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viernes, 27 de febrero de 2026

Ataques 2025

Tiburón blanco (Carcharodon carcharias). Foto (editada) de Andrew Fox, Rodney Fox Shark Expeditions.

El ISAF (siglas del International Shark Attack File, 'Archivo Internacional de Ataques de Tiburón') ha publicado su informe anual sobre los accidentes hombre-tiburón —eso que tradicionalmente hemos calificado como «ataques»— ocurridos a lo largo del pasado 2025 en todo el mundo. Ha habido un incremento de casos con respecto al 2024, pero dentro de la media de los últimos años. Vamos al detalle.

domingo, 19 de octubre de 2025

El primer ataque de tiburón registrado en América

Colón en la isla de las perlas. Grabado coloreado de Theodor de Bry (1554).

Bartolomé de las Casas (c. 1484-1566) es una de las personalidades más eminentes de la España del siglo XVI, en particular en lo que respecta al tema de la conquista de América. Testigo de las atrocidades cometidas por los españoles ya desde lo primeros años de la colonización, que, según consideraba, iban contra los mandamientos más sagrados de su religión, emprendió una infatigable labor de denuncia y de defensa de los pueblos indígenas incluso ante el mismísimo emperador.

sábado, 31 de agosto de 2024

Conociendo a Carlotta

Foto: Toño Maño

Carlotta es una digna señora de casi cinco metros y medio de largo, puro pellejo y hermosos ojos de cristal, que lleva casi 120 años muerta. Tuve el privilegio de visitarla hace poco en un fugaz viaje a Trieste desde Venecia acompañado de mi hijo, y hacerle compañía en su solitaria y exigua celda del Museo Civico di Storia Naturale durante una hora que se me hizo muy corta.

sábado, 30 de septiembre de 2023

Los ojos de los lámnidos

Primer plano de un tiburón blanco. Foto: Andrew Fox, Rodney Fox Shark Expeditions.

Pues resulta que esos «ojos sin vida, de muñeca», esos ojos «negros y quietos» que Quint describió en aquella magistral escena de Tiburón, llenando nuestros corazones de más angustia, si cabe, ni son negros ni carecen de vida ni están quietos. La realidad es que, vistos bien de cerca, los ojos del tiburón blanco, al igual que los de sus parientes más cercanos, los marrajos, se parecen más a los de una cabra montesa miope que a los de cualquier monstruo o muñeca diabólica que se nos ocurra. La ciencia siempre cortándonos el rollo.

miércoles, 31 de agosto de 2022

52 grandes blancos

Fig. 1. La inmensa lamia o llamia de unos 550-600 cm capturada en la almadraba de Tabarca (Alicante) en agosto de 1946. Foto: Francisco Sánchez.

El tiburón blanco (Carcharodon carcharias) es uno de los depredadores más formidables del océano y seguramente, desde Spielberg, el que mejor encarna el monstruo de nuestras pesadillas. Por eso las noticias sobre avistamientos, supuestos o reales, de ejemplares gigantescos tienen tanta acogida en todos los medios de comunicación y redes sociales, donde por desgracia la ficción tiene demasiadas veces más recorrido que la realidad. 

lunes, 31 de enero de 2022

Ataques 2021

Tiburón blanco (Carcharodon carcharias). Foto: Rodney Fox Great White Shark Expeditions.

El Archivo Internacional de Ataques de Tiburón (ISAF, por sus siglas en inglés) acaba de publicar su informe anual sobre los ataques registrados en todo el mundo durante el pasado año 2021. Aquí tenéis todos los datos.

martes, 23 de noviembre de 2021

Cuánto puede medir un tiburón blanco

Fotografía de Fred Buyle. https://nektos.net

Desde Spielberg, el gran tiburón blanco se ha consolidado como el monstruo de referencia de nuestro imaginario colectivo. Es el terror impredecible (y fascinante) que acecha en el océano oscuro de nuestro subconsciente: una criatura fría, desprovista de sentimientos y ajena a toda lógica humana que nos observa atentamente desde un lugar que no es el nuestro. Por eso nos gusta que sea muy grande y fiero, cuanto más mejor. Porque los monstruos tienen que ser eso, monstruosos.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Primer registro claro de tiburón blanco en Galicia

Tiburón blanco (Carcharodon carcharias). Foto: José María Méndez Laza.

Hasta hace unas horas repitiendo cien veces "montaje, montaje, montaje"; y desde hace unas horas obligado a repetir cien veces "real, real, real". Qué se le va a hacer. 

martes, 28 de septiembre de 2021

Los ataques más antiguos de la historia

Elaboración propia. Mapa: Pter Dlouhý (Wikimedia Commons). Foto 1: Jeffrey Quilter; foto 2: Universidad de Kyoto; foto 3: Peter Siegel.

El hombre lleva miles de años conviviendo con el tiburón. Desde el instante en que por primera vez contempló el mar como una fuente de alimento y se decidió a meter los pies en el agua para investigar sus rincones, aprendió que los tiburones eran parte inevitable de una naturaleza que te daba la vida, pero también, en ocasiones, la muerte, una muerte que podía llegar a ser tan espantosa como alguna de las que siguen.

miércoles, 22 de abril de 2020

El origen del tiburón blanco del Mediterráneo

El tiburón blanco (Carcharodon carcharias) en una extraordinaria fotografía de George Probst.
Hace unos 5 millones de años grandes tiburones blancos recorrían estas costas de la Europa atlántica. Sus dientes han aparecido en depósitos del Plioceno desde Bélgica hasta Portugal, como ya comentábamos en Tiburones blancos en la Europa atlántica del Plioceno. El Plioceno comienza hace aproximadamente 5,33 millones de años y termina hace unos 2,59 Ma. ¿De dónde procedían aquellos tiburones? ¿Cuánto tiempo llevaban allí (aquí)?

sábado, 31 de marzo de 2018

Tiburones blancos en Australia

Carcharodon carcharias. Foto: Don Silcock.
Si en su momento hablamos del tamaño de las poblaciones de tiburón blanco en California y Sudáfrica [Quedan muy pocos tiburones blancos, El tiburón blanco sudafricano en peligro, 200 o 2000 tiburones blancos en California], hoy le toca a Australia, el tercero de los lugares míticos (para quienes crecimos devorando documentales) del gran Carcharodon carcharias. Y como siempre, lo hacemos al hilo de un trabajo publicado hace poco, el pasado febrero: R. M. Hillary, M. V. Bravington, T. A. Patterson,  P. Grewe, R. Bradford, P. Feutry, R. Gunasekera, V. Peddemors, J. Werry, M. P. Francis, C. A. J. Duffy & B. D. Bruce (2018). Genetic relatedness reveals total population size of white sharks in eastern Australia and New Zealand. Scientific Reports, 2661. doi: 10.1038/s41598-018-20593-w (de acceso libre pinchando aquí).

miércoles, 17 de enero de 2018

Hay o no hay tiburones blancos en las islas británicas

Foto: White Shark Video
La presencia del tiburón blanco (Carcharodon carcharias) en el Atlántico NE al norte de las Azores se limita a apenas un puñado de registros en 200 años incluyendo unas pocas citas dudosas, como analizamos en el artículo ¿Hay o no hay tiburones blancos en Galicia? Los registros más septentrionales llegan hasta el Charente Marítimo francés; en las islas británicas, no hay ni uno, pese a las noticias sobre supuestos avistamientos que una y otra vez salen publicadas en las páginas de sus infames y repugnantes tabloides, que no merecen ni un segundo de nuestro tiempo. No existe prueba alguna de que el tiburón blanco visite las costas inglesas siquiera de forma esporádica o por despiste, ni directa (fotos, vídeos, dientes, etc.) ni indirecta (mordeduras claramente atribuibles a esta especie), de manera que la cosa está, de momento, científicamente casi cerrada.

martes, 17 de enero de 2017

Lo erróneo de la identificación errónea

Simpática ilustración de Mason Philips titulada "Un error común" sobre un fondo de surfistas en superficie: "Fig. 1: León marino. Fig: 2: Ser humano sobre una tabla de surf. Fig. 3: León marino sobre una tabla de surf."

