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martes, 21 de enero de 2020

Ataques 2019

Tiburón cigarro (Isistius brasiliensis). Foto: Personnel of NOAA ship Pisces (tomada de AllRefer).

El ISAF (siglas del Archivo Internacional de Ataques de Tiburón), de la Universidad de Florida, acaba de publicar su informe anual. El equipo de especialistas analizó un total de 140 incidentes entre tiburones y personas ocurridos a lo largo del 2019, de los cuales solo 64 fueron considerados claramente como ataques no provocados, es decir, interacciones ocurridas en el medio natural (no en piscinas o tanques de acuario) en las que no hubo ningún tipo de provocación por parte de la víctima*. Son 18 casos menos que la media anual de los últimos 5 años, que se sitúa en 82. Aquí tenéis las cifras:

domingo, 22 de febrero de 2015

Bioluminiscencia II: Funciones


Negrito (Etmopterus spinax) con un anfipodo parásito. Foto: Rudolf Svensen.

En el capítulo anterior, Bioluminiscencia I: Los fotóforos, explicamos el funcionamiento del sistema bioluminiscente de los tiburones. Hoy vamos a analizar su finalidad, para qué sirve.
¿Qué motivos pueden justificar una acción tan descabellada como prender una luz en la oscuridad, o para ser más exactos, convertirse uno mismo en bombilla viviente en un mundo de tinieblas repleto de depredadores? Fundamentalmente hay tres: el camuflaje, la caza y la comunicación. Veamos.

1. Camuflaje.
La zona de mayor concentración de fotóforos es la superficie ventral. Los tiburones bioluminiscentes brillan más cuando se les ve desde abajo. El porqué se entiende perfectamente si pensamos que nos encontramos en el dominio mesopelágico o zona de penumbra. Aun hasta estas aguas profundas todavía llega un resto de luz solar, un resplandor residual que varía en función de la profundidad y diversos factores físicos del agua [véase Dónde viven los tiburones]. Con su brillo, lo que los fotóforos ventrales consiguen es borrar la silueta del tiburón en el contraluz, sustrayéndola de la mirada de sus depredadores, que acechan un poco más abajo, y ya de paso, también de sus posibles presas. Este sistema se conoce como contrailuminación, y lo utilizan los tiburones de aguas más someras, como el tiburón blanco, así llamado precisamente por la blancura de su zona ventral, que consigue que a que sus presas potenciales les resulte difícil detectarlo contra la luz de la superficie.

Negrito (Etmopterus spinax). Foto: Jérôme Mallefet.
Probablemente, especies como el negrito son capaces de modular, mediante una serie de filtros y mecanismos de control, el brillo de sus fotóforos para adaptarlo a la cambiante luz que viene de la superficie. Otros tiburones simplemente se desplazan verticalmente en la columna de agua durante el día hasta que su propio brillo coincide con el de la luz solar.


2. Caza.
El tiburón se camufla para evitar a sus depredadores pero también para no ser detectado por sus presas.
Pero este terreno de la caza, hay un grupo de tiburones que brillan con luz propia, valga la expresión. Son los famosos Isistius o tiburones cigarro, de la familia Dalatiidae, los cuales, según una extendida teoría, se sirven de su luz no para ocultarse de sus presas, sino para atraerlas hacia si. Esto tiene que ver con su particular forma de alimentarse: el Isistius es un clepto-parásito, su técnica es abalanzarse sobre animales mucho mayores que él y arrancarles un trozo de carne, dejando las típicas heridas en forma de cráter. La franja oscura que le rodea la cabeza, el collar, es una zona libre de fotóforos que serviría para romper su silueta y hacerla más atractiva para sus presas, que incluyen pinnípedos, túnidos, cetáceos, personas [El ataque del tiburón cigarro]... hasta con el mismísimo gran tiburón blanco se atreve esta especie de caniche rabioso [Cuando el pez chico ataca al pez grande]. Sin embargo, algunos rechazan esta hipótesis argumentando que no existen datos u observaciones que la confirmen, además de que una parte importante de sus víctimas son filtradores o súper depredadores, para los que este mecanismo resulta inútil. Consideran que el collar es un sistema de identificación intraespecífica similar al que, como veremos a continuación, emplean algunos etmoptéridos¹.

