Diversidad, biología, evolución, ecología, pesca, conservación, evolución, con especial atención a las especies presentes en Galicia.
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viernes, 9 de junio de 2023

Solrayo en Vilanova: Diario del 2-VI-22.

Odontaspis ferox. Toño Maño.
Hace exactamente un año y una semana aparecía en Vilanova de Arousa el primer Odontaspis ferox jamás registrado en Galicia. Fue un acontecimiento extraordinario (y una experiencia inolvidable) que dio lugar a un artículo bastante largo que constaba de dos partes: una contenía información sobre la especie y la trascendencia del suceso y la otra era un diario personal de aquella jornada, que he creído que es mejor que tenga su propio espacio. Aquí lo tenéis, el diario del 2 de junio de 2022.

jueves, 7 de julio de 2022

Solrayo (Odontaspis ferox)

Odontaspis ferox fotografiado en El Hierro. Foto de Francis Pérez tomada de verdeyazul.diarioinformación.com

Solrayo

Odontaspis ferox (Risso, 1810)

(es. Solrayo, sarda; gal. Solraio, tiburón de area; port. Tubarão-areia; in. Smalltooth sandtiger.)

Orden: Lamniformes

Familia: Odontaspididae

El solrayo es un tiburón tan impresionante como enigmático. Tiene un buen tamaño y está dotado de una gran boca repleta de dientes formidables, bien largos y visibles, que le confieren ese aspecto de criatura salvaje y despiadada que su nombre científico parece querer reflejar. El significado del adjetivo latino ferox es evidente, mientras que el nombre genérico es un compuesto de las voces griegas odontos 'diente' y aspis 'víbora, cobra'. El binomio puede traducirse como "feroz dientes de víbora". Sin embargo, la realidad es que el Odontaspis es un animal tranquilo y pachorrón que va a lo suyo recorriendo lentamente el fondo del océano lejos del ser humano, por el que, las pocas veces que se lo encuentra, no siente demasiado interés. Ni para un pincho.

miércoles, 15 de junio de 2022

Primera cita del solrayo (Odontaspis ferox) en Galicia

Foto: Toño Maño.

El pasado jueves dos de junio apareció en Vilanova de Arousa una hembra de solrayo (Odontaspis ferox) de casi tres metros y medio de longitud. Había entrado por la estrecha bocana de su ría y, tras recorrer más de un kilómetro, llegado hasta el fondo de la ensenada, de donde ya no pudo volver. Se trata de la primera cita de esta especie en Galicia. Un acontecimiento biológico excepcional que no empaña la tristeza de ver un animal tan extraordinario terminar sus días en un lugar que no es el suyo.

lunes, 28 de febrero de 2022

A palos con el campeón de los mares

"El tiburón es el campeón de los mares". Imagen publicada en el periódico El Pueblo Gallego el 20/10/1955. Los datos parecen un pelín imprecisos.

El tiburón no tiene por costumbre atacar a las personas (para eso ya nos bastamos las propias personas, no necesitamos ayuda). No obstante, hay situaciones en las que es importante saber cómo actuar cuando uno se encuentra con uno de nuestros amados bichos.

martes, 31 de diciembre de 2019

Diferenciando el alitán de la pintarroja

Arriba: Pintarroja (foto: Ramón Fernández). Abajo: Alitán (fotos: Eliseo Ruiz).
La pintarroja (Scyliorhinus canicula) y el alitán (Scyliorhinus stellaris) son tiburones íntimamente emparentados entre si; son algo así como primos hermanos dentro de la amplísima y abigarrada familia Scyliorhinidae. Esto explica por qué son tan parecidos. Ambos comparten una serie de rasgos anatómicos que hacen que no poca gente los confunda: pequeña talla y aletas pequeñas, dorsales bastante retrasadas, morro corto, ojos relativamente grandes y librea más o menos parduzca con manchas oscuras en dorso y flancos. Sin embargo, a poco que nos fijemos, las diferencias se nos aparecen con bastante nitidez. Aquí os presentamos algunas claves.

domingo, 18 de agosto de 2019

Galicia de tintoreras 2019: Preguntas y respuestas


Muros, viernes 16 de agosto.
Muros es un precioso pueblo al que siempre me gusta volver, en cualquier momento del año. Nunca defrauda. Aunque hay días que son especiales, maravillosos, como el pasado viernes 16. Una jornada inolvidable que pude disfrutar en la mejor compañía: ajenas al bullicio de la gente de veraneo, de los puestos del mercadillo y de una pequeña feria montada en el malecón, allí estaban las pequeñas quenllas (tintoreras, tiburones azules, Prionace glauca, como se prefiera)... un año más.

viernes, 9 de agosto de 2019

Viseras (Deania) en la ría de Arousa


Recorrer la playa cuando hace mal tiempo siempre tiene sus recompensas. El mar arroja a la orilla los más diversos objetos y restos de algas y animales con los que a veces nos gusta intentar construir una imagen de lo que el océano oculta a nuestra vista, como si fuesen pinceladas de un paisaje impresionista. Un paisaje repleto tal vez de misterio, tal vez de inquieta belleza, y muchas veces de deprimente desolación.
     Ayer por la tarde un amigo me envió un mensaje con la siguiente fotografía, hecha por un conocido suyo que se había encontrado un extraño pez en la playa. Quería saber qué era.

viernes, 12 de julio de 2013

Pintarroja (Scyliorhinus canicula)

Foto de Jacobo Alonso tomada en los fondos de la isla de Rúa, ría de Arousa.

Pintarroja

Scyliorhinus canicula (Linnaeus, 1758)

(es. Pintarroja, lija; gal. Melgacho, ghaxapo, patarruxo, patarroxa, can do mar, canexa, casacú, rañorte, vella; in. Small-spotted catshark, lesser spotted dogfish; port. Pata-roxa, caneja.)

ORDEN: Carcharhiniformes
FAMILIA: Scyliorhinidae


Con la pintarroja ocurre como con los gorriones. Estamos tan acostumbrados a verlas, su aspecto nos resulta tan familiar y cercano, que hemos perdido la capacidad de apreciar su belleza. La cercanía borra toda perspectiva.
     Si por un momento fuésemos capaces de ponernos en la piel de un turista neozelandés (pongamos por caso), tan aficionado a los tiburones como nosotros, que de repente se encontrase con una, bien buceando, bien de visita en una lonja, no tardaríamos en apreciar detalles como la discreta belleza de su librea, o el delicado diseño de su cuerpo. Y aprenderíamos, en definitiva, a valorar a la pintarroja como se merece, como otro de nuestros magníficos tiburones, y no como mero protagonista de un guiso o de una sabrosa caldeirada (por cierto, y dicho sea de paso, recordad que los tiburones son potentes bioacumuladores de metales pesados y otras porquerías que llevamos lustros vertiendo insistentemente al mar; un estudio de hace unos años aludía a las altas concentraciones de cobre y cinc en pintarrojas capturadas entre los 80 y 120 m en el área de Barcelona¹, con eso os digo todo).
     La pintarroja es el tiburón más abundante y común de nuestro litoral, dentro y fuera del agua: en todas las lonjas que visitemos encontraremos pintarrojas. Es también una especie típica de los acuarios, ya que aparentemente se adapta muy bien a las condiciones de cautividad, en donde se reproduce con relativa facilidad.
     Tal vez debido a esta cercanía no es poca la gente que se sorprende cuando les cuentas que la pintarroja es un tiburón: "¡Cómo! ¿Eso es un tiburón??" Curioso, a que si. Pues razón de más para dedicarle todo un capítulo.