La teoría de la identificación errónea es ya un clásico en los debates sobre el porqué de los ataques de tiburón, en particular los que tienen como protagonista al tiburón blanco (Carcharodon carcharias) y su supuesta afición por mordisquear surfistas. Como sabéis, la idea es que en su gran mayoría son consecuencia de un error de identificación: el hambriento animalico confunde al surfista con una foca; camuflado contra el fondo, observa una forma que encaja en el perfil de presa que lleva grabado en el disco duro de su cerebro y se abalanza sobre ella. Quienes defienden esto argumentan que, vista desde abajo, la silueta de una tabla con un surfista encima, braceando y pataleando, recortada contra la claridad de la superficie, se parece a la de un pinnípedo como el elefante marino del norte (Mirounga angustirostris), uno de sus platos favoritos. Hay quien añade —sorprendentemente— que el gran blanco no tiene una gran agudeza visual y que por encima no siempre las condiciones de visibilidad son las más idóneas.
     Sin embargo, pese a su aparente lógica, esta teoría jamás ha sido testada o probada efectivamente, por lo que llama la atención que todavía siga gozando de una amplia difusión y predicamento, tanto más cuanto que, ya desde el primer momento, no han sido pocos los científicos que han manifestado serias dudas y reservas al respecto, empezando por el hecho de que el tiburón blanco tiene en realidad una vista muy buena. Hace pocas semanas se publicaba un interesante trabajo que recoge y actualiza algunos de sus argumentos a la luz de nuevos datos y observaciones. Lleva el elocuente título de "Do White Shark Bites on Surfers Reflect Their Attack Strategies on Pinnipeds?" ['¿Las mordeduras de tiburón blanco a surfistas son un reflejo de sus estrategias de ataque a los pinnípedos?']¹ y está firmado por Erich Ritter, el tipo aquel tan extravagante al que, como recordaréis, no se le ocurrió mejor idea que meterse entre un grupo de C. leucas para probar no-sé-qué y acabó mordido en una pata justo delante de las cámaras de Discovery Channel, y Alexandra Quester.
     Estos autores analizaron 67 incidentes ocurridos entre 1966 y 2015 en las costas de California y Oregón, en el Pacífico norteamericano, para llegar a la demoledora conclusión de que eso de la identificación errónea es un cuento chino². No existen evidencias de ningún tipo que sustenten esta teoría, más bien al contrario. Ni el tipo de daños causados, tanto a la persona como a la tabla, ni las tallas de los tiburones implicados concuerdan con un ataque con fines depredadores.

Diversos tipos de daños en tablas de surf... y de heridas en algunos pobres leones marinos.
Daños personales y materiales. El 13% de los incidentes analizados terminaron sin que el surfista y su tabla sufriesen apenas algo más que algún rasguño sin importancia, ni siquiera cuando el primero terminó en el agua, y en más del 72% los daños fueron considerados leves o moderados³. En el 21%, el tiburón o bien volvió a morder al surfista o bien reajustó su mordedura inicial; de ellos, el 64% acabaron sin daños o con daños leves. En conjunto, en una escala de 0 a 5, donde 0 indica daños inexistentes y 5 daños absolutos, la gravedad media de las heridas fue de 1,8. ¿Cómo casan estos datos con un ataque en toda regla por parte de un gran tiburón blanco? ¿Por qué tantos supervivientes? Los pinnípedos son criaturas sumamente ágiles —muchísimo más que su cazador— y escurridizas, y el tiburón lo sabe, como sabe también que su ataque debe ser lo más veloz, potente y devastador posible para matarlas o, al menos, inmovilizarlas a la primera, pues de lo contrario, adiós almuerzo.
     Una explicación que suele darse es que tan pronto se produce el contacto con el surfista, la tabla, o ambos —a veces bien encajaditos entre sus fauces—, los afinadísimos receptores químicos dispuestos en distintos puntos de la cavidad bucal detectan el error; el cerebro efectúa el cálculo coste-beneficio, concluye que no merece la pena emplear tanta energía en consumir una cosa tan mala y de tan poca sustancia, y el bicho, decepcionado, la suelta —la escupe—. Todo ello prácticamente en décimas de segundo. Aun aceptando esto, la violencia del encuentro inicial —más bien encontronazo— por fuerza debería causar daños bastante más graves, como los observados en leones marinos que lograron escapar de algún ataque, bien para seguir viviendo, bien para morir, atravesados de dolor, en una playa o sobre las tristes rocas de un islote.
     Otra posible explicación vendría dada por la técnica de caza bautizada en su momento por John McCosker como bite and spit ('morder y escupir'). Tras el brutal ataque, el tiburón suelta su presa y, desde una distancia de seguridad, aguarda hasta que se muera o quede suficientemente debilitada antes de proceder a devorarla con tranquilidad (el tiburón blanco es una criatura muy precavida, y con razón, pues aun herido de gravedad, un león marino adulto puede causar heridas muy serias). Durante este intervalo es cuando el surfista puede ser rescatado y recibir la asistencia médica necesaria. Pero igual que en el caso anterior, las evidencias hablan por si solas: el 76% de los supuestos ataques analizados no habrían servido para incapacitar a un pinnípedo.

En Point Reyes, California. Foto de Scott Anderson.
Tallas. Los tiburones blancos van variando su dieta a medida que crecen. Aunque existen pequeñas diferencias geográficas, en un cálculo conservador se estima que en la parte del Pacífico norteamericano los ejemplares de tallas inferiores a 3,5 m no tienen a los grandes pinnípedos como presas habituales, pues, entre otras cosas, carecen de la velocidad y destreza necesarias para enfrentarse a estos ágiles y fuertes animales, y además sus dientes todavía no han adquirido la forma y estructura necesarias para cortar su carne. Los ataques observados son excepcionales, y siempre a pinnípedos pequeños. Es entre los 3,5 y 4,5 m cuando estos mamíferos marinos comienzan a ser vistos como un alimento posible y deseable y ya se observan ataques, tanto más frecuentes cuanto mayor es el bicho. A partir de los 4,5 m, los pinnípedos son ya parte de su dieta regular.
     Pues bien, solo en 24 de los incidentes analizados se pudo lograr una estimación fiable de las tallas, pero incluso así los datos son reveladores, o al menos dan mucho que pensar: en el 50% los protagonistas fueron juveniles de entre 2,5 y 3,5 m, y en otro 25%, individuos de entre 3,5 y 4,5 m. ¿Cómo se explica esto? ¿Una casualidad, o es que a los jóvenes tiburones también les pone el surf?

¿De verdad que el tiburón blanco es incapaz de distinguir una foca de una tabla de surf con un señor (o señora) encima? El Carcharodon carcharias lleva cazando pinnípedos desde sus mismos orígenes como especie, con toda probabilidad siguiendo la senda abierta por sus padres y abuelos. Por eso cuesta creer que a lo largo de 6 millones de años de evolución paralela un depredador tan eficiente no haya tenido tiempo de forjarse una imagen clara y fidedigna, desde todas las perspectivas posibles, de una de sus presas primordiales, sobre todo porque de ello depende su supervivencia. La vista es un sistema de primer orden que el tiburón blanco emplea para localizar a sus presas y para fijar, por así decirlo, la diana de su trayectoria de ataque. Según se cree, utiliza una especie de búsqueda por imagen: en su cerebro guarda un archivo de imágenes con las que compara cualquier objeto o figura que detecta. Cuando hay coincidencia ataca, si no la hay puede acercarse a investigar, a ver qué es eso, a qué sabe.

Foto de Michael Scholl.
     Por otro lado, la teoría del error de identificación solo parece tener en cuenta observaciones realizadas desde una perspectiva estrictamente vertical. Si os dais cuenta, todos los dibujos, fotos y esquemas ilustrativos muestran una vista de la dichosa tabla de surf, con sus brazos y piernas —normalmente dos de cada— sobresaliendo de sus extremos, como tomada desde unos cuantos metros de profundidad justo en la vertical. Una imagen ideal que no siempre se ajusta a las condiciones impuestas por la realidad, no siempre las presas y las tablas se ofrecen desde esta perspectiva tan perfecta. Así vemos como en los casos estudiados la profundidad media fue de 4 m, con el fondo claramente visible en el 10,7% de los casos, lo cual quiere decir que por fuerza el tiburón debió de ver y aproximarse a sus "víctimas" viniendo desde un ángulo mucho más abierto, desde el cual la famosa silueta ideal se diluye y se convierte en otra cosa, y no desde luego en una foca.

Investigaciones y juegos. Los tiburones blancos son criaturas sumamente inteligentes y, en consecuencia, sumamente curiosas. Se les ha podido observar en infinidad de ocasiones acercándose a investigar, golpeándolos o mordiéndolos, los más diversos objetos, con aproximaciones indirectas u orientadas en función de su forma, tamaño y color, desde los más extraños hasta los más familiares, como los señuelos que imitaban la forma de sus presas. Y siempre el sentido de la vista jugando un papel fundamental.
     Una dieta tan variada y cambiante ontogénicamente hace de la curiosidad una necesidad. El tiburón necesita investigar constantemente, descubrir nuevas fuentes de alimento, encontrar las estrategias más idóneas para detectarlas y cazarlas. Por eso se acerca a los surfistas, golpea sus tablas, los "sopesa" con la boca (el tiburón no tiene manos) y, si no queda satisfecho, los vuelve a morder, a veces orientando la mordida para tratar de apreciar mejor su sabor y su contenido energético. Forma parte de su proceso de aprendizaje. Esto explica por qué la mayoría de las heridas son leves o moderadas y por qué los ejemplares implicados eran juveniles en su mayoría. Pero incluso en aquellos casos donde los daños fueron graves de verdad y además provocados por individuos de gran talla, de 4 a 6 m (un total de 7), la actividad investigadora no se puede descartar del todo. Según los autores, las heridas secundarias, causadas por las reacciones de la víctima, pueden llegar a ser tan severas o más que las del propio mordisco.
     Y no nos olvidemos del juego, uno de los elementos más decisivos en el proceso de aprendizaje de todo gran depredador. Gracias a él, un animal aprende a controlar sus movimientos, a dominar su cuerpo, a practicar y perfeccionar su técnica... aprende, en definitiva, a ser depredador. Por eso los tiburones blancos interactúan, "juegan", con los diversos objetos y bichos que encuentran, tal como se ha descrito. Se les ha visto acercarse a un surfista en súbitas y poderosas arrancadas, pese a tratarse de un objeto desconocido, que después quedaban en nada, o terminaban en un golpe, un roce o un pequeño mordisco. La teoría del juego explica el porqué de ese 50% de juveniles menores de 3,5 m implicados en los supuestos ataques.

