inconveniente en que incluyas mis palabras recordando a Juan Antonio, al revés, un gran honor, de saberlo quizás las hubiera preparado, pero ahora, al leerlas, me gusta que sean tan sinceras, sencillas, directas, justo como Juan Antonio y yo solíamos hablar." Como regalo (uno más) de Lola Sequeira, aquí tenéis el dibujo a boli Bic negro, de 11x18 cm, que demuestra, entre otras cosas, la maestría de su autor. Es una recreación de uno de los grandes grabados de Gustave Doré para Don Quijote: Don Quijote, en cama después del espanto gatuno.

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¹"Los pioneros de la observación de la naturaleza (y 2): Félix Rodríguez de la Fuente popularizó la labor anónima de muchos naturalistas". El País, jueves 4 de febrero de 1982, p. 25.
²Joan Barrull e Isabel Mate. "El sargento Tiburón", en Quercus, enero de 2005, p. 8. El mote "sargento tiburón" se lo ganó Moreno durante su servicio militar.
³Ibíd.
Hoy el C. acarenatus está considerado una sinonimia del jaquetón cobre (Carcharhinus brachyurus). Véase Leonard J. V. Compagno (1984). FAO Species Catalogue. Vol. 4. Sharks of the World,, Part 2: Carcharhiniformes. FAO, Roma.
Sin embargo, según recoge el propio Moreno en su guía, a diferencia del C. brachyurus, el C. acarenatus presenta pliegues labiales compuestos, no simples, y carece de carena interdorsal. Parece que Compagno ni siquiera se ha tomado la molestia de estudiar el holotipo y los paratipos depositados en la Complutense, según Joan Barrull, Isabel Mate & Alessandro De Maddalena (2004). "Obituary: Juan Antonio Moreno García, 1952-2004". Annales, Series Historia Naturalis, 14, 2, 275-279.
Joan Barrull & Isabel Mate (2002). Tiburones del Mediterráneo. Llibreria El Set-ciènces, Arenys de Mar, p. 153.
Benigno Varillas. "Juan Antonio Moreno, pionero en el estudio de los tiburones". Quercus, nº 227, enero 2005, pp. 6-8.
Para que os hagáis una idea, este es la descripción de su contenido: "La obra está organizada en varias secciones. Consta de una introducción, una revisión arqueológica de los tiburones, un índice temático variado que incluye temas de anatomía externa e interna así como datos bioecológicos generales de los selacios. También encontraremos un índice sistemático que analiza las familias de tiburones y sus especies, así como la descripción de las 88 especies conocidas en el área antes reseñada [se refiere al Atlántico nororiental y Mediterráneo]". Tomado de la página marenostrum.org.
Joan Barrull, Isabel Mate, Quercus, enero 2005. 
Por si alguien desea compararlo con el original,



domingo, 7 de septiembre de 2014

La espada antitiburones

Aquí me tenéis de nuevo buceando en las hemerotecas digitales para conocer que se contaban nuestros abuelos sobre los tiburones. Hoy le toca a la del ABC, que es realmente espectacular. No tiene nada que ver con la desoladora mediocridad que tiñe las páginas del periódico (a excepción de su suplemento cultural, muy superior en calidad al resto de los que se editan hoy en España).
El artículo que os traigo hoy, publicado en 1921 en el suplemento Blanco y Negro, nos presenta uno de los más sofisticados ingenios diseñados hasta aquel momento para proteger a los buzos de los tiburones. Consistía básicamente en una varilla metálica conectada a un generador situado en un barco, que producía descargas eléctricas letales cuando entraba en contacto con el animal. Su inventor fue nada menos que Hugo Gernsback, un apasionado de la electricidad y sus aplicaciones, entre otras muchas cosas¹. No he logrado averiguar si tuvo mucho éxito o si en algún momento se llegó a poner en práctica con cierto rigor, aunque no parece probable.
Tampoco parece probable que Mr. Gernsback hubiese bautizado su artilugio con el nombre de la famosa espada del Cid Campeador, ni que en su artículo del Science and Invention hablase de la influencia de las tormentas sobre el carácter de las suegras, de natural avinagrado, de señoritas que atacan con sus uñas a solterones pretendientes, o de las hazañas de Don Quijote de la Mancha. Esto es cosa de D. Emilio Rodríguez Sadia, que en su afán divulgativo no duda en incorporar este tipo de elementos populares a un discurso a mi modo de ver ya de por si empalagosamente costumbrista.
Como siempre, he transcrito el texto tal cual aparece en el original, sin modernizar grafías ni puntuación, para conservar ese saborcillo a viejo que tanto nos gusta. Todas las ilustraciones pertenecen al artículo.