Tiburón cigarro (Isistius brasiliensis). Fuente: FMNH.
3. Comunicación: Identificación, reproducción, advertencia.
En un buen puñado de tiburones, los fotóforos se concentran no solo en la zona ventral, sino en otras áreas como los costados y las aletas, donde parece evidente que resultan de todo punto inútiles para el camuflaje. Esto se da en, al menos, una parte importante de los etmoptéridos (sabemos que especies como el Trigonognathus kabeyai y el Etmopterus princeps o tollo raspa carecen de ellas), pero no, en cambio, en los miembros de la familia Dalatiidae.²
     Si comparamos las imágenes A y B, que muestran, respectivamente, la iluminación espontánea lateral de un tollo pigmeo de ojo pequeño (Squaliolus aliae, Dalatiidae) y de un negrito (Etmopterus spinax, Etmopteridae), vemos como la segunda muestra un patrón mucho más complejo. Las flechas señalan las franjas lumínicas no relacionadas con la contrailuminación: Pe: pectoral, La: lateral, Do: dorsal, Ic: infracaudal, Ca: caudal.
     La hipótesis más plausible es que su función es comunicativa, en el sentido más amplio del término, es decir, son señales luminosas dirigidas tanto a los amigos como a los enemigos, con un triple objetivo: identificación, apareamiento y advertencia.

Fotos: Jérôme Mallefet; dibujos: Julien M. Claes. Fuente: Claes et al., Scientific Reports, 4, 2014.
   a) Identificación: Las franjas laterales pueden ayudar a un tiburón a identificar a sus congéneres. La figura C muestra la variedad de formas y tamaños que pueden adoptar según la especie: de izquierda a derecha, tolla de aleta blanca (Centroscyllium ritteri), negrito (Etmopterus spinax), melgacho franjeado (Etmopterus gracilispinis), melgacho linterna (Etmopterus lucifer) y tollo liso (Etmopterus pusillus).

   b) Apareamiento: Identificarse correctamente es el primer paso para relacionarte con tus congéneres; y si lo que se pretende es lograr un tipo de relación llamémosle más íntima, cuanto más se faciliten las cosas, sobre todo en un entorno donde es difícil ver nada, mejor que mejor. Tiburones como el negrito han logrado resolver esto de una forma de lo más elegante. Por un lado, los fotóforos asociados a las áreas genitales de la zona pélvica identifican claramente el sexo de su propietario: los de las hembras son más brillantes, como se observa en la imagen de abajo, y se encuentran rodeando la cloaca (C), como si alguien la hubiese destacado con un lápiz fosforito, acaso para evitar embarazosas confusiones; los de los machos, de brillo menos intenso, marcan los pterigópodos (P)³.
Por el otro, con una franja luminosa sobre sus pectorales (Pe, en la fotografía B de arriba), las hembras indican a los machos el lugar por donde deben agarrarlas durante la cópula, para evitar —cabe suponerque pierdan tiempo a lo bobo, o muerdan donde no deben.
Fotóforos de la zona pélvica de un E. spinax. Arriba el macho, abajo la hembra. P, pterigópodo; C, cloaca. Fuente: Claes & Mallefet, Journal of Experimental Biology, 213, 2010.
   c) Advertencia: Situados en según que zonas, los fotóforos pueden tener una función disuasoria contra posibles depredadores. Con el sorprendente título de "Un pez de aguas profundas con espadas-láser", un trabajo de hace pocos años sobre el Etmopterus spinax informaba del descubrimiento de bandas de fotóforos situadas en la superficie de las aletas dorsales próxima a las espinas y apreciables a varios metros de distancia; la luz que generaban podía incluso verse a través de las propias espinas, dado que son traslúcidas, convirtiéndolas así en una especie de espadas-láser. Una seria advertencia que ningún depredador debería pasar por alto.
Fuente: Claes et al., Scientific Reports, 3, 2014 (SAPs, 'Spine-associated photophores').

Pese a que ha habido grandes avances durante estos últimos años, el tema de la bioluminiscencia en los tiburones está todavía lleno de huecos y de zonas oscuras. Cada nuevo trabajo, más que aclarar las cosas, lo que hace es corroborar que este sistema es bastante más complejo de lo que se creía. Es más lo que todavía queda por conocer que lo que ya se conoce. Y esto sube un punto más la fascinación que sentimos por estos maravillosos bichos.