     En fin, para concluir, que este artículo ya se nos ha ido bastante de las manos, lo cierto es que no deberíamos hablar de "ataques", sino de encuentros, o si lo preferís, de incidentes, en los que el tiburón no pretendía cazar una presa, sino investigar, aprender jugando, sobre todo los más chiquitines, que es que son un amor.

Los encuentros con tiburones blancos son más numerosos de lo que parece. Lo que ocurre es que la mayor parte pasan desapercibidos; los surfistas regresan a la playa y al chiringuito sonrientes, atléticos y felices... y nunca sabrán que durante unos larguísimos minutos han estado bajo la atenta mirada de un gran depredador. La reciente aparición de los drones nos ha abierto una ventana a una realidad que cada vez más gente desearía no ver. En la imagen, algunas escenas de juveniles investigando diversos tipos de tablas, un kayak y, en el centro abajo, un señuelo en forma de foca (foto: University of California at Davis), más un par de carteles advirtiendo del avistamiento de tiburones en un par de playas de California.

PS: Sobre el juego en los tiburones, podéis consultar este breve artículo sobre un pariente muy cercano del tiburón blanco, el cailón: Los juegos de los jóvenes cailones (Lamna nasus).
_______________________________
¹La referencia completa es: Erich Ritter & Alexandra Quester (2016). Do White Shark Bites on Surfers Reflect Their Attack Strategies on Pinnipeds? Journal of Marine Biology (1):1-7. http://dx.doi.org/10.1155/2016/9539010.
²Naturalmente, no lo dicen con estas palabras, sino así: "The results presented show that the theory of mistaken identity, where white sharks erroneously mistake surfers for pinnipeds, does not hold true and should be rejected" ('Los resultados que presentamos muestran que la teoría de la identificación errónea, según la cual los tiburones blancos confunden surfistas con pinnípedos, no es cierta y debe ser rechazada').
³Según la escala empleada, los daños leves comprenden laceraciones y pequeñas heridas punzantes en la persona, y arañazos y muescas superficiales en la tabla; los moderados, heridas subcutáneas sin pérdida de tejidos, y, en la tabla, muescas y cortes moderados, en los que el diente penetra hasta la mitad, sin pérdida de material. Tablas y surfistas se valoran conjuntamente, puesto que ambos son percibidos por el tiburón, al menos en teoría, como una unidad, no sabemos si bajo la categoría de "cosa rara", de "bicho raro", o qué (el estudio tampoco lo deja claro).

martes, 16 de agosto de 2016

El salto del Carcharodon carcharias

En False Bay. Foto de Chris Fallows.
Ya sabemos que muchos tiburones son capaces de pegar grandes saltos fuera del agua, eso que en inglés se conoce como breaching. Lo hemos visto en los marrajos, los campeones de altura, los cailones salmoneros, los jaquetones picudos, los zorros y también en los peregrinos, tan aparentemente lentos y pachorrones ellos. Pero no hay duda de que en esto de dar brincos el gran Carcharodon carcharias es un caso aparte.
     Su particular y fascinante fisonomía —esos enormes dientes triangulares bien visibles en una mandíbula desencajada que, dibujando un rictus cruel y salvaje, se abate como un destino inexorable sobre un pobre mamífero despistado— lo ha convertido, con la ayuda de Spielberg, en una especie de efigie que representa todo lo que hay de cruel e implacable en la naturaleza. Una imagen tan falsa como hipnótica que se encuentra firmemente implantada en el imaginario colectivo de gentes de todo el mundo. Esto explica por qué sus saltos son los más admirados, estudiados y filmados de todos los tiburones. Claro que a ello también ayuda —y no poco— el hecho de que los científicos han averiguado dónde y cuándo se producen, y también, gracias a especialistas como Rob Lawrence y Chris Fallows, han aprendido un truco para hacer que salten delante de las cámaras: remolcar a ciertas horas del día un señuelo con la silueta de una foca.

Foto de Remo Sabatini con dos mapas de Google indicando la situación de False Bay (arriba) y Seal Island (abajo).
Aunque en otras partes del planeta se han visto individuos realizando algún que otro salto, es en un pequeño rincón de Sudáfrica donde este comportamiento se manifiesta de manera sistemática en todo su esplendor, como parte de una estrategia de caza común: los alrededores de un diminuto y solitario islote rocoso situado en False Bay, una pequeña bahía del extremo suroccidental del país, muy cerca de Ciudad del Cabo, que se eleva unos pocos metros a apenas 5,7 km de las playas del norte de la bahía. Se trata de Seal Island, la isla de las focas, que con apenas 2 hectáreas de superficie (unos 400x50 m) alberga una población de alrededor de 64 000 lobos marinos del Cabo (Arctocephalus pusillus pusillus), una de las presas preferidas del gran blanco.
Fuente: Dirk Schmidt (2011),
Sunbird Publishers.
     Los tiburones se concentran alrededor de Seal Island en los meses del otoño e invierno austral, desde abril hasta septiembre-octubre, coincidiendo con el destete y las primeras incursiones en el océano de los jóvenes e inexpertos lobos marinos en busca de alimento... Y siguiendo a los tiburones, centenares de turistas, fotógrafos y cámaras de televisión, y algún que otro científico.
     Los científicos dividen el islote y sus alrededores en 6 zonas según la intensidad depredadora, como se observa en el gráfico. El área en rojo delimita el llamado, con ese tono dramático tan del gusto sajón, "anillo de la muerte", el perímetro de 200-500 m dentro del cual se producen la gran mayoría de ataques. En verde, la "plataforma de lanzamiento", el lugar donde suelen agruparse los lobos marinos antes de echarse a nadar hacia el sur en busca de comida (como se ve, la zona 4 es la que concentra, con diferencia, el mayor número de ataques, y, por tanto, donde más saltos se puede observar). Saben que en grupo las posibilidades de supervivencia son mayores que viajando en solitario.
     Las particulares características físicas de la zona —12-16 m de profundidad y aguas con baja visibilidad— son las óptimas para que el tiburón blanco emplee una de sus técnicas de caza más impresionantes: la emboscada, el ataque por sorpresa, viniendo desde atrás y abajo a una velocidad de vértigo. La potencia de la acometida es tal, que hace que una bestia de una tonelada salga literalmente volando por encima de la superficie dando lugar a escenas difíciles de olvidar... Según Dirk Schmidt¹, "Analizando secuencias documentadas de tiburones acelerando para saltar, se ha estimado que para lanzarse completamente fuera del agua un ejemplar de 1000 kg debe haber alcanzado una velocidad (bajo el agua) de entre 45 y 50 km/h". En un ataque que dura apenas 2 segundos.
     Los ataques se producen sobre todo al amanecer y al atardecer, cuando hay poca luz y los lobos marinos salen o vuelven de su jornada de pesca; otros factores que influyen son la visibilidad del agua y la luminosidad del día. Los investigadores han descubierto que antes de la salida del sol las posibilidades de desencadenar un ataque mediante un señuelo superan el 75%, porcentaje que cae sustancialmente a medida que se incrementa la luz hasta quedar por debajo del 10% en las horas centrales del día, y viceversa, vuelve a subir a medida que va cayendo el sol. Parece evidente que el mediodía de una jornada de un sol espléndido iluminando aguas claras es el mejor momento para no sufrir una emboscada.

Foto: David Jenkins.
Hay diferentes tipos de saltos. Entre las clasificaciones que se han propuesto, la más sencilla es la que recoge Dirk Schmidt en su libro White Sharks: Magnificient, Mysterious and Misunderstood, que distingue tres categorías según el ángulo de salida respecto de la superficie: Vertical, Aéreo y Superficial.

1. Vertical o "Polaris". Como su nombre indica, el tiburón realiza un salto prácticamente vertical, en el que su imponente masa corporal se eleva parcial o totalmente hasta 3 m por encima de la superficie. Lleva el sobrenombre del Polaris, aquel misil balístico desarrollado en los años 60 —plena Guerra Fría— que se lanzaba desde un submarino sumergido².
     Se trata seguramente de la modalidad que exige un mayor nivel de destreza y precisión. Camuflado contra el fondo oscuro, a unos 12-16 m de profundidad, el tiburón debe fijar correctamente la posición y trayectoria de una presa que recorre velozmente la superficie antes de lanzar su brutal ataque.

