Diversidad, biología, evolución, ecología, pesca, conservación, evolución, con especial atención a las especies presentes en Galicia.
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jueves, 9 de enero de 2020

Un alitán llamado quenlla

Foto publicada en La Voz de Galicia del 26-V-2017.
Una forma tan agradable como cualquier otra de estrenar un nuevo año es refrescarse con una vieja noticia. Esto es lo que hoy os propongo aprovechando una de esas joyas periodísticas con las que de vez en cuando La Voz de Galicia nos regala la vista y el intelecto a partes iguales. Apareció publicada en la edición de Carballo del 26 de mayo de 2017, es decir, hace algo más de 2 años. Di con ella por casualidad hace pocos días... y no lo he podido resistir. Ahora vais a entender por qué:

miércoles, 24 de febrero de 2016

Siete tiburones muy particulares

De arriba abajo y de izquierda a derecha: Trigonognathus kabeyai, Isogomphodon oxyrynchus (Jorge L. S. Nunes, biogeodb.stri.si.edu), Sphyrna tiburo (Smithsonian Tropical Research Institute), Eusphyra blochii (Freshwater Fish Group & Fish Health, Murdoch University), Leptocharias smithii (Theo Modder, FishBase), Mollisquama mississippiensis (Michael Doosey, Tulane University)
Estos siete tiburones no los tenemos en nuestro mar, ni tampoco en aguas españolas, a excepción del Leptocharias, que Moreno recoge en aguas de Canarias. Pero es que el mundo de los tiburones es tan apasionante, tan extraordinario, que sería un tremendo error y una paletada imperdonable imponernos a nosotros mismos unos límites que ellos no tienen. Aunque este blog se llama "Tiburones en Galicia", nuestras puertas y ventanas están siempre abiertas y nuestros ojos atentos a las más de 530 especies que habitan, pese a todo, en los mares, océanos y ríos del mundo. Nos gusta así.
     Este pequeño artículo recoge tan solo una pequeña parte de la extraordinaria variedad de formas y tamaños que existe en el mundo de los tiburones. Para que os hagáis una idea.

1. Cabeza de flecha (Eusphyra blochii). Sin duda estamos ante la especie más extraña y singular, y también la más arcaica, de las 10 que conforman la familia Sphyrnidae, la de los tiburones martillo. Es el resultado de la primera escisión evolutiva ocurrida en el tronco común de los martillos allá por el Mioceno, hace unos 15-20 millones de años. Su ubicación en un género propio (Eusphyra), distinto de los demás (Sphyrna), refleja perfectamente tanto este aspecto como la peculiar e inconfundible estructura de su cabeza, la más amplia de todo el grupo [véase Cabezas de martillo (fam. Sphyrnidae)]. Como se puede observar, en realidad, más que un "martillo", deberíamos hablar de palas o de alas, no en vano se conoce en inglés como winghead shark, 'tiburón de cabeza alada'.
     El cabeza de flecha habita las aguas someras de la plataforma continental e insular del Indo-Pacífico occidental, donde se alimenta de pequeños peces, rayas y cefalópodos, que detecta con el asombroso aparato sensorial de su cabeza: la extensa superficie de las palas alberga un amplio número de sensores eléctricos (las ampollas de Lorenzini); las narinas, situadas a lo largo de su borde anterior, son larguísimas (casi el doble de anchas que la boca), y al estar separadas entre si incrementan el campo de barrido y facilitan la localización de la fuente del estímulo químico; y los ojos, colocados muy lejos uno del otro en cada extremo de las alas, permiten un amplio campo de visión binocular que cuatriplica el de otros carcharhínidos.
Foto: Brian Watson, Department of Agriculture and Fisheries, Queensland Government.
Esta especie es vivípara placentaria, con camadas de alrededor de 9 crías que nacen tras una gestación de 8-11 meses. Como máximo alcanza los 186 cm de longitud total.
     Se captura de forma intensiva en buena parte de su área de distribución, sobre todo en el golfo de Thailandia, pero los datos científicos de que disponemos relativos a su dinámica poblacional son escasos, e incompletos los referidos a su biología. Es posible que en algunas zonas esté sobreexplotada. La IUCN lo recoge en su Lista Roja con el estatus de En peligro.

2. Tiburón picudo (Isogomphodon oxyrhynchus). Aunque por su aspecto es relativamente fácil ubicarlo correctamente en su familia, Carcharhinidae, el tiburón picudo no deja de ser un bicho sumamente peculiar. Sus aletas pectorales en forma de remo, grandes y muy anchas, llaman la atención; pero sin duda el rasgo más característico y sorprendente es el que le da su nombre: ese morro aplanado, largo y bien afilado como la punta de una flecha, apto para detectar presas en los entornos de baja visibilidad que constituyen su hábitat preferente: las aguas turbias de estuarios, manglares y zonas costeras abruptas donde desembocan los grandes ríos, lo que explica el diminuto tamaño de sus ojos. Al parecer, no tolera las aguas excesivamente dulces, de ahí que durante la temporada de lluvias se aleje de la costa. Sin embargo, un reciente estudio¹ refiere la captura de un juvenil en un sistema de agua dulce del nordeste de Brasil.
     La talla máxima es de 152 cm, aunque se cree que puede alcanzar los 2,5 m. Se alimenta de peces pequeños que se desplazan en cardúmenes, que captura ensartándolos con sus dientes largos y finos como colmillos.
     Es vivíparo placentario, con camadas muy reducidas de 3 crías tras un año de gestación. Posiblemente tenga un ciclo reproductivo bianual.

Fuente: Jorge L. S. Nunes, peixesdomaranhao.blogspot.com, y biogeodb.stri.si.edu
El Isogomphodon tiene una distribución geográfica muy limitada. Es endémico de la costa norte de Sudamérica desde Trinidad y Tobago hasta la desembocadura del Amazonas, en particular las aguas turbias influenciadas por los estuarios del Amazonas y el Orinoco. Esta franja costera se encuentra sujeta a una fuerte presión pesquera. Se calcula que durante la última década sus poblaciones han disminuido en un 90%, lo que unido a su baja productividad ha motivado que la IUCN lo considere En peligro crítico y reclame la toma de medidas urgentes de protección.

3. Musola barbuda (Leptocharias smithii). Único representante de la familia Leptochariidae, muy próxima a la de las musolas (Triakidae), junto a las que se solía clasificar. No hace falta explicar qué hay de peculiar en este tiburón: ese cuerpo alargado, escuchimizado, desabrido, como sin alegría, rematado en una cabeza diminuta, y dos enormes dorsales muy espaciadas componiendo un extraño contrapunto. Sin embargo, pese a su apariencia, presenta una musculatura recia que hace pensar en un potente nadador.
     Es una especie costera de hábitos demersales en fondos de 10 a 75 m, particularmente en los fangosos frente a las desembocaduras de los ríos, donde se alimenta de crustáceos, pequeños peces y rayas. Se reproduce mediante viviparismo placentario, con camadas de 7 crías tras una gestación de al menos 4 meses. Como curiosidad, los machos tienen los dientes anteriores más largos que las hembras, con toda probabilidad para sujetarlas mejor durante el apareamiento. Quién lo diría, con lo sosos que parecen. Al nacer miden al menos 20 cm y crecen hasta un máximo de 82 cm.
     Es una especie relativamente común, pero dada su distribución geográfica reducida, en zonas, además, de elevada presión pesquera (Atlántico E desde Mauritania hasta Angola, y tal vez Marruecos y el Mediterráneo), la IUCN la considera como Casi amenazada.

