 |
| Tiburón blanco (Carcharodon carcharias) en una espectacular foto de Remo Sabatini tomada en Suráfrica. |
Mucha gente todavía considera los tiburones como unos bichos sanguinarios siempre dispuestos a triturar bañistas y a multiplicar los beneficios de los fabricantes de prótesis. Contra toda evidencia, la palabra tiburón es sinónimo de amenaza, peligro, vísceras flotando en el azul entre nubes de sangre, y terror.
—Número de ataques no provocados: Como todos los años desde hace una década, el
ISAF (siglas del
International Shark Attack File, 'Archivo Internacional de Ataques de Tiburón') acaba de publicar las cifras de los ataques registrados en todo el mundo durante el 2012. Pues bien, el número total de ataques no provocados fue de... ¡80!, dos más que en el 2011, pero dos menos que en el 2010.
Esto debería hacernos reflexionar: si pensamos en los millones de personas que anualmente abarrotan los
miles y miles de kilómetros de playas donde hay tiburones
rondando, la cifra, como poco, resulta ridícula
—no así, evidentemente, para las víctimas y sus allegados, pero esa es otra cuestión—. Son muchas más las víctimas de mordeduras de otros seres humanos o, vicariamente, de sus perros.
—Número de muertes por ataques de tiburón: Vayamos un poco más allá: de los 80 ataques no provocados, sólo 7 fueron mortales: 3 en Suráfrica, 2 en Australia, 1 en California y 1 en la isla de Reunión.
¿Por qué, entonces, ese miedo a los tiburones, cuando hay más muertos por ataques de hipopótamo, por picaduras de serpiente, de medusas, o por las coces de bestias tan feroces como las vacas? Pues por lo que dice el refrán: "échate la fama y ponte a dormir". Benchley puso la semilla y Spielberg la hizo florecer, y de qué manera. Gracias a
Tiburón y a su soberbia banda sonora, la imagen de este animal ha quedado firmemente grabada en el subconsciente colectivo como símbolo de muerte y destrucción causados por una naturaleza irracional, incomprensible y caprichosa
—eso que se ha dado en llamar "terror primigenio"
—. Y está siendo muy difícil borrarla.
—Distribución de los ataques: 53 en territorio norteamericano (42 en el continente y 11 en Hawai y Puerto Rico), 14 en Australia, 4 en Suráfrica, 3 en Reunión, y un único ataque en las Canarias, Indonesia, Nueva Zelanda, Nigeria, Arabia Saudí y Tonga.
Es significativo que en Galicia, donde no tenemos noticia alguna de ataques a personas, donde ninguna especie
peligrosa frecuenta las mismas aguas donde solemos ponernos en remojo cual cachitos de lacón para hacer con grelos, mucha gente que jamás ha salido del lugar sienta auténtico pavor hacia los tiburones
—la sola palabra "tiburón" les pone a algunos los pelos de punta
—... cuando lo verdaderamente peligroso son las fanecas bravas, las corrientes y las enormes familias de cretinos que dejan nuestras playas hechas un estercolero, por ejemplo.
 |
| Tiburón tigre (Galeocerdo cuvier) fotografiado en Hawai por William R. Courtsinger. |
Es evidente que el problema es básicamente de imagen, de una imagen que nada tiene que ver con la realidad, como acabamos de ver, y que conviene limpiar cuanto antes a fin de que la gente entienda de una vez por todas que los tiburones no son bichos perversos con ganas de matar, sino animales salvajes que además están ahí cumpliendo un papel esencial: controlar la salud y el equilibrio de nuestros océanos, de quienes depende nuestra especie
—casi nada
—, motivo más que suficiente como para que todos deseemos su conservación.
En este sentido, una de las tareas que hay que acometer con urgencia es la redefinición del concepto mismo de "ataque", que tantas veces asociamos de forma absolutamente gratuita a la palabra "tiburón". No todos los "ataques" son ataques en el sentido que solemos darle a esta palabra. El verbo "atacar" tiene un componente moral que en modo alguno se
encuentra en el ánimo de un animal salvaje. La propia RAE se hace un pequeño lío cuando para ilustrar su primera acepción, "Acometer,
embestir con ánimo de causar daño", se sirve del
siguiente ejemplo:
Muchos animales atacan solo por hambre. Si uno se para y lo piensa, la contradicción es evidente: o bien "atacan" porque sienten la imperiosa necesidad de mutilar a un señor o de causarle un dolor indescriptible hasta que se muera, o bien, simplemente, porque tienen ganas de comer.