Foto: Chris Fallows.
Impulsado por la poderosa caudal en forma de media luna, en menos de 2 segundos el tiburón pasa de 6-7 km/h a una velocidad punta de casi 50 km/h; y décimas de segundo antes del contacto todavía puede realizar alguna corrección en su propia trayectoria mediante las aletas pectorales... y la víctima está perdida... o casi. A veces el tiburón emerge con un lobo marino incrustado entre sus dientes, y otras muchas el pinnípedo salva la primera dentellada mortal y sale proyectado en otra dirección —en estos casos el tiburón a menudo vuelve la cabeza como para localizarlo visualmente—, con un buen susto o con una buena herida... o por algún azar esquiva la brutal acometida y desesperadamente emprende la huida, que cuanto más dure en el tiempo más posibilidades tendrá de salvarse.

De arriba abajo y de izquierda a derecha, fotos de Sergio Riccardo, Dirk Schmidt, Chris Fallows y Dirk Schmidt.
En Seal Island muchos lobos marinos exhiben gloriosas heridas y cicatrices de guerra.

2. Aéreo. Seguramente el salto más espectacular. El tiburón sale "volando" —casi literalmente— por encima de la superficie, regresando al agua tras completar un giro de hasta 360º, tal es la potencia desplegada. En ocasiones, en el momento de mayor altura parece como si se quedase suspendido en el aire antes de dejarse caer en plancha.

Foto: Steve Bloom.
El tiburón generalmente se aproxima a su víctima desde un ángulo lateral o posterior, y como en el primer caso, no siempre logra su objetivo a la primera, dando lugar a una cacería en la que ambas partes ponen en juego diversas estrategias que escapan al tema de este artículo.

De arriba abajo y de izquierda a derecha, fotos de: <www.couriermail.com.au>, Ralph Boehm, Nikolaj Zinovev, Mark van Coller.

3. De superficie. Es el menos espectacular. De hecho, en realidad no se puede hablar de salto en el sentido habitual del término. No es fruto de una emboscada como los anteriores, sino de una persecución que se ha iniciado momentos antes viniendo desde atrás, en un ángulo cerrado. Sin embargo, la potencia y velocidad de la acometida suele empujar fuera del agua la mitad anterior del tiburón y en ocasiones el cuerpo entero.

De arriba abajo y de izquierda a derecha, fotos de Dan Callister, Chris Fallows, Liron Samuels, David Baz Jenkins.

Otra clasificación posible. Para daros una idea de la complejidad de este comportamiento, otros autores distinguen, tras el Polaris, tres tipos de ataque: superficial (Surface broach), lateral (Lateral broach) e invertido (Inverted broach). En el primero, el tiburón sale total o parcialmente del agua con el cuerpo inicialmente en posición vertical pero con el eje corporal formando un ángulo de 45-0º con el horizonte; el segundo es similar, excepto que el cuerpo emerge ya con una orientación lateral (el ángulo de su eje respecto del horizonte es igualmente de 45-0º); y en el tercero, el tiburón salta panza arriba. En los tres casos, el animal regresa al agua a una distancia del punto de salida de alrededor de 0,5-1,5 veces su longitud corporal.

Secuencia fantástica de Alessandro De Maddalena, uno de los grandes especialistas en el tiburón blanco.
Y para terminar, unas imágenes de la extraordinaria serie de la BBC Planet Earth, acompañadas por la voz del inigualable Sir David Attenborough.


PS: A veces, los saltos del tiburón blanco no acaban como tienen que acabar. Bien porque el animal, por inexperiencia o por lo que sea, no hace los cálculos correctos, bien porque los seres humanos somos así de pesados y nos colocamos en el lugar y posición menos idóneos, a veces ocurre que un tiburón acaba aterrizando... dentro de una embarcación, tal como podéis ver en las fotografías de abajo. Las dos superiores son capturas de vídeo que muestran un ejemplar joven que terminó encima de un barco repleto de turistas alemanes (no, no estaba la Merkel), quienes, entre sorprendidos y aterrorizados, fueron testigos de como el pobre bicho se debatía desesperadamente por regresar al mar (lo consiguió al cabo de unos pocos minutos).


En las dos fotografías de abajo aparece un ejemplar de 3 m y casi 500 kg que aterrizó en la bañera de una lancha de unos científicos, justo al lado del que estaba echando cebo. Cuando al animal se agotó y/o tranquilizó, y ante la imposibilidad de devolverlo por si solos al agua, los científicos se vieron obligados a volver a tierra. Con ayuda de una grúa lo depositaron en el agua, lo amarraron a un costado del barco y lo llevaron mar adentro, para que se fuese ventilando. Parece que sobrevivió.

_________________________
¹Dirk Schmidt (2011). White Sharks: Magnificient, Mysterious and Misunderstood. Cape Town, Sunbird Publishers.
²Por si a alguno eso del Polaris os suena a chino, en la imagen de la derecha tenéis un A-3, su última versión (la foto de la izquierda es de Chris Fallows).


³Véase R. Aidan Martin, Neil Hammerschlag, Ralph S. Collier & Chris Fallows (2005). Predatory behaviour of white sharks (Carcharodon carcharias) at Seal Island, South Africa. Journal of the Marine Biological Association of the UK, 85, 1121-1135.

domingo, 24 de julio de 2016

El tiburón blanco sudafricano en peligro

Foto cortesía de Alessandro De Maddalena.
Un trabajo publicado hace tres años estimaba en aproximadamente 908 el número de tiburones blancos presentes en aguas sudafricanas [véase Quedan muy pocos tiburones blancos]. Tres años después esta cifra se ha reducido a menos de la mitad: entre 353-522. Una estimación con un 95% de fiabilidad.

     Este es el más que preocupante resultado de un nuevo estudio¹, bastante más completo y ambicioso (según dicen, el mayor trabajo de campo sobre la población de tiburones blancos desarrollado hasta hoy en Sudáfrica), que combina la técnica de la marca y recaptura con el análisis genético. Entre 2009-2011 los autores tomaron, en la zona de Gansbaai, 4389 fotografías de las dorsales de 426 individuos y, entre 2010 y 2013, 302 biopsias de 233 tiburones para lo segundo. Posteriormente hicieron lo propio en diversas partes de la costa sudafricana para confirmar que solo existe una única población y no varias.
     Las huellas genéticas ratificaron las identificaciones realizadas a través de las dorsales (las muescas y marcas del borde posterior de la dorsal conforman un patrón único para cada individuo, como nuestras huellas dactilares). Pero también arrojaron una serie de conclusiones nada alentadoras que podemos resumir en dos:
     1) El tamaño efectivo de población es de 333 individuos. Es decir, la población de tiburones blancos de Sudáfrica, genéticamente única en el mundo, solo cuenta con 333 individuos reproductores. Pensemos que para otras especies el número mínimo para mantener una población sana es de 500 (si bien, en el caso del blanco no existe una cifra concreta, de modo que este término de comparación, siendo un indicador que puede ser significativo, hay que tomarlo con cautela).
     2) Además, es la que presenta una menor diversidad genética en comparación con otras poblaciones como la de California o la de Australia. El 89% de los individuos muestreados comparten el mismo linaje genético y solo se han identificado 4 linajes maternos. Se trata de un dato muy preocupante, pues como todos sabéis la diversidad genética está íntimamente ligada al potencial de supervivencia de un grupo o especie. Cuanto mayor es la diversidad genética de una población mayores serán sus perspectivas de supervivencia si se produce una epidemia o ante la eventualidad del cambio climático.

¿Cuáles son las causas de esta desastrosa situación? Sara Andreotti, la autora principal, enumera varias: el impacto de las redes y los anzuelos con cebo colocados en la costa oriental del país, el furtivismo (el tiburón blanco es atractivo no solo por el valor de sus aletas, sino porque su famosa mandíbula se cotiza muy bien como trofeo), la invasión de su hábitat, la contaminación y el agotamiento de sus fuentes de alimento. Recordemos que estos tiburones no solo cazan leones marinos y otros mamíferos marinos; los juveniles, sobre todo, se alimentan de peces óseos y de otros elasmobranquios, como las rayas, que son objetivo de la pesca industrial.
     "Por ejemplo, entre 1956 y 1976 el número de tiburones de gran tamaño capturados en el programa de redes antitiburones de KwaZulu-Natal se desplomó en más de un 99%. Entre 1978 y 2008 las diversas medidas de protección contra tiburones acabaron con 1063 tiburones blancos."
     Estremecedor.


=> Si queréis más información, os recomiendo que visitéis la página de la Stellenbosch University, con imágenes de la rueda de prensa de la propia autora, Sara Andreotti, presentando este trabajo junto a Michael Rutzen (que ya no necesita presentación). Al ser italiana, su inglés se entiende muy bien.