Foto: Toño Maño.
Descripción: El cuerpo de la pintarroja es alargado y esbelto. Tiene 5 pares de hendiduras branquiales laterales, las dos últimas sobre el origen de las aletas pectorales. La cabeza es ancha y deprimida; el morro, corto y redondeado. Los ojos son grandes y ovalados, con amplias carenas suboculares; presentan una membrana nictitante inferior muy rudimentaria, como todos los esciliorrínidos. Justo detrás de los ojos se abren los espiráculos, que son también grandes. Las solapas nasales están bien desarrolladas, hasta cubrir, unidas, el borde anterior de la boca, como se muestra en la imagen; se trata de un rasgo que nos va a servir para diferenciar la pintarroja de una especie que se le parece bastante, el alitán (Scyliorhinus stellaris).

Foto: Toño Maño.
Las dos aletas dorsales están en posición retrasada. La primera, claramente mayor que la segunda, se origina por detrás de la axila de las aletas pelvianas. Las pectorales son anchas y de forma trapezoidal; las pelvianas, largas y no muy altas (en los machos, están totalmente soldadas por su margen interno). La aleta anal es grande; la longitud de su base es menor que la longitud interdorsal —la distancia entre las dos dorsales—. La caudal es larga y abatida, con el lóbulo terminal bien diferenciado y el inferior poco o nada desarrollado.
     En cuanto a su librea, la superficie dorsal es de color arena a terroso con numerosas manchas oscuras y claras bastante pequeñas. En los animales vivos, el color de fondo puede adoptar tonos rojizos a amarillentos. La superficie ventral es lisa y blanquecina.

Foto de Andy Murch.
Talla: En el Atlántico y Mar del Norte puede alcanzar los 100 cm, si bien por lo general no suele sobrepasar los 70 cm. En el Mediterráneo la longitud total máxima observada ha sido de 63,5 cm.
Los machos maduran en torno a los 40 cm y las hembras hacia los 45 cm. En el Mediterráneo, los machos a los 39 cm y las hembras a los 44 cm. Algunos autores redondean señalando 43-45 cm para los machos y 41-51 cm las hembras.
Las crías de pintarroja miden al nacer entre 9-10 cm.

Pintarroja albina capturada en el Mar del Norte y depositada en el tanque de un acuario en Texel, Holanda. Fuente: https://www.nhnieuws.nl.

Dentición: Numerosos dientes muy pequeños y similares en ambas mandíbulas, distribuidos en varias filas funcionales. Son de base ancha con una cúspide triangular larga y afilada que puede ir acompañada de pequeñas cuspidillas secundarias a cada lado. Los primeros dientes centrales son pequeños, y en la mandíbula superior están separados por un pequeño diastema.
Foto de Jacobo Alonso (iDiving).
Reproducción: La pintarroja es ovípara. Los óvulos fecundados se envuelven en una cubierta protectora y se depositan en el lecho marino, normalmente sujetos mediante los zarcillos a algún alga o roca. La puesta es de dos cápsulas-huevo una por oviducto con una periodicidad diaria o semanal, y tiene lugar durante todo el año, especialmente de noviembre a julio. Suele realizarse sobre sustratos de algas en fondos de poco calado. Estas cápsulas o "bolsos de sirena" miden entre 4 y 7 cm de largo por 2-3 cm de ancho y 1 cm de grosor.
Cápsula-huevo de pintarroja (Foto: Toño Maño).
La tasa reproductiva de la pintarroja es elevada. Una hembra puede poner entre 20 y 25 huevos cada año, según Compagno (1984), o 96 y 115, según Moreno (1995).
La eclosión se produce al cabo de entre 5 y 11 meses dependiendo de la temperatura del agua, si bien por lo general entre 8 y 9.
Puede haber segregación sexual en los adultos. Cuando llega el momento, las hembras son las primeras en llegar a las zonas de cría, en invierno, y los machos poco después, en primavera. Y hacia finales del verano los adultos se retiran discretamente hacia aguas más profundas para el apareamiento². Un reciente trabajo ha descubierto la existencia de dimorfismo sexual en las ampollas de Lorenzini de las pintarrojas: las de los machos son más largas y están dotadas de un mayor número de células sensoriales dispuestas sobre una superficie también mayor, lo cual podría servir para aumentar su capacidad para detectar a las hembras³.
     La esperanza de vida estimada para la pintarroja es de unos 10 años.

Dieta: Muy diversa. A base de pequeños invertebrados del fondo: crustáceos, gasterópodos, cefalópodos, gusanos poliquetos, etc. También pequeños peces.

Hábitat y distribución: Tiburón demersal, habitante de la plataforma y talud continental superior, con preferencia por los fondos de arena, coral, algas, gravas y fango de aguas templadas. A veces aparece en aguas intermedias. Suelen encontrarse camuflados entre las algas, desde las proximidades de la orilla hasta los 200 m e incluso hasta los 400 m. En la parte oriental del mar Jónico se han llegado a capturar a 780 m.
     Sus hábitos son nocturnos. Durante el día permanece reposando sobre el fondo y al anochecer recupera su actividad.

Fuente: FishBase.
Se encuentra en el Atlántico nororiental, desde Noruega e Islas Británicas hasta Costa de Marfil, pasando por las Azores y las Canarias. También presente en el Mediterráneo.

Pesca y conservación: La pintarroja es un tiburón de evidente interés comercial. Localmente se consume en grandes cantidades ya que su carne es muy apreciada. También se utiliza para pienso y se aprovecha su aceite. Sin embargo, según las zonas, un gran porcentaje de las capturas de pintarroja son descartadas, es decir: los animales se devuelven al mar, normalmente ya sin vida.
Se pesca con diversas artes: palangre, trasmallos, nasas, redes de arrastre. Suele venderse ya despellejada, y no siempre con su verdadero nombre.

La elevada tasa reproductiva de la especie hace que, de momento, sea capaz de resistir la gran presión pesquera a la que se ve sometida. Sus poblaciones parecen mantenerse estables. Es el tiburón más abundante de todo el litoral europeo.
     Figura en la Lista roja de la IUCN con el estatus de Preocupación menor.