LOS ÚLTIMOS ADELANTOS:
LA TIZONA DEL DIABLO
Por Emilio Rodríguez Sadia


     En adelante yo no sé qué será peor: si verse buzo en presencia de tiburón o verse tiburón en presencia de buzo. Porque les digo a ustedes que el arma que acaba de idear H. Gernsback (véase la revista Science and Invention) para defender a buzos contra tiburones es un arma que ni uñas de mujer escarmentada contra solterón pretendiente (nueva casta de tiburón).
     He ahí una pecera de cristal, por la que navega gallardamente un pececillo rojo, como recreándose en el áureo cabrilleo de sus escamas. Tomemos el cordón de la luz eléctrica; destrencemos sus dos ramales; atemos a un ramal una laminita de plomo y al otro ramal una varilla metálica, forrada de goma en toda su longitud, menos en la punta. Si introducimos en la pecera de un lado la lámina, de otro la varilla, y damos a la llave, como para encender la luz, la pecera se convertirá en un vaso electrolítico, es decir, que de la varilla a la lámina, o viceversa, pasará corriente a través del agua, y observaremos que el pececillo coletea furioso hasta ponerse en la dirección en que va la corriente.
     Como no soy pez, no puedo decirles a ustedes la impresión que recibirá el animalito en ese momento; pero me imagino que le hará la broma muy poca gracia. Los temperamentos nerviosos son muy sensibles al estado eléctrico de la atmósfera. Por ejemplo: las suegras son insoportables el día de tormenta (y en su casa hay tormenta todos los días). Parece como si los efluvios eléctricos, que pasan de las nubes a la tierra por la diferencia de potencial, destemplasen el arpa privilegiada que forman sus neuronas, neuroglias, axones y ganglios. Ahora bien, la atmósfera del pez es el agua. ¿Y hay acaso temperamento más nervioso que el temperamento de un pez?
     Por eso, si estando ya el pez tranquilo, le acercamos la varilla, veremos que huye. Y si le acosamos con insistencia, pretendiendo tocarle, veremos que coletea tan desesperadamente, que llega a saltar fuera de la pecera.
     La única manera de poder tocarle es cortar la corriente y acercarle entonces la varilla sin electricidad alguna. Pero si estando así la varilla en contacto del pez damos otra vez de pronto a la llave, veremos que instantáneamente da un coletazo frenético y muere electrocutado.