¿El ocaso del gran depredador? (Foto: Chris Fallows).
Un testimonio que da que pensar. Chris Fallows y su compañera Monique publicaron el pasado 22 de julio un largo artículo en la página de National Geographic ("Let's put the teeth into protecting great whites before we lose them forever", algo así como 'Hinquémosle el diente a la protección de los tiburones blancos antes de que los perdamos para siempre', jugando con las palabras) en el que da unos cuantos datos que vienen muy bien para entender la cuestión.
     Teniendo en cuenta que Sudáfrica fue el primer país en proteger a los tiburones blancos, allá en 1991, y teniendo en cuenta también que se ha convertido en la capital mundial del ecoturismo de esta especie, los datos del estudio son nefastos... y paradójicos teniendo en cuenta los millones de dólares que anualmente entran en el país gracias a esta actividad. El problema, señalan estos científicos, es la manifiesta dejadez y falta de compromiso del gobierno en la protección de la especie: "Cada año se denuncian a los inspectores de pesca un montón de casos de pesca deportiva ilegal de tiburones blancos, pero hasta hoy tan solo se ha juzgado uno, y eso solo gracias al empeño de los científicos, investigadores y conservacionistas locales en hacer que los autores rindiesen cuentas ante la justicia. Y lo que todavía resulta más más sorprendente —a pesar de que todo el mundo es consciente del valor que tiene la protección de esta especie en nuestras aguas, su cuna ancestral— es que el departamento de pesca siga autorizando cada año la caza de 60 de estos animales tremendamente amenazados a otra organización financiada por el gobierno, la Natal Sharks Board...".
     Chris y Monique Fallows también denuncian el que se permita a los palangreros largar indiscriminadamente kilómetros y kilómetros de líneas para la captura de tiburones sin ningún tipo de restricción, sin delimitar siquiera un área de reserva, una zona protegida, de modo que, inevitablemente, por mucha protección que reciba, el tiburón blanco se convierte en una captura accidental más.
     "Después de un cuarto de siglo trabajando con tiburones blancos en Gansbaai y False Bay, hemos sido testigos del declive de sus poblaciones. En los viejos tiempos de False Bay no era raro observar más de 20 tiburones blancos en una sola salida de mañana; hoy, si vemos 10, ya es un gran día."
     "Para mi ha sido un privilegio no solo el haber tenido una larga carrera trabajando con estos tiburones; he llegado a identificar y conocer a individuos gracias a sus "personalidades" únicas. Ser testigo de su desaparición es verdaderamente desgarrador (...). Durante muchos años, observábamos a los mismos individuos temporada tras temporada. Veíamos como dejaban de ser adolescentes inexpertos para convertirse en verdaderas máquinas de cazar, como superdepredadores adultos. Hoy nuestros avistamientos son bien distintos: todavía vemos muchos de los mismos tiburones durante unas pocas semanas, pero observar el mismo individuo año tras año ya no es lo que era."

Foto: Andy Murch, bigfishexpeditions.com

Actualización a 27-VII-2016. Apenas un par de horas después de publicar este artículo, tuve la oportunidad de chatear con un científico que vive precisamente en Sudáfrica, quien, un poco irritado, me decía que no estaba muy de acuerdo con las conclusiones de este trabajo, por decirlo suavemente, ni con la propaganda que le estaban dando. Le sugerí que hiciese pública su postura para que los que no estábamos en el ajo pudiésemos hacernos una composición de lugar y entender mejor la cuestión. Que ni hablar, que estaba demasiado ocupado. Hoy, tres días después, un grupo de científicos del South African White Shark Research Group (en el que él no está) acaban de publicar una nota en la que expresan sus objeciones y reservas tanto a la metodología empleada por S. Andreotti et al. como a la interpretación de los resultados obtenidos.
     Empiezan reconociendo la dificultad inherente a la tarea de elaborar un censo de una especie migratoria en un entorno tan abierto como el océano, en la cual el empleo de diferentes métodos y premisas puede arrojar resultados diferentes. De ahí que, en su opinión, estudios como este necesitan someterse a una rigurosa comprobación:
"Una de las hipótesis empleadas en el reciente estudio es que la zona de concentración de Gansbaai representa toda la población de tiburones blancos de Sudáfrica. Nosotros, sin embargo, no estamos convencidos de que esto sea cierto. La abrumadora evidencia científica muestra que los tiburones blancos están separados por tamaño y sexo durante parte de su vida y que no todos ellos visitan Gansbaai. Por tanto, es posible que el reciente cálculo esté subestimando el tamaño total de la población. Además, el estudio no ha aportado pruebas sobre la tendencia actual de la población, si está bajando, aumentando o es estable."
Terminan diciendo que los científicos del White Shark Research Group, entre los que se encuentra la autora principal del censo de 2013, Alison V. Towner, que están trabajando en las principales zonas de agregación de Sudáfrica, van a combinar los datos de que disponen para realizar una estimación que refleje con mayor exactitud la realidad del tiburón blanco a nivel nacional.
     Seguiremos atentos a ver qué nos cuentan.

_________________________________
¹Sara Andreotti, Michael Rutzen, Stéfan van der Walt, Sophie Von der Heyden, Romina Henriques, Michael Meÿer, Herman Oosthuizen & Conrad A. Matthee (2016). An integrated mark-recapture and genetic approach to estimate the population size of white sharks in South Africa. Marine Ecology Progress Series, 552: 241-253. doi:10.3354/meps11744.

martes, 12 de julio de 2016

De peces piloto y tiburones (1803, 1838)

Pez piloto en una ilustración de 1863.
El pez piloto (Naucrates ductor), inconfundible por su traje a rayas, es un carángido de aguas templadas y tropicales que suele acompañar a los tiburones, rayas y tortugas en sus viajes, y también a los barcos, circunstancia que hizo creer a los marinos de la antigüedad que su intención era guiarlos de regreso a buen puerto, de ahí que lo bautizasen como "piloto". Naturalmente, dada la frecuencia con que eran vistos en su compañía, también se creyó que guiaban a los tiburones hacia sus fuentes de alimento.

viernes, 23 de octubre de 2015

Tiburones blancos en la Europa atlántica del Plioceno

Vistas labial (a) y lingual (b) del diente de Matos. Fuente: M. T. Antunes & A. C. Balbino, Revista Española de Paleontología, 2010.
El tiburón blanco (Carcharodon carcharias) es hoy en día una especie cuando menos rara en esta parte del Atlántico NE, siendo optimistas. Aunque nuestra zona figura en cualquier mapa de distribución que consultemos, las citas son por desgracia escasísimas: desde las Azores hacia el norte, incluyendo el Cantábrico y las aguas más septentrionales de las Islas Británicas, existen tan solo 7... para los últimos 200 años. En Galicia tenemos un único registro, en mi opinión dudoso, de 6 ejemplares observados hace más de 30 años en la lonja de Coruña [véase discusión en ¿Hay o no hay tiburones blancos en Galicia?]. En esto Portugal tiene más suerte: en 1997 se capturó un ejemplar de casi 5 m a unas tres millas de la freguesia de Armação de Pêra, en el Algarve.

martes, 14 de julio de 2015

Ataques en perspectiva: Miedo e información


Tiburón blanco (Carcharodon carcharias). Foto de Frank West.
0. Tiburones, ataques, miedo y desconocimiento. El miedo a los tiburones, a ser devorado por uno bien grande y con muchos dientes, seguramente en un ataque brutal y despiadado, está muy extendido por buena parte del planeta. Llega incluso a lugares donde nadie recuerda haber visto ni oído jamás noticia de un suceso semejante. Es uno de los miedos más absurdos que existen.
     Con motivo o sin él, la palabra 'tiburón' sigue evocando en la mente de demasiadas personas pesadillas de sangre y de muerte, aun a pesar de las decenas de documentales de tv (con algunas excepciones), de los centenares de publicaciones en revistas especializadas y en diversos soportes de los grandes mass media ofreciendo todo un arsenal de evidencias científicas, datos objetivos, estadísticas, etc., en contra de semejante idea.
     Un par de "ataques" en cualquier zona remota del globo bastan para neutralizar todo ese arduo trabajo, para que esa armadura pedagógica construida con tanto esfuerzo se venga abajo en el cerebro del espectador como un castillo de naipes. De nuevo el tiburón se aparece como un asesino sediento de sangre, y de nuevo algunos gobernantes desaprensivos aprovechan la ocasión para exhibirse ante el pueblo como paladines de su seguridad autorizando batidas que no solo no logran jamás encontrar al "culpable", sino que además resultan caras, contraproducentes y de todo punto ineficaces, como se ha demostrado recientemente en Australia Occidental.
     Ante la irracionalidad del miedo y la irracional estupidez de no pocas autoridades públicas, solo cabe un recurso, el mismo, una y otra vez, con isistencia: el conocimiento y la educación. Al fin y al cabo ya sabemos que el componente principal del miedo es la ignorancia: se teme lo que no se conoce. Una vez más, hay que tomar los datos y evidencias científicas y volver a ponerlos sobre la mesa, a ser posible adoptando nuevas estrategias, nuevas formas de presentación, que nos permitan cuestionar nuestros miedos observando los ataques desde la perspectiva adecuada. Esto es lo que ha hecho un grupo de científicos californianos hace pocos días, con la publicación de un informe* en el que se demuestra que, contrariamente a lo que la gente cree, sobre todo tras los últimos ataques de tiburón ocurridos en Carolina del Sur, el riesgo de ser atacado por un tiburón blanco en California no solo no ha aumentado, sino que ha disminuido en más de un 91% con respecto a mediados del siglo pasado.
     Pero antes de echar un breve vistazo a estas cifras, es interesante entender qué es exactamente el miedo.