Arriba: Vista dorsal de una hembra de 221 mm (fuente: Aguirre-Villaseñor & Salas-Singh,
Revista Mexicana de Biodiversidad, 2012). Abajo: Vista lateral (fuente: FAO).
4. Colayo cabezón (Cephalurus cephalus). Este diminuto tiburón con aspecto de renacuajo, justamente conocido en inglés con el nombre de lollipop catshark ('colayo piruleta'), se caracteriza por una cabeza y región branquial aplanadas dorsoventralmente y expandidas en forma redondeada, como una piruleta. Su cuerpo, pequeño y esbelto, tiene un piel muy fina, "casi gelatinosa", según dice Compagno. Todo ello, en conjunto, explica por qué en México recibe el nombre de tiburón renacuajo. Se encuentra en los fondos del talud superior de Baja California, mar de Cortés y parte de la costa pacífica mexicana (quizás llegue hasta Perú y norte de Chile) entre los 155-927 m. No sabemos nada más de esta curiosa especie, excepto que no supera los 28 cm de longitud total, mide alrededor de 10 cm al nacer, los machos maduran hacia los 19 cm y las hembras a los 24 cm, y es probablemente vivíparo, con camadas de dos crías, una por oviducto. La Lista Roja de la IUCN lo incluye bajo la etiqueta Datos insuficientes.

Fuente: Claes et al. PLoS ONE, 2014.
5. Trigonognathus kabeyai. Conocido en inglés como viper dogfish o melgacho víbora (en castellano no tiene todavía nombre común oficial), este tiburón con pinta de monstruo de película japonesa de serie B vive en los fondos del talud superior del Pacífico norte (sobre todo Japón, naturalmente) y central (un registro en Hawai), entre los 250-1000 m. Es tal vez el miembro más extraño de la familia de los tiburones linterna (Etmopteridae), caracterizados, como sabéis, por la presencia de fotóforos en diversas regiones corporales, entre otros elementos. La boca, en posición casi terminal como en las serpientes, está dotada de grandes dientes finos, alargados y puntiagudos como agujas, y una mandíbula superior sumamente protráctil gracias a un mecanismo único que la articula con la caja craneal. Cuando el Trigonognathus lanza su demoledor ataque, la boca se abre y, como una flecha, la mandíbula superior sale proyectada y se abate sobre su víctima, que queda empalada entre los colmillos. Esto nos recuerda el sistema que emplea otra especie muy especial y (ésta sí) presente en nuestras aguas, el tiburón duende (Mitsukurina owstoni). Su dieta consiste en pequeños peces óseos del fondo (sobre todo peces linterna) y crustáceos, que engulle enteros, dado que, como es evidente, los dientes no están hechos para cortar.
     Es muy poco lo que sabemos de este tiburón: la longitud máxima registrada es de 54 cm, al nacer miden unos 17 cm, los machos llegan a la madurez entre los 42-47 cm y las hembras hacia los 52; es vivíparo aplacentario con camadas de alrededor de 25 crías. Figura en la Lista Roja de la IUCN con el estatus de Datos insuficientes.

6. Las mielgas suaves: Mollisquama mississippiensis, Mollisquama parini. Sin duda los tiburones más misteriosos y desconocidos de esta lista. Solo se conocen dos ejemplares en todo el mundo, que hasta el 2019² no se confirmó que pertenecían a cada una de las especies.
     La primera especie (la mielga suave, M. parini) fue descrita por Dolganov en 1984: una hembra adolescente de 40 cm capturada en 1979 en el tramo chileno de la dorsal de Nazca, a 330 m de profundidad en aguas de 200-2500 m. La segunda, sin nombre común en castellano, es un macho de 14,2 cm (una cría que todavía conservaba la cicatriz umbilical) encontrado en 2010 en una red de arrastre tendida a 580 m en aguas de 3000 m durante un muestreo realizado al norte del Golfo de México, a 170 millas del delta del Mississippi (es el ejemplar de las fotografías).
En la foto superior se puede observar a simple vista la abertura de la glándula sobre la pectoral; abajo esquema donde se aprecia su forma y tamaño (fuente: Grace et al. Zootaxa, 2015). Abajo a la derecha, el Mollisquama mostrando su enorme morro (fuente: Michael Doosey, Tulane University)³.
La característica más sorprendente de este tiburón, aparte de su aspecto general y su tremendo morro bulboso, es que posee dos enormes glándulas a modo de saco, únicas entre los tiburones, que se abren al exterior a través de un pequeño corte visible justo encima de las aletas pectorales. No se sabe bien cuál puede ser su función, pero existe un tiburón de la misma familia, el tiburón de cola larga (Euprotomicroides zantedeschia), que posee una glándula parecida aunque situada en el abdomen, la cual se ha observado que en determinadas circunstancias emite un fluido luminiscente que, según se cree, puede servir bien para despistar a un posible depredador, bien para atraer a una presa potencial o a una pareja. Tal vez el Mollisquama utiliza el mismo sistema.

El Euprotomicroides zantedeschia expulsando el fluido luminiscente a través de la abertura de la cloaca (foto: Plik Sciagnieto).
Las mielgas suaves pertenecen a la familia Dalatiidae, la misma de los tiburones cigarro (Isistius), y presentan fotóforos en diversas partes de su cuerpo. A partir de aquí, no sabemos nada más.  
     M. parini figura, como las anteriores, en la Lista Roja de la IUCN con el estatus de Datos insuficientes. M. mississippiensis todavía está sin evaluar.

 
7. Lanetón (Sphyrna tiburo). Cerramos esta pequeña lista como la empezamos, con un esfírnido, en este caso con la especie que se sitúa justamente en el extremo contrario de la escala, pues se trata del martillo con la cabeza más estrecha. Más que de martillo, en realidad deberíamos hablar de "pala", tal como se denomina en inglés ("shovelhead", aunque el nombre común más extendido es "bonnethead shark") y en algunas partes de Hispanoamérica.

Foto: Udo M. Savalli.
El lanetón es un pequeño tiburón que no supera los 150 cm, bastante abundante en las costas tropicales atlánticas y pacíficas del continente americano, desde Carolina del Norte hasta Brasil y desde California hasta el Ecuador. Le gustan las aguas someras de fango y arena de estuarios y bahías, y también los arrecifes coralinos, sobre todo entre los 10 y los 25 m. Consume crustáceos, bivalvos, cefalópodos y pequeños peces.
     Es vivíparo placentario y tiene una de las tasas de crecimiento poblacional más altas de todos los tiburones: llega a la madurez a edad temprana, tiene una corta esperanza de vida (12 años), una de las gestaciones más cortas de todos los tiburones (4,5-5 meses) y camadas anuales de 4 a 16 crías. Lo cual le permite soportar razonablemente bien la alta presión pesquera a que se ve sometido, por eso la IUCN lo considera Preocupación menor.
     Que siga así muchos años.