No es este el lugar para ofrecer una descripción de las tipologías de las interacciones hombre-tiburón. Solamente diremos que una aplastante mayoría de los encuentros con tiburones obedecen a situaciones diferentes del ataque. Por citar un par de ejemplos clásicos, tanto en internet como en los medios de
comunicación tradicionales solemos encontrarnos con noticias que describen como tal o cual bicho "ha atacado" una embarcación o a un señor que acaba de
subirlo a su lancha clavado a un anzuelo. ¿Podemos considerarlos
como ataques sin ningún género de dudas? Evidentemente no. El primer caso es el del típico mordisco exploratorio que
suele producirse sobre elementos metálicos como las hélices
—el campo eléctrico que generan en el agua atrae poderosamente la atención de un animal dotado de potentes sensores eléctricos—;
el segundo es evidente que se trata de una "defensa", no de un
"ataque". Pensadlo un poco. ¿Cómo cambiaría la cosa si en vez de un tiburón el atacante hubiese sido un congrio? Cuántas veces no nos habrán hablado de la
dolorosa mordedura que puede causar este bicho si no se anda con cuidado
al meterlo en la dorna; pues bien: ¿alguno ha oído la noticia de un
mariñeiro "atacado" por un congrio? Yo no.
Los tiburones son bichos sumamente curiosos. Les gusta investigar las
cosas raras que se encuentran en el agua, comprobar qué son y si son
comestibles: huelen, se acercan, observan, sienten... El problema es que no tienen
manos, de modo que el sentido del tacto opera a través de la boca. Es decir, la
mayor parte de las veces los tiburones no "atacan", sino que "palpan"
para ver qué es eso, a qué sabe, y luego, normalmente, se retiran. Es
obvio que el mordisco de un bicho de cierto tamaño puede
causarnos algo más que una avería, sobre todo si afecta a un vaso
importante o a una zona vital; pero el elevado número de supervivientes demuestra que el animal en ningún momento ha pretendido merendárselos. No parece, por tanto, que debamos considerar esto como "ataques"
en toda regla. Habría que buscar otro término para referirnos con más
exactitud y menos carga de dramatismo a este tipo de situaciones.
Por otro lado, los tiburones son animales salvajes que, como tales, hay que saber entender y aprender a respetar
—dado que se presupone que la parte racional somos nosotros—. Cuando visitamos la sabana a nadie se le ocurre abandonar el grupo y echarse a correr a campo abierto sabiendo que puede haber leones cerca. En la naturaleza, como en todo, hay normas elementales que uno debe observar para evitar ciertos riesgos, para no enfangarse en una situación comprometida. Pues en el mar ocurre exactamente lo mismo.
Y no nos olvidemos de que todo tiburón de metro y medio para arriba puede ser potencialmente peligroso, de la
misma forma que cualquier otro animal, salvaje o doméstico, que supere una
determinada talla. Conviene actuar con prudencia y, sobre todo, respeto. Prueba a meterle el dedo en un ojo al primer dóberman
adulto que te encuentres por la calle, a ver qué pasa; o intenta acorralar a un gato, o acercarte a un nido de gaviota en plena temporada de cría. ¿Hasta qué punto podríamos hablar de ataque en estos casos?
 |
| Jaquetón toro (Carcharhinus leucas). Foto de Sam Cahir. |
El ISAF es sumamente cuidadoso en todo esto. Por eso estudia cada ataque reportado y sólo recoge aquellos que considera
ataques no provocados. Aun así, tal vez convendría ir un poco más allá. Debemos despojar el término
ataque de toda connotación moral y tratar de reducir su campo de aplicación a aquellas situaciones donde la finalidad sea inequívocamente trófica, que en el caso de los tiburones suponen una ínfima parte del total: está más que demostrado que el hombre no forma parte de su menú, por muy rellenitos o apetitosos que nos parezcan determinados ejemplares de la especie.
Los tiburones no tienen interés alguno en atacarnos
—y mira que motivos no les faltan—. Les importamos bastante poco.
>Para analizar este tema en su justa perspectiva, véase:
Ataques 2012: En defensa de los tiburones y
Matar tiburones para protegernos es absurdo.
__