Foto de Lisa Perla.
1. ¿Qué es el miedo? El miedo puede definirse como la angustia o el recelo de que algo malo nos suceda, a nosotros o a los nuestros. Tenemos miedo al fracaso, al ridículo, a la muerte, al dolor, a una mutilación, a una pérdida. Como todo sentimiento, el miedo no siempre (o casi nunca) obedece a una causa totalmente objetiva y racional, es decir, ponderada ecuánimemente en todas sus dimensiones. Así, un náufrago en mitad del océano, rodeado de tiburones hambrientos y sin la más mínima perspectiva razonable de ser avistado por un buque o un avión de rescate, tiene razones más que suficientes para sentir algo más que miedo; en cambio, un señor de barba que se va a poner a remojo en la playa de la Lanzada, pues no.
     Casos extremos y absurdos aparte, un mismo elemento o circunstancia puede paralizar de terror a algunas personas o suscitar un moderado sentimiento de alerta o de preocupación en otras. Todos manejamos nuestros miedos como podemos, y no todos nos enfrentamos a la realidad de igual manera. De hecho, podemos establecer una escala de todos nuestros miedos según su grado de racionalidad o de irracionalidad y según nuestra forma de gestionarlos. Los que tienen hijos lo entenderán perfectamente si piensan, por ejemplo, en la primera vez que dejamos que crucen solos la calle. Sabemos que hay un hermoso paso de cebra que los conductores suelen respetar (a veces hay también un semáforo), sabemos que los críos han aprendido las normas más elementales y las ponen en práctica con la más ejemplar corrección, y en unos pocos casos, la verdad es que el niño ya tiene 15 años y no es daltónico ni tarado... pero el miedo a que ocurra algo siempre está ahí: a veces se manifiesta como una imagen fugaz que manejamos sin problema y dejamos pasar sin que apenas nos roce, pero para algunas personas es como una aguja que se les clavara en la piel. En la carretera, donde hay muchos coches y muchos conductores, siempre hay un riesgo, por mínimo que sea, y basta que conozcamos un solo caso desgraciado para que en determinados momentos se nos encoja el corazón.
     Pero hay un elemento racional, objetivable, en todo esto. Por eso, cuando desaparece la causa o cambian las circunstancias, el miedo se evapora. Nadie tiene miedo de los coches y del tráfico cuando está en su salón viendo la tele, con los críos durmiendo plácidamente en su habitación. Las palabras 'tráfico' y 'automóvil' han perdido el poder de generar angustia o aprensión. En cambio, mucha gente lee u oye la palabra 'tiburón' y solo piensan en que la semana que viene se van a la playa, que a lo mejor no está precisamente en Australia, sino en la provincia de Lugo. Y sin embargo, los coches matan y mutilan horriblemente a más personas que los tiburones, objetivamente hablando. ¿Por qué empeñarse en sentir miedo?

Foto: Félix Lugo.
2. ¿Miedo o fobia? En realidad, salvo en determinados lugares y circunstancias, el miedo a los tiburones está más cerca de la fobia, definida por la RAE como un terror irracional y compulsivo, que del miedo propiamente dicho, tal como lo hemos analizado arriba. ¿No entraría en esta categoría el miedo que mucha gente de aquí, de Galicia y de España en general, tiene a los tiburones, que asocian casi instintivamente con el prototipo, totalmente injusto e inmerecido, del tiburón asesino, el gran tiburón blanco? No pocos bañistas de por aquí oyen la palabra tiburón, ven una aleta de peregrino cerca de la costa (en fotografía), y se le disparan todas las alarmas.
     Más o menos entienden que una cosa es bañarse en ciertos lugares de Australia, Suráfrica, o los EEUU, y otra muy distinta hacerlo en Ribadeo o en la bocana de la ría de Muros, donde ningún paisano se ha visto jamás triturado entre las magníficas fauces del Carcharodon carcharias (y en algún caso no habrá sido por falta de velas al Apóstol). Y sin embargo...

3. Aguas un 91% más seguras en 2013 que en 1950. Pese a las apariencias, pese a todos nuestros miedos y fobias (los nuestros y los de las gentes de allí), un grupo de científicos norteamericanos ha demostrado con datos estadísticos que el riesgo de ser atacado por un gran blanco es muy inferior hoy en día de lo que lo era hace 60 años. Inferior en más de un 91%. Y estamos hablando de California, donde sí hay una importante población de tiburones blancos y donde sí ha habido ataques a personas.
     Los autores tomaron las cifras de los ataques producidos a lo largo de estos años (86 ataques, 13 con resultado de muerte) y las pusieron en relación con las estadísticas de crecimiento de la población costera, fija y de temporada, y del número de practicantes de diversos deportes y actividades acuáticas. Los datos son demoledores: en 2013 la población costera se ha multiplicado por tres con respecto a 1950; de 7000 surfistas se ha pasado a 872 000; de alrededor de 2000 buceadores titulados a principios de los 60, hemos llegado a 408 000.
     Hoy hay muchos más miles de personas que permanecen el el agua durante periodos de tiempo más prolongados que hace 60 años, la población de tiburones blancos parece que se mantiene estable o incluso, para algunas fuentes, que ha aumentado gracias a unas extremas medidas de protección, y sin embargo el riesgo es muy inferior. ¿Cómo es eso posible?

Foto: j-m ghislain.
4. Causas del descenso. La causa principal que señalan los autores del estudio es (¿lo adivináis?) el conocimiento. Conocer a los tiburones nos permite saber cuándo y cómo evitarlos, conocer sus movimientos y sus preferencias, identificar puntos calientes y puntos fríos, y por tanto anticiparnos.
"Por ejemplo, hay una mayor probabilidad de encontrarse con grandes tiburones blancos en la costa de California en otoño que en primavera, cuando emigran hacia Hawai. El riesgo de toparse con un tiburón es más alto al atardecer. (...) En el condado de Mendocino, resulta 24 veces más seguro surfear en marzo que en octubre y noviembre; y si los surfistas eligen el tramo de costa entre Los Angeles y San Diego en marzo, pueden estar 1566 veces más seguros que durante los meses de otoño en Mendocino."
Hay que recordar siempre que en este asunto la parte supuestamente racional somos nosotros. Somos nosotros quienes debemos anticiparnos, ser precavidos. Con la misma normalidad con que consultamos el parte meteorológico cuando nos preparamos para ir a la playa o a practicar algún tipo de deporte acuático, en ciertas zonas la gente puede y debe consultar cuándo y dónde hay más riesgo de tener un encuentro no deseado con un tiburón blanco, y cuándo y dónde es posible echarse al agua con tranquilidad.
     Los autores creen también que la recuperación de las poblaciones de elefantes marinos en California (de menos de 100 ejemplares a finales del XIX se ha pasado a más de 100 000 actualmente) es otro factor importante: ha contribuido a la estabilidad y ligero aumento de la población de tiburones pero también a atraerlos hacia las zonas donde se congregan y donde crían, alejándolos de este modo de los lugares ocupados por las personas. En suma, un océano un poco más sano también ayuda.
     Lo que no ayuda, lo que no sirve para nada, son las batidas, la caza indiscriminada de tiburones. Además de romper el equilibrio del mar, lo que consigue es acabar con especies "inocentes" y consumir un montón de dinero público que podría invertirse en algo más fructífero y de eficacia demostrada: conseguir más información y datos más exactos, y transmitírselos a los usuarios de las playas. El año pasado, tras unos ataques fatales ocurridos en aquellas aguas, el gobierno de Australia Occidental se gastó 22 millones de dólares australianos en batidas y no logró capturar ni un solo tiburón blanco [véase también Matar tiburones para protegernos es absurdo].

El bellísimo Carcharodon carcharias en una imagen extraordinaria de Daniel Botelho.

5. Dos datos contra miedos y fobias. En California, donde (insistimos) hay tiburones blancos y donde se han producido ataques, algunos fatales, un bañista tiene 1817 veces más probabilidades de morir ahogado que de ser atacado por uno de estos tiburones. En cuanto a los buzos, están 6897 veces más expuestos a terminar en el hospital por culpa de un accidente bárico que de un mal encuentro con el grandioso Carcharodon carcharias.