⏩ ¿Cómo diferenciar una pintarroja de un alitán? Aquí:
Diferenciando el alitán de la pintarroja.

⏩ Si queréis saber cuál es la capacidad cognitiva de la pintarroja, mirad este artículo: La capacidad cognitiva de los tiburones.

______________
¹C. Crespo, E. Soriano, C. Sampera, J. Balasch (1981). "Zinc and copper distribution in excretory organs of the dogfish Scyliorhinus canicula and chloride cell response following treatment with zinc sulphate". Marine Biology, vol. 65 (2), pp. 117-123. Allá cada uno.
²Sobre el apareamiento de las pintarrojas, Fernández de la Cigoña (2007) refierere lo siguiente: "Unha parella foi vista apareándose no esteiro do río Miño no verán de 2001".
³Crooks, Neil & Colin P. Waring (2013). "A study into the sexual dimorphisms of the Ampullae of Lorenzini in the lesser-spotted catshark, Scyliorhinus canicula (Linnaeus, 1758)". Environmental Biology of Fishes, vol. 96, issue 5, pp. 585-590.
Véase también Reproducción II: Cortejo y apareamiento.
Véase El tiburón que nos comemos sin querer.

domingo, 14 de octubre de 2012

Cazón (Galeorhinus galeus)

Una de las imágenes más bellas que existen en la red, realizada por Matthew Meier.
Cazón

Galeorhinus galeus (Linnaeus, 1758)

(es. Cazón, tollo; gal. Cazón; in. Tope Shark, Soupfin Shark; port. Perna de moça)

Orden: Carcharhiniformes
Familia: Triakidae

Sobre la infancia en el Paleolítico. Los niños del Paleolítico no teníamos internet. Eso de escribir "tiburón" en algún lado, darle a la tecla "enter" y que instantáneamente una pantalla se iluminase con centenares de imágenes y textos de todo tipo era sencillamente inimaginable. Nos resultaba más verosímil la imagen del Halcón Milenario pasando a toda pastilla por encima de los tejados del pueblo, arrancando las antenas y la ropa de los tendederos con su estela. Las teclas que conocíamos eran las de la máquina de escribir y la pantalla, la de la televisión. Para encontrar fotografías e información sobre nuestros animales favoritos solo disponíamos de tres fuentes: la tele (con poquísimos canales donde elegir y, por encima, casi siempre ocupada), las revistas y algún libro. Pero todas ellas dependían de un factor ajeno a nuestros deseos, la fortuna: que justo hubiese un documental cuando te sentabas en el salón con la merienda, que la Natura o el Quercus del mes trajesen alguna cosilla al kiosko, o que un familiar apareciese con alguno de los escasísimos libros que pudiera haber por ahí. Era desesperante hasta el aburrimiento. La única apuesta segura eran las enciclopedias que adornaban los aparadores de muchas casas: letras T de tiburón y E de escualo.

«¡Nooo! ¡Otro cazón nooo!». Naturalmente, lo que todos ansiábamos encontrar eran fotos del gran tiburón blanco, y mejor si eran de esas en las que se veía su mandíbula desencajada con sus enormes dientes bien visibles... o mostrando esa sonrisa diabólica... o bien, en su defecto, del tiburón tigre o cualquier otro con aspecto feroz. Fotos que valían casi tanto como un regalo de SSMM los Reyes Magos. Y nada más frustrante que tropezarte con la foto de un... cazón, normalmente en blanco y negro, que parecía observarte con un gesto de aburrido desinterés. Y entonces el pobre Galeorhinus era declarado culpable de una oportunidad perdidaotra más—. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudimos deshacernos aquellos prejuicios  y mirar el cazón bajo una nueva luz, más justa y equilibrada para reconocer que se trata de un animal sumamente bello e interesante, como el tiburón blanco o el tiburón tigre.

Belleza sin glamour. Quizá no tenga el glamour de estas especies ,más televisivas y, acaso, fotogénicas, quizá su aspecto no nos ofrezca un sólo rasgo o elemento que destaque, que se nos quede grabado en la retina. Y sin embargo, así como lo veis, el Galeorhinus galeus es un animal sumamente fiero, voraz y combativo, tan digno de llevar la etiqueta tiburón como cualquier otro. Y no sólo eso: es también un buen nadador y un viajero incansable capaz de recorrer la friolera de 56 km en un sólo día. Individuos marcados en las Islas Británicas se han recuperado en Canarias, en las Azores, y por supuesto en Galicia. El ejemplar de estas dos fotografías, amablemente cedidas por un auténtico especialista en tiburones, Gonzalo Mucientes, fue marcado en Irlanda y capturado en A Guarda:

Fotos: Gonzalo Mucientes.

Descripción: El cazón tiene un cuerpo alargado y esbelto terminado en un morro largo, apuntado y típicamente traslúcido, como se aprecia en la primera imagen. Las dos últimas aberturas branquiales están situadas sobre la base de la aleta pectoral. Ojos grandes y alargados, con membrana nictitante bien desarrollada. Las narinas presentan solapas muy pequeñas. Boca grande y arqueada con pliegues labiales moderadamente largos.
     La primera dorsal, de forma triangular, es mucho mayor que la segunda; la cual, a su vez, es un poco más pequeña que la anal. Las pectorales son largas y falciformes, mientras que las pelvianas son pequeñas. La aleta caudal es de buen tamaño, con un lóbulo terminal grande y bien marcado, y un lóbulo inferior también grande (casi la mitad de largo que el superior).
      El color es gris a gris pardusco en el dorso y flancos, y blanquecino en la zona ventral.

Foto: Ross Robertson, 2006
Dentición: Dientes similares en ambas mandíbulas: pequeños, con una cúspide principal inclinada hacia las comisuras y varias cuspidillas en la base del borde comisural. Los dientes centrales son rectos, casi simétricos, y un poco más pequeños. Varias filas funcionales.
      Presenta un sinfisario, que puede estar ausente en la mandíbula superior.

Talla: Parece que pueden existir variaciones regionales. La longitud total máxima registrada es de 195 cm (ya os imagináis que se era una hembra; la máxima para los machos es de 175 cm). En general, miden al nacer unos 30-40 cm, y alcanzan la madurez ellos en torno a los 120-170 cm, y ellas hacia los 135-185 cm.

Foto: Rafael Bañón.