[ACTUALIZADO A 21 de junio de 2019.]

=>Si queréis conocer otras especies igualmente especiales, diferentes, podéis consultar los siguientes artículos:

-Encuentro con un duende.
-Tiburón anguila (Chlamydoselachus anguineus).
-Tiburón anguila en O Grove.
-El misterio del tiburón cocodrilo.

Y muchos otros más que podéis encontrar bucenado en el Blog a través del Índice.

_________________________________
¹Leonardo Manir Feitosa, Ana Paula Barbosa Martins, Rosangela Paula Teixeira Lessa, Ricardo Barbieri & Jorge Luiz Silva Nunes (2018). Daggernose Shark: An Elusive Species from Northern South America. Fisheries Magazine, https://doi.org/10.1002/fsh.10205.
²Mark A. Grace, Michael H. Doosey, John S. S. Denton, Gavin J. P. Naylor, Henry L. Bart Jr. John G. Maisey (2019). A new Western North Atlantic Ocean Kitefin shark (Squaliformes: Dalatiidae) from the Gulf of Mexico. Zootaxa, 4619 (1): 109-120. https://doi.org/10.11646/zootaxa.4619.1.4. 
³Mark A. Grace, Michael H. Doosey, Henry L. Bart & Gavin J. P. Naylor (2015). First record of Mollisquama sp. (Chondrichthyes: Squaliformes: Dalatiidae) from the Gulf of Mexico, with a morphological comparison to the holotype description of Mollisquama parini Dolganov. Zootaxa, 3948 (3): 587-600. Doi: 10.11646/zootaxa.3948.3.10

domingo, 26 de julio de 2015

La parada de los monstruos

Tiburón toro (Carcharias taurus) con una severa deformación en la columna. Fuente: Huber et al., JEB.

En 1932 Tod Browning estrenaba su obra maestra Freaks ('Fenómenos', 'Engendros'), traducido aquí como La parada de los monstruos. La película resultó absoluto fracaso de público y de taquilla, y prácticamente marcó el final de su carrera como director. Lo que hoy es una obra de culto provocó en su día tal rechazo, repugnancia e indignación, que acabó siendo retirada de la gran mayoría de las salas de cine llegando incluso a estar prohibida en países como el Reino Unido.

Por vez primera, el espectador se encontraba, de improviso y sin anestesia, observando en pantalla grande como un grupo de personas reales ―no actores maquillados― con graves deformidades físicas y psíquicas interactuaban entre si con toda la naturalidad del mundo, como si fuesen "personas normales" o, al menos, tan normales como ellos mismos, dentro de una trama repleta de escenas cotidianas, arrastrados por pasiones tan "humanas" y tan "normales" como el amor, la risa, el odio y el deseo de muerte y de venganza. Parece que la visión de los monstruos, cuando son demasiado humanos, despierta en nosotros profundos y, a veces, violentos sentimientos de malestar y repulsión.

Con los animales nos ocurre algo parecido, si bien la intensidad de estos sentimientos parece disminuir en función de la distancia taxonómica y por tanto afectiva que nos separa. No es lo mismo observar un cervatillo deforme que una merluza con chepa o un tiburón de dos cabezas. No hay color.

Captura de vídeo de un embrión de tintorera con bicefalia filmado por Manuel Patiño, patrón del Talasa, un pesquero de Ribeira que se encontró el animal durante una campaña en aguas de Perú en 2013. Tomado de la página de AXENA.
El tiburón es un animal de extraordinaria belleza. Observar la delicada perfección de las líneas de una tintorera deslizándose a través del agua sin esfuerzo aparente, como planeando sobre el abismo, supone, para quienes amamos a estos bichos, un verdadero goce estético, si me permitís la cursilada. Pero los tiburones, al igual que el resto de los seres vivos, no están libres de padecer malformaciones, deformidades anatómicas que en algunos casos dan lugar a aberraciones con escasas o nulas perspectivas de viabilidad. El embrión de la fotografía de arriba fue devuelto al mar cuando todavía estaba vivo, aunque su esperanza de vida con toda probabilidad no iba a extenderse más allá de unas escasas horas, siendo optimistas.

Tiburón blanco con importante malformación en la columna.

Los registros de tiburones con malformaciones no son muy abundantes, lo que puede ser síntoma de una incidencia relativamente baja, al menos en su medio natural, o puede también que la propia naturaleza inabarcable del medio dificulte su detección. También está el hecho de que los neonatos con patologías más severas o bien tardan poco tiempo en morir, o son inmediatamente eliminados por sus depredadores.

En cautividad existen datos que abren una perspectiva tal vez diferente. Huber et al. sostienen que aproximadamente el 35% de los tiburones toro (Carcharias taurus) que observaron en acuarios mostraban algún tipo de malformación en la columna, desde vértebras comprimidas y pérdida de espacio intervertebral hasta casos de espondilosis severa. Esto puede ser debido a una lesión previa que se hubiera visto agravada durante su captura y traslado al acuario (situaciones, además, fuertemente estresantes para el animal), o bien que se hubiese originado en algún momento de todo el proceso; sin olvidarnos de las propias condiciones de habitabilidad del tanque, carencias nutricionales incluidas¹.

Morro severamente truncado de un tiburón hocicudo gris (Rhizoprionodon oligolinx). Fuente: A. B. M. Moore, Journal of Fish Biology, 2015.

Se han descrito ejemplares con diversas malformaciones en la columna vertebral (escoliosis, lordosis, cifosis), en las aletas y en los cartílagos rostrales, que llegan a deformar cuerpos y rostros a veces de manera grotesca o aberrante.

Se dan también casos de tiburones y rayas donde o bien falta una aleta o hay una aleta de más. Se ha reportado la falta de la segunda dorsal en la gata leonada (Nebrius ferrugineus) y de las pélvicas en el jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus).

Jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus) sin aletas pélvicas. Fuente: A. B. M. Moore, Journal of Fish Biology, 2015. Posiblemente el primer caso descrito de ausencia de aletas en una especie de tiburón.
Pero sin duda uno de las malformaciones más sorprendentes es la bicefalia. Este embrión de jaquetón toro (Carcharhinus leucas) se encontró en el interior de una hembra capturada en 2011 en los Cayos de Florida. El ejemplar, de talla claramente inferior a la esperable en un embrión a término, presentaba dos corazones y dos hígados bien diferenciados. Sus cuatro hermanos eran absolutamente normales². Es el primer caso de bicefalia en esta especie.


La bicefalia es la consecuencia de una anomalía conocida como bifurcación axial que ocurre en los primeros estadios de la embriogénesis. Durante la gastrulación de un óvulo, cuando la parte rostral del tubo neural se bifurca dando lugar a dos cabezas. Algo así como si el proceso de formación de gemelos quedase súbitamente truncado. Este fenómeno se ha documentado en otras especies de tiburón como la mielga (Squalus acanthias), el galludo (Squalus blainville), el cazón (Galeorhinus galeus), el jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus), el tiburón poroso (Carcharhinus porosus) y la tintorera (Prionace glauca). Y recientemente [actualizamos a 22-X-2016] se ha descrito el primer caso en una especie ovípara, concretamente en un embrión de olayo atlántico (Galeus atlanticus) hallado en el Mediterráneo. Presentaba cuatro dorsales, dos tubos neurales, dos aortas dorsales y dos corazones, dos esófagos que daban a dos estómagos, y dos hígados pero un solo intestino³.