     Pues ahora no es ya una pecera; es el mar. A bordo de un buque funciona una dinamo, entre cuyos bornes hay una diferencia de tensión de 2.000 voltios. Uno de los bornes está unido al casco metálico del buque (como si dijéramos a la laminita de plomo de la pecera), y el otro por medio de un largo cable, a la tizona del diablo (como si dijéramos a la varilla forrada de goma).
     La tizona del diablo no es, en efecto, más que una varilla de cobre encerrada dentro de un largo estuche de bambú, aislada, por consiguiente, en toda su longitud, menos en la punta, que queda descubierta. Su aspecto es el de una larga espada, cuya hoja asomase por el fondo de la vaina. El cable conductor del flúido eléctrico entra, perfectamente aislado, por la empuñadura de la espada, pero no llega a establecer contacto de primera intención con la varilla de cobre que constituye como la hoja. Para que se forme contacto es necesario que, apretando con la punta de la espada contra un obstáculo, se haga penetrar a la empuñadura dentro de la vaina (la empuñadura y la vaina enchufan como dos tubos de anteojo hasta vencer un muelle o trinquete de retención): en ese momento sí habrá contacto, efectivamente, entre el cable y la varilla de cobre, y aparecerá, por lo tanto, electricidad en la punta de la tizona.
   Resulta, pues, que la empuñadura obra como un interruptor. Cuando está separada de la hoja de la tizona, no puede llegar corriente a la punta descubierta, y en el agua del mar no se nota el menor influjo eléctrico. Tan pronto como hay contacto entre ambas piezas aparece electricidad en la punta descubierta. Los iones salinos empiezan a acarrear esta electricidad de la tizona al buque y del buque a la tizona, y a través del agua del mar pasa una corriente. Atención ahora. El caballero buzo se ha calzado ya las espuelas, es decir, unos zapatones enormes de plomo, que le han de servir para descolgarse al fondo del mar no de otra guisa que el de la Triste Figura se descolggmailó al fondo de la cueva de Montesinos; se ha vestido la cota de mallas, es decir, un voluminoso chaleco repleto de aire comprimido, con cuya fuerza ascensional podrá subir a la superficie en un momento apurado con más ligereza que el mismísimo ludión de Descartes (no sin haberse descalzado antes los zapatitos), y ha empuñado, finalmente, con el donaire de un muñeco de guiñol la tizona formidable.
     Pero he aquí que, apenas llega al profundo abismo, un tiburón de largos bigotes se abalanza hacia él dispuesto a devorarlo. El caballero buzo no se inmuta. La tizona en guardia lo espera. Al choque brutal se cierra el circuito eléctrico. Y el miserable selacio muere electrocutado.
     Un nuevo tiburón asoma entonces en la lejanía. Pero, como entre la tizona y el buque está ya cerrado el circuito a través del agua, al acercarse y sentir el desagradable cosquilleo de la electricidad gira sobre sus aletas, mira al buzo de soslayo y se va diciendo, como el loco de Córdoba al encontrar un perro, desde que la estaca del bonetero le puso los huesos como alheña: "¡Este es podenco, guarda!"
     Y el buzo se pone ya a recoger tranquilo esponjas y perlas.
     Los tiburones le deben tener ya al ingeniero Gernsback una ojeriza... Porque no es la primera vez que este buen señor abusa de su inocencia. El fué quien un día empezó a echar por la borda de un barco piltrafas de carne, pedazos de pan, plátanos, naranjas y hasta gallinas, desplumadas y todo. Los tiburones se arremolinaron todos al punto. ¡Ah, las gallinas! Sobre todo las gallinas se las disputaban a dentelladas con tanta furia, que ni que fueran actas de diputados a Cortes. Pero de pronto muerde uno de ellos una gallina y queda muerto en el acto. Aquella gallina estaba unida a un cordón eléctrico... En torno al cadáver todos los tiburones empezaron a maldecir amostazados. Hay que convenir en que la protesta no podía estar más justificada. ¡Por mucho menos protestaría cualquiera, aun sin ser tiburón!
Blanco y Negro, 6 de febrero de 1921, pp. 21-22

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¹Hugo Gernsback fue un tipo, como poco, bastante peculiar. Nació en Luxemburgo en 1884 y a los 20 años emigró a los EEUU, donde llevado por su pasión por la electricidad, la radio y la ciencia, se hizo inventor, escritor y editor de revistas de radio, de ciencia (entre ellas Science and Invention), y sobre todo de ciencia ficción. De hecho, muchos lo consideran como uno de los padres de este género, junto con H. G. Wells y el mismísimo Julio Verne, a pesar de sus turbias (como poco) y abusivas prácticas empresariales y editoriales. Tenía por costumbre explotar miserablemente a los escritores que contrataba para publicar en sus revistas, entre ellos gente de la talla de un Lovecraft; no es de extrañar que se refiriesen a él como "Hugo the rat".


jueves, 31 de julio de 2014

Odón de Buen y un peregrino

Odón de Buen.