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¹Julien M. Claes, Dan-Eric Nilsson, Nicolas Straube, Shaun P. Collin, Jérôme Mallefet (2014). Iso-luminance counterillumination drove bioluminescent shark radiation. Scientific Reports, 4: 4328, doi: 10.1038/srep04328.
²La mayor complejidad del sistema bioluminiscente de los etmoptéridos en comparación con el de los dalátidos, que parece tener el camuflaje como única finalidad, hace pensar que fueron estos quienes primero adoptaron este sistema cuando emprendieron la colonización de la zona pelágica tras la extinción masiva del Cretácico-Terciario, hace unos 65 millones de años; más tarde los etmoptéridos se separaron y se internaron en aguas más profundas modificando el mecanismo para darle nuevos usos.
³Julien M. Claes & Jérôme Mallefet (2010). Functional physiology of lantern shark (Etmopterus spinax) luminescent pattern: differential hormonal regulation of luminous zones. Journal of Experimental Biology, 213, 1852-1858, doi: 10.1242/jeb.041947.
Julien M. Claes, Mason N. Dean, Dan-Eric Nilsson, Nathan S. Hart, Jérôme Mallefet (2013). A deepwater fish with 'lightsabers': Dorsal spine-associated luminiscence in a counterilluminating lanternshark. Scientific Reports, 3: 1308, doi: 10.1308/srep01308.


viernes, 23 de enero de 2015

Bioluminiscencia I: Los fotóforos

Negrito (Etmopterus spinax). Foto: Rudolf Svensen.

La bioluminiscencia es la generación de luz visible de forma natural (aquí no hay pilas) por parte de un organismo vivo. En tierra tenemos el ejemplo de las maravillosas luciérnagas; en el mar, además de los dinoflagelados responsables del mar de ardora, la lista incluye diversas especies de medusas, cefalópodos, crustáceos y teleósteos... y por supuesto, tiburones, y además en un lugar destacado.
Al menos el 10% de todos los tiburones conocidos poseen órganos bioluminiscentes.

lunes, 28 de enero de 2013

El ataque del tiburón cigarro

El interés y curiosidad que ha despertado el pequeño tiburón cigarro (Isistius brasiliensis) entre muchos lectores al conocer por un post anterior que tiene los bemoles suficientes como para atreverse con el mismísimo rey, el tiburón blanco, me ha llevado a rescatar y actualizar este artículo que publiqué en el blog de AXENA hace unos meses dando cuenta del primer ataque registrado a un ser humano. 

Foto: Joshua Lambus
Marzo de 2009. El pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola. Apenas si se notaba algún otro movimiento: alguna que otra corrección en su trayectoria aparentemente sin rumbo… y... casi mejor dejamos a Peter Benchley y su ficción a un lado y nos atenemos a los hechos. En realidad, el pez sí tenía un rumbo: como todas las noches, se dirigía hacia la superficie procedente de la oscuridad perpetua de las aguas profundas, tal vez guiado por la apagada penumbra de la noche de Hawái punteada de estrellas, cuando percibió un extraño sonido de baja frecuencia y, a los pocos segundos, los sensores de su línea lateral empezaron a detectar bruscas alteraciones en las ondas de presión, leves al principio, pero cada vez más potentes. Probablemente correspondían a un animal grande. Una presa. Pero había algo más: todas las señales apuntaban a que iba acompañada de un buen número de pequeñas criaturas que, como mal menor, podían servir como pincho. No podía pedir más. Tenía hambre y hacia allá se fue, como un rayo, seguido de un buen grupo de congéneres.

Por su parte, la presa, que respondía al sugerente nombre de Mike Spalding, llevaba casi cuatro horas y media en el agua, en la apagada penumbra de la noche y bla, bla, bla. Ya llevaba recorridas 11 de las 30 millas del canal de Alenuihaha, que separa Hawái, la “Gran Isla”, de Maui, y que, nadie sabe por qué, se había propuesto cruzar a nado. Iba escoltado por una lancha y un vecino en kayak, ambos con los focos encendidos, circunstancia que había atraído a un sinfín de calamares, que atravesaban como dardos blancos el círculo de luz sobre el agua. Era divertido, si bien un punto inquietante… y peligroso. 
     Y entonces sintió un repentino y agudísimo dolor en la zona del esternón. Se llevó la mano al pecho y comprobó que algo le había causado una herida que no parecía muy profunda, pero que sangraba bastante. La decisión era evidente: había que abortar la operación y dirigirse hacia el kayak, que estaba a menos de dos metros. En ese momento se produjo un segundo y devastador ataque, esta vez sobre su pantorrilla izquierda. El agua comenzó a templarse con la sangre que manaba de la herida. Mike se asustó de verdad y empezó a gritar, también de dolor. El kayak se llenó de sangre a los pocos minutos de subirse a él. De ahí lo pasaron a la lancha, donde le pusieron antibiótico y con una toalla trataron de contener la hemorragia.