Radiografía que muestra como la bifurcación se inicia a partir de la cintura pectoral. En las imágenes de la derecha se pueden observar los dos corazones (H), los esófagos (O) y los dos hígados (L) junto con el intestino (I). Fuente: C. M. Wagner et al., Journal of Fish Biology, 2013.
A veces en esto de bicefalias suele incluirse un fenómeno en principio parecido, pero que no debe confundirse: la diprosopia, en la que no hay dos cabezas, sino una bifurcación parcial de una sola cabeza. Existe al menos un registro de este fenómeno en una tintorera capturada el norte de Chile.
A la izquierda, representación de la tintorera con diprosopia. A la derecha, esquema de una tintorera con bicefalia (fuente: Hevia-Hormazábal et al., Int. J. Morphol., 2011).
Si la bicefalia ya es impresionante, la ciclopía, mucho más rara, lo es todavía más. Se produce cuando, debido a una anomalía en el desarrollo del cerebro anterior, las dos cavidades orbitales se fusionan para alojar un único gran ojo deformado. El ejemplar de las fotografías de abajo es uno de los 9 fetos que portaba una hembra de jaquetón lobo (Carcharhinus obscurus) capturada en los alrededores de la isla de Cerralvo, en el mar de Cortés, también en 2011. En su momento la imagen circuló ampliamente por la Red y se llegó a pensar que era uno más de los muchos bulos que se encuentran por ahí a diario, algún tipo de photoshop. Pues bien, no lo era. 

Fotos: Pisces Fleet Sportfishing.
El pobre animal (era un macho) medía 56 cm, tenía 2,6 cm de diámetro ocular y, como se puede apreciar, era también albino (el primer caso de albinismo descrito en el C. obscurus). El gran ojo ocupaba el centro de un morro totalmente achatado y desprovisto de narinas. Una tomografía reveló que también había desarrollado una única cápsula nasal. Tenía, además, la columna ligeramente deformada. No habría sobrevivido mucho tiempo tras el parto. Era carne de cañón.

Junto a uno de sus hermanos. (Foto: Pisces Fleet Sportfishing.)
Ramón Bonfil describe otro caso realmente peculiar del embrión a término de un tiburón coralino (Carcharhinus perezi) capturado en Yucatán en 1985 que presentaba un morro anormalmente corto, carente de narinas y como enroscado a modo de trompa, y dos ojos situados muy juntos en posición ventral, justo delante de la boca. Ambas órbitas compartían una misma abertura y las membranas nictitantes estaban fusionadas formando un único párpado no funcional. También le faltaba una abertura branquial.

Vistas ventral y lateral del embrión de C. perezi mostrando el tamaño y forma del morro y la posición de los dos ojos. Fuente: Bonfil, Northeast Gulf Science, 1989.

Causas.
Hasta ahora no se han podido determinar con precisión las causas de todo este amplio cuadro de malformaciones. La casuística que se baraja es amplia. Pueden ser congénitas o debidas a una enfermedad degenerativa como la artritis; pueden deberse a carencias nutricionales, infecciones parasitarias y lesiones causadas por mordeduras de depredadores o de congéneres.

Vista ventral y dorsal de la cabeza de un jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus) con pérdida del extremo anterior izquierdo del morro probablemente debido al ataque de un depredador o un congénere. Fuente: A. B. M. Moore, Journal of Fish Biology, 2015

La endogamia de una población aislada puede dar lugar a deterioros genéticos que explicarían determinados casos de malformaciones. Esta es una de las hipótesis planteadas en un trabajo sobre una especie de tiburón fluvial (Glyphis sp. C, ahora Glyphis garricki) de Australia Occidental, en el que un porcentaje altísimo de los ejemplares muestreados (nada menos que 3 de 7) presentaban algún tipo de deformación en la columna.

Glypis sp. C de 994 mm de longitud total con la columna fuertemente arqueada y, como se aprecia en la imagen de rayos X, vertebradas fusionadas. Fuente: Thorburn et al., Murdoch University Centre for Fish and Fisheries Research, 2004.

Un factor de primer orden es la exposición a un elevado nivel de contaminación y estrés ambiental durante la gestación y los primeros estadios de desarrollo. En el Golfo de México se ha detectado un creciente número de malformaciones en diversas especies de organismos expuestos a los contaminantes liberados tras la catástrofe del Deepwater Horizon en 2010.

Un reciente trabajo sobre anormalidades morfológicas de tiburones capturados en el golfo Pérsico señala, además de la contaminación generada por la potentísima industria de hidrocarburos, los efectos de las plantas de desalinización que puntean todo el litoral y que arrojan, ¡al día!, nada menos que 20 millones de metros cúbicos de salmuera caliente (con alto contenido en cobre, además), lo que incrementa la salinidad y temperatura de un mar ya de por si cálido, salino y de pobre circulación.

Macho de C. taurus fotografiado por Michael McFadyen en Fish Rock Cave, Australia.


Monstruosidades.
Dejando a un lado la casuística de orden natural, no antropogénica, el último punto nos conduce inevitablemente a una reflexión final, que es siempre la misma, que vuelve una y otra vez a nosotros con la patética insistencia de la imagen de un espejo mellado, en este caso el espejo de la Naturaleza que estamos destrozando. Parece que el ser humano lleva un monstruo en su interior, un monstruo que odiamos contemplar y cuya mirada, a su vez, se nos hace insoportable. Somos capaces de realizar las obras más sublimes y, al mismo tiempo, de perpetrar los actos más innobles y monstruosos, hacia los demás pero también hacia nosotros mismos, y además cerrando los ojos a ello.

Si no somos capaces de poner en marcha esa capacidad de raciocinio de la que tanto nos vanagloriamos (supuestamente es uno de nuestros rasgos distintivos como especie) y no nos enfrentamos de una vez a nosotros mismos, no habrá nada que hacer. El mundo seguirá a paso cierto la senda monstruosa de su degradación en la que lo hemos puesto.

__________________________
¹Daniel R. Huber, Danielle E. Neveu, Charlotte M. Stinson, Paul A. Anderson, Lize K. Berzins (2013). Mechanical properties of sand tiger shark (Carcharias taurus) vertebrae in relation to spinal deformity. Journal of Experimental Biology, 216, 4256-4263, doi: 10.1242/jeb.08753
²C. M. Wagner, P. H. Rice, A. P. Pease (2013). First record of dicephalia in a bull shark Carcharhinus leucas (Chondrichthyes: Carcharhinidae) foetus from the Gulf of Mexico, U.S.A. Journal of Fish Biology, 82 (4), 1419-1422, doi: 10.1111/jfb.12064
³V. Sans-Coma et al. (2016). Dicephalous vs. diprosopus sharks: record of a two-headed embryo of Galeus atlanticus and review of the literature. Journal of Fish Biology, doi:10.1111/jfb.13175.
Valentina Hevia-Hormazábal, Víctor Pastén-Marambio & Alonso Vega (2011). Registro de un Monstruo Disótropo de Tiburón Azul (Prionace glauca) en Chile. International Journal of Morphology, nº 29(2): 509-513. http://dx.doi.org/10.4067/S0717-95022011000200034.
Olga Marcela Bejarano-Álvarez & Felipe Galván-Magaña (2013). First report of an embryonic dusky shark (Carcharhinus obscurus) with cyclopia and other abnormalities. Marine Biodiversity Records, 6, doi: 10.1017/S1755267212001236.
Ramón S. Bonfil (1989). An abnormal embryo of the reef shark, Carcharhinus perezi (Poey), from Yucatan, Mexico. Northeast Gulf Science, vol.10, nº 2, pp. 153-155.
D. C. Thorburn, D. L. Morgan, A. J. Rowland & H. S. Gill (2004). The northern river shark (Glyphis sp. C) in Western Australia (Report to the Natural Heritage Trust). Murdoch University Centre for Fish and Fisheries Research.
(Muchísimas gracias a Cesc Gallardo, buen amigo de este Blog y gran aficionado a los tiburones fluviales, por la información y el paper.)