Lo que sigue es apenas una pequeña anécdota ocurrida hace casi 100 años, a finales de un mes de julio como este, gozosamente comentada por la prensa de la época. Sus protagonistas fueron un tiburón peregrino, la familia real, que holgazaneaba en Santander, y la figura clave de la Oceanografía de este lugar tan triste llamado España: D. Odón de Buen.

"El principe de Asturias y el infante D. Jaime, con su profesor señor Loriga, viendo el tiburón pescado á nueve millas de la costa". Fuente: Mundo Gráfico: Revista popular ilustrada, miércoles 31 de julio de 1918, Biblioteca Nacional de España.
SANTANDER 26 (10,30 n.). Los tripulantes de la lanchilla de pesca de Santoña "Virgen del Puerto", al regresar esta mañana se vieron sorprendidos por la presencia de un tiburón, a una milla próximamente de cabo Mayor. 
     El patrón de la lancha dispuso todo lo conveniente para darle caza, y se le tiró un arpón que fué a clavarse en el lomo del selacio, que, al sentirse herido, dió tan fuerte sacudida, que en uno de los coletazos estuvo a punto de echar un hombre al agua. El arpón quedó retorcido y roto; pero como el tiburón estaba mortalmente herido, pudieron los tripulantes de la lanchilla largar unos cabos, amarrarle y meterle a bordo. Sobre cubierta continuó dando coletazos, y algunos de los pescadores hubieron de darle varios cortes con una navaja para rematarle. 
     De la llegada de este ejemplar al puerto, tuvo noticia el director del Instituto Oceanográfico, D. Odón de Buen, quien inmediatamente se presentó en la lancha y examinó el tiburón. Este fué trasladado a la Estación de Biología marina para su estudio. 
     Se trata de un ejemplar "Cetorhinus maximus", joven, de tres metros veinte centímetros de largo. Estos ejemplares llegan a medir catorce metros. Es el segundo de esta familia que se ha conseguido coger en las costas españolas. El primero es el que es halla en el Museo de Historia Natural de Madrid. 
     El señor de Buen se propone conservar la cabeza del tiburón y enviar las vísceras para que sirvan de estudio a las señoritas pensionadas por el Instituto Oceanográfico que se encuentran en San Sebastián. 
     El príncipe de Asturias y el infante D. Jaime visitaron la Estación de Biología para ver el tiburón. Luego recorrieron el "Acuarium" acompañados de sus profesores los señores Dóriga y Antelo, del marqués de Viana y del conde del Grove.
El Sol, 27 de julio de 1918.

Odón de Buen fue un firme defensor del republicanismo, del laicismo y del pensamiento libre, y una de las figuras clave en el desarrollo de nuestra ciencia, cuyo estudio se propuso modernizar incorporando en su labor docente las más novedosas técnicas, materiales y modelos científicos... en contra de todo y de todos. Su empeño en introducir en España algo tan peligroso como la teoría de la evolución le valió la expulsión de la cátedra de Zoología de la universidad de Barcelona, y la presión conjunta de la Iglesia y la alta sociedad ultra conservadora logró incluir parte de su copiosa obra en el Índice de Libros Prohibidos.
En una excursión científica a bordo del buque Balear, 1908.
Su extensísima obra comprende decenas de tratados científicos y centenares de artículos periodísticos. Pero la culminación de la labor científica de este aragonés de secano fue la creación, en 1914, nada menos que del Instituto Español de Oceanografía. La ciencia, la educación y la libertad frente al oscurantismo y la servidumbre moral e intelectual ligada al imperio de una religión de estado.
"Fui siempre partidario de la enseñanza laica y enemigo irreconciliable de la escuela oficial española, ayuna de buen plan pedagógico, rutinaria, arcaica en procedimientos, en materiales, en locales, y con un personal reclutado en una selección al revés, confesional en exceso y deficiente de enseñanzas ciudadanas, fuera de las realidades de este mundo por pensar demasiado en el otro mundo."
Más adelante explicaría su sentido del laicismo: “El laicismo es hoy la más preciada libertad. No se opone el laicismo a la religión ni la persigue. El laicismo es tolerancia a la conciencia ajena; pero la conciencia está fuera de la órbita del Orden Público, y no se puede aceptar que en las relaciones sociales se quiera imponer a los demás el dictado de la conciencia”. Y uno ya se imagina como termina la historia.