Reproducción: Vivíparo aplacentario (ovovivíparo) con camadas de entre 6 y 52 crías según el tamaño de la madre. No obstante, su productividad biológica es bastante baja dada su longevidad (hasta 60 años) y su maduración tardía: las hembras son maduras sexualmente a partir de los 10 años de edad (algunos sostienen que entre los 13-15 años) y los machos entre 12-17.
      Su tasa de crecimiento es también extremadamente lenta: en 1951 se colocó una etiqueta a un individuo de 135 cm con una edad estimada de 10 años; cuando 35 años después volvieron a capturarlo, tan sólo había crecido 6,5 cm.
      La cópula tiene lugar en el borde de la plataforma continental; posteriormente las hembras se dirigen hacia las zonas de cría en aguas someras como bahías o estuarios para dar a luz, que suele ocurrir en los meses estivales, lo cual concuerda con la cita de Rodríguez Solórzano. El periodo de gestación es de unos 10-12 meses. Las crías permanecen en las zonas de cría entre uno y dos años.

Uno de los varios ejemplares capturados el pasado septiembre cerquita de Rianxo, en la ría de Arousa¹.

Recientemente se han encontrado evidencias de un ciclo reproductivo trianual en aguas de California. Un estudio de marcado llevado a cabo en esa zona observó que el cazón es una especie altamente migratoria a lo largo de la costa oeste de Norteamérica desde el estado de Washington hasta Baja California, en México; los especímenes marcados mostraron un ciclo migratorio trianual con filopatría: las hembras regresaban cada tres años a La Jolla, al sur de California, para completar su gestación.²

Dieta: Es un depredador oportunista y voraz de todo tipo de peces, pelágicos y de fondo, e invertebrados: arenques, sardinas, anchoas, salmones, merluza, lenguados, cangrejos, caracoles marinos, erizos de mar... Y es también aficionado a los cefalópodos: pulpos, calamares, etc. 

Hábitat y distribución: El cazón es un habitante de las aguas de la plataforma continental desde el litoral hasta el talud continental e insular. Es una especie demersal, aunque también muestra hábitos pelágicos, desde la superficie hasta más allá de los 826 m. Recientes estudios de marcado han demostrado, no obstante, que también realiza importantes migraciones en mar abierto durante las cuales es capaz de comportarse como un tiburón oceánico realizando migraciones verticales diarias para depredar sobre la capa profunda de dispersión (véase Migraciones verticales del cazón).

Fuente: FAO
Se encuentra en las aguas templadas y frías de casi todo el mundo: Atlántico oriental desde Noruega e Islandia hasta Suráfrica, Atlántico suroccidental, Mediterráneo, Pacífico oriental, Australia, Nueva Zelanda, etc.
      Como ya señalamos, los cazones son especies capaces de llevar a cabo importantes desplazamientos. Pueden moverse en grupos que, al menos en determinadas zonas, presentan segregación por sexo y por talla. En verano viajan hacia el norte y en invierno en dirección contraria, hacia el sur.
      Es (más bien era) un tiburón muy típico nuestra costa, tal como señalaban, hace más de 30 años, Rodríguez Solórzano et al.³:
É moi abundante en todo o litoral galego, adentrándose ó fondo das rías cando chega a época estival. Temos comprobado a súa presencia no Pedrido (Ría de Betanzos) onde causou pánico entre os bañistas. Péscase con palangre e comercialízase fresco no mercado.
Foto: Walter Heim.

Un reciente trabajo ha demostrado que no existe una población mundial panmíctica de Galerhinus galeus (es decir, formada por individuos que se reproducen entre si de forma aleatoria, con pocas limitaciones), sino que, al contrario, hay al menos cinco poblaciones genéticamente diferenciadas: África, Australia, Norteamérica, Sudamérica y Europa occidental (la del Mediterráneo no está suficientemente estudiada), con nula interconectividad genética entre si, debido posiblemente a las largas distancias entre las diversas cuencas oceánicas y a barreras relacionadas con la temperatura. Esto tiene serias implicaciones para la conservación de la especie, puesto que cada población constituye un stock único con un material genético propio que debe conservarse.

Pesca y estatus: Estamos ante una especie sumamente comercial tanto por su carne, que es excelente, y el aceite de su hígado, como, por supuesto, por sus aletas (en inglés norteamericano también se le conoce como soupfin shark, 'tiburón sopa de aleta'), de ahí que se la haya sometido a una intensa sobrepesca que ha llevado a diversas poblaciones en todo el mundo al borde del agotamiento. La situación es más que preocupante.
      El cazón se captura con diferentes artes de red y anzuelo, y es también apreciado por los pescadores deportivos dada su combatividad. Buena parte del cazón que capturamos en Galicia se va para la zona Mediterránea, donde su carne es muy apreciada: se consume fresca o salada.

Figura en la Lista Roja de la IUCN con el estatus global de En peligro crítico, si bien con especificaciones regionales. Así, la población del Atlántico nororiental y Mediterráneo se consideran como Vulnerables.

Foto: Toño Maño.

Se podían contar muchas más cosas del cazón, pero este artículo no se acabaría jamás. De modo que ahora os toca a vosotros. Si hemos logrado despertar el interés por este hermoso tiburón, ya sabéis: escribid "cazón" y dadle al "Enter"... Y también, por qué no, abrir una de aquellas viejas enciclopedias, por la T, por la E y, por supuesto, por la C.


=>Más información en: El viaje del cazón (Galeorhinus galeus).

______________
¹Gracias a Jacobo Alonso, que tuvo la amabilidad de hacerme llegar esta foto tan pronto la recibió. 
²Andrew P. Nosal, Daniel P. Cartamil, Arnold J. Ammann et al. (2021). Triennial migration and philopatry in the critically endangered soupfin shark Galeorhinus galeus. Journal of Applied Ecology. https://doi.org/10.1111/1365-2644.13848
³Manuel Rodríguez Solórzano et al. Guía dos peixes de Galicia. Vigo: Galaxia, 1983.

C. L. Chabot (2015). Microsatellite loci confirm a lack of population connectivity among globally distribution populations of the tope shark Galeorhinus galeus (Triakidae). Journal of Fish Biology, doi: 10.1111/jfb.12727.

viernes, 3 de agosto de 2012

Ese Atlántico que jamás conoceremos

Llegados a estas alturas de agosto, nos vamos a tomar unos cuantos días de vacaciones, durante los cuales os propongo, como lectura de verano, este "pequeño" artículo que hace unos meses escribí para el blog de AXENA, blog hermano en donde de vez en cuando me dejan publicar alguna cosilla de las mías, por supuesto sobre tiburones.
He unido los dos partes de que constaba originalmente y realizado pequeñas modificaciones aquí y allá, en las fotografías y en el texto, como eliminar algunas líneas, añadir otras, cambiar algunas imágenes, etc.
Espero que os guste.



Cuentan nuestros mayores, entre muchas otras anécdotas, que antiguamente las centollas y las nécoras no eran especies particularmente apreciadas. Apenas se les daba importancia, y se usaban mucho para abonar los campos. El mar arrojaba periódicamente a las playas cantidades suficientes para llenar cestos y carros sin mayor problema, tal era su abundancia. Por supuesto, eran comida de pobres.