Podemos ir a la playa tranquilos.

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*Ecological Society of America. "To avoid dangerous shark encounters, information trumps culling: Risk of great white shark attack in California waters down 91 percent since 1950, researchers report." ScienceDaily. <www.sciencedaily.com/releases/2015/07/150710110418.htm>, consultado el 12 de julio de 2015.
Podéis acceder al informe desde aquí.

viernes, 22 de mayo de 2015

Los tiburones según Goldsmith (1774) - I


El autor. Oliver Goldsmith (1730-1774) es una de las grandes figuras literarias del extraordinario siglo XVIII inglés, y también un personaje peculiar por el que es difícil no sentir simpatía. Hijo de un clérigo irlandés, su vida no pudo haber estado más alejada de las pretensiones de su familia. Jugador empedernido y siempre endeudado hasta las orejas, amante de la juerga y de la música (tocaba la flauta y disfrutaba cantando canciones irlandesas), polemista obstinado y pendenciero (cuentan que en una ocasión se empeñó en defender, contra toda evidencia, que él masticaba su cena ¡moviendo la mandíbula superior!), y a veces malencarado, quienes lo conocieron coinciden, sin embargo, en que era al mismo tiempo un ser bondadoso, dotado de un gran corazón, e incapaz de causar el menor daño a sus amigos y a sus compañeros de tertulia, participando, por ejemplo, en todo el juego de sarcasmos y maledicencias tan de moda entre los literatos del momento.
Fue un personaje admirado y criticado por igual. Criticado duramente por su estilo de vida desordenado, que muchas veces rozaba el escándalo, tildado de envidioso e incluso de "idiota inspirado" (palabras de Horace Walpole); pero admirado por su inmenso talento literario, reconocido nada menos que por la mayor figura intelectual del siglo, Samuel Johnson, con el que formaría un club de debate y a quien uniría una fuerte amistad.
Goldsmith cultivó la poesía, el teatro y la novela, pero sin prodigarse en exceso. Escribió lo justo, pero de una calidad y estilo deslumbrantes. Y además, para pagar sus deudas de juego y contraer otras, escribió por encargo un número de ensayos y manuales de todo tipo, particularmente de historia política (historia de Grecia, de Roma, de Inglaterra, etc.), y de historia natural, en su portentosa A History of the Earth and Animated Nature, y ello a pesar de que, empleando una maldad atribuida al Dr. Johnson, sus conocimientos de zoología apenas le permitían distinguir un caballo de una vaca.
Naturalmente, Goldsmith no era ni historiador ni zoólogo. Sin embargo, sus manuales eran bien acogidos y ampliamente leídos porque, gracias a su dominio del idioma y a una excepcional capacidad de síntesis, lograba hacer comprensibles al lector medio los temas más abstrusos. Su método de trabajo consistía en leer toda la bibliografía existente sobre una determinada materia, seleccionar los datos más relevantes y organizarlos de una manera lógica y comprensible, para él y para su público. En ello radica el valor de su obra para el lector moderno, en ofrecernos, con todas las imprecisiones y errores de interpretación típicos de un lego, un compendio del conocimiento que en su tiempo se tenía en este caso sobre los tiburones.
A History of the Earth and Animated Nature se publicó en 1774. La primera edición constaba de ocho volúmenes.  
Oliver Goldsmith murió joven y endeudado, empeñado en recetarse sus propias medicinas.
Samuel Johnson escribió un epitafio en un monumento al autor en la abadía de Ẃestminster que reza "A la memoria de Oliver Goldsmith, poeta, naturalista e historiador".

Los tiburones en la Historia Natural. El tema de los tiburones figura en el apartado History of Fishes del segundo volumen de la obra, ocupando los dos primeros capítulos del Libro II, Of Cartilaginous Fishes. El primer capítulo, "De los peces cartilaginosos en general", sitúa los peces cartilaginosos en el contexto de los peces en general señalando alguna de sus características principales: hendiduras branquiales abiertas directamente hacia el exterior, sin opérculo, circulación simple, fecundación interna y estrategia reproductiva compleja, descrita con sorprendente detalle:
Algunos paren vivas a sus crías y otros producen huevos que posteriormente se llevan hasta su maduración. Sin embargo, en conjunto, el modo de gestación es casi el mismo, dado que, en las disecciones siempre descubrimos que las crías, mientras están en el cuerpo, permanecen dentro del huevo hasta muy poco antes de ser expulsadas: podemos decir con propiedad que eclosionan dentro del cuerpo, y tan pronto como las crías salen del cascarón comienzan también a abandonar la matriz. A diferencia de los cuadrúpedos o de los cetáceos, que salen de la fase de huevo a los pocos días de su primera concepción y permanecen después en el útero durante varios meses, estos permanecen dentro del cuerpo de la hembra, en fase de huevo, durante semanas; y los huevos están unidos entre sí por una membrana, la cual, cuando se libera el feto, tarda poco tiempo en soltarse de la matriz. Los huevos están formados por una clara y una yema, y en vez de cáscara tienen una sustancia que muy adecuadamente puede compararse con el cuerno reblandecido. Como he señalado, en ocasiones eclosionan dentro de la matriz, como en las familias del tiburón o la raya, y a veces son expulsados, como en el esturión, antes antes de que el animal alcance el momento de su liberación. Por consiguiente, observamos que en este tipo de peces parece haber muy pocas diferencias entre los vivíparos y los ovíparos: en unos los huevos eclosionan dentro de la matriz, y las crías no permanecen allí mucho más tiempo; los otros expulsan sus huevos antes de que eclosionen, y dejan que el tiempo y el azar lleve a sus pequeños hasta la madurez.
A continuación, distingue cinco grupos dentro de los peces cartilaginosos:
  • Peces de la clase del tiburón, "con un cuerpo decreciente hacia la cola, la piel rugosa, la boca situada en la parte inferior de la nariz, muy lejos de su extremo, cinco aberturas a ambos lados del cuello para respirar, y la parte superior de la cola más larga que la inferior". Y cita como ejemplos el tiburón blanco, la musola, la mielga, el zorro marino, el peregrino y el cailón, entre otros.
  • Peces planos, los cuales "se les puede distinguir fácilmente de los peces planos espinosos por los orificios a través de los cuales respiran, que no están cubiertos por un hueso y que, en esta clase, son cinco en cada lado. En este grupo podemos situar el torpedo, la raya, la raya picuda, la raya áspera, la raya de clavos y la pastinaca".
  • Peces "con cuerpo esbelto parecido al de las serpientes, tales como la lamprea, la lamprea de arroyo y el pez pipa".
  • El esturión y de su variedad, el esturión beluga.
  • Comprende "peces de diferente naturaleza y aspecto que no se incluyen bajo ninguna de las divisiones anteriores. Estos son el pez luna, el pez globo, el lompa, el pez baboso, la quimera y el pez sapo. Cada uno de ellos tiene alguna peculiaridad en sus facultades o en sus formas que merece ser comentada. Al menos, la descripción de su aspecto podría compensar nuestra completa ignorancia del resto de su historia."
El Capítulo II se encarga de las especies del primer grupo, los tiburones propiamente dichos, y es el que vamos a reproducir íntegramente aquí, confiando en hacer un mínimo de justicia al original. Si Goldsmith no era zoólogo, yo tampoco soy traductor. Las dos ilustraciones finales, que incluyen una fecha de publicación, obviamente no figuran en el original.

Una Historia de la Tierra y de la Naturaleza Animada.
"Con numerosas notas extraídas de las obras de los más distinguidos naturalistas británicos y extranjeros, incluyendo los más recientes descubrimientos de la Historia Natural.
Con casi 2000 ilustraciones".

CAPÍTULO II

DE LOS PECES CARTILAGINOSOS DE LA CLASE DEL TIBURÓN¹

     De todos los habitantes del océano, los de la clase del tiburón son los más fieros y voraces. Los peces más grandes no temen menos al más pequeño de esta tribu que a otros de aspecto más poderoso; y ninguno de ellos parece tampoco tener miedo de atacar a animales muy superiores en tamaño. Pero el tiburón blanco, que es el mayor de los de su clase, une a la más asombrosa velocidad el más poderoso apetito por hacer daño. Si en tamaño no está muy lejos de la ballena, la supera con creces en fuerza y rapidez, en la fabulosa disposición de sus dientes y en su insaciable afán por el pillaje.      
     Por su envergadura el tiburón blanco llega a veces a compararse con las ballenas, pues mide entre veinte y treinta pies [6-9 m]. Hay quien afirma haberlos visto de cuatro mil libras de peso [1814 kg], y nos han hablado en particular de uno que tenía un cuerpo humano en su barriga. Su cabeza es grande y ligeramente aplanada; el morro, largo, y los ojos grandes. La boca es enorme, como la garganta, y capaz de tragarse a un hombre con suma facilidad. Pero sus dientes son todavía más terribles; hay seis filas, tienen forma de cuña y son extremadamente duros y afilados. Se afirma que hay setenta y dos en cada mandíbula, arrojando un total de ciento cuarenta y cuatro; aunque otros creen que la cantidad es incierta, ya que se sabe que estos terribles instrumentos de destrucción incrementan su número a medida que el tiburón va creciendo. Con ellos, las dos mandíbulas, superior e inferior, parecen bien surtidas; pero el animal tiene la capacidad de subirlas y bajarlas a voluntad. Cuando el tiburón está tranquilo permanecen abatidas en su boca; pero cuando se dispone a sujetar una presa, eleva todo ese temible aparato empleando el grupo de músculos con el que se fija a la mandíbula, y el animal que atrapa muere en pocos minutos atravesado por un centenar de agujeros.    
     No es menos terrible la contemplación del resto de su figura. Sus aletas son proporcionalmente grandes; está equipado con grandes ojos saltones que vuelve con facilidad hacia todos lados, para ver a las presas que tiene detrás como a las que tiene delante. Y todo su aspecto viene marcado por un aire de malignidad. La piel es también áspera, dura y espinosa, pues se trata de ese material que llamamos zapa que cubre los estuches de instrumental.