"El principe de Asturias viendo el tiburón pescado a tres millas de la costa y que ha sido regalado al Museo Oceanografico de Santander." Fuente: La Acción, 29 de julio de 1918, Biblioteca Nacional de España.
También estuvieron a verle [al tiburón peregrino] el príncipe de Asturias y el infantito don Jaime, acompañados de su profesor, señor Antelo, y del conde de Grove. Don Odón de Buen, que se encontraba en aquel momento en la Estación de Biología de Marina [sic], aprovechó la ocasión para dar á los augustos niños una verdadera conferencia científica. (La Vanguardia, 27 de julio de 1918).

Pocos años después la victoria del bando nacional-católico en la Guerra Civil cortó del modo más sangriento aquel proceso de renovación y modernización del país a través de la ciencia, la cultura y la educación. Y de qué manera: con la muerte, la represión y el exilio. La imagen de un viejo de 74 años, enfermo y medio ciego, encerrado durante un año entero en la cárcel de Palma de Mallorca sin el más mínimo atisbo de misericordia, es un pálido reflejo del odio visceral que espíritus libres como de Buen despertaron en la miserable canalla. De algún modo recuerda la trágica escena de otra de nuestras grandes figuras, esta de las letras, D. Antonio Machado, cruzando la frontera francesa a pie bajo una lluvia torrencial, llevando a su madre enferma, junto a centenares de compatriotas que cargaban los enseres que apresuradamente habían podido rescatar de sus hogares.

Tras un canje de prisioneros, que solo resultó posible debido al escándalo internacional que había provocado el fusilamiento, la madrugada del 3 de septiembre de 1936, de uno de sus hijos, Sadí, médico y científico de renombre que contribuyó decisivamente a la erradicación del paludismo en España (su trabajo, por cierto, se destruyó tras su muerte, y ante el grave repunte de la enfermedad en los años 40, hubo que empezar desde cero), de Buen pudo salir de prisión y marchar al exilio a Francia. Pasó unos pocos años en Banyuls-sur-mer, a pocos kilómetros de Collioure, donde acabarían instalándose Machado y su madre, y tras la muerte de su mujer decidió trasladarse a México. Allí murió en 1945. Tenía 82 años.
                           Contemplando el tiburón 
SANTANDER 27 (2 t.). A las once y media de la mañana salió de Palacio la reina Victoria, con las infantas doña Cristina y doña Beatriz y el infante D. Gonzalo, dirigiéndose al Instituto para ver el tiburón cogido ayer.
El director del Instituto, Sr. De Buen, enseñó a las augustas personas el acuario, que les agradó mucho. [...] A la una y media salió el Rey, con su secretario, Sr. Torres, y fué también a ver al tiburón. (El Sol, 28 de julio de 1918).
En Madrid hacia 1925.
En 2003, los restos de Odón de Buen fueron llevados de vuelta a España y enterrados en su pueblo natal, Zuera. Según parece, allí le han levantado monumentos y hecho homenajes sin fin... tras haberlo crucificado miserablemente:
“En el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza se encuentran múltiples papeles con las acusaciones de sus vecinos de Zuera, por ser significado republicano, masón, ateo y hasta marxista. Todos los cargos tenían por objeto, además de la venganza, la incautación de sus bienes en Zuera, con la notable pirueta legal, por llamarla de alguna manera, según la cual el inculpado debía “responder civilmente por los daños o perjuicios de todas clases que hubiera ocasionado directamente como consecuencia de su oposición al triunfo del Movimiento Nacional”. Embargaron su casa con todo lo que había dentro, cuya relación de bienes se realiza con sobrecogedor detalle. “El mobiliario del despacho, por cierto, se lo quedó mosén Fernando, el cura de Zuera”. “Lo que no debieron encontrar son los libros que Odón de Buen había guardado allí con idea de retirarse algún día; fueron quemados en la plaza pública por los falangistas, en los primeros días de la Guerra, igual que fue arrastrado por las calles del pueblo el busto que le había hecho Mariano Benlliure y que estaba en el Grupo Escolar”. (Antonio Calvo Rey, Odón de Buen: Toda una vida, citado por Rafa Ruiz en su artículo de recomendable lectura "Odón de Buen: por la ciencia, el laicismo y la república", blog elasombrario.com).
Unos años antes, y gracias al empeño y compromiso con sus vecinos de aquel viejo republicano, masón, ateo "y hasta marxista", Zuera pudo gozar de una biblioteca municipal y un colegio.