Al principio estos testimonios nos suenan a batallita del abuelo y solemos acogerlos con cierta dosis de sorna e incredulidad. Pero cuando comprobamos que coinciden con los de gentes de diverso tipo y condición procedentes de otras partes de la ría, el escepticismo se transforma en alarma: esto ocurría hace poco más de medio siglo en la ría de Arosa, hoy una de las más contaminadas de Galicia y, en cuanto a productividad, una sombra de lo que fue. Y desde luego ya ni hablemos de esa suerte de arañas acuáticas, con sus repugnantes pelos y todo, ayer a la altura del estiércol y hoy convertidos en artículo de lujo y reclamo para turistas, ya que los de aquí apenas nos los podemos permitir. Sin embargo, lo más desolador es que, lejos de tratarse de una anécdota limitada a un espacio geográfico concreto, este duro proceso de degradación no es muy diferente del padecido por una buena parte de la costas y mares del planeta en donde el hombre ha metido la zarpa, como el Atlántico que baña las costas de nuestra vieja y gastada Europa. El propio Jacques-Yves Cousteau se lamentaba de que los lugares donde había buceado en su juventud se habían transformado en desiertos sin vida.
(Foto: Alexander Sofonof/Barcroft)

Ciertamente es desolador. Pero lo que hay detrás es bastante peor. Para descubrirlo debemos ir un poco más allá del ahora y del antes de ayer, porque la idea que nos hemos formado sobre la situación de nuestro mar se encuentra viciada por una larguísima trayectoria de destrucción sistemática. Larga desde el punto de vista humano, pero ínfima desde el punto de vista del propio océano.

De forma natural tendemos a valorar los cambios que se producen en todo lo que nos rodea en función del tiempo humano, bien sea nuestra propia experiencia, bien la de la generación que nos precede. Comparamos el mar que conocemos con el que fue y sacamos conclusiones que casi nunca son favorables. Así es como idealizamos el pasado, el vivido y el contado, y lo convertimos en un referente para nuestros esfuerzos conservacionistas (en realidad los que el poder económico nos permite llevar a cabo, pero este es otro tema), porque damos por hecho que nuestro Atlántico se encontraba entonces en un magnífico estado de salud. Lo cual no deja de ser cierto desde un punto de vista humano, pero es rotundamente falso si lo analizamos desde la perspectiva adecuada. Sesenta años o un siglo son mucho tiempo para las personas, pero para el mar no son nada, nada significan. El tiempo del hombre y el tiempo del océano no participan de la misma sustancia, por ello es imposible calibrar correctamente el uno aplicando la escala que utilizamos para el otro. A nadie en su sano juicio se le ocurriría medir en años luz la distancia que separa las localidades de San Xurxo de Sacos, provincia de Pontevedra, de Alamedilla del Berrocal, Ávila; o cuánto se tarda en ir desde el Sol hasta el centro de la Vía Láctea sin pasar de 120 km/h porque ponen multa. Se trata de dimensiones de naturaleza radicalmente disímil. ¿Qué tendrá que ver la inabarcable inmensidad de un ente de 4500 millones de años con la historia de un señor que se pasea por la punta del muelle con un metro en la mano y un Ducados incrustado entre los dientes?

Si no tenemos esto en cuenta a la hora de analizar la situación, seremos incapaces de comprender la magnitud del desastre en toda su asombrosa crueldad. No se trata solo del grado de destrucción alcanzado, sino del vertiginoso ritmo al que hemos arrasado todo. Imaginemos una escena de película de terror: un tipo de aspecto sano, juvenil, brillante, de constitución fuerte y vigorosa, que repentinamente se transformase ante nuestros ojos en un ser decrépito, consumido y enfermo... ¡en apenas un segundo! Pues bien, quizá así estemos más cerca de la realidad: la verdad, como en El retrato de Dorian Grey, la inquietante novela de Oscar Wilde, se esconde bajo la apacible superficialidad de un cuadro.

Con toda probabilidad, el mar de nuestros padres y abuelos ya no era el mismo que el de sus abuelos, ni que el de los abuelos de sus abuelos. Ellos ya no están aquí para contárnoslo de viva voz, pero en su lugar disponemos de testimonios escritos de marinos, viajeros y naturalistas a partir de los cuales nos es posible reconstruir, con bastante precisión, cómo era aquel mar y, sobre todo, de qué forma factores como el advenimiento de la pesca industrial, allá por el siglo XIX, y muy particularmente una de sus artes más destructivas, el arrastre, puso en marcha el proceso de degradación que en estos momentos está llevando al océano al borde de la extenuación (ya ni hablemos, sobre todo a partir del primer tercio del XX, de la contaminación: millones de millones de toneladas de residuos industriales de todo tipo, químicos, radiactivos, plásticos, despachados impunemente al mar...). Estos testimonios nos describen un Atlántico totalmente desconocido, inimaginable, un océano pletórico, rebosante de vida y capaz de sustentar, con sobrada generosidad, no sólo a una infinitud de seres marinos y terrestres, sino de constituirse en una parte esencial de la actividad económica de todo el continente. Veamos un ejemplo.

Gracias a los documentales de naturaleza, muchos estamos familiarizados con un impresionante fenómeno natural que tiene lugar en el extremo sur de África entre los meses de mayo y julio (algunos afortunados incluso han podido permitirse contratar un viaje y pasarse unos días buceando en aquellas aguas). Se trata de la migración de la sardina (Sardinops sagax), tal vez más conocida por su nombre en inglés: Sardine run, cuyas imágenes ilustran este largo post. Llegada su época de reproducción, este pequeño pez se desplaza a lo largo de aquellas costas formando bancos gigantescos que a menudo superan los 7 km de largo por 1,5 km de ancho y 30 m de profundidad, en pos de los cuales viajan infinidad de depredadores: ejércitos de ballenas, delfines, tiburones, aves marinas… conformando un espectáculo colosal que todos los años atrae a miles de turistas y a decenas de operadores de televisión, generando una actividad económica considerable, además de la derivada de la pesca propiamente dicha, que se realiza desde tierra.

Pues bien, algo muy parecido ocurría hace poco más de doscientos años en la otra punta del Atlántico, en las costas septentrionales de Europa (es decir, aquí al lado), aunque, desgraciadamente, sin turistas ni cámaras de televisión que pudiesen dar fe de lo que estábamos a punto de perder para siempre. Se trataba de la migración del arenque (Clupea harengus), la especie más abundante y, de lejos, la de mayor importancia económica de todo el continente. Cada temporada, bancos gigantescos de arenques se desplazaban y arremolinaban todo a lo largo de estas costas, desde Islandia hasta la Bretaña francesa, dando lugar a un prodigioso fenómeno que los europeos de hoy difícilmente podemos siquiera imaginar en un mar comparativamente desierto y apenas productivo (1). 
Tan pronto [los arenques] abandonan su retiro, millones de enemigos surgen para diezmar sus escuadrones. Los rorcuales y los cachalotes engullen barriles de un bocado; la marsopa, la orca, el tiburón y toda la numerosa tribu de perros marinos al completo encuentran en ellos una presa fácil y dejan de hacerse la guerra los unos a los otros. Y por si fuera poco, la innumerables bandadas de aves marinas [...] devoran las cantidades que se les antoja. Estos enemigos hacen que los arenques se junten formando un cuerpo tan apretado, que una pala o cualquier objeto hueco que se meta en el agua los captura sin mayor problema.
Olaus Magnus, un escritor sueco del s. XVI, llegaba incluso a afirmar que en tales circunstancias un arpón clavado en el agua podía mantenerse perfectamente en pie sin caerse.