A. B. M. Moore (2015). Morphological abnormalities in elasmobranchs. Journal of Fish Biology, doi: 10.1111/jfb.12680


sábado, 31 de enero de 2015

El misterio del tiburón cocodrilo

Tiburón cocodrilo (Pseudocarcharias kamoharai) capturado en Angola (foto: Santiago Barreiro, Jueguen).

A este no lo tenemos en Galicia, pero no importa. Merece la pena conocerlo; os aseguro que es uno de los tiburones más simpáticos, encantadores y puñeteros que quepa imaginar. Ya veréis.

lunes, 31 de marzo de 2014

El salto del ditropis

Fotograma de Asesinos del hielo, National Geographic (2009).

El cailón o marrajo salmonero (Lamna ditropis) es otro de los tiburones saltarines. Es verdad que sus saltos no llegan a la categoría de los de especies como el marrajo (Isurus oxyrinchus), el tiburón blanco (Carcharodon carcharias), el zorro (Alopias vulpinus), o el jaquetón picudo (Carcharhinus brevipinna), del que hablamos hace poco [El salto del brevipinna]; y también es verdad que, como este último, tampoco está presente en nuestras aguas (y este blog se llama, precisamente, "Tiburones en Galicia"). Pero hay al menos tres razones por las que merece que le dediquemos este pequeño artículo: la primera, porque es un tiburón tan extraordinario y fascinante que no merece caer en el olvido solo porque no ande por aquí cerca; la segunda, porque es primo hermano de nuestro cailón (Lamna nasus) [véase Cailón (Lamna nasus)], y ya sabéis que la familia es lo primero, al menos de vez en cuando; y finalmente, porque nos gustan los tiburones, todos los tiburones, y por eso nos encanta conocer los bichos de otros rincones del gran Océano.

L. ditropis y L. nasus son las únicas dos especies que conforman el género Lamna (ya sabéis, orden Lamniformes, familia Lamnidae, como los demás marrajos y el tiburón blanco). De hecho, puede decirse que el ditropis es el cailón del Pacífico (1), donde vive ocupando prácticamente el mismo nicho ecológico, si bien con una especialización alimentaria ligeramente diferente, que es la que recoge su nombre común: cailón salmonero o tiburón salmón.
El parecido entre ambos es evidente, pero si nos fijamos en un par de detalles anatómicos, no resulta excesivamente complicado distinguirlos. El L. ditropis es más rechoncho que el L. nasus, su morro es más corto y romo, y su color es más oscuro (la parte inferior del morro, sobre todo), con manchas características en la superficie ventral; y además carece de la típica mancha clara en la base posterior de la primera dorsal. Las tallas son más o menos parecidas: si la longitud total máxima registrada para el L. nasus ha sido de 355 cm, para el L. ditropis son uno 305 cm, con registros no confirmados de casi 400 cm.

Foto: TOPP, tomada de la página sfgate.com
Aunque la dieta del cailón salmonero es muy variada (incluye peces que forman bancos, como arenques, sardinas, diversas especies de gádidos, etc.), parece que siente predilección por los salmones del Pacífico, que cada primavera y verano retornan a sus ríos de origen para el desove. Allí los estarán esperando sus depredadores más despiadados: los pescadores, las orcas y los tiburones, particularmente los ejemplares más grandes, que han recorrido varios miles de millas para una cruenta competición. Algunas estimaciones señalan que los ditropis se llevan entre el 12 y el 20% de los salmones, además de estropear decenas o centenares de costosos aparejos, de manera que no es de extrañar que los pescadores los consideren algo más que una molestia, llegando en algunos casos a los extremos de cruel irracionalidad que solamente pueden darse nuestra especie: los matan a palos o a puñaladas cuando los suben accidentalmente enganchados en una red, o les cortan las aletas y los devuelven al agua, todavía vivos, para vengarse. Para que luego digan que somos animales racionales.

Foto de Scott Anderson.
Uno de estos lugares privilegiados son las frías aguas del Prince William Sound, en Alaska, un lugar bellísimo donde se filmaron las impresionantes imágenes de un documental de la National Geographic que me permito recomendar: Asesinos del hielo: Los secretos del tiburón salmón de Alaska (2009). En él vais a observar con qué extraordinaria habilidad y velocidad los cailones dan caza a los escurridizos y rápidos salmones. La potencia de sus acometidas les hace saltar por encima de la superficie en piruetas verdaderamente espectaculares.

Foto: Dr. Kenneth J. Goldman.
¿Cómo es posible que un tiburón sea capaz de moverse con tal agilidad en aguas que apenas superan los 5ºC? Pues porque tiene sangre caliente: dispone de un extraordinario sistema de retención de calor que les permite mantener el interior de su cuerpo a una temperatura de hasta 26ºC (2). Con ello logran incrementar exponencialmente su rendimiento muscular [véase El sistema circulatorio de los tiburones], además de permitirles sobrevivir en las frías aguas del Pacífico Norte. ¿No es extraordinario?

Magistral fotografía de Doug Perrine.

>>Para conocer otros tiburones "saltarines", podéis visitar El salto del brevipinna y El salto del oxyrinchus.
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(1) Bien mirado, también la gente de aquella zona podría sostener exactamente lo mismo, que el nasus es el cailón salmonero del Atlántico.
(2) Diego Bernal, Jeanine M. Donley et al. (2005) "Mammal-like muscles power swimming in a cold-water shark". Nature 437, 1359-1352

lunes, 17 de febrero de 2014

Un diente entre 50 000

Foto: David Jenkins tomada de dailymail.co.uk
No es fácil encontrar imágenes como esta: un gran tiburón blanco fotografiado en el mismo instante en el que uno de sus dientes sale disparado tras atrapar lo que parece un señuelo o tal vez una foca de verdad.
La foto está tomada en las cercanías de Seal Island, cerquita de Ciudad del Cabo (o 'Capetón', como decían nuestros abuelos), un lugar privilegiado donde los tiburones blancos practican la particular técnica de caza que les hace pegar esos impresionantes saltos de hasta 3,3 m sobre el agua que no nos cansamos de ver en centenares de documentales y de fotografías.
Invisible contra el oscuro fondo, el tiburón recorre pacientemente los alrededores de la Isla de las Focas, hasta que una conocida silueta aparece de pronto surcando la superficie. La profundidad de las aguas le va a permitir alcanzar la punta de velocidad adecuada para que el ataque sea lo más certero y devastador posible. De lo contrario, las posibilidades de supervivencia de la foca se multiplican exponencialmente y el enorme gasto energético habrá sido en vano. 16-18 m son suficientes para que una tonelada de músculo y dientes se abalance a más de 40 km/h sobre la presa, viniendo desde abajo y atrás en un ángulo de entre 45-90º.