En el hospital comprobaron que presentaba una herida circular de unos 7,5 cm de diámetro y 2,5 cm de profundidad. El culpable se había puesto en evidencia. Sólo un animal es capaz de provocar heridas de esa naturaleza: el tiburón cigarro, conocido en inglés, precisamente, con el nombre de cookiecutter (‘corta galletas’), posiblemente un Isistius brasiliensis.

Los tiburones cigarro tienen una doble estrategia alimentaria: actúan como depredadores y también como ectoparásitos. Por un lado, son voraces consumidores de pequeños peces, crustáceos y cefalópodos; por otro, son capaces de fijarse a la piel de grandes vertebrados marinos (espadas, túnidos, cetáceos, etc.) para arrancar grandes trozos de su carne. Para ello cuentan con un impresionante instrumental: gruesos labios succionadores, una faringe modificada y una dentadura que quita el hipo: dientes superiores pequeños y puntiagudos, en forma de gancho, que sirven para anclarse a la víctima y para pinchar las “galletas” de carne una vez cortadas y arrancadas; dientes inferiores muy grandes y afilados como cuchillas, de cúspide triangular e imbricados en una única fila funcional, como la hoja de un serrucho: son los que se utilizan para cortar.

Herida en un delfín.
Y la técnica es asombrosa: primero seleccionan un objetivo, una presa idónea, a la que pueden atraer poniéndose ellos mismos como señuelos mediante sus potentes orgánulos bioluminiscentes (se dice que los Isistius son de los más bioluminiscentes de todos los tiburones; de ahí que su nombre genérico procede de Isis, la diosa egipcia de la luz). Cuando la tienen a la distancia adecuada, se lanzan como flechas y se fijan a ella con la boca: los labios se pegan firmemente a la piel con la ayuda de los dientes superiores y la acción conjunta de la lengua y la faringe, que producen un movimiento de succión mediante la creación de vacío. A continuación, el tiburón se retuerce y gira sobre si mismo; y, como un compás trazando un círculo, los dientes inferiores cortan y arrancan un buen trozo de carne dejando una característica herida, profunda y dolorosísima, en forma de cráter (1). La voracidad de estos animales les ha llevado a atacar cables submarinos y las cubiertas de goma de los sónares de submarinos nucleares.

Foto: Australian Museum
Hasta ahora se han descrito dos especies del género Isistius: el pitillo o tiburón cigarro (Isistius brasiliensis) y el tiburón cigarro dentudo (Isistius plutodus) (2). Pertenecen al orden de los Squaliformes (tiburones sin aleta anal, entre otras características), familia Dalatiidae. Afortunadamente son peces que no suelen llegar a los 50 cm de longitud total. Y digo afortunadamente porque a su enorme voracidad hay que unir el hecho de que son de los tiburones que poseen los dientes más grandes en relación con el cuerpo (de los dos, ya os imagináis que el campeón absoluto sería el Isistius plutodus). Sus cuerpos son cilíndricos y alargados como un gran puro habano, con aletas muy pequeñas. Tienen un morro corto y bulboso, con las narinas adelantadas, ojos grandes y labios también grandes y carnosos. Las aletas dorsales carecen de espinas y están muy retrasadas, y las pectorales son cuadrangulares. De color son también parecidos: color gris oscuro o terroso, con una banda gular más oscura en el I. brasiliensis.

Se sabe muy poco de los hábitos y biología de estos tiburones, excepto en el caso del I. brasiliensis. Una costumbre insólita de este tiburón es que se traga y digiere sus propios dientes inferiores de sustitución (que se caen y se reponen en bloque, no individualmente como en el resto de especies), se cree que con el objetivo de mantener los niveles de calcio de su cuerpo a un nivel óptimo. En general, habitan las aguas cálidas de todo el mundo y son de hábitos epipelágicos o batipelágicos, entre los 85 y los 3000 m (I. brasiliensis). Probablemente son vivíparos aplacentarios (ovovivíparos), con camadas de entre 6 y 8 crías (de nuevo, en el I. brasiliensis).