Desde sus puestos en la costa, los pescadores oteaban el horizonte en busca de indicios de su llegada: la presencia de algunos de sus depredadores, un cambio en el color o en el aspecto del mar, posiblemente también las aletas de los tiburones peregrinos que llegaban a millares cada temporada y eran señal segura de la abundancia de plancton. Hasta que un buen día, “oscureciendo el mar a lo lejos, de tal manera que su número parece inagotable”, aparecía al fin el gran banco: un ejército de millones y millones de arenques acosado y atacado en todos sus flancos por un sinfín de depredadores, que a su vez servían de presa de otros depredadores de mayor tamaño: grandes peces, mamíferos marinos como ballenas, marsopas, calderones, delfines, focas; diferentes especies de tiburones: cailones, marrajos, tintoreras, zorros marinos, de vez en cuando tiburones blancos; y por supuesto, desde el aire, nubes inmensas de alcatraces y otras aves marinas zambulléndose en una algarabía ensordecedora. “El océano entero parece estar vivo.”
Cuando llega el grupo principal, su anchura y profundidad son tales, que alteran la misma faz del océano. Viene dividido en varias columnas de cinco o seis millas de largo por tres o cuatro de ancho, y a su paso el agua se encrespa como expulsada de su lecho. A veces se hunden por espacio de diez o quince minutos y luego ascienden de nuevo a la superficie; y cuando el día es soleado centellean con una variedad de magníficos colores, como un campo salpicado de púrpura, oro y celeste. Los pescadores ya están preparados para brindarles el oportuno recibimiento, y, mediante redes fabricadas para la ocasión, a veces toman más de dos mil barriles en un solo lance. 
Si la actividad de los pescadores en el mar y desde tierra era frenética, la de los miles de personas empleadas en el procesamiento y transporte no lo era menos. Mujeres, niños y viejos salaban y preparaban el pescado, construían y reparaban redes, cuerdas, barriles, etc… casi a contrarreloj. En ocasiones el volumen de las capturas era de tal calibre, que o bien no había sal suficiente, o bien se habían acabado los barriles… Y así hasta el final de cada campaña.

Los viajeros que acertaban a pasar por las cercanías de aquella costa no tardaban en sentir la pestilencia de los miles de peces muertos que quedaban todavía en las playas llevados y traídos por la marea, y también de los que habían servido para abonar los campos... como las nécoras y centollos de nuestros abuelos.

Ocaso a la entrada de la ría de Arosa (o a la salida, según como se mire). Al fondo, Aguiño. (Foto: Toño Maño)

Hasta aquí una visión fugaz de lo que realmente ha sido. No es un mal punto de partida para volver a pensar y analizar el problema desde una óptica seguramente mejor calibrada. Una perspectiva excesivamente antropocéntrica (y yo añadiría que también interesada) nos impide ver la realidad en toda su cortante crudeza. Por supuesto, no es que nos vaya el masoquismo, como malintencionadamente se apunta siempre desde los mismos lugares cada vez que surge el debate en estos o parecidos términos. En realidad, se trata de algo infinitamente más aburrido, algo tan elemental como considerar que sólo mediante un análisis honesto y riguroso, por muy dolorosas que sean sus conclusiones, nos será posible comprender la verdadera naturaleza y dimensiones del problema, con el fin de elaborar e implementar cabalmente (si tal es, efectivamente, el verdadero interés de las partes y autoridades implicadas, cosa que dudo) medidas encaminadas a que el mar recupere, al menos, una parte del esplendor que una vez realmente tuvo, no el que creemos que ha tenido, ya que recuperarlo en su totalidad es imposible. Todo lo demás es como practicar el tiro al plato con una escopeta de feria.

(Foto: Jason Heller / Barcroft Media)
Para terminar, la idea principal, el punto de partida de todo este palabrerío, por supuesto no es mía, sino que surgió a partir de la lectura, extraordinariamente estimulante, de un libro escrito por un biólogo marino, Callum Roberts (2), titulado The Unnatural History of the Sea: Past and Future of Humanity and Fishing (Londres: Gaia, 2007), algo así como: 'La historia antinatural del mar: Pasado y futuro de la humanidad y de la pesca', y que me permito recomendar a todo el mundo. El único problema es que todavía no ha sido traducida, no entiendo cómo es posible (¿alguien se anima?).
Las citas y frases entrecomilladas pertenecen a otra magnífica obra publicada en 1774:  A History of the Earth and Animated Nature, del inglés Oliver Goldsmith (3), concretamente a su segundo volumen, que trata de los peces, entre otras especies. Podéis descargarlo desde aquí (problema: está también en inglés).


Que tengáis un feliz verano (o lo que os quede de él). Nos vemos en septiembre.
Seguiremos en Facebook dando un poco la lata y añadiendo y comentando, como siempre, cualquier noticia o imagen de tiburones que merezca la pena.

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(1) En las costas meridionales (sur de Francia, España y Portugal) los protagonistas eran la sardina y el boquerón, aunque sin alcanzar las proporciones del fenómeno del arenque.
(2) Por cierto, Callum Roberts fue asesor científico de la serie de la BBC Blue Planet y del documental The End of the Line, y acaba de publicar su segundo libro, Ocean of Life, una especie de continuación del anterior, en el que pasa revista al estado actual de los océanos. No veo el momento de hacerme con él.
(3) Alguien puede alegar que Goldsmith no fue un naturalista, sino un escritor. Y es verdad: fue un hombre de letras y además de un enorme talento literario, pero esto no invalida ni desacredita su trabajo. El personaje (por el que, por cierto, siento gran simpatía), aun siendo hijo de clérigo (o quizá tal vez por eso), llevó una vida desordenada a más no poder, muchas veces rozando el escándalo: le encantaban las juergas y sobre todo el juego. Hasta tal punto, que se de vez en cuando se veía obligado a buscar más ingresos con que pagar sus deudas y así poder seguir contrayendo otras recurriendo a su editor y escribiendo por encargo ensayos y manuales de todo tipo, sobre todo de Historia y, como vemos, también de Historia Natural, a pesar de que, según comentaba uno de sus amigos no sin cierta malicia, sus conocimientos de zoología apenas le daban para distinguir un caballo de una vaca. Por supuesto, tampoco era historiador, pero sus manuales tenían un gran éxito de público: el dominio del idioma, unido a su capacidad de síntesis, lograba hacer comprensibles para el lector medio los temas más abstrusos. Si en su vida privada era un desastre, su trabajo se lo tomaba con la máxima seriedad y rigor: su método era leer toda la bibliografía existente sobre determinada materia y a partir de ahí seleccionar y organizar los datos de manera comprensible, sin añadir ni quitar nada. De ahí el valor que su obra debe tener para nosotros.
A modo de anécdota, Oliver Goldsmith fue un polemista sumamente obstinado y pendenciero. Cuando se le cruzaban los cables, era capaz de defender con uñas y dientes el argumento más peregrino e insostenible. En una ocasión se empeñó en defender, contra toda evidencia, que él masticaba su cena ¡con la mandíbula superior! Genio y figura hasta la sepultura, a la cual llegó de joven tras haberse empeñado en recetarse sus propias medicinas.
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jueves, 8 de marzo de 2012