Fin de un ataque exitoso. La foto es de Remo Sabatini.
Un tiburón blanco tiene alrededor de 50 posiciones dentarias en cada mandíbula, unas 26 en la de arriba y 24 en la de abajo. Cada diente tiene detrás una hilera de 5-7 dientes más. Esto hace un total de unos 300 dientes en diferentes estadios de desarrollo. Cuando el primero, el más exterior, se desgasta y se pierde, enseguida viene el siguiente para ocupar su lugar (la clásica imagen de una cinta transportadora no puede ser más fiel a la realidad). Esto ocurre porque los dientes no están anclados o implantados en el cartílago, sino que se encuentran adheridos al epitelio basal, una capa externa de tejido. Un tiburón puede perder entre 30 000 y 50 000 dientes a lo largo de su vida, con lo que el de la imagen no es más que una anécdota totalmente intrascendente. Pero no así la foto.
Naturalmente, fue una cuestión de suerte. De hecho, el fotógrafo, David Jenkins, cuenta que no se percató de su involuntaria proeza hasta que no se puso a revisar la foto en la pantalla de la cámara para ver si estaba bien centrada y ajustada.
Una foto única que bien vale este pequeño post.

... Los dientes del tiburón blanco son característicos: anchos, grandes, con los bordes aserrados... y, como veis, pueden llegar a ser bastante grandes.


lunes, 3 de febrero de 2014

El salto del brevipinna

Foto tomada del blog BHI Conservancy.
De estos bichos no tenemos en Galicia, pero no importa. En esto de los tiburones, como en todo, es bueno saber qué cosas se esconden más allá de nuestras narices. En realidad, es fundamental. Lo contrario nos conduce inexorablemente al paletismo, objetivo inconfesado de las diferentes reformas educativas impuestas por unos y otros, además de privarnos del placer de conocer, por ejemplo, a criaturas tan extraordinarias y sorprendentes como la que hoy os presento aquí a modo de curiosidad: el jaquetón picudo (Carcharhinus brevipinna), uno de los tiburones más saltarines.

El jaquetón picudo o jaquetón de aleta negra es conocido en inglés como spinner shark (de spin, 'girar') por su particular método de caza, que consiste en atravesar de abajo arriba los bancos de peces girando sobre su propio eje para pegar dentelladas a un lado y a otro. El impulso los lleva fuera del agua en espectaculares saltos en los que pueden llegar a dar hasta tres giros completos antes de caer, normalmente de espaldas. Las presas se las traga enteras, ya que carece de dientes cortadores (son puntiagudos, más bien hechos para apresar): sardinas, arenques, caballas y otros peces pelágicos, además de cefalópodos y pequeños condrictios.
No está considerado como una especie peligrosa para el hombre, aunque puede suponer una amenaza cuando se aproxima a los buceadores que practican pesca deportiva. Puede llegar a medir hasta 278 cm, o sea, que es un bicho que merece ser respetado.

El C. brevipinna vive en mares templados a cálidos, excepto el Pacífico, con frecuencia en aguas superficiales cerca de la costa. En España se le encuentra en la franja sur del Mediterráneo e islas Canarias.

Composición de Mark Mohlmann tomada de australianmuseum.net
Nos gusta conocer otras cosas.

>>Para conocer otros tiburones "saltarines", véase El salto del ditropis y El salto del oxyrinchus.











lunes, 20 de mayo de 2013

Ataque de tiburón dentro de una cabaña


Bucear de vez en cuando entre los fondos de la extraordinaria Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional es una actividad que siempre resulta gratificante. Nunca deja uno de encontrar sorpresas tan deliciosas como esta noticia recogida por el diario La Época en el lejano año de 1884.
     Su tratamiento, aparte de imaginativo —por decirlo suavemente y sensacionalista, conserva a mi modo de ver esa suave nota de ingenuidad que teñía las viejas crónicas de lo lejano y lo desconocido "del mundo adelante", que decían nuestras abuelas, que eran constante fuente de asombro y admiración entre el público.

Transcribo la noticia literalmente, respetando la ortografía y la puntuación de la época.

UN DRAMA TERRIBLE
En la noche del 13 del actual, dos pescadores del pueblo de la Passade, situado entre Niza y Villefranche, llamados Baffi y Domenico, pescaron un tiburon que medía tres metros.
     El cetáceo fué herido en el costado por dos fuertes arponazos. El agujero de la herida era enorme. Una vez en tierra, el animal fué arrastrado hasta la cabaña de los pescadores y dejado en un rincon, para llevarlo á Niza al dia siguiente.
     A eso de las dos de la madrugada un ruido infernal despertó á los pescadores.
     Un perro de caza lanzaba espantosos ladridos y dos criaturas que dormían en una cuna exhalaban á la vez gritos lastimeros.
     Baffi y Domenico, encendieron la luz en seguida. Un espectáculo horrible se presentó ante sus ojos. El mónstruo, cuya herida no había sido mortal, desgraciadamente, acababa de salir de su letargo y con un sólo golpe de su terrible mandíbula había partido en dos pedazos al perro que estaba echado junto á la cuna de los niños.
     La desesperada madre se precipitó hácia la cama de sus hijos, pero su pierna derecha fué tambien presa del mónstruo y partida por debajo de la rodilla.
     Baffi se apoderó de un arpon y logró vaciar el ojo derecho del animal, que dió un salto terrible. Entónces la lámpara cayó al suelo, y se trabó entre ellos á oscuras una espantosa lucha. Los pescadores se precipitaron hácia la puerta de entrada, pero como faltaba la llave, no les era posible abrirla. Un vecino, Mr. Michelisi, atraido por el alboroto, se encaramó en una ventanilla situada á cierta altura, y le fueron entregados los dos niños; despues derribó la puerta y acudió en auxilio de los pescadores. Uno de ellos tenia á raya al tiburón con ayuda de una mesa, cuyos piés estaban hechos añicos.
     Cuando se abrió la puerta, el mónstruo se precipitó fuera y trató de ganar la playa. Los pescadores no lograron apoderarse de él hasta que le hubieron vaciado el único ojo que le quedaba.
     La madre de los niños, tan cruelmente herida, no ha sucumbido todavía; y despues de los buenos resultados de una amputacion practicada por el doctor Gabrielli, se han concebido grandes esperanzas de salvarla.
     El tiburon era uno de los más terribles de su especie, y hacía dos ó tres meses que era perseguido sin descanso.

La Época, 20 de junio de 1884, p. 4. 