Isistius brasiliensis. Foto: J. E. Randall (tomada de FishBase)
Viven agrupados en bancos y realizan fuertes migraciones verticales: durante el día permanecen en el fondo y por la noche suben a la superficie siguiendo el movimiento de sus presas naturales, entre las que casi seguro no figuraba Mike Spalding, pero ya que estaba allí, pues fue etiquetado como comida. Y uno no puede dejar de sonreírse al leer lo que escribía Compagno allá en 1984, en el volumen 1 del catálogo de tiburones de la FAO, Sharks of the World: “the chances of it attacking a swimmer or diver are remote though possible” (‘las probabilidades de que ataque a un nadador o a un buceador son remotas aunque factibles’). 
    ¿Qué pudo haber ocurrido? La respuesta es elemental: básicamente, este señor, Mike Spalding, se metió en el lugar equivocado a la hora equivocada. Los tiburones son mucho más activos por la noche, es su momento de caza... Y llevar encendidos los focos de las embarcaciones no fue una idea brillante (y perdón por el chiste fácil): la luz atrajo a multitud de presas, como los calamares, las cuales a su vez atrajeron a sus depredadores, los Isistius.

¿Qué pintaba este señor nadando en solitario en plena noche en aguas de Hawái en vez de estar sentado en su saloncito viendo la tele en pijama y pantuflas, pongamos por caso? Da igual. Lo cierto es que tuvo mucha suerte, porque si en lugar de un cigarro llega a encontrarse con un tiburón tigre de 4 metros habría acabado convertido en una bandejita de carne picada. Qué poca cabeza. En cualquier caso, Mike Spalding tiene el honor de haberse convertido en la primera víctima conocida de ataque de tiburón cigarro (en realidad deberíamos decir “tiburones cigarro”, en plural, pues lo más probable es que los dos ataques fuesen realizados por individuos distintos). Existe otro caso anterior, de julio de 1992 sobre un pescador, pero la autopsia demostró que las mordeduras se habían producido post mortem; el pobre hombre había muerto ahogado.

Isistius plutodus (Foto: Carl Bento, Australian Museum)
Una pena que no tengamos de estos bichos por aquí, en Galicia, ¿verdad?

[ACTUALIZACIÓN A 25 DE ABRIL DE 2019] Acabamos de conocer tres casos más de mordeduras de tiburón cigarro en circunstancias similares: Hawái por la noche. El pasado 6 de abril un nadador de larga distancia, Isaiah Mojica, cuando intentaba cruzar a nado las 26 millas del canal de Kaiwi, entre las islas de Molokai y Oahu: cerca de la 1 de la madrugada sobre el punto de mayor profundidad, un pez grisáceo de unos 30 cm le causó una profunda mordedura en el hombro.. y eso que llevaba un escudo antitiburones (de estos que emiten una señal electromagnética que los aparta... parece que solo funcionan con bichos grandes). Unos días antes, otro nadador, Eric Schall, haciendo lo mismo en la misma zona, recibió una profunda mordedura por un pez que él mismo pudo arrancar de su vientre: herida de 10 cm de diámetro y 2,5 cm de profundidad. Ambos volverán a intentarlo.
     Posiblemente el caso más extraño de todos ocurrió a finales de octubre de 2017 en el norte de Queensland, Australia, cuando a un niño de 7 años sufrió una fuerte mordedura de Isistius mientras hacía snorkel con su familia. El "cráter" de su pierna tenía 73 mm de diámetro y casi dejaba expuesto el hueso. El que una especie de profundidad se adentre en aguas someras hace pensar que tenía algún tipo de problema. En cualquier caso, por fortuna, el chaval se recuperó bien.

Foto: abc.net.au
⏩ El pequeño Isistius se atreve también con el mismísimo rey del océano, el tiburón blanco. Podéis verlo aquí: Cuando el pez chico ataca al pez grande.

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(1) En el blog Ecología Azul podéis encontrar unas interesantes fotografías hechas por Gonzalo Mucientes de heridas causadas por el tiburón cigarro en espadas y marrajos del Pacífico sur.
(2) Hasta hace relativamente poco se había descrito otra especie, el Isistius labialis, pero actualmente se considera sinónimo de I. brasiliensis.

viernes, 18 de enero de 2013

Cuando el pez chico ataca al pez grande


Aunque ocurrió muy lejos de Galicia, en Guadalupe, una isla del Pacífico mexicano situada a unos 240 km de Baja California, y aunque de las dos especies implicadas una no se encuentra en nuestras aguas y la presencia de la otra es dudosa, la anécdota es lo suficientemente sorprendente y simpática como para dejarla pasar así como así, con apenas una fugaz noticia en nuestras páginas del Facebook y G+.