     Tan formidable resulta este pez por su aspecto, como temible por su coraje y actividad. Ningún pez es capaz de nadar tan rápido, ni de forma tan constante; deja atrás a los buques más veloces, juguetea a su alrededor, los pasa como una flecha, luego vuelve, parece observar fijamente a los pasajeros, y durante todo este tiempo no se aprecia ni la más mínima señal de esfuerzo para seguir adelante. Estos increíbles poderes, unidos a un tan grande apetito para la destrucción, no tardarían en despoblar el océano entero, pero providencialmente, la mandíbula superior se proyecta tan lejos por encima de la inferior, que el tiburón se ve forzado a ponerse de costado (no de espaldas, como generalmente se piensa) para capturar sus presas. Como esto requiere un poco de tiempo, el animal perseguido aprovecha la oportunidad para huir. 
     Sin embargo, sus depredaciones son frecuentes y espectaculares. El tiburón es el terror de los marinos de todos los climas cálidos, donde, como un bandido codicioso, acude a los barcos a la espera de lo que pueda caer por la borda. El desgraciado que en ese momento acabe en el mar morirá ciertamente sin la menor compasión. En el año 1744, un marinero que estaba tomando un baño en el Mediterráneo, cerca de Antibes, cuando nadaba a unas cincuenta yardas del barco, divisó un pez monstruoso que se dirigía hacia él y lo inspeccionaba desde todos los ángulos, tal como vemos que hacen los peces alrededor de un cebo. El pobre hombre, aterrorizado porque estaba cada vez más cerca, llamó a gritos a sus compañeros del barco para que lo subieran a bordo. Estos le lanzaron entonces un cabo con la mayor celeridad, y ya estaban izándolo junto al costado del barco, cuando el tiburón se abalanzó sobre él como una flecha y le arrancó una pierna.      
     El señor Pennant nos cuenta que el capitán de un barco negrero, al descubrir que el deseo del suicidio se había extendido entre sus esclavos, debido a la creencia que tenían de que después de la muerte habían de ser devueltos a sus familias, sus amigos y su país, para convencerles de que al menos alguna desgracia les estaría allí aguardando, ordenó que atasen uno de aquellos cadáveres por los tobillos y lo echasen al agua; y aunque lo volvieron a subir con la mayor rapidez, en tan poco tiempo los tiburones se habían llevado todo excepto los pies. No seré yo quien determine si esta historia es anterior a un accidente de la misma naturaleza ocurrido en Belfast, Irlanda, hará unos veinte años; pero lo cierto es que hay en ambas algunas circunstancias parecidas, si bien más terribles en la que voy a relatar. Un capitán procedente de Guinea se vio forzado por el mal tiempo a entrar en el puerto de Belfast con una carga de esclavos muy enfermos, quienes, a la manera arriba señalada, aprovechaban la menor oportunidad para lanzarse por la borda cuando eran llevados a cubierta, según la costumbre, para respirar aire fresco. Viendo el capitán que, entre otros, una esclava se disponía a morir ahogada, decidió utilizarla como ejemplo para los demás. Como supuso que desconocían los terrores que les aguardaban en el momento de su muerte, ordenó que la atasen pasándole un cabo bajo las axilas y la bajasen al mar. Cuando la pobre criatura fue así metida en el agua, a medio camino la oyeron proferir un alarido terrible que en un principio atribuyeron a su miedo a ahogarse; pero enseguida, el agua tornándose roja a su alrededor, la izaron y descubrieron que un tiburón, que había estado siguiendo el barco, la había devorado de mitad para abajo.
     Tal es la espantosa rapacería de este animal; no desprecia nada que tenga vida. Pero parece sentir una particular enemistad hacia el hombre: una vez que ha probado la carne humana, no deja de frecuentar aquellos lugares donde aguarda el retorno de su presa. Se llega incluso a afirmar que a lo largo de las costas de África, donde estos animales se encuentran en abundancia, muchos negros, que se ven obligados a frecuentar aquellas aguas, son por ellos capturados y devorados todos los años. Las gentes de aquellas costas son de la firme opinión de que al tiburón le encanta la carne de negro más que la de hombre blanco, y que cuando en el agua hay personas de diferente color, siempre elige al primero.

Marinero mutilado por un tiburón. Ilustración de 1884.
     Sea como fuere, los hombres de todos los colores temen a esta criatura por igual y han ideado diferentes métodos para destruirla. En general, su éxito se basa en la propia rapacidad del tiburón. El método habitual que usan nuestros marinos para capturarlo es cebar un gran anzuelo con un trozo de vaca o de cerdo y largarlo amarrado a un grueso cabo reforzado cerca del extremo con una cadena de hierro. Sin esta precaución, el tiburón no tardaría en cortar la cuerda y liberarse. No es un entretenimiento desagradable observar como este voraz animal emerge para inspeccionar la carnada, particularmente cuando no está acuciado por el hambre. Se aproxima a ella; la examina; da vueltas a su alrededor; por un momento parece ignorarla, quizá receloso del cabo y de la cadena; la abandona durante unos instantes, pero, habiéndosele despertado el apetito, regresa de nuevo; parece que se dispone a engullirla, pero vuelve a abandonarla. Cuando los marineros se han divertido lo suficiente con sus diferentes evoluciones, tiran del cabo haciendo como si fuesen a llevarse la carnada. Es entonces cuando el hambre excita al glotón; se lanza sobre ella y la engulle, con anzuelo y todo. Aunque en ocasiones no se se la traga totalmente, y vuelve a soltarse. Pero aun así, herido y sangrando, vuelve una vez más a por la carnada hasta que es cazado. Cuando nota el anzuelo alojado en sus fauces, despliega los mayores esfuerzos para liberarse, pero en vano. Intenta cortar la cadena con sus dientes; tira con todas su fuerzas del cabo para romperlo; casi parece que vuelve su estómago del revés para desenganchar el anzuelo. Y así continúa con sus formidables aunque inútiles esfuerzos hasta que, agotado, permite que saquen su cabeza fuera del agua, y los marineros, sujetando la cola con un lazo, lo suben a bordo y lo rematan. Esto se hace golpeándole en la cabeza; y ni siquiera esto se lleva a cabo sin dificultad ni peligro. La enorme criatura, terrible incluso en su mortal agonía, todavía lucha contra sus verdugos. No existe animal en el mundo más difícil de matar. Incluso cortado en pedazos, los músculos todavía mantienen su movimiento, vibran durante unos minutos tras ser separados del cuerpo. Otro método para capturarlos es clavarles un instrumento con varios dientes llamado fisga en el momento en que pasan rozando el costado del barco. Tan pronto como se deposita en cubierta, para evitar sus sacudidas, se le corta la cola con un hacha lo más rápido posible.
     Así es como los europeos matan el tiburón. Pero algunos negros de la costa de África emplean un método más audaz y peligroso para combatir a su terrible enemigo. Armado con tan solo un cuchillo, el negro se zambulle y observa al tiburón acechando a su presa, y valientemente nada a su encuentro. Aunque no es él quien provoca la pelea, el enorme animal no la rehuye, y deja que el hombre se le acerque. Pero justo cuando se vuelve de costado para atrapar a su agresor, el negro ve su oportunidad y hunde el cuchillo en el vientre del pez, y continúa asestándole cuchilladas con tal acierto, que deja al voraz tirano yaciendo muerto sobre el fondo. Sin embargo, regresa enseguida, amarra la cabeza del pez con un cabo y lo lleva a tierra, donde organiza un noble banquete para las aldeas vecinas.
Ilustración del siglo XIX.
(Continuación)

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¹En esta primera nota a pie de página, que reproduciremos en la segunda parte, Goldsmith incluye la descripción de cuatro especies típicas de las Islas: la tintorera, el peregrino, el angelote y el alitán.