La Época era un diario de carácter conservador que estuvo en circulación entre los años 1849 y 1936. Durante la Guerra Civil sus talleres fueron incautados para imprimir El Sindicalista, del Partido Socialista. Qué cosas, ¿verdad?


lunes, 6 de mayo de 2013

Los juegos de los jóvenes cailones (Lamna nasus)

Extraordinario primer plano del Lamna nasus (Foto de Andy Murch, elasmodiver.com)

¡¿Qué?! ¿Tiburones sanguinarios jugando al "pilla pilla" como si fuesen cachorros de pequinés?

Pues parece que si. Al menos esta es la única explicación plausible que han encontrado quienes han podido presenciar el insólito comportamiento de unos grupos de jóvenes cailones que nadaban entre los quelpos cerca de la superficie: unos individuos giraban sobre si mismos enredándose entre las algas, hasta que de pronto se largaban en una veloz una carrera y eran inmediatamente perseguidos por los demás, que iban mordisqueando las largas laminarias que aquellos arrastraban tras de si. Y vuelta a empezar, una y otra vez.

El tema es ciertamente delicado. Si fuesen crías de algún ave o mamífero, con toda probabilidad estaríamos hablando de juegos casi sin dudarlo; pero tratándose de tiburones, la cosa cambia radicalmente: ¿un pez "jugando"? Algunos científicos han sugerido que en realidad los cailones estaban tratando de capturar las pequeñas criaturas que viven pegadas al quelpo —algún gasterópodo, por ejemplo—; o bien simplemente utilizaban las fuertes láminas para deshacerse de los parásitos que cubren su piel. Sin embargo, los testigos insisten en que estos tiburones en modo alguno mostraban propósito alguno, ni trófico ni de "aseo personal", por así decirlo, excepto "pasar el rato". Cuando se cansaban, desaparecían.

Del mismo modo, otros testigos han observado a grupos de juveniles dándose caza unos a otros "a la manera de los delfines". Y la pregunta surge otra vez: ¿no podría tratarse de algún tipo de juego destinado a estimular y desarrollar el aprendizaje de una estrategia de caza, como ocurre con las crías de los mamíferos? ¿Qué otra explicación puede haber? Al fin y al cabo, los cailones no son peces como los demás: son animales sumamente inteligentes cuyo cerebro, además, está bañado por sangre caliente como los demás lámnidos, son endotermos (1), y sabemos que suelen desplazarse en agrupaciones o cardúmenes.

Otras observaciones describen grupos de hasta veinte individuos investigando e interactuando con objetos (algunos dicen, directamente, "manipulando") que flotaban en el agua: maderas, algas e incluso los flotadores de las cañas de pescar. Los tiburones empujaban estos objetos con el morro, a veces parecía como si se los pasasen de uno a otro, y los lanzaban fuera del agua. Todo ello igualmente de forma continuada y sin ningún propósito concreto.

Foto de Andy Murch (Elasmodiver.com)

Más allá de su objetivo último —el aprendizaje y desarrollo de destrezas sociales y cognitivas—, lo que caracteriza el juego es su naturaleza lúdica, su ausencia de utilidad práctica inmediata, y su recurrencia. ¿Podemos aplicar esto al comportamiento de los jóvenes cailones? 

¿Por qué no? No será porque les falte inteligencia.


[Más noticias sobre la inteligencia de los tiburones en el post La capacidad cognitiva de los tiburones. Y para saber más sobre el cailón, ver la primera y segunda parte del post Cailón (Lamna nasus).]

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(1) Ver El sistema circulatorio de los tiburones.

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lunes, 28 de enero de 2013

El ataque del tiburón cigarro

El interés y curiosidad que ha despertado el pequeño tiburón cigarro (Isistius brasiliensis) entre muchos lectores al conocer por un post anterior que tiene los bemoles suficientes como para atreverse con el mismísimo rey, el tiburón blanco, me ha llevado a rescatar y actualizar este artículo que publiqué en el blog de AXENA hace unos meses dando cuenta del primer ataque registrado a un ser humano. 

Foto: Joshua Lambus
Marzo de 2009. El pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola. Apenas si se notaba algún otro movimiento: alguna que otra corrección en su trayectoria aparentemente sin rumbo… y... casi mejor dejamos a Peter Benchley y su ficción a un lado y nos atenemos a los hechos. En realidad, el pez sí tenía un rumbo: como todas las noches, se dirigía hacia la superficie procedente de la oscuridad perpetua de las aguas profundas, tal vez guiado por la apagada penumbra de la noche de Hawái punteada de estrellas, cuando percibió un extraño sonido de baja frecuencia y, a los pocos segundos, los sensores de su línea lateral empezaron a detectar bruscas alteraciones en las ondas de presión, leves al principio, pero cada vez más potentes. Probablemente correspondían a un animal grande. Una presa. Pero había algo más: todas las señales apuntaban a que iba acompañada de un buen número de pequeñas criaturas que, como mal menor, podían servir como pincho. No podía pedir más. Tenía hambre y hacia allá se fue, como un rayo, seguido de un buen grupo de congéneres.

Por su parte, la presa, que respondía al sugerente nombre de Mike Spalding, llevaba casi cuatro horas y media en el agua, en la apagada penumbra de la noche y bla, bla, bla. Ya llevaba recorridas 11 de las 30 millas del canal de Alenuihaha, que separa Hawái, la “Gran Isla”, de Maui, y que, nadie sabe por qué, se había propuesto cruzar a nado. Iba escoltado por una lancha y un vecino en kayak, ambos con los focos encendidos, circunstancia que había atraído a un sinfín de calamares, que atravesaban como dardos blancos el círculo de luz sobre el agua. Era divertido, si bien un punto inquietante… y peligroso. 
     Y entonces sintió un repentino y agudísimo dolor en la zona del esternón. Se llevó la mano al pecho y comprobó que algo le había causado una herida que no parecía muy profunda, pero que sangraba bastante. La decisión era evidente: había que abortar la operación y dirigirse hacia el kayak, que estaba a menos de dos metros. En ese momento se produjo un segundo y devastador ataque, esta vez sobre su pantorrilla izquierda. El agua comenzó a templarse con la sangre que manaba de la herida. Mike se asustó de verdad y empezó a gritar, también de dolor. El kayak se llenó de sangre a los pocos minutos de subirse a él. De ahí lo pasaron a la lancha, donde le pusieron antibiótico y con una toalla trataron de contener la hemorragia.

En el hospital comprobaron que presentaba una herida circular de unos 7,5 cm de diámetro y 2,5 cm de profundidad. El culpable se había puesto en evidencia. Sólo un animal es capaz de provocar heridas de esa naturaleza: el tiburón cigarro, conocido en inglés, precisamente, con el nombre de cookiecutter (‘corta galletas’), posiblemente un Isistius brasiliensis.

Los tiburones cigarro tienen una doble estrategia alimentaria: actúan como depredadores y también como ectoparásitos. Por un lado, son voraces consumidores de pequeños peces, crustáceos y cefalópodos; por otro, son capaces de fijarse a la piel de grandes vertebrados marinos (espadas, túnidos, cetáceos, etc.) para arrancar grandes trozos de su carne. Para ello cuentan con un impresionante instrumental: gruesos labios succionadores, una faringe modificada y una dentadura que quita el hipo: dientes superiores pequeños y puntiagudos, en forma de gancho, que sirven para anclarse a la víctima y para pinchar las “galletas” de carne una vez cortadas y arrancadas; dientes inferiores muy grandes y afilados como cuchillas, de cúspide triangular e imbricados en una única fila funcional, como la hoja de un serrucho: son los que se utilizan para cortar.