La figura de Odón de Buen, como la de otros muchos intelectuales republicanos, fue sepultada por el régimen fascista bajo el más escandaloso y vil de los silencios... que todavía hoy sigue de algún modo vigente. Apenas se le han dedicado unos pocos artículos y algún que otro documental coincidiendo con el centenario del Instituto Español de Oceanografía. Lo demás sigue siendo oscuridad y silencio, y nosotros, un país de segunda... que además sigue todavía empeñado en deshacerse de sus hombres de ciencia. La vieja consigna del "que inventen ellos" la llevamos impresa en la boina como los americanos el "In God we trust" en sus billetes.
Menos en lo que nos interesa, somos un país de peregrinos.

Foto: Alex Mustard.

lunes, 24 de marzo de 2014

De cuando Suárez vino a pescar tintoreras

Adolfo Suárez desembarcando en Pedras Negras (foto de la portada del ABC del 7 de agosto de 1980).
El presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, dedicó la jornada de ayer a la pesca de tiburones, por la costa de Pontevedra, según informa Europa Press. A las diez de la mañana embarcó en el yate "Rosarito", propiedad de un industrial gallego, junto con su secretario particular, Aurelio Delgado, y el secretario de la Xunta de Galicia y diputado de UCD por Pontevedra, José Luis Nogueiras.
El señor Suárez y sus acompañantes almorzaron a bordo del yate y regresaron a Piedras Negras, localidad próxima a San Vicente del Mar, a las siete y cuarto de la tarde. Habían capturado catorce tiburones del Atlántico, especie de poco más de medio metro de longitud, muy frecuente por aquellas latitudes.

ABC, sábado 9 de agosto de 1980, p. 3.
A finales de julio de 1980 un helicóptero de las Fuerzas Aéreas aterrizaba en A Lanzada. A bordo viajaba el presidente del gobierno Adolfo Suárez, que llegaba a Galicia para pasar parte de sus vacaciones estivales junto con su familia y unos amigos. El lugar que se le había buscado era la finca La Atlántida, flamante propiedad del todopoderoso constructor Raymundo Vázquez Lera: una mansión de 700 m², con torreón incluido, edificada a mediados de los 60 en un terreno 60 000 m² de jardines y pinares ubicado en el monte do Castro y abierto al inmenso panorama del Atlántico. Según dicen, esta escapada había sido iniciativa de José Quiroga Suárez, en aquel momento presidente de la Xunta preautonómica, y de Pío Cabanillas, que no se perdía una.