¿Que qué ocurrió? Pues que el pez chico se decidió a atacar al pez grande. Y no a un pez cualquiera.

Los protagonistas son un macho subadulto de tiburón blanco de unos 3 m de longitud y el cigarro, probablemente el famoso Isistius brasiliensis, un tiburón sumamente voraz y con la mala leche que tan bien refleja su cara. El primero es un súper depredador que puede sobrepasar los 6 m de longitud; el segundo, un canijo que no mide más de medio metro. Como si un pequinés se lanzase al cuello de un rottweiler.

Cigarro (Isistius brasiliensis)
Acaba de publicarse un trabajo en el que se informa del primer ataque conocido de un Isistius a un tiburón blanco (1). El descubrimiento se produjo por casualidad, cuando los autores descubrieron en unas imágenes de uno de los tiburones que estaban estudiando, tomadas el 25 de agosto de 2010, las marcas inconfundibles de la mordedura de un tiburón cigarro: un agujero perfectamente circular y una cicatriz en forma de media luna un ataque fallido—.

El tiburón cigarro es un depredador sumamente activo y voraz su voracidad le ha llevado a "atacar" tanto a los cables submarinos como las cubiertas de goma del sónar de submarinos nucleares. Se alimenta de pequeños peces y calamares, pero su especialidad son las presas gigantes, sobre las que se abalanza para arrancarles trozos de carne, convirtiéndose de este modo, funcionalmente, en ectoparásitos una suerte de piojos carnívoros, para entendernos. La técnica que emplean es también única: seleccionan un objetivo, una presa idónea a la que atraen poniéndose ellos mismos de señuelo mediante sus potentes órganos bioluminiscentes (2);
cuando la víctima se le pone a tiro, el cigarro se lanza como una flecha y se fija a ella con la boca. Los labios, grandes y carnosos, se pegan a la piel como una ventosa, ayudándose de los dientes y de la acción combinada de la lengua y la faringe, que producen un movimiento de succión creando vacío; entonces el cigarro se retuerce y gira sobre sí mismo, de tal manera que, como un compás trazando un círculo, los dientes inferiores cortan y arrancar un buen trozo de carne dejando la característica herida redonday dolorosísima en forma de cráter. En inglés se le conoce, con toda justicia, como cookiecutter shark, 'tiburón corta galletas'.(3)

¿Cómo se produjo el ataque? El trabajo maneja dos hipótesis. La primera es que el tiburón blanco hubiese caído en la trampa del cigarro y se hubiese sumergido para pegarle un muerdo a lo que pensaba que era un calamar, pongamos por caso. Eso explicaría que las heridas se encuentren en la zona próxima a la boca. Además, habían visto que por la noche el tiburón se sumergía hacia más allá de los 50 m, entrando así en el "campo de tiro" del Isistius, que a esas horas suele ascender de las profundidades en pos de sus presas.
La otra posibilidad es que fuese atacado cerca de la superficie, en un despiste o mientras se alimentaba de otra cosa.


El cigarro es el tiburón con los dientes más grandes en relación con el tamaño corporal, particularmente el tiburón cigarro dentudo, Isistius plutodus, una especie, por cierto, recientemente registrada en las Azores.

Uno no puede evitar pensar qué pasaría si en nuestra sociedad en crisis los peces pequeños nos decidiésemos al fin a atacar a los grandes. Al fin y al cabo, también tenemos dientes.

En fin.

PS: Aquí encontraréis un artículo que habla del Isistius y describe un ataque a un ser humano. Echadle un vistazo.
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(1) Hoyos-Padilla, M, Papastamatiou, Y. P., O'Sullivan, & Lowe, C. G. (2013). "Observation of an Attack by a Cookiecutter Shark (Isistius brasiliensis) on a White Shark (Carcharodon Carcharias)". Pacific Science, 67 (1): 129-134.
http://pacificscience.files.wordpress.com/2012/08/pac-sci-early-view-67-1-10.pdf
Las dos imágenes del tiburón blanco proceden del trabajo, no así las de los Isistius.
(2) Se dice que estos tiburones son los más bioluminiscentes de todos, por eso su nombre genérico, Isistius, procede de Isis, la diosa egipcia de la luz.
(3) Aquí tenéis una de esas "galletas" encontrada en el estómago de un I. brasiliensis (las fotos son de Michael Miller y están tomadas de la página del Australian Museum):





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