Herida en un delfín.
Y la técnica es asombrosa: primero seleccionan un objetivo, una presa idónea, a la que pueden atraer poniéndose ellos mismos como señuelos mediante sus potentes orgánulos bioluminiscentes (se dice que los Isistius son de los más bioluminiscentes de todos los tiburones; de ahí que su nombre genérico procede de Isis, la diosa egipcia de la luz). Cuando la tienen a la distancia adecuada, se lanzan como flechas y se fijan a ella con la boca: los labios se pegan firmemente a la piel con la ayuda de los dientes superiores y la acción conjunta de la lengua y la faringe, que producen un movimiento de succión mediante la creación de vacío. A continuación, el tiburón se retuerce y gira sobre si mismo; y, como un compás trazando un círculo, los dientes inferiores cortan y arrancan un buen trozo de carne dejando una característica herida, profunda y dolorosísima, en forma de cráter (1). La voracidad de estos animales les ha llevado a atacar cables submarinos y las cubiertas de goma de los sónares de submarinos nucleares.

Foto: Australian Museum
Hasta ahora se han descrito dos especies del género Isistius: el pitillo o tiburón cigarro (Isistius brasiliensis) y el tiburón cigarro dentudo (Isistius plutodus) (2). Pertenecen al orden de los Squaliformes (tiburones sin aleta anal, entre otras características), familia Dalatiidae. Afortunadamente son peces que no suelen llegar a los 50 cm de longitud total. Y digo afortunadamente porque a su enorme voracidad hay que unir el hecho de que son de los tiburones que poseen los dientes más grandes en relación con el cuerpo (de los dos, ya os imagináis que el campeón absoluto sería el Isistius plutodus). Sus cuerpos son cilíndricos y alargados como un gran puro habano, con aletas muy pequeñas. Tienen un morro corto y bulboso, con las narinas adelantadas, ojos grandes y labios también grandes y carnosos. Las aletas dorsales carecen de espinas y están muy retrasadas, y las pectorales son cuadrangulares. De color son también parecidos: color gris oscuro o terroso, con una banda gular más oscura en el I. brasiliensis.

Se sabe muy poco de los hábitos y biología de estos tiburones, excepto en el caso del I. brasiliensis. Una costumbre insólita de este tiburón es que se traga y digiere sus propios dientes inferiores de sustitución (que se caen y se reponen en bloque, no individualmente como en el resto de especies), se cree que con el objetivo de mantener los niveles de calcio de su cuerpo a un nivel óptimo. En general, habitan las aguas cálidas de todo el mundo y son de hábitos epipelágicos o batipelágicos, entre los 85 y los 3000 m (I. brasiliensis). Probablemente son vivíparos aplacentarios (ovovivíparos), con camadas de entre 6 y 8 crías (de nuevo, en el I. brasiliensis).

Isistius brasiliensis. Foto: J. E. Randall (tomada de FishBase)
Viven agrupados en bancos y realizan fuertes migraciones verticales: durante el día permanecen en el fondo y por la noche suben a la superficie siguiendo el movimiento de sus presas naturales, entre las que casi seguro no figuraba Mike Spalding, pero ya que estaba allí, pues fue etiquetado como comida. Y uno no puede dejar de sonreírse al leer lo que escribía Compagno allá en 1984, en el volumen 1 del catálogo de tiburones de la FAO, Sharks of the World: “the chances of it attacking a swimmer or diver are remote though possible” (‘las probabilidades de que ataque a un nadador o a un buceador son remotas aunque factibles’). 
    ¿Qué pudo haber ocurrido? La respuesta es elemental: básicamente, este señor, Mike Spalding, se metió en el lugar equivocado a la hora equivocada. Los tiburones son mucho más activos por la noche, es su momento de caza... Y llevar encendidos los focos de las embarcaciones no fue una idea brillante (y perdón por el chiste fácil): la luz atrajo a multitud de presas, como los calamares, las cuales a su vez atrajeron a sus depredadores, los Isistius.

¿Qué pintaba este señor nadando en solitario en plena noche en aguas de Hawái en vez de estar sentado en su saloncito viendo la tele en pijama y pantuflas, pongamos por caso? Da igual. Lo cierto es que tuvo mucha suerte, porque si en lugar de un cigarro llega a encontrarse con un tiburón tigre de 4 metros habría acabado convertido en una bandejita de carne picada. Qué poca cabeza. En cualquier caso, Mike Spalding tiene el honor de haberse convertido en la primera víctima conocida de ataque de tiburón cigarro (en realidad deberíamos decir “tiburones cigarro”, en plural, pues lo más probable es que los dos ataques fuesen realizados por individuos distintos). Existe otro caso anterior, de julio de 1992 sobre un pescador, pero la autopsia demostró que las mordeduras se habían producido post mortem; el pobre hombre había muerto ahogado.

Isistius plutodus (Foto: Carl Bento, Australian Museum)
Una pena que no tengamos de estos bichos por aquí, en Galicia, ¿verdad?

[ACTUALIZACIÓN A 25 DE ABRIL DE 2019] Acabamos de conocer tres casos más de mordeduras de tiburón cigarro en circunstancias similares: Hawái por la noche. El pasado 6 de abril un nadador de larga distancia, Isaiah Mojica, cuando intentaba cruzar a nado las 26 millas del canal de Kaiwi, entre las islas de Molokai y Oahu: cerca de la 1 de la madrugada sobre el punto de mayor profundidad, un pez grisáceo de unos 30 cm le causó una profunda mordedura en el hombro.. y eso que llevaba un escudo antitiburones (de estos que emiten una señal electromagnética que los aparta... parece que solo funcionan con bichos grandes). Unos días antes, otro nadador, Eric Schall, haciendo lo mismo en la misma zona, recibió una profunda mordedura por un pez que él mismo pudo arrancar de su vientre: herida de 10 cm de diámetro y 2,5 cm de profundidad. Ambos volverán a intentarlo.
     Posiblemente el caso más extraño de todos ocurrió a finales de octubre de 2017 en el norte de Queensland, Australia, cuando a un niño de 7 años sufrió una fuerte mordedura de Isistius mientras hacía snorkel con su familia. El "cráter" de su pierna tenía 73 mm de diámetro y casi dejaba expuesto el hueso. El que una especie de profundidad se adentre en aguas someras hace pensar que tenía algún tipo de problema. En cualquier caso, por fortuna, el chaval se recuperó bien.

Foto: abc.net.au
⏩ El pequeño Isistius se atreve también con el mismísimo rey del océano, el tiburón blanco. Podéis verlo aquí: Cuando el pez chico ataca al pez grande.

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(1) En el blog Ecología Azul podéis encontrar unas interesantes fotografías hechas por Gonzalo Mucientes de heridas causadas por el tiburón cigarro en espadas y marrajos del Pacífico sur.
(2) Hasta hace relativamente poco se había descrito otra especie, el Isistius labialis, pero actualmente se considera sinónimo de I. brasiliensis.