Portada del ¡Hola! del 16 de agosto de 1980.
Suárez se encontraba en una situación terriblemente delicada, acosado y fustigado de manera inmisericorde desde dentro y fuera de su partido mientras el país atravesaba por unas circunstancias difíciles (paro, inflación, terrorismo, independentismos dando la murga, sensación de inseguridad ciudadana). Esto, sumado a la debilidad de su ejecutivo, era carnaza para sus rivales políticos, que no perdían ocasión de roer sobre la herida abierta. El PSOE presentaba pocos meses antes una durísima moción de censura, y su propio partido, la UCD, se había convertido en un nido de hienas que se estaba resquebrajando por dentro entre de peleas intestinas de la peor calaña, debido tanto a la incapacidad del propio Suárez como a la infatigable labor de personajes como Óscar Alzaga o Fernández Ordóñez, entre otros, que no por casualidad eran conocidos como "los termitas". Y por si fuera poco, como ruido de fondo, el creciente runrún y chasquido de sables del glorioso Ejército, cada vez más impaciente y hostil frente a lo que consideraba un gobierno débil que se estaba plegando al empuje de las hordas rojas, masónicas, separatistas y hasta ateas que estaban a punto de romper España. Estaba claro que el Presidente necesitaba unas vacaciones lejos de la Corte.

"Siempre me había gustado Galicia y de joven veraneaba aquí. Me encanta el clima y los paisajes. Voy a descansar de verdad" (Blanco y negro, 13 de agosto de 1980, p. 4). Los veinte días que pasó en Galicia el presidente se dedicó a ver gente, a practicar su deporte favorito, el tenis, con su amigo Manolo Santana, a hacer paseos con su familia y amigos por las rías de Pontevedra y Arosa a bordo del Rosarito, y salir a pescar, a pescar tiburones o lo que se terciase. Y por supuesto mantuvo algún que otro encuentro con la prensa, que le preguntaba si en septiembre tenía pensado someterse al fin a una moción de confianza.
"El descanso ya se nota en la cara del Presidente, que parece muy satisfecho en estas vacaciones gallegas". Blanco y Negro, 13-VIII-1980.
Lo cierto es que, como es natural dada la situación del país, las vacaciones del presidente fueron objeto de un minucioso escrutinio mediático que incluía no pocos dardos cargados de mala baba, cuando no de veneno.

Estos quince escualos colgados a la entrada de un restaurante fueron capturados por el jefe del Gobierno durante su estancia estival en Galicia. Del anterior jefe del Estado —tan aficionado a la pesca— se decía que le ojeaban los salmones [...]. De Suárez nadie dice que le hayan enganchado en el anzuelo estos [sic] "quenllas", tiburones gallegos. Faltaría más, en una democracia. El presidente aprovechó sus vacaciones para ejercitar la paciencia, cualidad esencial en un pescador, y olvidar por unos días, frente a la inmensidad del océano, la inmensidad de los problemas que dejó sin resolver al partir y se encuentra al llegar corregidos y aumentados.
Blanco y Negro, 10 de agosto de 1980, p. 69.
"En Galicia estoy siempre de vacaciones" (El País, 14 de agosto de 1980). Podéis juzgar por vosotros mismos la naturaleza de aquellas vacaciones:
Durante las ocho horas que pasó ayer a bordo del pequeño yate Rosarito dedicó parte de su tiempo a trabajar en temas del gobierno, y él mismo descendió del barco en San Vicente de El Grove llevando en la mano el portafolios que contenía "algunos papeles de trabajo que llevé al mar". Adolfo Suárez, acompañado en este viaje marítimo por toda su familia y por su amigo íntimo Fernando Halcón, declaró a EL PAÍS que "en medio de las aguas se puede trabajar a gusto en algunas cosas".
El País, 14 de agosto de 1980.
No solo se llevaba Suárez "algunos papeles de trabajo" al barco, sino que durante aquellos días mantuvo diversas reuniones de carácter político con un número de personajes. Y es que demás de los problemas del conjunto del país, también estaban los problemas de Galicia, como el espinoso y tan mal llevado asunto del Estatuto de Autonomía, cuyo referéndum era inminente. Por último, todavía tuvo tiempo para recibir a los familiares de los marineros del Gargomar, que había sido apresado por el Frente Polisario.