Noticias antiguas de tiburones

La Voz, 2 de junio de 1925.

Un mar sin tiburones es un mar enfermo.

El descenso acusado en el número de depredadores es uno de los más claros indicios de que una parte sustancial de una red trófica se encuentra seriamente dañada¹. La situación resulta particularmente alarmante cuando el proceso degenerativo se ha desarrollado a lo largo de un brevísimo espacio de tiempo, tal como ha ocurrido en nuestro Atlántico y, en general, en casi todos los mares del planeta. En apenas 200 años hemos convertido un mar que hervía de peces en, comparativamente, un terreno baldío. Hay pocos peces, y muy pocos depredadores.
     No perdamos la perspectiva de la historia: 200 años tal vez sean mucho tiempo desde nuestro punto de vista humano, pero en el contexto de una red que empezó a tejerse hace 400 millones de años, apenas son algo más que una absoluta y trágica insignificancia². El maltrato al que hemos sometido a los océanos no puede ser más parecido a la tarea de un francotirador, que en milésimas de segundo, con un solo y breve gesto, está a punto de truncar una vida en su inmensa totalidad: de todo aquello que la ha llevado a ser lo que es, todo lo que es ahora y todo lo que podría llegar a ser, como amargamente explicaba el forajido William Munny en la estraordinaria Sin perdón.


No hay como sumergirse en las hemerotecas para hacernos una idea de cómo debieron de ser las cosas en nuestro pasado reciente, reconstruir aquel mundo tan aparentemente lejano, noticia a noticia, suceso tras suceso, como las piezas de un puzzle. Tal es el sentido de este pequeño recorrido que os propongo por los tiempos de nuestros bisabuelos y tatarabuelos. De más está decir que rigor científico no hay mucho (obviamente), pero de lo que se trata es de presentar un panorama general que nos haga reflexionar un poco, no cifras o tendencias concretas.

En el siglo XIX, la mayor parte de las noticias con que nos encontramos se refieren básicamente a náufragos atacados y/o devorados en mares lejanos, así como sucesos ocurridos en alguna de nuestras antiguas colonias, principalmente Cuba. Aunque también es posible tropezarse con joyas como esta, un anuncio aparecido en El Lloyd español del 23 de agosto 1864:
El señor Cupiñas ofrece á sus favorecedores el baño flotante, útil no solamente para los que no saben nadar, sino tambien para resguardarse del tiburon y demás cetáceos³.
Sustituyamos el poco glamuroso "señor Cupiñas" por un moderno y apolíneo "Mr. Robertson", pongamos por caso, y enseguida se nos viene a la cabeza alguna playa de KwaZulu-Natal. Llama la atención que aunque en el último tercio del XIX nuestras playas no estaban ni la cuarta parte de abarrotadas que ahora, los avistamientos o encuentros con tiburones hayan sido lo suficientemente significativos como para que alguien se hubiese tomado la molestia de idear y publicitar un "baño flotante" anti-tiburones (ignoramos con qué éxito, eso si).

Naturalmente, después del desastre de 1898 los escualos "españoles" de que se ocupará nuestra prensa serán los peninsulares e insulares. Y lo que constatamos es que en las costas españolas hace poco más de un siglo, ya en pleno proceso de degradación, seguía habiendo bastantes tiburones, muchos tiburones, a juzgar por la cantidad y naturaleza de las noticias que hemos encontrado. Algunas, de hecho, resultan tan sorprendentes para un lector español actual, que uno tiene la impresión de que lo que está leyendo en realidad es la crónica de un suceso ocurrido en una zona remota de África, Australia o el Caribe: tiburones que recorren las playas e incluso penetran en las dársenas, advertencias de las autoridades marítimas a los bañistas por la presencia de tiburones, prohibición del baño en tanto no se mate al animal, capturas de diferentes especies, y también (y esto ya parece, efectivamente, un poco más nuestro) un puñado de casos de paisanos que la emprenden a garrotazos con escualos que se han acercado demasiado a la playa.

Es una pena, por lo que nos toca, que el grueso de las noticias proceda de las regiones más turísticas y relevantes del país, fundamentalmente del Mediterráneo, como Málaga, Valencia o Barcelona, y zonas del Cantábrico como San Sebastián y Santander. Las que se ocupan de Galicia no son, en sí mismas, lo suficientemente numerosas y consistentes como para podamos extraer conclusiones de ningún tipo, por lo que deben ser analizadas dentro del contexto más amplio y rico del panorama nacional.

Nuestra ría de Arousa, donde actualmente conviven, en plácida armonía, bañistas, biatletas y triatletas con vertidos de gasoil, aguas fecales y diversos productos industriales, así como con toneladas de residuos plásticos y, en verano, con centenares de embarcaciones de recreo, era hace unos años un lugar bien distinto, lleno de vida, tiburones incluidos. El Imparcial, 29 de mayo de 1901:
Una lancha pescadora del Sou ha matado un tiburón á la altura de la ría de Arosa.
Es un magnífico ejemplar, hembra, que mide tres metros de largo.
La ha adquirido D. Andrés Quintanilla, de Cambados, para un gabinete zoológico de Santiago.
Al día siguiente el periódico El Globo recoge el mismo suceso, pero matiza que el gabinete zoológico no es el de Santiago, sino el de Santander. En la misma ría, unos años más tarde, se sitúa la sorprendente historia que encabeza este artículo, reproducida tres días después, el 5 de junio, por el mismo periódico, La Voz, que esta vez escribe Ribeira con b, para que no se diga: 
EXCELENTE PESCA

VILLAGARCÍA 5 (8 m.).— Los pescadores de Ribeira cogieron cerca del Arenal un tiburón de tres metros, que se supone venía siguiendo al vapor gallego "Melitón Domínguez", que traía 250 toneladas de bacalao. (Febus.)
No parece probable, aun en esos años, que dos tiburones de parecido tamaño hubiesen penetrado en la ría de idéntico modo siguiendo el rastro de dos embarcaciones, por lo que posiblemente se trata del mismo suceso.