Foto tomada de El Periódico.
¿Cuántos "tiburones gallegos", como los llamaba el ABC, habrá pescado Suárez en Galicia? En algunos periódicos leemos que 14, en otros 15, y alguno creo recordar que sube hasta 24. Pero no importa demasiado, y menos hoy. La pesca de tintoreras era una actividad lúdica o deportiva como cualquier otra, como lo sigue siendo todavía hoy, a pesar del enorme caudal de información de que disponemos a estas alturas del siglo XXI, a diferencia de aquellos años, cuando el mar y sus criaturas eran inagotables y no había conciencia de su fragilidad.

Foto de La Voz de Galicia.
De aquellos días de 1980 nada queda ya. Hoy el mar de Galicia está más vacío y degradado, como el propio país. Vacío de tiburones, de vida, de riqueza y, acaso, de dignidad. Lo poco que había, ya no lo hay. Como el mar, el país ha sido arrasado y saqueado por los grandes poderes económicos gracias a la vil connivencia de sus gobernantes, de uno y de otro color, y por supuesto de buena parte de los ciudadanos que los votaron y jalearon. Es posible que esta situación que estamos padeciendo, unida a la distancia que da el tiempo, nos presente todo aquello bajo una luz demasiado brillante, capaz de cubrir todas sus grietas y sombras. Ya en agosto de 1980 nada era lo que parecía: el indestructible imperio de Raymundo Vázquez se estaba desmoronando. De hecho, el Presidente de la Nación y su familia estaban alojados en la propiedad de una constructora que había entrado en suspensión de pagos. Difícil sustraerse a una interpretación simbólica.
La información enviada por una entidad bancaria pontevedresa en abril de 1980 a la central de riesgos del Banco de España sobre la suspensión de pagos de la constructora, resultó el detonante de una crisis que se fue de las manos y nadie consiguió parar.
El desmoronamiento del imperio de Raymundo Vázquez era tan impensable aquellos días que la Xunta de Galicia no tuvo ningún reparo en gestionar la cesión de La Atlántida para albergar a Adolfo Suárez y toda su familia durante sus vacaciones estivales. De existir el más mínimo temor al respecto, nadie en su sano juicio habría instalado al presidente del Gobierno sobre un volcán en erupción.
El Faro de Vigo, 14 de abril de 2013.
Una aleta de tintorera cortando la superficie (foto de la SEO-Pontevedra).

Cinco meses más tarde, Adolfo Suárez presentó al rey su dimisión irrevocable y pocas semanas después Tejero y su tricornio entraron y salieron del Congreso estropeando la sesión de investidura de Calvo Sotelo y desbaratando planes más oscuros de gente más poderosa. Luego desapareció en el olvido, primero de todos, después de si mismo.

Adolfo Suárez, con sus grandes aciertos y sus graves errores, fue el primer y único presidente verdaderamente político que ha tenido este país. Incluso para quienes estamos bastante lejos de su ideología, permanecerá como un ejemplo de dignidad y de honestidad política que nadie, salvo contadísimas excepciones, ha podido, o querido, igualar. Nos queda su recuerdo en medio de la desoladora mediocridad de una clase dirigente que carece de los más elementales principios de decencia y de compromiso político con los ciudadanos... que indiscutiblemente están (estamos) peor que en aquellos años, pese a que los economistas que nos han traído hasta aquí dicen lo contrario.

La Atlántida ha cambiado de dueños. Actualmente se alguila para la celebración de banquetes (foto tomada de galiciaunica.com)