Algunas noticias son perfectamente irrelevantes e imprecisa, tanto en lo referente al lugar como a la especie implicada:
UN TIBURÓN. Fondeó la lancha "María", cuyos marineros pescaron un tiburón de 3,76 metros de largo. Es el primer pez de esta clase que se pesca en aguas gallegas. (El Sol, 22 de junio de 1926)
VIGO 3 (10,5 M.).— Un pesquero ha cogido un tiburón de dos metros doce centímetros de largo. La cabeza del tiburón, que pesa 23 kilos, ha sido enviada al Museo local de Oceanografía. (El Sol, 4 de agosto de 1918)
Aunque en este último caso el rotativo La Acción, haciendo honor a su nombre, desarrolla un poco más el asunto:
Pesca de otro tiburón.
Vigo, 2 (12 n.). Un vapor de este puerto, dedicado a la pesca del besugo, ha traído un tiburón, pescado esta tarde mientras los tripulantes recogían el aparejo.
      Vieron aquéllos que el tiburón se lanzaba sobre un besugo. Inmediatamente le echaron las cuerdas, consiguiendo engancharlo. Diéronle luego una puñalada en el corazón metiendo a bordo al tiburón.
      Mide éste dos metros y doce centímetros de largo y tiene varias filas de dientes. La cabeza ha sido entregada al Laboratorio de Oceanografía, y el cuerpo fué subastado en la lonja. (La Acción, 3 de agosto de 1918).
Otras, en cambio, son infinitamente más interesantes, como la que recoge La Voz del 21 de marzo de 1924:
  LA MUERTE DEL TIBURÓN
LA CORUÑA 21 (8 m.).— Desde hace días aparecía a la altura de las islas Sisargas un tiburón que atacaba a los barcos pesqueros.
     Anteayer, una barca del puerto de Sada, que patronea Ricardo Lameiro, fué sorprendida por el tiburón, que era de enorme tamaño, mayor que el de la barca.
     Los pescadores se defendieron con cuchillos, acribillando al monstruo a puñaladas.
     Pero no lograron librarse de él. El tiburón persiguió a la barca más de tres millas.
     El monstruo se iba desangrando por las heridas que los marineros le habían causado; murió y fué metido a bordo.
     Los pescadores llevaron el tiburón a La Coruña, donde lo vendieron.
     Medía tres metros y medio de largo. (Febus).

Resulta imposible adivinar la especie implicada, naturalmente, pero sobre todo decidir dónde termina el suceso real y dónde empiezan las exageraciones novelesca. Sobre este punto nos adherimos a la postura de El Compostelano. Diario independiente, que tres días después, el 24 de marzo, en la sección titulada "Oh la información de los grandes rotativos!...", comenta:

Para que luego digan que que son exageradas ciertas novelas de viajes y aventuras que se venden como el pan. Ahí tienes ustedes á dos pasos de nuestra casa y sin que nos hubiésemos enterado, uno de los dramas más espeluznantes que registra la historia del mar.
     Este terrible tiburón que atacaba á los barcos, debía ser descendiente directo de aquellos que andaban junto á la orilla en tiempos de Camprodón y que hacían cantar al contramaestre sentado en la ventana:
No enseñes en la playa
la pantorrilla...
Y para terminar, la noticia a mi modo de ver más asombrosa de todas. Si somos capaces de sazonarla con una pequeña pizca de imaginación e ilusión, cómo no recordar aquellas escenas míticas de Blue Water, White Death ('Agua azul, muerte blanca'), el extraordinario documental de Peter Gimbel, cuando el equipo se sumerge en las aguas que rodean una factoría ballenera de Durban para filmar al gran tiburón blanco. Noticia publicada por El Sol, 28 de julio de 1927:

                                TIBURONES EN CORCUBIÓN
Dicen de Corcubión que hay en aquellas aguas muchos tiburones. Su presencia es extraordinaria. Se cree que los han atraído los despojos de las ballenas descuartizadas en la factoría de Camilinas o que se ha desviado la corriente del Golfo. Ayer estuvieron de ser presa de los tiburones algunos marineros que se bañaban.
Es obvio que por "Camilinas" debemos entender la factoría ballenera de Caneliñas que vemos en la imagen. Estaba en Cee, y fue la primera y más importante de las que se construyeron en Galicia (se clausuró definitivamente en 1985 por la presión de las autoridades de la CE, presionadas a su vez por una opinión pública cada vez más concienciada gracias sobre todo a las constantes campañas de Greenpeace, entre otras asociaciones).


Caneliñas fue fundada ese mismo año de 1927, lo cual da que pensar. ¿Fue tan solo una casualidad que tiburones y balleneros coincidiesen en aquel preciso momento? ¿Un suceso extraordinario causado, como se explica, por una desviación de la corriente del Golfo? ¿O tal vez los tiburones ya merodeaban por la zona y solo necesitaron de un estímulo tan poderoso como el rastro que dejaban los balleneros o catchers llevando sus capturas a tierra para hacerse más visibles? Particularmente me inclino por esto último.


¿De qué tiburones se trataba? Es muy difícil saberlo. Por supuesto no tiburones blancos, como en el documental de Gimbel. Tal vez tintoreras, que, a pesar de todo, todavía hoy en día son relativamente comunes a pocas millas de nuestra costa, quién sabe por cuánto tiempo.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Volveremos algún día a ver nuestro mar tan lleno de peces y de depredadores como lo estaba antes? Si los seres humanos somos tan inteligentes como nos suponemos, deberíamos al menos intentarlo. Nos va en ello nuestra supervivencia.


[Actualización a 10 de noviembre de 2013] Otra noticia verdaderamente sorprendente la podéis encontrar en Ataque mortal en Fisterra, 1908.

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¹Existen otros indicios, como el menor o igual volumen de capturas aplicando un esfuerzo pesquero infinitamente mayor, el incremento de la distancia respecto del puerto base que la flota se ve obligada a recorrer para obtener esas capturas, o la disminución del tamaño de las diferentes especies.
²Para hacerse una idea de cómo era nuestro océano Atlántico antes de que la pesca industrial lo convirtiese en un desierto, ver el artículo Ese Atlántico que jamás conoceremos.
³Aclaremos que llamar "cetáceos" a los tiburones era bastante común en la prensa española hasta bien entrado el siglo XX. 
Podéis encontrar aquí una importante recopilación de noticias sobre tiburones en España. Se trata de un proyecto de una Hemeroteca española sobre tiburones que un grupo de amigos iniciamos hace algún tiempo y que algún día esperamos completar.

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